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sábado, 22 de marzo de 2014

Inteligencia ejecutiva

El artículo siguiente se publicó en Magazine EL MUNDO, el 15 de abril de 2012, con motivo de la publicación del libro de José Antonio Marina.

INTELIGENCIA EJECUTIVA
Artículo de Isabel Muñoz y Víctor Rodríguez


Tras el auge del estudio de la inteligencia cognitiva primero y la inteligencia emocional después, emerge ahora con fuerza la noción de inteligencia ejecutiva. El filósofo José Antonio Marina desvela las claves de su funcionamiento en el cuarto tomo de su Biblioteca Universidad de Padres.

¿Inteligencia ejecutiva? No se despiste, no se refiere a la capacidad de entender, de comprender o de resolver problemas que poseen los directores de empresa. Se trata de un modo de definir la inteligencia humana que, aplicado a la educación, puede revolucionarla. Éste es el punto de partida de Inteligencia ejecutiva (Editorial Ariel), el último libro del filósofo y pedagogo José Antonio Marina, dirigido a los padres y a los profesores dentro de su proyecto Universidad de Padres.
"Durante mucho tiempo se pensó que la función principal de la inteligencia era conocer. Después se reconoció la importancia de la inteligencia emocional. Ahora vemos la necesidad de integrar esas ideas dispersas en un modelo más potente", explica Marina. "El objetivo esencial de la inteligencia es dirigir el comportamiento mediante metas conscientemente elegidas, utilizando para ello la información necesaria y la gestión de los sentimientos".
El filósofo sostiene que este nuevo modelo va a revolucionar nuestros métodos de enseñanza. "La neurociencia indica que el cerebro está organizado en dos niveles. El nivel básico es una
fantástica maquinaria neuronal que capta información, la elabora y produce ideas, recuerdos,
sentimientos, deseos. Genera ocurrencias continuamente... Sobre él se desarrollan las funciones ejecutivas, que son las encargadas de proyectar, dirigir, controlar, animar o bloquear esas actividades generadoras".
Para entenderlo más fácilmente, el autor utiliza el símil de un barco. "Nuestra inteligencia", escribe, "es como un poderoso navío dotado de una sala de máquinas y un puente de mando". El mencionado nivel básico, que también puede llamarse inteligencia generadora, sería la sala de máquinas. En ella residen la fuente de energía, los instrumentos para captar, almacenar y combinar la información y un archivo de singladuras pasadas y maniobras exitosas. "Con todo eso", prosigue, "sin que el sujeto lo sepa, se elabora una ruta que se envía al puesto de mando".
Ese puente de mando es la inteligencia ejecutiva, que está para que la orden enviada desde la sala de máquinas no se ejecute inmediatamente. En el puente de mando se decide si es oportuno o no ejecutar tal orden.
Las consecuencias son importantes para los pedagogos y, en último término, para los padres. En el libro, Marina se refiere a los estudios del psicólogo de origen austriaco nacionalizado norteamericano Walter Mischel, que sugieren que la capacidad de resistir la tentación y aplazar la recompensa, funciones características de la inteligencia ejecutiva, predicen con mayor exactitud el rendimiento escolar de los niños que los tests de inteligencia convencionales.
"A todos nos gustaría ser más ingeniosos, más tenaces, más libres. Todas estas cualidades son hábitos que la inteligencia ejecutiva se propone como proyectos, y que consigue mediante
entrenamiento", comenta el escritor. "Podemos educar la gran máquina generadora de ocurrencias, para que sea eficaz y brillante, y debemos educar las funciones ejecutivas, para seleccionarlas y ponerlas en práctica. Ambas cosas hacen posible la educación del talento. Nuestro gran objetivo".
A su juicio, problemas como el déficit de atención, la hiperactividad, la impulsividad excesiva, la dificultad para mantener el esfuerzo y para aplazar la recompensa tiene su origen en no haber educado debidamente este tipo de inteligencia.

Así opera:

1. INHIBE LA RESPUESTA. Es la función esencial de la inteligencia ejecutiva porque permite regular el comportamiento por metas lejanas. Consiste en no dejarse llevar de la impulsividad, para poder evaluar el impulso y decidir si es adecuado o no. Cuando no se educa bien esta función nos encontramos con problemas en el autocontrol del comportamiento. Su mecanismo es sencillo: la inteligencia ejecutiva compara el impulso y el deseo con su criterio de evaluación y lo acepta (pasando a la acción), lo rechaza definitivamente (bloqueándolo) o busca una alternativa. Incluye tres procesos distintos: inhibir la respuesta inmediata a un estímulo, interrumpir una respuesta ineficaz y proteger la conducta de distracciones.
2. DIRIGE LA ATENCIÓN. Ésta es una capacidad imprescindible para el desarrollo de la inteligencia. Nos permite concentrarnos en una tarea, mantener las metas y evitar las distracciones. Hay una atención involuntaria dirigida por el estímulo -por ejemplo, cuando oímos un ruido fuerte- y una atención voluntaria, determinada por el sujeto. Ésta es esencial para el aprendizaje, y para el comportamiento libre. El niño debe aprender a manejarla.
Cuando no es capaz de hacerlo, aparecen los trastornos por déficit de atención, con o sin hiperactividad. Las capacidades atencionales están parcialmente determinadas por su temperamento, pero pueden ser modificadas por la educación y el entrenamiento.
3. CONTROLA LAS EMOCIONES. Es la capacidad para resistir los movimientos emocionales que pueden perturbar la acción y aprovechar aquellos que favorecen la ejecución de las tareas elegidas. La psicología moderna da mucha importancia al aprendizaje por el niño de la autorregulación emocional. La principal función de la madre o del cuidador principal durante los dos primeros años es ayudar al bebé a soportar niveles cada vez más altos de tensión y a aumentar el control sobre su propio comportamiento. Esta autorregulación de las emociones incluye la habilidad para inhibir la negatividad inapropiada, calmarse a sí mismo y poner la atención al servicio de una tarea.
4. PLANIFICA Y ORGANIZA LAS METAS. Somos capaces de anticipar o imaginar el futuro. La inteligencia ejecutiva se propone objetivos, elabora proyectos y diseña planes para realizarlos. Mediante los proyectos transformamos todas nuestras funciones psicológicas. El lenguaje tiene un importante papel en la formulación de metas y también en la supervisión de su ejecución. A partir de las metas elegidas podemos desarrollar las capacidades necesarias para alcanzarlas, por medio del entrenamiento. Insistir en que los niños o los adultos establezcan planes es fácil. Lo que en ocasiones resulta más difícil es que después de establecerlos los pongan en práctica.
5. PERMITE INICIAR Y MANTENER LA ACCIÓN. Hay niños y adultos que son muy lentos en comenzar una tarea, y les cuesta movilizar la energía necesaria para mantenerla. El pedagogo británico Ian Gilbert opone dos tipos de personas: NHL (No lo hagas, laméntate) y NLH (No te lamentes, hazlo). La activación forma parte importante de las funciones ejecutivas, porque nos
permite aprovechar los recursos mentales y físicos. La educación de la perseverancia, la capacidad de soportar la frustración y de aplazar la recompensa, son esenciales para el desarrollo de la inteligencia humana. La resistencia y la capacidad de esforzarse puede fomentarse.
6. ES FLEXIBLE. Hay personas con mucha dificultad para cambiar de ideas, de estrategias o de metas, incluso cuando la experiencia les demuestra que son inadecuadas. Los prejuicios, las manías, todo tipo de fanatismo derivan de una rigidez excesiva de la inteligencia, que produce efectos negativos. Por eso es pertinente introducir dentro de las funciones ejecutivas, es decir, de las competencias que nos permiten realizar nuestras metas, la flexibilidad, la capacidad para mantener nuestro sentido crítico, librarnos de las trampas dogmáticas y mantener nuestra independencia respecto a los adoctrinamientos. Hay que inducir en el niño el automatismo del cumplimiento del deber, pero no a lo loco, sino del deber que la razón nos señala.
7. RECUERDA TRABAJOS PREVIOS. Hay que ser muy tonto para decir que la memoria es la inteligencia de los tontos, porque es el fundamento de toda la actividad de la inteligencia. La
inteligencia ejecutiva determina los contenidos de nuestra experiencia que van a ser almacenados en la memoria a largo plazo. Y también -y esto es muy importante-, activa la "memoria de trabajo", es decir, los contenidos de la memoria que son pertinentes para la tarea emprendida. La educación es construcción de la propia memoria, y es imprescindible organizarla adecuadamente, estableciendo redes y mapas conceptuales y afectivos eficientes, y entrenando la capacidad de activar zonas amplias del recuerdo.
8. EXAMINA CÓMO PENSAMOS. Otra función de la inteligencia ejecutiva es el manejo de la
metacognición. La mayor parte de nuestra actividad mental la realizamos de manera no consciente. La metacognición es el esfuerzo reflexivo para saber cómo pensamos, resolvemos problemas o buscamos información. En otras palabras, un examen de conciencia. Se trata de una excelente herramienta para pensar de manera más eficiente, por lo que debemos fomentarla desde la escuela. Los niños mejoran espectacularmente en su aprendizaje cuando reciben este tipo de educación. La psicóloga norteamericana Peg Dawson afirma que estas habilidades se desarrollan a partir del primer año de vida.

viernes, 7 de junio de 2013

Amelia Valcárcel: "Descartes: poner el mundo en pie"

En EL PAÍS de hoy 7 de junio, la catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED, la profesora Amelia Valcárcel, publica un artículo de opinión con el título "Descartes: poner el mundo en pie".

Los proemios son declaraciones de intenciones y tenemos por cierto que siempre son buenas. El de la Ley de Educación también. Cuenta que el aprendizaje "va dirigido a formar personas autónomas, críticas con pensamiento propio". No añade "que no sepan quién es Platón, Descartes ni Kant", pongamos por caso. Eso que no dice, sin embargo, es lo que sucedería si el asunto no se arregla. Y bien pudiera ocurrir que alguien se preguntara por qué hay que saberse esos nombres. La razón es elemental: sucede que son nuestros primeros maestros en eso de ser personas autónomas, etcétera, etcétera. Escribimos con sus palabras y pensamos con los esquemas que nos proveyeron.
El pensamiento es la energía más sutil y necesaria de cuantas existen. Una cosa hay que decir, además: es una energía cara. Para producir personas capaces de generarla necesitamos todo el completo sistema educativo, que cuesta mucho, y una sociedad que, con confianza, lo pague. En esos largos años en que nos educamos aprendemos una larga cantidad de cosas que tienen de suyo el ser inútiles. Las ciencias no son inmediatamente útiles, aunque puedan tener muy buenos resultados. Quienes las cultivan lo hacen porque les gusta. Aristóteles fue el primero que sepamos que se paró a pensar qué hacía diferente a las habilidades de los saberes. Había gente habilidosa que sabía hacer cosas, edificios, muebles... y otra que sabía quedarse con la idea. Los primeros solían ser buenos albañiles y los segundos eran algo más. Aquellos griegos, como estaban edificando mucho y bien, tenían afición a ejemplificar con los arquitectos.
Volvamos a los que sabían ese "algo más". Estaba claro que no era útil el "algo más". La utilidad quedaba para hacer las cosas, pero pensarlas exigía un cierto talento y entrenamiento en dejar vagar el pensamiento en libertad. Sigo con Aristóteles porque lo tenía muy claro. Las teorías, las ciencias, son hijas del ocio, de la falta de presión, del haber superado el diario buscarse la vida. Así lo cuenta en la Metafísica: "Las teorías se desarrollaron allí donde primero pudieron los hombres tener ocio, vagar; por eso las matemáticas aparecieron en Egipto donde tenía ocio la gente sacerdotal". El verbo que emplea para decir "vagar o no trabajar con las manos" es esjolaso, una palabra interesante porque de ella sacaron los romanos schola y nosotros "escuela". Si no hay tiempo de libertad no hay matemáticas, ni teoría alguna.
Es cosa sabida que el mundo antiguo, que nos enseñó a vivir, porque seguimos siendo un remedo y herencia del Imperio Romano, no tenía universidades. Había maestros afamados que abrieron escuelas donde se recibían las gentes de condición aristocrática y futuros gobernantes. La de Posidonio en Rodas llegó a ser la mejor. Pero no había enseñanzas regladas, exámenes ni títulos. Simplemente, un alguien que fuera a tener un gran papel en el mundo debía, imperiosamente, haber pasado una parte de su vida practicando ese verbo que Aristóteles escribe, vagando, haciendo un acúmulo de teoría, lo que significa de conocimientos y por ende debates no inmediatamente útiles. Ya sabría esa persona sacarles utilidad cuando, madura, tuviera ocasión para ello.
Bien pensado, aquí seguimos esa estela: durante nuestra primera y media formación aprendemos una larga serie de cosas que probablemente usemos muy pocas veces. Nociones de casi todo, de las dichas matemáticas, de gramática, de geografía, de física, de historia, de cristalografía o de prehistoria... que no usaremos probablemente nunca. Pero nos gusta saber que se quedan ahí, porque son además como escalones que nos permitirán acceder después a otros saberes más complejos. Nos vamos entrenando, por así decir.
De entre esas cosas algunas son extrañas y la filosofía es la más extraña. Porque es un saber del que muchas sociedades han prescindido. Para hacernos clara cuenta de su profundidad debemos estudiar detenidamente su historia, que es fascinante. Nace con Grecia y nos acompaña desde entonces, cambiando y modulándose sin descanso, con unas teorías subiendo sobre otras hasta componer un edificio asombroso al que conocemos por el nombre de pensamiento. Porque no es cierto que la filosofía enseñe a pensar. A pensar nos entrena, pero nos enseña, sobre todo, lo pensado, lo que ha sido pensado y su por qué. En un enorme flujo de ideas y de argumentaciones que, en volandas, nos ha traído hasta nuestro presente. En realidad navegamos sobre él. En la cabeza de cualquier persona culta bullen pensamientos que alguna vez se sumaron a ese río enorme. Los tomamos por nuestros, y lo son, pero nos los proporcionaron quienes nos precedieron. Todos estos pensamientos están, además, vivos, y mantienen entre ellos los amores y aversiones con que salieron de sus primeras fábricas. Disputan.
A veces lo peculiar de nuestra tradición nos sorprende: parece un enorme e insensato derroche de inteligencia. Pero luego nos damos cuenta de que, con toda esa masa, hemos hecho cosas. No son solamente ideas, sino instituciones, comportamientos, reglas y costumbres. Parte de nuestra política se la debemos a Locke, de nuestro sentido del humor, a Voltaire, de nuestra manera de tratar a los demás, a Kant, de lo que entendemos por vivir bien, a Epicuro. Eso nos sucede porque ese saber está intrínsecamente vinculado a lo que somos, nos ha moldeado en realidad. Para confesarlo todo, hay que decir que somos la primera humanidad producto de un diseño del cual las ideas filosóficas fueron las principales autoras. Somos una "humanidad pensada", el resultado de la imaginación ética y política de quienes dieron el gran salto que nos separó del mero sucederse natural. Nuestra concepción se realizó en las poderosas mentes que dieron camino a la Modernidad. Y sabemos lo que es la Modernidad porque nos hemos hecho cargo de ese enorme monto reflexivo en que consistimos.
La historia de las ideas, la historia de la filosofía, es la historia de lo que somos y de por qué lo somos. Está todo ahí. De Spinoza a Darwin; de Hegel a Freud. De Tocqueville a Beauvoir. En el pensamiento casi ningún camino es imposible. La filosofía no solo forma parte del núcleo duro de las humanidades, sino que es la raíz misma de aquello en que nuestra civilización consiste. Su historia es nuestra historia. Cuando nos narramos, cuando queremos saber y decir quiénes somos, debemos invocarnos como progenie de Sócrates, de Platón, de Hume, de Montesquieu, en fin, de cuantas innovaciones conceptuales, institucionales y morales nos han traído al momento presente.
Por esa persistente peculiaridad, la filosofía y su historia forman parte del saber de una persona que haya recibido un cierto monto de educación, como lo vemos aquí y en nuestro entorno. No siempre las entendemos al completo, pero sabemos que nos hablan de asuntos profundos que debemos guardar y transmitir. Venimos de ahí; somos lo que somos por ese origen. No somos súbditos ni adoradores, aunque obedezcamos y quizás oremos, sino gentes de las ideas. Ellas son nuestros muros firmes. Descartes nos puso de pie. Y así, como nos puso, debe ser contemplado el mundo. Eso lo tenemos que seguir sabiendo y transmitiendo. Que Descartes no es lo que sobra cuando queremos prescindir utilitariamente de algo, sino el filósofo que, fiado solo en la razón, nos puso en el mundo de pie.
Y no puede llegar a ocurrir que ante la mención de su nombre, u otro cualquiera de los grandes nombres de esa espléndida historia, alguien rezongue o responda "¿Quién?..., ¿mande?".

viernes, 16 de septiembre de 2011

Desperdiciar


Espido Freire con los alumnos de 2º Bachillerato del
IES Santiago Apóstol de Almendralejo (Badajoz),
visto en la página web del centro

Este artículo de Espido Freire ha aparecido hoy en la columna del diario gratuito adn. Me parece interesante que le echemos un vistazo:

Los recortes en Educación (tijeretazos para cubrir apariencias, muestra de que los dirigentes siguen siendo cortoplacistas y que en sus prioridades no está un futuro en el que ya no se encontrarán ellos) se han llevado por delante el Programa de Invitación a la Lectura que había iniciado Ramón Acín en Aragón, y que había funcionado magníficamente durante 25 años.
Así, escritores de toda España, de estilos diversos y edades dispares, se acercaban a los institutos, y conversaban o leían con los adolescentes, que habían estudiado y preparado sus obras con antelación. El éxito inmediato del encuentro dependía del interés del Departamento de Lengua, de la conducta de los chicos y del encanto del escritor; pero a medio plazo el efecto era siempre beneficioso: en ocasiones sería la única oportunidad que tendrían los muchachos en toda su vida de estudiante de conversar cara a cara con un escritor; el único espacio que el anémico temario de Lengua y Literatura podía brindarle a la poesía, por ejemplo. Y un refuerzo a las enseñanzas y consejos de los profesores. Era barato (los autores acudíamos por un precio simbólico), sencillo (involucraba poca burocracia), eficaz (años más tarde los alumnos, ya adultos, recordaban con cariño esos encuentros) y democrático, porque abarcaba desde los pueblitos más remotos a los barrios centrales de Zaragoza. Veinticinco años a la basura, por una decisión más política que económica. Una muestra más de con qué alegría desperdiciamos cuando nos hacen creer que ahorramos.

viernes, 22 de abril de 2011

Por qué leemos

Hoy viernes 22 de abril, el periódico PÚBLICO incorpora un especial Día del Libro.
El director de cine Fernando León de Aranoa escribe un artículo breve con el título "Por qué leemos".
Al final, resume sus ideas de este modo:

Leer: pedir panoramas, cuestionar, cuestionarse. Preguntar y maldecir, conservar el tiempo que nos toca. Y perderse, buscar, encontrarse. Desentrañar, viajar, crecer. Asignarle un sentido a la vida, organizar el caos. Huir de la realidad, dejarse abrazar por ella. El placer y la necesidad; desgana, melancolía, tiempo libre... Razones para leer.
Las mismas, en definitiva, que nos llevan a escribir.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Verónica decide

Ángela Becerra escribió ayer en su columna de adn sobre el caso de Verónica Fernández. Me parece interesante que conozcamos esta injusta situación:

Parece el inicio del título de uno de los libros de Coelho pero, desgraciadamente, la historia no es ficción. La pesadilla de Verónica Fernández es una flagrante prueba de una injusticia de nuestra justicia. El juzgado de instrucción número 1 de Ocaña (Toledo) acaba de condenar a Verónica a 15 días de trabajos en beneficio de la comunidad por haber llamado violador, hijo de puta y pederasta al animal que desde los tres años la ha ido matando de a poquito. Ella decidió hablar.
El hombre al que ella llamaba papá, el que le quemó sus juguetes a sus tres añitos, el que la hacía sentar sobre un brasero y le hacía beber su orina; el que la sacaba desnuda al balcón en las madrugadas heladas y la llevaba al cementerio a darle duro; el que le introdujo en su vagina una y otra vez sus sucios dedos y un mortero; el que la obligaba a hacerle continuas felaciones y la hacía dormir con un cuchillo bajo la almohada mientras la violaba, para estupefacción de ella, sigue libre y coleando. Caminando con su arma entre las piernas, a pesar de que lo denunció en el año 2007.
Mientras los políticos que mandan siguen mirando encuestas de posibles triunfos, la realidad de esta ciudadana, que busca amparo en las instituciones, es un caso que sigue sin resolver. Señores, ¿qué demonios hacen con el poder? Ustedes no están para calentar sillones. Están para impartir justicia. Demuestren de una puñetera vez que para algo sirven.

domingo, 21 de junio de 2009

Espido Freire: "Deceso"

El pasado día 19 de junio, con motivo de la puesta en venta del tercer Larsson, Espido Freire publica en adn la siguiente columna, que me parece muy afortunada:




Deceso

"Lo mejor que le puede pasar a un artista si desea ser apreciado es morirse. En general, es lo mejor para cualquier persona que aspire al respeto y el cariño. La excepción es, por supuesto, la de las celebridades contemporáneas, carne de colorín, que continúan produciendo dinero y atención desde el otro lado a costa de injurias y miserias de sus explotadores. Pero salvo contadas excepciones los funerales se abarrotan de allegados y no tan allegados que cantan las virtudes del finado.
Los escritores, a diferencia de los cantantes, que deben morirse, si es posible, con 27 años, podemos permitirnos morir casi a cualquier edad. Se inicia entonces una corriente de simpatía que deja de lado al autor (a veces, para salir ganando: los escritores nos caracterizamos por la vanidad y el sentido de la propia importancia, algo que no molesta muertos, pero que puede arruinar más de una reunión familiar vivos) y que ensalza la obra.
Stieg Larsson, entre cuyas fieles seguidoras me cuento, ha tenido
la mala suerte personal de haber cumplido con esa norma de oro,
imagino que muy a su pesar. Hoy, con su novela como libro estrella en el metro, bajo los amorosos brazos de sus lectores, pensaba en cómo hubiera disfrutado de este brutal éxito: o no. Hay maneras muy peculiares de asumir la fama. Larsson se ha librado de las envidias y la sordidez que hubiera despertado en su entorno. Muerto sólo puede inspirar respeto y simpatía.
Yo, por mi parte, tengo pensado morirme de vieja en cuanto pueda."