Cada ser humano es como los demás seres humanos, como algunos otros seres humanos y como ningún ser humano.
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lunes, 28 de septiembre de 2020

El ecologismo

1. La naturaleza, en peligro

El ser humano extrae de la naturaleza los elementos necesarios para su conservación y reproducción. Hasta hace muy poco se creía que estos recursos naturales eran inagotables y que el desarrollo económico e industrial contaba con una despensa infinita de ellos. Sin embargo, hoy es evidente que la Tierra no posee esa reserva sin fin para mantener el crecimiento económico y el consumo energético, ni puede soportar los desechos que nuestra sociedad produce.

Hace tiempo que se habla de crisis ecológica para describir el deterioro actual del medio ambiente, del entorno que nos rodea. A tiempo que se logran grandes adelantos técnicos, se produce una destrucción sistemática y paulatina de los medios de vida.

 

Los indicadores más significativos de esta situación son:

  • Catástrofes naturales derivadas del uso de la energía nuclear o como consecuencia de los enfrentamientos bélicos: es el caso del accidente de la central nuclear de Chernobil o del incendio de pozos en Irak.
  • Catástrofes generales ligadas a fenómenos como la destrucción de la capa de ozono o cambios de la temperatura del planeta debido a los contaminantes.
  • Agotamiento de recursos, tanto de energías tradicionales (carbón, petróleo), como de otros materiales (agua, minerales).
  • Degradación general del medio ambiente: acumulación de residuos tóxicos, desertización, pérdida de masa forestal, desaparición de especies animales, contaminación de ríos y mares, etc.
  • Deterioro de la calidad de vida: violencia social, trabajo alienante, ciudades inhabitables, etc.
 Un futuro inquietante 
Si continúan sin cambios las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, de la industrialización, contaminación, producción de alimentos y agotamiento de recursos, los límites del crecimiento se alcanzarán dentro de los próximos cien años. El resultado más probable será un declive súbito e incontrolable tanto de la población como de la capacidad industrial.
D. Meadows, Los límites del crecimiento (1972)
 
2. ¿Por qué hemos llegado a este deterioro?

El origen del desastre ecológico que vivimos no es otro que la concepción economicista del hombre que domina en nuestro tiempo, según la cual los criterios últimos de actuación son la obtención de beneficios inmediatos y la valoración de estos beneficios en términos monetaristas, es decir, como propiedades o dinero. Esta concepción se desglosa en dos ideas básicas:

  • La idea del progreso tecnológico: La primera Revolución Industrial impulsó la idea de que el ser humano podía dominar la naturaleza y alcanzar una mejoría infinita de sus condiciones de vida. El lema del progreso es: siempre más, siempre mejor, siempre más rápido. Por tanto, la naturaleza no es sino un almacén ilimitado de recursos.
  • El homo oeconomicus: Detrás de esta idea del progreso se esconde una visión de la persona como un ser egoísta, un ser que nada debe a los demás y cuya única meta es aumentar al máximo la satisfacción de sus intereses. El ser humano se concibe a sí mismo como consumidor, de modo que sólo puede ser feliz poseyendo y dominando cosas y hasta personas.
Muchos autores se refieren a esta concepción del ser humano como la de un idiota espabilado. Espabilado, porque sabe medir muy bien los medios más adecuados para sus fines. Idiota, porque no ve más allá de sus intereses cercanos e inmediatos. Como resultado de estas ideas, hemos llegado a una situación en la que el progreso industrial y tecnológico se ha convertido en una de las peores amenazas para la humanidad.

3. La conciencia ecológica

La problemática medioambiental no es una reflexión reciente. Tampoco lo es la ecología, como ciencia de las relaciones de los seres vivos con su medio. 

Sí es propio de nuestro tiempo lo que podemos denominar conciencia ecológica, esto es, la existencia de una opinión pública que expresa el desacuerdo general con esta forma de hacer y entender el progreso humano y su relación con la naturaleza.

Esta conciencia ha dado lugar al ecologismo como movimiento social y teórico que pretende transformar esta situación. Dentro de esta finalidad general, el ecologismo se plantea los siguientes objetivos:

⁜ Denuncia de los problemas medioambientales concretos y planteamiento técnico de alternativas: energías verdes, reciclado, etc.
⁜ Crítica global del funcionamiento del sistema económico, porque está basado únicamente en criterios de mercado y de rentabilidad.
⁜ Propuestas de cambio en la gestión política del proceso económico, es decir, exigencia de un mayor control de la economía por parte de los propios afectados.
⁜ Propuestas de cambio en la concepción que las personas tienen de sí mismas y de su vida en común. Es preciso poner en práctica formas alternativas de vida que nos aparten del consumismo.

Para tomar decisiones en este campo se necesita una ética ecológica. Esta ética no se ocupa de cuáles son las relaciones del hombre con su medio, sino de cuáles deberían ser estas relaciones, es decir, se encarga de definir la responsabilidad moral que tenemos ante la naturaleza.

Aplicar la ética a la economía implica reconocer que el beneficio económico no es el único criterio de actuación, que existen límites sociales y ecológicos al crecimiento económico. Los problemas ecológicos están interrelacionados con los sociales, pues la causa genuina de nuestra situación ambiental es la distribución desigual del poder económico y político y, en definitiva, es el estilo de vida de los países ricos lo que nos está llevando al desastre ecológico.

Economía y ecología deben reivindicar su raíz común: la palabra griega oikos, que en español significa "casa", "hogar". Ambos conceptos hacen referencia a la utilización racional y justa de los recursos escasos con los que cuenta el ser humano, para él y sus descendientes. A esta idea básica responde el concepto de desarrollo sostenible.

4. Nuestra responsabilidad ante el medio ambiente

La ética es un saber práctico que orienta nuestras acciones desde el punto de vista de nuestra responsabilidad moral. Aunque somos los seres humanos los que establecemos derechos y obligaciones para nuestra conducta, también el agua, el aire, los árboles, los animales, etc., merecen nuestro respeto como condición necesaria e imprescindible para la vida humana. De ahí la existencia de una ética ecológica, cuyo objetivo es definir cuál es nuestra responsabilidad con el medio ambiente.

Los principios de esta ética tienen que ver con el valor moral básico de la solidaridad y, en definitiva, con la disposición a identificarnos con los intereses de los demás, a atender incluso como propias las necesidades de las generaciones futuras.

A partir de este principio general, la ética ecológica puede ir desgranando los criterios de decisión en cada una de las parcelas y problemáticas determinadas. En los casos concretos podemos servirnos del criterio moral general de la universalización: pensar siempre qué pasaría si todas las personas actuaran igual que nosotros lo estamos haciendo.

 Imperativo ecológico 
Actúa de tal manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de la auténtica vida humana sobre la Tierra; o, dicho en negativo, actúa de tal manera que los efectos de tu acción no sean destructivos para las posibilidades futuras de vida.
Hans Jonas

5. La sociedad civil en marcha

Pero los problemas medioambientales aparecen casi siempre ligados a instituciones, empresas, Estado, etc., y son normalmente muy difíciles de afrontar. Ante ellos, nuestra capacidad individual de actuar y de influir es muchas veces escasa. De ahí que la responsabilidad individual tenga que llevarse a cabo en tres niveles diferentes:

  • Nivel de los sistemas administrativos: Se refiere a las condiciones económico-políticas de la ecología, definidas por los Estados y por las relaciones internacionales. Aquí cada uno de nosotros puede influir creando una opinión pública favorable a la conciencia ecológica y exigiendo un mayor control democrático de las decisiones políticas.
  • Nivel de la sociedad civil: Es en este nivel donde el protagonismo de los actores individuales puede adquirir mayor importancia. Se trata de la creación de asociaciones, movimientos, clubes o cooperativas que, al estar al margen de la administración pública, pueden tener una actividad más autónoma e influir sobre los poderes públicos. Al mismo tiempo, en su seno, se amplían las relaciones entre los miembros, potenciando así la comunicación y la participación social.
  • Nivel de la actividad individual: A pesar de la complejidad de nuestras sociedades, al final, cada uno de nosotros representa la instancia última de decisión y, por tanto, de responsabilidad: también está en nuestras manos cambiar la dinámica consumista y la orientación economicista que dirigen nuestras sociedades. Cada acción personal puede significar siempre una aportación a este objetivo general. Pero para que ello sea posible, la educación debe ir orientada hacia los valores ecológicos y hacia aquellas actitudes y comportamientos compatibles con esta ética ecológica mencionada. En suma, hacia un tipo de vida en armonía con la naturaleza.   

jueves, 4 de abril de 2019

El progreso y sus costes

No hay ninguna duda de que en la "civilización" y en general en toda capacidad humana se da un progreso, un desarrollo que trasciende el progreso de la vida individual (que se transmite, por tanto, de una generación a otra) y que es propiedad de todos: un desarrollo en la ciencia y la técnica, en el orden socioeconómico y político, en la seguridad y el goce de la vida, en la satisfacción de las necesidades, en la variedad de los productos culturales y las formas de disfrute, en el derecho, en el respeto público de la dignidad humana. En todo ello se da un progreso hacia lo mejor, al menos hacia lo más deseado, y también algún que otro retroceso, espantoso en ocasiones. Pero en conjunto puede hablarse hasta ahora de un "ascenso" de la humanidad y también de sus posibilidades de continuarlo en el futuro.
No obstante, como sabe hoy en día todo el mundo, es preciso pagar un precio por ello; con toda ganancia se pierde algo valioso y apenas hace falta decir que los costes humanos y animales de la civilización son altos y que el progreso sólo consigue aumentarlos.
Hans Jonas, El principio de responsabilidad


domingo, 19 de junio de 2016

Hans Jonas: técnica y exigencia de responsabilidad

Hans Jonas es uno de los pensadores del siglo XX que mejor han sabido reflexionar sobre el momento en que vivían, sobre sus retos y sus peligros. Pero lo que él pensó sigue siendo válido, pues las amenazas y promesas que lo llevaron a la necesidad de pensar continúan siendo las nuestras. En nuestra época como en ninguna otra, el ser humano es capaz de transformar la naturaleza hasta el punto de poder destruirla, y capaz de autodestruirse él mismo. ¿Hacia dónde vamos con nuestra técnica? ¿Qué mundo queremos construir? ¿Qué lugar ha de ocupar en él este ser humano tan poderoso y tan vulnerable al mismo tiempo?

Hans Jonas (1903-1993) se formó filosóficamente en la fenomenología, sobre todo en la interpretación que de ella daba Heidegger, de quien fue discípulo. Dos objetivos marcaron sus inicios filosóficos: entender la complejidad de la historia de las religiones (de hecho sus primeros trabajos fueron sobre los primeros siglos del cristianismo) y la necesidad de atender a los problemas más vitales, rechazando la filosofía que se limita a pensar la realidad, es decir, el idealismo, que, según él, caracteriza a toda la época moderna, incluyendo la propia fenomenología.

1. La tarea del filósofo: desvelar y alertar
El filósofo no puede dejar de estar atento a lo que pasa en el mundo, afirma Jonas, y en su época sucedieron cosas tan terribles que no pueden dejar impasibles a los filósofos. Quizás lo más terrible es la demostración del poder destructivo que el ser humano puede desplegar. La Segunda Guerra Mundial o la destrucción de la naturaleza son experiencias que no pueden dejar a la filosofía indiferente. El ser humano con su poder pone en peligro la vida en general, y la vida humana en particular. La tarea de la filosofía no es "pensar la realidad o la conciencia", sino pensar la vida en su fragilidad. Por eso, toda la filosofía de Jonas es una filosofía de la vida que conduce necesariamente a una ética. El ser humano ha perdido su vínculo con la naturaleza, con la vida en su sentido más profundo. La labor del filósofo es recordar esta pertenencia, desvelando la historia de esta pérdida (el cómo y por qué se ha producido) y alertando críticamente sobre los riesgos que corremos si no hacemos algo.

2. La técnica
Gran parte de la culpa de esta destrucción de la naturaleza la tiene la técnica moderna. Según él, la técnica ya no es un medio que utiliza el ser humano para modificar la naturaleza, ya no es un medio gracias al cual pueda vivir. La técnica se ha convertido en una destrucción mecánica de la vida. Y si bien en nuestra época nos hemos dado ya cuenta de los peligros de la técnica, pensamos que se solucionarán con más técnica. Para Jonas hemos perdido la sabia distancia que hay entre "poder hacer" y "hacer". Actualmente parece que todo lo que puede ser hecho, debe ser hecho. Jonas no rechaza la técnica, ni el mundo técnico que ésta crea, sino que se ha olvidado el sentido mismo de la técnica. Denuncia que hayamos perdido el control de la técnica y que no nos percatemos de lo que la técnica pone en cuestión: la existencia misma del ser humano sobre la Tierra.

3. La respuesta ética
La respuesta no puede ser añorar un mundo sin técnica, ni es deseable ni posible, sino elaborar una nueva ética para los riesgos de la civilización tecnológica. Esta ética tiene que ser nueva, pues nunca antes tuvo que responder a semejantes retos; tiene que consolidar una imagen del ser humano en la que sigan siendo fundamentales la libertad y la dignidad; ha de orientarse al futuro, pues lo que está en juego es la continuidad de la vida sobre la Tierra, y ha de fundamentarse en el temor ante lo posible. Es decir, tiene que ser una ética de la responsabilidad. De ahí que el título de su obra más conocida sea, precisamente, El principio de responsabilidad. 

4. El paradigma de la responsabilidad
Una de las mayores aportaciones del pensamiento de Jonas es poner de relieve las amenazas de la técnica no sólo cuando tiene un mal uso, sino también cuando tiene un uso positivo. La técnica implica una transformación del mundo tan considerable que puede poner en peligro nuestra existencia. Y ante ello sólo cabe tomar conciencia del peligro y empezar a ejercer la responsabilidad hacia nuestro mundo y la propia vida humana.

Los peligros del buen uso de la técnica
La dificultad es que no sólo cuando se abusa de la técnica con mala voluntad, es decir, para malos fines, sino incluso cuando se emplea con buena voluntad para sus fines propios altamente legítimos, tiene un lado amenazador que podría tener la última palabra a largo plazo. Y el largo plazo está de alguna manera inserto en la acción técnica. Mediante la dinámica interna que así la impulsa, se niega a la técnica el margen de neutralidad ética en el que sólo hay que preocuparse del rendimiento. El riesgo de "demasía" siempre está presente en la circunstancia de que el germen innato del "mal", es decir, lo dañino, es alimentado precisamente por el avance de los "bueno", es decir, lo útil, y llevado a su madurez. El riesgo está más en el éxito que en el fracaso... y sin embargo el éxito es preciso, bajo la presión de las necesidades humanas. Una apropiada ética de la técnica tiene que entender esta multivalencia interior de la acción técnica.
H. Jonas, Técnica, medicina y ética

Una nueva conciencia
El problema de cómo responder a la enorme responsabilidad que el casi irresistible progreso científico-técnico deposita tanto sobre sus titulares como sobre la mayoría que lo disfruta o sufre sigue sin estar resuelto, y los caminos para su solución están en sombras. Sólo los inicios de una nueva conciencia que, aún parpadeante, acaba de despertar de la euforia de las grandes victorias a la dura luz diurna de sus riesgos, y aprende nuevamente a temer y a temblar, permiten la esperanza de que nos impongamos voluntariamente barreras de responsabilidad.
H. Jonas, Técnica, medicina y ética

Una responsabilidad cósmica 
Así ocurre que la técnica, esa obra fríamente pragmática de la astucia humana, sitúa a los hombres en un papel que sólo la religión le había atribuido a veces: el de administrador o guardián de la Creación. En tanto la técnica engrandece su poder hasta el punto en que se vuelve sensiblemente peligrosa para el conjunto de las cosas, extiende la responsabilidad del hombre al futuro de la vida en la Tierra, que ahora está expuesta indefensa al abuso de ese poder. Con ello la responsabilidad humana se vuelve cósmica por primera vez (porque no sabemos si el universo ha producido antes una cosa igual). La ética medioambiental, en sus inicios, que se agita entre nosotros verdaderamente sin precedentes, es la expresión aún titubeante de esta expansión sin precedentes de nuestra responsabilidad, que responde, por su parte, a la expansión sin precedentes del alcance de nuestros actos. Ha hecho falta una amenaza visible del conjunto, los comienzos, de hecho, de su destrucción, para movernos a descubrir (o a redescubrir) nuestra solidaridad con él: un pensamiento que avergüenza.
H. Jonas, Técnica, medicina y ética