Cada ser humano es como los demás seres humanos, como algunos otros seres humanos y como ningún ser humano.
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sábado, 11 de marzo de 2017

La justicia social

1. De la igualdad simple a la igualdad compleja
La reflexión sobre la justicia de la sociedad no se plantea nunca en términos de una igualdad simple, como si la distribución de bienes y cargas sociales tuviese que ser idéntica para todos los individuos. Cuando las teorías de la justicia se plantean un criterio de distribución, surge el problema de la diferencia, con lo que la justicia distributiva se presenta como justicia social. Por eso, algunos autores plantean la justicia como una igualdad compleja.

2. Reparación de orden e igualdad proporcional
Una de las primeras nociones de justicia que conocemos es la que utilizaban los griegos. Para ellos, la justicia es el ajustamiento al orden natural. Pero en los asuntos humanos no se trata de un orden estático, sino de un orden dinámico cuyo ideal es el equilibrio y la armonía entre las partes. El equilibrio y la armonía pueden desaparecer tanto por exceso como por defecto, por ello la justicia está relacionada con el justo medio. De la misma manera que en el individuo la salud es la restauración de un equilibrio perdido, en la sociedad la justicia es la reparación del orden.

3. Justicia y bien común
En el pensamiento medieval, una sociedad justa es aquella en la que se busca el bien común. Este bien común no es idéntico para todos, sino que depende del lugar que cada uno ocupe por naturaleza en el conjunto de la sociedad. Cuando el orden justo, propio del bien común, refluye sobre los individuos no lo hace de forma igualitaria, sino de forma proporcional; es justo que a cada uno se le dé proporcionalmente a su posición. Pero la posición social no será siempre la misma y, por ello, el pensamiento posterior se planteará el problema de cómo establecer la proporción justa para conseguir el bien común.

4. Justicia y utilidad pública
Para el utilitarismo, las decisiones sociales y políticas deben orientarse a lo útil, lo cual se identifica con lo que nos proporciona bienestar o felicidad. Los problemas de la justicia son problemas de cálculo de utilidades; los criterios básicos son maximizar el bien y minimizar el mal. En este sentido, una decisión justa tiene que ser una decisión calculada mediante ese doble proceso de maximizar y minimizar. Con ello, la norma justa no es la norma ideal, sino la norma óptima. Aplicar la justicia es optimizar.      

Lo útil es justo: justicia distributiva y social
Podemos decir que lo útil es "justo", y que cuando no se respeta ese principio se está actuando de modo "injusto". La utilidad es un criterio de justicia. No sólo de justicia conmutativa, sino también de justicia distributiva y social. Un gobernante no puede tener más objetivo que el logro de la máxima felicidad de sus súbditos. Y para ello no tiene más remedio que regirse por el principio: "la mayor felicidad del mayor número es la medida de los justo y lo injusto". No puede haber otro criterio de justicia distributiva que éste. Ni las leyes, ni los derechos, ni la obediencia pueden tener otro fundamento ni otros límites que los que otorga la utilidad. La justicia distributiva tiene por objeto la utilidad general. La justicia y la injusticia no son términos absolutos sino relativos, y dependen no sólo de la circunstancia histórica, sino hasta de las condiciones personales.
D. Gracia, Fundamentos de bioética

5. Igualdad de oportunidades
Insatisfechos con la identificación de justicia con utilidad, bienestar o felicidad, algunos pensadores socialistas y anarquistas plantearon en el siglo XIX la justicia como igualdad de oportunidades. La igualdad de oportunidades es la igualdad en la disposición de recursos para el desarrollo personal. Así, la igualdad y la justicia reclaman una organización social tal que todo individuo encuentre en ella medios iguales para el ejercicio de las fuerzas que la naturaleza haya puesto en cada uno.

6. La teoría de la justicia de John Rawls
John Rawls (1921-2002), profesor de filosofía en la Universidad de Harvard, es un clásico del pensamiento ético y político del siglo XX. Su Teoría de la justicia (1971) constituye la propuesta más sólida de nuestro tiempo sobre el modo de entender y realizar la justicia distributiva en las sociedades democráticas. El objetivo de Rawls es combatir y superar el utilitarismo anteponiendo el "deber" -o una idea de justicia- al "bien", cuya concepción depende siempre de las contingencias particulares. A diferencia de las teorías utilitaristas y teleológicas, propone una teoría deontológica, de principios universales, heredera de la tradición kantiana.

La justicia como equidad
Rawls se propone llegar a unos principios universales que orienten las decisiones sobre normas justas. Para ello formula una hipótesis según la cual los miembros de una sociedad establecerán los principios que quieren que rijan la convivencia social desde una deliberación racional desinteresada.
Se supone que los miembros de tal sociedad se encuentran en una situación imaginaria a la que llama "posición original":
- en la que se da la condición de que las personas están cubiertas por un velo de ignorancia, desconocen qué características naturales tendrán y qué posición social ocuparán;
- en consecuencia, cada uno considerará, inevitablemente, la posibilidad de que le pueda tocar en el futuro ser el peor situado en la sociedad (pobre, enfermo, excluido, discriminado);
- por lo cual tratará de decidir rigiéndose por el principio maximin: hacer propuestas que beneficien al máximo al peor situado.
Planteada de esta forma una deliberación sobre los criterios que van a permitir establecer una valoración sobre si una norma es justa o no lo es, Rawls sostiene que se llegará a establecer los siguientes dos principios:

1. Cada persona tiene un derecho igual a un esquema plenamente adecuado de iguales derechos y libertades básicas, tal que dicho esquema sea compatible con un esquema similar para todos.
2. Las desigualdades sociales y económicas han de satisfacer dos condiciones: primera, deben estar ligadas a oficios y posiciones abiertos a todos bajo condiciones de justa igualdad de oportunidades; y segundo, han de existir para mayor beneficio de los miembros menos aventajados de la sociedad.
John Rawls, Liberalismo político

  

sábado, 4 de marzo de 2017

Éticas de la justicia: entre lo legal y lo bueno

Una de las grandes preocupaciones del quehacer filosófico es la construcción de una sociedad justa. La filosofía, despertada por situaciones de inhumanidad, sufrimiento, desorden o mala distribución de los recursos, ha asumido como una de sus exigencias básicas la promoción de la justicia. Es una tarea compleja que exige una continua reforma de la ley y del derecho. La aparición de los derechos humanos ha sido una contribución importante para establecer un horizonte de legitimidad ética con el que evaluar cotidianamente los sistemas legales.

Crímenes contra la humanidad
A la vista de la crueldad nazi tomada en bloque, los verdugos, tomados uno por uno, parecían todos insignificantes, porque esa crueldad no pertenece a la escala de lo humano, sino a la escala de lo que está más allá del hombre. Y el sentido, el alcance a la vez ontológico y judicial de la noción de crimen contra la humanidad, es el de restablecer entre el hombre y el crimen el vínculo roto por la máquina técnico-administrativa y recordar, considerando como personas los engranajes del aparato nazi, que el servicio al Estado no exonera a ningún funcionario de ninguna burocracia, ni a ningún ingeniero de laboratorio alguno, de su responsabilidad como individuo.
A. Finkielkraut, La memoria vana

1. La injusticia despierta el pensamiento
Conmocionado ante lo injusto, el pensamiento no se resigna a exclamar "esto es injusto", o "¡qué injusticia!", sino que procura reparar esa situación. Tampoco se conforma con una reparación práctica de dicha situación, sino que quiere una explicación de las causas. Estas explicaciones perduran cuando nuestra sensibilidad humana reacciona contundentemente porque percibimos que algo es "injusto" y absolutamente intolerable. Hay algo "inmemorial" en la justicia que reclama mucho más que una "teoría de la justicia" o una "idea de justicia", y que labra en el ser humano la necesidad de un sentido de la justicia.


2. Virtud del hombre y virtud del ciudadano
La justicia es una virtud que afecta a todos los ámbitos de la persona y de la sociedad. Éstas son algunas de sus principales características:
  • La justicia entre las virtudes. Desempeña una función mediadora entre los intereses del individuos y los intereses de la sociedad.
  • La justicia, una virtud personal. A diferencia de los animales, que ajustan su vida al medio natural, los seres humanos se justifican ante el medio social en el que se encuentran.
  • La justicia, virtud primera de las instituciones. Un colegio, un hospital, una empresa o un ayuntamiento no están exentos de justificar sus acciones. Cuando estas instituciones justifican las decisiones, no pueden hacerlo arbitrariamente sino que tienen que buscar argumentos justos. A veces, un argumento justo es sólo un argumento interesado o conveniente porque se justifica mediante intereses particulares sin acudir a razones de interés común, de bien común o de imparcialidad. 
  • La justicia, virtud de la ciudad. Una ciudad justa no es sola la suma de sus hombres justos o instituciones justas, sino la organización del conjunto mediante normas, leyes y códigos justos. Por eso, la justicia es un criterio ético para distinguir las distintas formas de organización social, política y jurídica.
  • La justicia, una virtud universal. A principios del siglo XXI, la justicia se ha convertido en una referencia ética para regular los intereses de los distintos Estados, de las distintas generaciones entre sí (justicia intergeneracional) y de los seres humanos con respecto al resto de las especies (justicia ecológica). Además de la globalización económica y financiera, la depredación de los recursos que utilizan unos pueblos en detrimento de otros y los desequilibrios en su distribución reclaman una justicia con dimensiones globales, planetarias y universales.
3. Teorías de la justicia: perfeccionistas y liberales
Cuando se elabora una teoría desde un verdadero ideal de vida buena o de perfección humana, se habla de teoría perfeccionista. Cuando lo que se pretende es elaborar una teoría que pueda mantenerse neutral e imparcial para los diferentes ideales de vida buena, entonces se habla de una teoría liberal. Por ejemplo, un cristiano, un musulmán o un budista pueden, o bien ordenar la sociedad según sus propios ideales de perfección humana, en cuyo caso podrían entrar fácilmente en conflicto, o bien ordenar la sociedad esforzándose por buscar unos mínimos de justicia que pudieran ser comunes y les facilitaran el desarrollo de sus ideales, en cuyo caso podrían convivir pácificamente. 

4. Lo justo, entre lo bueno y lo legal
A primera vista, las dos consideraciones de lo justo como lo "bueno" y lo "legal" parecen opuestas. La primera revela una concepción teleológica (finalista), la segunda una concepción deontológica (deber) de la vida moral y política. Bajo el signo del bien, la justicia se presenta como una virtud, lo cual supone admitir que ella contribuye a orientar la acción humana hacia una perfección. Esta pretensión de vida buena confiere a la justicia un carácter finalista (teleológico): vivir bien es el fin. Bajo el signo de lo legal, la justicia se presenta como una obligación, un deber y, en definitiva, como una idea vinculada al mundo del derecho. Esta pretensión de ajuste y corrección a las normas confiere a la justicia un carácter deontológico.

Escasez, egoísmo y pluralismo
Si se plantea el problema de la justicia, si importa determinar lo que cada uno tiene derecho a esperar de cada uno, en principio es porque los recursos son escasos, porque no estamos en un régimen de abundancia. También puede suceder que los miembros de una sociedad no aspiren a consumir, sino a mandar. En este caso, salvo que se suponga una armonía preestablecida, la escasez continuaría reinando en el orden del poder y el tema de la justicia seguiría planteándose. Para que se plantee el problema de la justicia es necesario que haya escasez y egoísmo (entendido como la negación del altruismo), o pluralismo (entendido como la negación de la homogeneidad perfecta).
P. Van Parijs, ¿Qué es una sociedad justa?

Justicia y motivación
Nuestra explicación de la naturaleza de la justicia no puede separarse de la pregunta por la motivación. ¿Qué nos reclama la justicia? O ¿se puede demostrar que es racional ajustar nuestra conducta a las exigencias de la justicia? Esta pregunta debe plantearse porque una indagación sobre la justicia no es una investigación puramente teórica semejante al desarrollo de teorías científicas acerca de los fenómenos naturales. Si descubrimos algo nuevo sobre los muones o los gluones, esto no conduce directamente a ninguna implicación acerca de qué deberíamos hacer (si es que hemos de hacer algo). Pero si llegamos a la conclusión de que nos estamos comportando injustamente, estaríamos de alguna manera fracasando en reconocer la importancia de esto si meramente dijéramos: "¡Qué interesante!". A menos que el reconocimiento de la injusticia tienda en alguna medida a determinarnos a hacer algo acerca de ella, tendría poco sentido incluso separa la pregunta "¿Qué es la justicia?" de la pregunta "¿Por qué ser justos?". Una teoría de la motivación para ser justo debe al mismo tiempo ser una teoría acerca de qué es la justicia. Pues el contenido de la justicia tiene que ser tal que la gente tenga una razón para ser justa.
B. Barry, Teorías de la justicia
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sábado, 25 de febrero de 2017

Charles Taylor: el humanismo cívico

Charles Taylor (nacido en 1931) se ha convertido en una de las referencias centrales del pensamiento contemporáneo. Aunque no sabemos si este pensador anglo-canadiense podrá catalogarse como uno de los últimos filósofos morales del siglo XX, sí podemos afirmar que será el primero de los filósofos políticos del siglo XXI. Es el representante más importante de un nuevo pensamiento político que puede ser descrito como humanismo cívico. Nos propone un humanismo que alimente el tejido asociativo de unas sociedades culturalmente plurales y políticamente atomizadas. Un humanismo para potenciar y reforzar el asociacionismo voluntario porque "sin tejido asociativo, el poder político tiende a la tiranía".

Charles Taylor, profesor en Canadá y Estados Unidos, también ha impartido cursos de filosofía moral política en la Universidad de Oxford, donde prestó especial atención a dos cuestiones: la dimensión práctica del lenguaje moral y el humanismo del romanticismo alemán. Como resultado de estas inquietudes, hoy contamos con dos obras importantes: Hegel y la sociedad moderna (1979) y Las fuentes del yo (1989).
También ha editado sus conferencias y artículos dispersos en dos trabajos muy interesantes: Argumentos filosóficos (1995) y Ética de la autenticidad (1991). Aquí presenta una nueva filosofía moral para unas sociedades contemporáneas donde no hay unanimidad ni política, ni cultural, ni religiosa. Esta dispersión de perspectivas hace difícil encontrar argumentos filosóficos compartidos por todos. Mientras que otros consideran que esta búsqueda de buenas razones es una tarea estéril porque la política es una cuestión de técnicos en leyes, Taylor considera que es una tarea enriquecedora para la democracia. La democracia no es sólo un conjunto de leyes, sino un proyecto de convivencia.

1. Liberalismo y comunitarismo
Hay quienes plantean la democracia como un conjunto de procedimientos que garanticen unos mínimos de justicia. Quienes así piensan son los defensores del liberalismo, encabezados por J. Rawls, para quien las instituciones públicas tienen que organizarse sin contar con los proyectos de vida buena que tengan los ciudadanos. Sin embargo, Taylor considera que estos mínimos de justicia a los que han llegado las sociedades liberales se alimentan de tradiciones culturales que se mantienen vivas en asociaciones cívicas y comunidades que tienen proyectos de vida buena para sus miembros. Este hecho es el punto de partida de su crítica al liberalismo y la razón por la que su comunitarismo es singular.

2. Elogio de la vida asociativa
Mientras los liberales inciden en los procedimientos, los comunitaristas inciden en los bienes compartidos que alimentan la justicia. Más que defender un modelo de vida política basado en una comunidad homogénea y cerrada, lo que Taylor defiende es la vida asociativa. Sin la vida asociativa, los individuos no encuentran referencias con las que orientarse en una sociedad donde el individuo se encuentra como un átomo errante.
En una sociedad donde cada uno recibe mensajes contradictorios sobre lo deseable para conseguir la felicidad, las asociaciones cívicas pueden proporcionarnos una idea de bien que se convierte en referencia para no perder el rumbo de nuestras vidas. Como afirma en su libro Ética de la autenticidad:

El peligro no lo constituye el despotismo, sino la fragmentación; a saber, un pueblo cada vez más incapaz de proponerse objetivos comunes y llevarlos a cabo.

3. Asociaciones voluntarias y opinión pública
Para la consolidación de una ciudadanía democrática hay dos pilares imprescindibles: la vida asociativa y la opinión pública. Sin la participación en las múltiples asociaciones que pueden existir en una sociedad liberal, más que ciudadano, el ser humano es un individuo vulnerable en manos de las modas culturales o los políticos de turno. Esta participación tiene que ser una participación crítica e informada y por ello la opinión pública desempeña un papel tan importante. No es la opinión de la masa ni la opinión de la mayoría, sino la opinión de un pueblo organizado y articulado con información plural.

El liberalismo y la esfera pública
La libertad en la tradición occidental se ha basado en parte en el desarrollo de formas sociales en las que la sociedad como un todo puede funcionar fuera del ámbito del Estado. La noción de sociedad civil comprende la multitud de asociaciones libres que existen fuera del patrocinio oficial y que, con frecuencia, están dedicadas a propósitos considerados generalmente no políticos. Ninguna sociedad puede considerarse libre si no permite el funcionamiento de estas asociaciones voluntarias; el pulso de la libertad latirá muy débilmente allí donde estas asociaciones no se formen espontáneamente.
Las dos formas principales de sociedad civil que han jugado un gran papel en la libertad occidental son la esfera pública y la economía de mercado.
¿Qué es una esfera pública? La describiré como un espacio común donde los miembros de la sociedad se encuentran, a través de una cierta variedad de medios de comunicación (impresos, electrónicos) y también en reuniones cara a cara, para discutir asuntos de interés común y, de ese modo, ser capaces de formar una opinión común sobre ellos.
La esfera pública juega también un papel crucial en su autojustificación como una sociedad libre que se autogobierna, como una sociedad en la que: a) las personas forman sus opiniones libremente, y b) tales opiniones comunes importan, pues, en cierto modo, tienen efectos sobre el gobierno o lo controlan.
Con la esfera pública moderna surge la idea de que el poder político debe ser supervisado y controlado por algo externo. Lo nuevo fue la naturaleza de este control externo, que no fue definido por la voluntad de Dios o la ley de la naturaleza, sino como un tipo de discurso que emanaba de la razón y no del poder o de la autoridad tradicional. Como afirmaba Habermas, el poder tuvo que ser domesticado por la razón. La idea era: veritas no auctoritas facit legem (la verdad, no la autoridad, hace la ley).
Charles Taylor, Argumentos filosóficos (adaptado)

sábado, 18 de febrero de 2017

Filosofía e ideologías

El término "ideología" se utiliza para designar un conjunto de ideas y de valores que componen una propuesta sobre la vida humana. Ideologías políticas son propuestas que presentan un conjunto de ideas morales, económicas, sociales y culturales, que tienen relación con el poder político. Su función es guiar los comportamientos políticos.
La palabra "ideología" posee también un significado despectivo cuando se aplica a propuestas o proyectos que se consideran irreales con respecto a la práctica. Lo ideológico se contrapone a lo verdadero; su función es disimular, esconder y enmascarar el afán de dominación. Por eso, una de las tareas prioritarias de la filosofía hoy es la crítica de las ideologías, es decir, sacar a la luz aquellos intereses reales que enmascaran su discurso ideológico.

Liberalismo
Tiene desde sus comienzos un carácter político, económico y moral. En sus orígenes, el siglo XVII en Inglaterra, exige que las instituciones políticas protejan los intereses y garanticen los derechos de los individuos. Se desarrolla con la Ilustración. Lo encontramos en la Declaración de Independencia de Norteamérica (1776) y la Declaración de los Derechos del Hombre en Francia (1789). Desde Thomas Paine (1737-1809), insiste en los derechos universales del hombre, defiende un gobierno limitado y una economía de mercado libre.

Liberalismo clásico

Los primeros teóricos, como John Locke (1632-1704), proponen estos elementos como nucleares: la íntima conexión entre la libertad y la propiedad privada, el gobierno representativo (parlamentario y constitucional) y la tolerancia religiosa. El Estado liberal tiene como tarea la protección de los derechos y libertades individuales; así se garantiza un espacio en el que surge el pluralismo. Con diferentes matices, lo encontramos en autores como John Locke o Immanuel Kant.

Siendo los hombres libres, iguales e independientes por naturaleza, ninguno de ellos puede ser arrancado de esa situación y sometido al poder político de otros, sin que medie su propio consentimiento (John Locke).

Liberalismo social
Tendencia a transformar el capitalismo como oportunidad para establecer una base de bienestar material a la que tendrían acceso las clases sociales. Sus ideas básicas son: la defensa de una economía capitalista políticamente condicionada para dar satisfacción a las necesidades básicas (salud, alimentación, vivienda) y el desempleo; la democracia representativa para tomar las decisiones colectivas de forma que sea posible el pluralismo; una defensa de la igualdad que exige instituciones políticas y económicas organizadas con principios de justicia.
Autores representativos: J.S. Mill, J. Dewey, John Rawls, Ronald Dworkin.

Conservadurismo
Tiene su origen en Inglaterra en el primer tercio del siglo XIX como una reacción contra el individualismo racionalista. Es una invitación a recuperar las tradiciones y la búsqueda de lo autóctono y popular. Los elementos centrales son: el valor de la historia, la tradición y los prejuicios; la primacía de la autoridad sobre la libertad; incompatibilidad entre libertad e igualdad; la propiedad familiar; las religiones, por la capacidad que tienen para crear vínculos sociales y actuar de contrapeso al poder del Estado.
Autores: E. Burke, De Maistre, Chateaubriand, Jaime Balmes, John Adams.

La ciencia de construir una comunidad, renovarla o reformarla no es susceptible de un tratamiento desligado de la experiencia. Es indudable que solo con infinitas precauciones podría uno emprender la aventura de destrozar un edificio que durante siglos ha cumplido de manera conveniente los fines generales de una sociedad (Edmund Burke).

Socialismo
La preocupación originaria del socialismo fue la calidad de vida de las comunidades frente a la obsesión de los liberales por los problemas del Estado. Sus ideas son: la transformación socioeconómica para implantar un orden de justicia y libertad; una economía al servicio del bienestar y la calidad de vida para todos; un Estado que promueva y garantice el orden social justo.
El Estado tendrá distinto peso en una gama de propuestas que van del socialismo utópico (que no recurre al Estado) al comunismo (que se basa en el control total del Estado). Tipos de socialismo: utópico (R. Owen, Fourier), cooperativista (inspirado por Proudhon), comunista (Blanc).

Dar vida a un sistema social nuevo en el que los hombres son educados desde la infancia hacia la solidaridad y la cooperación, en el que el trabajo manual sea fuente de bienestar para todos (R. Owen / Tomasi). 


Anarquismo
La preocupación originaria del anarquismo es hacer compatibles la libertad y la solidaridad. Sus ideas centrales son: oposición al Estado y cualquier organización que oprima la libertad de los individuos; primacía del apoyo mutuo como base de la organización social; búsqueda imaginativa de fórmulas de autogestión y federación.
Autores importantes: Proudhon, Bakunin, Abad de Santillan, Malatesta.

El estado actual es más opresor que nunca, un auténtico monstruo que exige obediencia y sumisión, ante el que mucha gente, gustosa, renuncia a su libertad para buscar la seguridad, la tranquilidad (Abad de Santillan).

Marxismo
Marx hace una propuesta basada en las ideas del socialismo originario, pero que se separa de éste por los medios que propone para alcanzar los objetivos. Los elementos centrales son: utilización del Estado como instrumento de lucha revolucionaria; el materialismo histórico como filosofía social; la lucha de clases.
Dos autores representativos: Marx y Engels.

Neoliberalismo
Aparece en las últimas décadas del siglo XX. Surge en el seno de la economía y ha influido progresivamente en la teoría sociopolítica. Sus ideas centrales son: primacía absoluta del individuo ante la comunidad y el Estado; el mercado como la mejor manera de distribuir los bienes; reducir la regulación del mercado al mínimo para liberalizar el comercio; el refuerzo de la responsabilidad individual.
Dos autores importantes son Milton Friedman y F.A. Hayek.

En Occidente, el acceso de las masas a un cierto grado de bienestar ha sido consecuencia del aumento general de la riqueza, sólo entorpecido por las interferencias del poder en los mecanismos del mercado (F. A. Hayek).  

sábado, 11 de febrero de 2017

Teoría y práctica de la democracia

El ideal democrático
La palabra democracia ha obtenido un éxito no a pesar de, sino precisamente por su aroma utópico. No es casualidad que mientras los griegos acuñaron el término democracia para describir una posible forma de gobierno, nosotros hemos resucitado un término que prescribe una forma imposible. En el mundo moderno, democracia ante todo y sobre todo es una palabra normativa: no describe una coas, sino que prescribe un ideal.
C. Sartori, International Encyclopaedia of the social sciences

1. Tres aspectos
Etimológicamente, la palabra democracia significa gobierno (cratos) del pueblo (demos). Además de una forma de organización política, la democracia es:
  • Un principio de legitimidad. El poder político no tiene su origen en la fuerza ni en la voluntad de los dioses, sino en el pueblo. El pueblo es el titular del poder. A diferencia de la masa como grupo caótico de personas, el pueblo es también quien ejerce el poder a través de elecciones libres. Decimos que el poder es democrático no sólo cuando tiene su origen en el pueblo, sino cuando es ejercido por éste mediante elecciones, bien directamente (democracia directa), bien a través de sus representantes (democracia participativa).
  • Un sistema político para resolver problemas de ejercicio de poder. Cuando las dimensiones del pueblo son pequeñas, pueden coincidir quienes son titulares del poder y quienes lo ejercitan. Cuando las dimensiones son grandes y una comunidad se ve obligada a elegir representantes, entonces la democracia es limitación y control de gobernantes.
  • Un ideal político. Esto significa que la democracia tiene una dimensión ideal o normativa. En ningún caso la democracia tal como es realmente coincide con la democracia tal y como debería ser. En este sentido, la democracia es, a la vez, un concepto descriptivo, con el que describimos una forma de gobierno, y un concepto prescriptivo, con el que establecemos un ideal de gobierno.
2. Tres transformaciones
Históricamente, en el concepto de democracia se han producido tres transformaciones:
  • En la ciudad-estado. La democracia se presenta como un sistema político cuyos miembros se consideran iguales entre sí, colectivamente soberanos y con capacidades, instituciones y recursos para gobernarse por sí mismo (autogobierno). Es la forma de gobierno propia de la Grecia clásica del siglo V a.C.
  • En el estado-nación. Una vez recuperado el ideal democrático durante el Renacimiento, se produce una segunda transformación, esta vez originada por pueblos con nuevas instituciones y nuevas dimensiones. La función que le compete al pueblo no es la de gobernar, como en Atenas, sino la de elegir los representantes (gobierno representativo). Es la forma de gobierno que surge de las revoluciones europeas y americana durante los siglo XVI-XIX.
  • En la sociedad mundial. Desde finales del siglo XX, la dimensión de los Estados nacionales ha sido superada por la sociedad de la información. Este hecho, además de facilitar el control del poder político, amplía una conciencia democrática que tiene dimensiones globales.
3. Tres modelos de democracia
  • Clásica. Es el modelo de democracia ateniense, donde la asamblea es soberana, hay igualdad política y los ciudadanos pueden gobernar y ser gobernados.
  • Legal. Es el modelo de democracia constitucional, donde los representantes del pueblo protegen al pueblo del poder arbitrario y garantizan los derechos fundamentales.
  • Participativa. Más que elegir representantes, la democracia es participación efectiva no sólo en la política, sino en todos los ámbitos de la vida social.
4. El desarrollo de una ciudadanía democrática
Alexis de Tocqueville (1805-1859)

Al visitar los Estados Unidos en 1831, Alexis de Tocqueville se sorprendió por el modelo de democracia que allí encontró. No era una democracia de representantes políticos, sino una democracia social en la que predominaba el interés común. No vio una ciudadanía pasiva donde los ciudadanos esperaban todo de sus representantes, sino una ciudadanía activa, vertebrada por la participación entodos los ámbitos de la vida social. Más que una forma de gobierno, la democracia era una forma participativa de vivir y convivir.

La virtud de la ciudadanía
El despotismo, que por naturaleza es temoroso, ve en el aislamiento de los hombres la garantía más segura de su propia duración, y ordinariamente pone todos sus cuidados en aislarlos. No hay vicio en el corazón humano que le agrade tanto como el egoísmo: un déspota perdona fácilmente a los gobernados el no amarle, con tal de que no se amen entre ellos. Desde el momento en que se tratan en común los asuntos comunes, cada hombre comprende que no es tan independiente de sus semejantes como él se figuraba antes, y que, para obtener su apoyo, a menudo es necesario prestarles su concurso.
Los americanos han combatido, por medio de la libertad, al individualismo que la igualdad hacía nacer, y lo han vencido.
Los legisladores de América han pensado que convenía dar una vida política a cada porción del territorio, con el fin de multiplicar hasta el infinito, para los ciudadanos, las ocasiones de actuar juntos, y hacerlos sentir todos los días que dependen los unos de los otros. Eso era conducirse con sabiduría.
Así pues, encargando a los ciudadanos de la administración de los pequeños asuntos, mucho más que entregándoles el gobierno de los grandes, se les interesa en el bien público y se les hace ver la necesidad que tienen los unos de los otros para producirlo.
Las instituciones libres que poseen los habitantes de los EEUU, y los derechos políticos de que tanto uso hacen, recuerdan sin cesar, y de mil maneras, a cada ciudadano que vive en sociedad. Conducen en cualquier momento su espíritu hacia esa idea de que el deber, tanto como el interés de los hombres, es hacerse útiles a sus semejantes; y, como no ve ninguna razón particualr para odiarlos, ya que nunca es ni su esclavo ni su amo, su corazón se inclina fácilmente del lado de la benevolencia. Se ocupa primero del interés general por necesidad; y luego, por gusto, lo que era cálculo se convierte en instinto; y, a fuerza de trabajar por el vien de sus conciudadanos, se adquiere el hábito y la afición de servirlos.
Alexis de Tocqueville, La democracia en América (adaptado)