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viernes, 26 de agosto de 2022

Las cinco etapas del duelo

La gente no se aflige de una manera predecible y fija.

Negación, enojo, negociación, depresión y aceptación. Aquellos que han oído hablar de estas cinco etapas del duelo podrían asumir que componen una hoja de ruta inexorable. Según esta teoría, los que se enfrentan a una muerte luchan por procesarla, se enojan, suplican a Dios que la prevenga o la deshaga, se hunden en la tristeza y, eventualmente, llegan a vivir con la pérdida.

Sin embargo, el dolor no está tan reglamentado. Incluso, la creadora de las cinco etapas, la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, quien las utilizó por primera vez para describir cómo los pacientes terminales anticipan su propia muerte, lamentó en un libro posterior que había sido "muy mal entendidas". Asimismo, admitió que no todos experimentan todas las fases o las siguen en el mismo orden.


No hay duda de que las personas en duelo se enojan y se deprimen por una pérdida, y "a la gente le cuesta creer que sea real", dice George Bonanno, profesor de psicología clínica en la Universidad de Columbia (EEUU). "Lo que realmente sucede es que debes conciliar todos los recuerdos y expectativas de tu vida. Tu cerebro es un órgano de predicción, por lo que predice que esa persona todavía está allí. Tienes que actualizar tu mundo, y eso es doloroso y difícil". Pero Bonanno y otros investigadores rechazan la idea de que tales experiencias deban tratarse como etapas. "El problema es que, cuando las personas no pasan por ellas, comienzan a preocuparse de que están haciendo algo mal", advierte este experto.

Así, un período de meses de síntomas que impiden el funcionamiento normal, como la angustia emocional intensa y el doloroso anhelo por el fallecido, puede indicar que todo está en orden. "Si lo está haciendo realmente mal después de muchos, muchos meses, entonces tiene un trastorno patológico y necesita ayuda", comenta Bonanno. Y puntualiza: "Aunque eso solo pasa en alrededor del 10% de la gente". Su investigación sobre trayectorias de recuperación ha encontrado que la mayoría de los participantes, meses después de la muerte de un ser querido, muestran pocos o ningún síntoma.

"Es natural estar realmente triste cuando muere un ser querido", dice Bonanno. Para la mayoría, esa alta intensidad disminuye poco a poco. La idea de etapas de duelo, por otro lado, se niega a morir.


domingo, 14 de junio de 2020

La afectividad

1. Delimitación conceptual de la afectividad: el humor, la emoción y el sentimiento
Los estados afectivos son autónomos y es preciso enfocarlos particularmente.
La afectividad es lo que no es instinto, lo que no es pensamiento, lo que no es percepción, es decir, todo lo que no es vida psíquica objetivable. Los estados afectivos son contenidos propios, estados de vida interior no comunicables, originales e irreductibles a otros procesos o estados, esto es, estados del yo o formas de sentirse con uno mismo.
Desde la perspectiva experimentalista, la afectividad suele reducirse a la emoción, describiéndose como una forma de conducta aferencial y como un feedback propioceptivo de las reacciones fisiológicas y motoras que se ponen en marcha ante ciertos estímulos, resaltándose el papel activador peculiar que tiene en la conducta.
La afectividad supone la posibilidad de experimentar genuinos estados biopsíquicos, clásicamente denominados humor, emoción y sentimiento, que implican una cierta agitación interior y una nota valorativa de carácter anímico respecto a la forma de sentirse uno mismo o la forma de captar los estímulos del entorno.
El humor incluye unos estados anímicos relativamente duraderos, ligados a la constitución y la herencia, que sirven de base para colorear todas nuestras experiencias. El humor es como nuestro hábito afectivo, originando el tono general y habitual de nuestro organismo.
Las emociones consisten en reacciones afectivas globales, intensas y de corta duración, que se acompañan de un correlato fisiológico (miedo, ira, placer-displacer).
Los sentimientos están caracterizados por poseer una mayor intensidad que las emociones, una mayor continuidad en el tiempo y una carencia de correlato somático. En ocasiones su intensidad es notable, instándose en el eje de la conducta: son las pasiones, afecto mixto entre el sentimiento y la emoción.
Algunos autores consideran el sentimiento como una actitud social, según tres ingredientes: cognitivo (creencias respecto al objetivo social), afectivo (predisposición favorable o no respecto al objetivo social) y conductual (actos que emanan de los factores anteriores).


2. Consideraciones fenomenológicas sobre la afectividad
Los sentimientos sensoriales son los estados afectivos más ligados al fondo biológico, estando fundamentalmente al servicio de la conservación individual (dolor). Sus rasgos son:
  • Tienen una localización corporal.
  • Avisan o alertan al individuo.
  • Poseen un carácter actual.
Los sentimientos vitales dependen de la constitución y de la herencia (alegría o tristeza). Sus rasgos son:
  • No poseen una localización corporal, dando una información del organismo como un todo.
  • Permiten caracterizar nuestra relación con el entorno.
  • Son más prolongados en el tiempo que los sensoriales.
  • Poseen un carácter intencional.
  • Emergen de nuestra interioridad, es decir, son de naturaleza autónoma. 
Los sentimientos anímicos poseen escasa interrelación con el fondo biológico. Sus características son:
  • Son afectos reactivos o puestos en marcha por algún estímulo o experiencia concretos.
  • No están ligados a la percepción o captación racional del exterior, sino que se constituyen por la participación del yo, dando a los estímulos una significación según las experiencias anteriores, las características conscientes e inconscientes del sujeto, el contexto en que se enmarca el estímulo, etc.
Los sentimientos espirituales son la superestructura de la personalidad, regiones psicológicas específicas del ser humano. Sus características son:
  • Poseen una connotación vivencial absoluta.
  • Determinan los aspectos más hondos de nuestras decisiones, de nuestros compromisos y de nuestro sentido de la vida.
3. La emoción: Componentes fisiológicos, subjetivos y expresivos
La emoción está al servicio de la adaptación, participando en la activación de los programas innatos y adquiridos de la conducta animal y humana. Gracias a ella, el sujeto puede atraer la atención de los demás hacia sí.
En cuanto a los componentes fisiológicos de la emoción, Cannon sostuvo que este correlato somático tiene como finalidad el proporcionar energía al organismo para hacer frente a ciertas emergencias. Además, son de notar peculiaridades interindividuales en una misma emoción, ya por razones genéticas, ya por factores de aprendizaje.
Dentro de los componentes subjetivos de la emoción son de destacar los factores cognitivos. Las interpretaciones que las personas dan a sus estados fisiológicos dependen de la forma de percibir las situaciones inmediatas que rodean al estado físico.
Dentro de los componentes expresivos destacan determinadas pautas mímicas, gestuales y de acciones, que en parte son innatas y en parte adquiridas por el aprendizaje social. No está suficientemente claro que una determinada expresión facial signifique siempre lo mismo, al margen del contexto en que se perciba. Los patrones motóricos faciales y de otro orden están más o menos mediatizados por la cultura.  
 
  

sábado, 1 de septiembre de 2018

La expresión de las emociones

Se llama así al conjunto de cambios corporales observables (sonidos, posturas, gestos, etc.) que acompañan a una emoción determinada. Es la forma en que algo íntimo e inobservable (la propia emoción) sale fuera ("se ex-presa") para que pueda ser conocido por otros. Fundamentalmente se tienen en cuenta tres aspectos:

  1   La voz (intensidad, tono y timbre). Existe una amplia evidencia en lo que se refiere a un descenso del tono y disminución de la intensidad en la tristeza y (con menos seguridad) en el asco, mientras que en las otras emociones básicas (miedo, alegría, sorpresa, ira) la voz se hace más aguda e intensa.
  2   La postura corporal (hombros caídos o erguidos, manos abiertas o cerradas, posición de las extremidades, etc.) puede indicar también la emoción a la que acompaña.
  3   La expresión facial. Es el aspecto más estudiado de la expresión emocional. Ekman ha identificado en detalle la codificación facial de las seis emociones que él considera básicas:

a - Alegría: las comisuras de los labios se retraen y elevan (sonrisa) y las mejillas igualmente se elevan.
b - Ira: aproximación y descenso de las cejas (ceño fruncido), retraimiento del párpado superior y elevación del inferior, estrechamiento de los labios, boca abierta o semiabierta al descender la mandíbula y elevarse el labio superior, dientes apretados, mirada fija.
c - Miedo: aproximación y elevación de las cejas, boca y ojos abiertos, labios tensos.
d - Sorpresa: elevación de las cejas, ojos muy abiertos, elevación de la barbilla, descenso de la comisura de los labios.
e - Tristeza: aproximación y elevación de las cejas, elevación de la barbilla, descenso de la comisura de los labios.
f - Asco: elevación del labio superior, descenso de mandíbula y comisura de los labios, elevación de mejillas, arrugas en frente, nariz y párpados inferiores.

¿Hasta qué punto es posible el control voluntario de la expresión emocional y, por tanto, el ocultamiento o simulación de las propias emociones? La vida en sociedad nos ofrece múltiples ejemplos de este hecho e incluye reglas de manifestación de las emociones que prescriben quién puede expresar qué emoción, ante quién y en qué ocasiones: no se puede (no es culturalmente correcto) expresar alegría en un funeral, ni en general ira en una reunión social; un policía no puede expresar miedo ante un delincuente, etc. Ocultamos las emociones o fingimos sentir lo que sentimos, pero la cuestión es si es posible borrar totalmente cualquier expresión emocional hasta el punto de que la emoción resulte absolutamente indetectable para los demás. El propio Ekman realizó una curiosa experiencia en que, tras proyectar distintas escenas de películas (cómicas, dramáticas o repugnantes) a varios grupos, pidió a todos los sujetos que expresaran alegría: todos ellos dibujaron sonrisas en sus caras; cuando posteriormente se pidió a otros sujetos diferentes que distinguieran cuáles de estas sonrisas eran reales y cuáles fingidas, el porcentaje de aciertos fue sorprendentemente alto. Por tanto, viene a decir este experimento que, aunque nos esforcemos en disimular nuestras auténticas emociones, siempre quedará alguna señal de ellas que personas suficientemente atentas podrán reconocer: no es posible controlar totalmente nuestra expresión emocional.

lunes, 27 de agosto de 2018

Teorías sobre la emoción

1. La emoción como experiencia: Wundt, James y Freud
El estudio de la experiencia emocional con métodos introspectivos fue abordado por los fundadores de la psicología científica como Wundt. Según este autor, los sentimientos y emociones pueden clasificarse según su posición en tres pares de fuerzas:
  • Placer-displacer
  • Excitación-depresión
  • Tensión-relajación
Tuvo mayor repercusión en la psicología posterior el enfoque de William James, quien consideró la emoción como la experiencia de una reacción orgánica a un hecho percibido; su teoría suele sinterizarse mediente la afirmación "no corremos porque tenemos miedo, sino que tenemos miedo porque corremos", aunque si nos quedamos en ella corremos el riesgo de no entender lo que dice James. Veámoslo mediante un ejemplo:

 1.  Voy andando por una calle oscura y solitaria, de repente veo una figura humana moviéndose entre las sombras y me parece adivinar el brillo de una navaja en su mano. Se ha producido, por tanto, la percepción de una amenaza.
 2.  El organismo tiene una forma peculiar de reaccionar a la percepción de una amenaza, que consiste fundamentalmente en iniciar un movimiento para alejarse de dicha amenaza lo más rápidamente posible (huida); esta respuesta motora requiere una serie de reacciones orgánicas de tipo visceral, reguladas por el sistema nervioso autónomo: aceleración del pulso, contracción de los vasos sanguíneos, incremento de azúcar en la sangre, dilatación de los bronquiolos y aceleración del ritmo respiratorio, inhibición de la actividad digestiva, descarga de adrenalina, apertura de las pupilas, erección del vello, sudoración...
 3.  Se puede decir que la experiencia de miedo consiste en la percepción por parte del sujeto de los cambios fisiológicos enumerados en el punto anterior, muy especialmente la tensión de los músculos adyacentes a los vasos sanguíneos.

Este enfoque se conoce como teoría de James-Lange debido a que fue propuesto, al mismo tiempo que por James, por el danés Carl Lange.
Dentro de este grupo de teorías podemos incluir también el psicoanálisis de Freud, quien considera la emoción como el acontecimiento de mayor valor dentro de la vida psíquica. El pensamiento y la conducta de los hombres están movidos por la emoción mucho más que por las ideas, que generalmente no tienen más función que la de acompañar a los afectos: éstos no pueden ser extinguidos, mientras que las ideas sí que pueden sustituirse unas por otras; por ejemplo:
  • Desplazamiento: Cambio de acento que se produce entre dos ideas relacionadas (a veces muy lejanamente), de forma que la importancia subjetiva o carga emocional que merecería tener una de ellas pasa a la otra.
  • Simbolización: Sustitución de una o varias ideas abstractas por una imagen concreta.
Freud pone el origen de la enfermedad mental en una emoción que no ha podido expresarse adecuadamente y ha sido negada como tal, pero sigue actuando desde el fondo inconsciente de la personalidad: la curación (catarsis) pasa por recuperar el recuerdo de la experiencia reprimida acompañada de la emoción originaria para que ésta pueda, ahora sí, expresarse.

2. La emoción como comportamiento: Darwin, Watson y Ekman
El origen de este enfoque del estudio de la emoción se encuentra en el libro de Charles Darwin La expresión de las emociones en los animales y en el hombre, publicado en 1872. Partiendo de su teoría evolucionista, Darwin estudia la función adaptativa de las expresiones emocionales, considerando algunas de ellas como residuos de conductas que en su día tuvieron una finalidad supervivencial: si en su momento nuestros antepasados simios enseñaban los dientes a sus enemigos para asustarlos y ahuyentarlos, hoy este mismo gesto (enseñar los dientes) queda como expresión de la emoción de cólera. En consecuencia, las emociones, o más bien su expresión, se explican o bien desde su utilidad biológica actual, o bien como reminiscencias de conductas biológicamente útiles en el pasado.
Como buen conductista, John Watson rechazó el mentalismo de James y sencillamente prescindió de la experiencia emocional. Consideraba las emociones como "patrones de respuesta" que se ejecutan ante ciertos estímulos, algunos de ellos observables en niños recién nacidos y, por tanto, hereditarios (las tres emociones básicas: miedo, ira y amor, entendiendo por este último la disposición favorable a recibir caricias y otras señales de afecto), y el resto adquiridos por condicionamiento. Watson pretendía demostrar que las respuestas emocionales suscitadas por estímulos incondicionados (por ejemplo, el miedo ante un ruido inesperado) pueden transferirse a otros estímulos asociados a los primeros (por ejemplo, una rata blanca presentada a la vez que dicho ruido). Así lo probó en el famoso y controvertido experimento con el niño Albert.
En los años 70, Paul Ekman, psicólogo estadounidense nacido en 1934, retomó el asunto estudiado por Charles Darwin cien años antes, la expresión de las emociones, ofreciendo una clasificación de las emociones básicas (alegría, tristeza, miedo, ira, sorpresa y asco) y de las expresiones que las acompañan: estas expresiones son universales, presentes en todas las personas al menos desde los seis meses de edad y comunes a todas las culturas, por lo tanto reconocibles entre individuos de culturas diferentes. Posteriormente se ha añadido alguna otra emoción, como el interés, la vergüenza, la culpa o el desprecio, con expresiones faciales también específicas y universales.

3. La emoción como suceso fisiológico: Cannon, Papez y Marañón
Walter Cannon cuestionó particularmente la base fisiológica de la teoría de James, por revelarse contraria a los hechos comprobados: si fuera verdad que la emoción es la percepción de unos cambios viscerales, debería aparecer de idéntica forma siempre que aparecieran éstos, pero tales cambios son muchas veces los mismos para emociones distintas (como el miedo y la ira), pueden acompañar a estados patológicos como la fiebre o incluso ser provocados artificialmente (inyecciones de adranalina) sin que el sujeto sienta una verdadera emoción.
En consecuencia, Cannon buscó otro centro neurofisiológico al cual estuvieran referidas tanto la experiencia como la conducta emocional. Lo halló en el conjunto formado por tálamo e hipotálamo, cuya activación provocaba dos clases de efectos: por un lado, el tálamo envía impulsos al córtex (experiencias); por otro, el hipotálamo los envía a los músculos, vísceras y glándulas (conducta). Un discípulo de Cannon llamado Philip Bard comprobó el papel del hipotálamo en la conducta emocional con sus experimentos con animales descorticados: cuando a un animal (perro, gato, etc.) se le ha extirpado toda la masa encefálica por encima del hipotálamo sigue comportándose de forma emocional, sus reacciones son incluso más intensas que en los animales normales, pero debemos dar por supuesto que el animal no siente ninguna emoción.
Frente a James-Lange, la teoría de Cannon-Bard no dice "tenemos miedo porque corremos", sino "tenemos miedo y corremos por la activación de tálamo e hipotálamo".
La teoría hipotalámica de Cannon, aunque supuso un avance frente a la de James-Lange, fue pronto superada por el descubrimiento del papel fundamental del sistema límbico. Este mérito corresponde sobre todo al neurólogo James Papez, que habla de tres corrientes de impulsos generadas desde el tálamo a partir del momento en que este recibe las aferencias de los receptores: la primera va desde el tálamo hasta los músculos (corriente de la acción), la segunda hasta la corteza cerebral (corriente del pensamiento) y la última, la más significativa, recorre el sistema límbico (corriente del sentimiento) desde el que los impulsos irradiados tiñen emocionalmente las representaciones generadas en el córtex.
Paul McLean desarrolló el descubrimiento de Papez, distinguiendo tres niveles de organización cerebral: el cerebro de los vertebrados inferiores o cerebro reptiliano, el propio de los mamíferos primitivos (que corresponde al sistema límbico de Papez) y el neocórtex o cerebro de los mamíferos superiores. El sistema límbico, responsable de la emoción, juega un papel intermedio entre la pura reactividad instintiva y las funciones mentales superiores.
La última aportación teórica en torno a la importancia del sistema límbico en la vida emocional ha tenido lugar de la mano de Joseph LeDoux, que en los años 90 descubrió la doble vía para el procesamiento cerebral de las emociones: mientras la vía principal y más conocida es la que va del tálamo a la corteza y de ésta a los músculos y vísceras, iniciando la respuesta motora adecuada, existe además una vía secundaria o corta que va del tálamo a la amígdala y puede desencadenar una respuesta sin mediación de la corteza: respuesta siempre más rápida, pero más primitiva e irracional, que normalmente se ve después confirmada, inhibida o modelada por el córtex (por ejemplo, si aparece un monstruo en una película de terror la amígdala envía a los músculos la orden de iniciar la huida, pero muy poco tiempo después el córtex inhibe esta respuesta al percibir que la amenaza no es real).
Otra estructura implicada en los procesos fisiológicos de la emoción es el sistema endocrino: glándulas que vierten sustancias químicas (hormonas) en la sangre. Existe una íntima relación entre los sistemas nervioso y endocrino, cuya más clara expresión es el conjunto hipotálamo-hipófisis, que controla la secreción de todas las glándulas del cuerpo. El médico español Gregorio Marañón estudió los efectos de inyecciones de adrenalina en la producción de emociones: aunque aparecían los cambios fisiológicos que acompañan a las emociones, no todos los sujetos vivían la experiencia emocional correspondiente, algunos la sentían como una representación carente de realidad. Este hecho, corroborado cuarenta años después por Schachter y Singer, confirmó la diferencia entre experiencia y fisiología de la emoción: aunque ambas suelen darse juntas, la correlación puede fallar e incluso puede aparecer la una sin la otra. Lo mental y lo físico son dos esferas distintas, aunque relacionadas.

4. La emoción como suceso cognitivo
La insuficiencia de la explicación fisiológica para dar cuenta de la experiencia emocional ha hecho que los psicólogos dirijan su mirada a los aspectos cognitivos de la misma, esto es, las ideas, creencias y expectativas que determinan el tipo de emoción que se experimenta. Con el ya mencionado precedente de los trabajos de Gregorio Marañón en los años 20, se considera la experiencia inaugural de este enfoque la realizada por Schachter y Singer en 1962. En ella, unos sujetos a los que se había inyectado una droga recibieron distintas informaciones sobre los efectos de dicha droga, veraces en unos casos y enteramente falsas en otros. Posteriormente se observaron sus reacciones y pudo comprobarse que el efecto de la droga dependía en buena medida de la información proporcionada a cada sujeto, que venía a sentir lo que esperaba sentir más que lo provocado por la droga consumida.
Desde finales del siglo XX han sido criticados tanto los modelos puramente cognitivos (la cognición determina la emoción) como los emotivos (la emoción determina la cognición), proponiendo a cambio un modelo de feedback en el que los aspectos cognitivos (creencias) condicionan la emoción que, a su vez, corrige o refuerza estas mismas creencias. A nivel cerebral, la interacción cognición-emoción se expresa como la inexistencia de estructuras cerebrales exclusivamente cognitivas o exclusivamente emotivas: todas ellas (tálamo, hipotálamo, sistema límbico, córtex...) son a la vez las dos cosas, aunque evolutivamente se hayan especializado en un tipo de tareas.

5. Conclusiones
Tras el rápido recorrido realizado por diferentes teorías sobre la emoción, podemos enumerar algunas conclusiones:
  1. La emoción es un proceso complejo y pluridimensional en el que diferentes factores se condicionan mutuamente sin solaparse o absorberse entre sí.
  2. El núcleo de la emoción, lo que la define como tal y nos permite clasificarla en diferentes tipos, es la experiencia emocional, accesible únicamente por autobservación; como acompañantes necesarios, pero variables en grado, de esta experiencia aparecen aspectos cognitivos (creencias y expectativas), fisiológicos y conductuales.
  3. La diferencia entre emociones primarias o básicas (innatas) y secundarias o derivadas (aprendidas) es generalmente aceptada, pero no lo es tanto la enumeración de las emociones ni su clasificación en una u otra categoría. Lejana en el tiempo y superada ya la admisión por Watson de tres únicas emociones básicas (miedo, ira y amor), en las últimas décadas ha tenido particular fortuna el criterio de Ekman acerca de seis emociones innatas (posteriormente ampliadas) cuya expresión corporal es universal: alegría, tristeza, ira, miedo, sorpresa, asco.
  4. No se puede señalar una única estructura fisiológica responsable de la emoción, sino que en la generación de ésta colaboran, al menos, el sistema nervioso autónomo, las glándulas de secreción interna, el hipotálamo, los sistemas reticular y límbico, y la corteza cerebral.
  5. Más difícil es concretar la forma en la que las distintas emociones se diferencian entre sí en cuanto a sus correlatos fisiológicos: se ha observado que el aumento del ritmo cardíaco es mayor en el miedo y la ira que en otras emociones como la sorpresa, el asco o la alegría; con el miedo los vasos sanguíneos se contraen y la temperatura de la piel desciende (nos ponemos "pálidos" de miedo), mientras que en la ira se dilatan y aumenta la temperatura de la piel ("rojo" de ira), etc. Estos datos, no obstante, no son enteramente generalizables y las mayores diferencias se dan en base a la intensidad de la emoción y no a su especie.     

domingo, 29 de julio de 2018

Los afectos

Si nos preguntamos qué es una emoción, lo primero que debemos hacer es delimitar el conjunto más amplio (género) en el que las emociones (especie) están incluidas. Aceptando la ambigüedad del lenguaje, que muchas veces es bastante impreciso a la hora de distinguir entre el significado de términos como "emoción", "sentimiento" y "afecto", podemos aventurarnos a afirmar que los dos primeros son divisiones dentro del tercero: sentimientos y emociones son dos clases de afectos, que quizá no se distingan tanto por su cualidad como por su intensidad o duración. ¿Qué es, por tanto, un afecto? Tratemos de ofrecer una descripción elemental:

 1.  Un afecto es un suceso subjetivo que vive una sola persona y sólo puede ser experimentado directamente por ella misma. Hay que distinguirlo, por tanto, de los hechos objetivos o intersubjetivos que (aproximadamente, pues nunca dos personas distintas ven exactamente lo mismo) todos conocemos de la misma manera.
 2.  En relación con lo anterior, y más allá de lo que ocurre en otros sucesos también subjetivos como las percepciones o recuerdos, los afectos no tienen una referencia tan clara a un objeto exterior (en lenguaje filosófico, su carácter intencional es a veces dudoso). Expliquémoslo con un ejemplo: si recuerdo, recuerdo algo (por ejemplo, lo que me dijeron ayer al salir del trabajo); si me siento triste, ¿a qué me estoy refiriendo con mi tristeza?, ¿a su causa, que quizá ni siquiera conozco (muchas veces sentimos tristeza o enfado sin saber por qué)? Se puede decir que mi tristeza no me muestra nada o lo muestra sólo de pasada, fundamentalmente se queda en mi propia subjetividad. Más que apuntar a un hecho o situación, el sentimiento revela más bien la actitud del sujeto ante ese hecho o situación: si yo estoy triste porque se acaban las vacaciones, mi tristeza sólo habla de pasada de un hecho objetivo (el fin de las vacaciones), pero principalmente se refiere a mi disgusto, oposición o rechazo ante ese hecho objetivo.
 3.  Los afectos se sitúan necesariamente en uno de los polos: placer/dolor, atracción/rechazo, etc. Hay, por tanto, afectos positivos y afectos negativos, pero no existen los afectos neutros: la indiferencia o apatía no es un afecto distinto, sino la falta de afecto.
 4.  Aparte de esta bipolaridad, los afectos presentan características como la intensidad, la duración, la expresión física, etc., que pueden servir para clasificarlos en distintas categorías. La división más general es la que se hace, como ya hemos dicho, entre sentimientos y emociones: una emoción es más intensa (y generalmente más breve) que un sentimiento, y su traducción física (llanto, risa, temblor, etc.) es también mucho más clara y evidente. A este último aspecto alude la palabra emoción, que etimológicamente significa "sacudida" o "agitación". A veces se introduce también una tercera categoría, las pasiones, algo así como una emoción prolongada en el tiempo que domina al sujeto y amenaza su capacidad racional, por ejemplo, un amor o un odio exacerbados.

La emoción puede considerarse, al menos, desde tres perspectivas: como experiencia (¿qué siente el sujeto de la emoción?), como comportamiento (¿qué hace?) y como suceso fisiológico (¿qué pasa en su organismo?). En los últimos años se ha añadido una cuarta: la emoción como suceso cognitivo (¿qué ideas o creencias se hallan en la base de la experiencia emocional?).