Cada ser humano es como los demás seres humanos, como algunos otros seres humanos y como ningún ser humano.
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jueves, 18 de julio de 2013

El morir humano

La muerte pone fin a la vida humana, pero también, aunque parezca sorprendente, le da su sentido y su unidad. Sólo puede haber identidad de aquello que tiene límites. Los límites humanos son su nacimiento y su muerte. Si bien el nacimiento no nos amenaza, la muerte puede ser vivida con angustia. Esta angustia surge porque destaca el carácter temporal e irrepetible de nuestra vida. Por todo ello, es uno de los temas  filosóficos por excelencia. Es más, muchos autores consideran que la filosofía encuentra su origen en relación con este problema, hasta el punto de que llega a considerarse como un saber tendente a la muerte. Así, para Platón, "filosofar es aprender a morir", con lo que la filosofía se entendería como una preparación a este acontecimiento.


Crematorio a orillas del Ganges
1. Perspectivas sobre la muerte
Como otras muchas cuestiones tratadas por la filosofía, ésta puede ser considerada desde diferentes perspectivas: como un hecho biológico, como un acontecimiento sociocultural o como algo personal.
- La muerte como hecho biológico. La muerte puede ser analizada desde la biología y la medicina; de hecho, su definición ha ido variando conforme evolucionaban y cambiaban dichas disciplinas y los criterios utilizados para describirla. Así, por ejemplo, durante muchos años se creía que la interrupción de las palpitaciones del corazón solía ser sinónimo de muerte; hoy sabemos que puede seguir funcionando el corazón, mediante recursos técnicos, sin haber actividad cerebral. El criterio utilizado hoy en día es precisamente el de la actividad cerebral.
- La muerte como acontecimiento sociocultural. En el hombre no hay nada puramente biológico. Los datos biológicos  siempre están revestidos de interpretaciones sociales y culturales. De igual manera, la muerte es interpretada y vivida según nuestra propia cultura y sociedad. Por eso, podemos decir que el morir es también un acontecimiento social y cultural. Por ejemplo, no será lo mismo la muerte (el hecho biológico) en una cultura en la que esté muy arraigada la idea de inmortalidad y una vida futura, que en aquellas culturas que nieguen cualquier tipo de trascendencia.
- La muerte como acontecimiento personal. La muerte se integra en el proceso biográfico. Así, podemos mirarla con preocupación, con ansiedad, con indiferencia, etc.

2. Filosofía de la muerte
Lo primero que debemos hacer desde la filosofía es señalar el carácter propio del morir humano a diferencia del morir animal: el animal perece y sólo el ser humano muere, pues morir no es sólo dejar de ser, es saber también que se va a dejar de ser.
Muchos filósofos han planteado el tema de la muerte. Recogemos a continuación tres propuestas representativas:

  • Epicuro. Su ideal de vida es que el hombre viva tranquilo; por eso, una de las funciones fundamentales de la filosofía es eliminar los "falsos temores", y uno de ellos es el de la muerte. Su argumento es el siguiente: no temas a la muerte, porque cuando estamos nosotros ella no está, y cuando está ella los que no estamos somos nosotros. Es un buen argumento, si la muerte fuese un hecho puntual, pero se olvida de la angustia del hombre ante ella, del saber humano de su propia muerte, es decir, de la anticipación humana de la muerte.
  • Heidegger. Ha hecho de la muerte uno de los temas clave de su filosofía. De hecho, para este pensador alemán, el rasgo fundamental de la vida humana es vivir de cara a la muerte. Ella es la que revela la existencia humana, pues permite descubrir todas sus posibilidades ante su necesidad y hace que tomemos nuestra vida con absoluta seriedad. Esta anticipación de la muerte es la que propicia nuestra angustia.
  • Unamuno. Su filosofía muestra una actitud de rebeldía ante la muerte. Se desgarraba ante el hecho de pensar en su aniquilación total; no podemos concebirnos como no existentes; la muerte, la nuestra, la de cada uno, rompe todos nuestros esquemas mentales. Si la muerte es la que nos espera a todos, ¿para qué todo?, ¿qué sentido tiene todo?
Porque no quiero morirme del todo, y quiero saber si he de morirme o no definitivamente. No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre y vivir yo, este pobre yo, que me soy y me siento ser ahora y aquí. Que con razón, sin razón o contra ella no me da la gana morirme. Y cuando al fin me muera, si es del todo, no habré muerto yo, esto es, no me habré dejado morir, sino que me habrá matado el destino humano.
Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida (adaptado)

3. Actitudes ante la pregunta por la muerte
La muerte es una de las grandes cuestiones últimas ante la que podemos responder de diferentes maneras:
- Actitud agnóstica: no quiero reconocer la existencia de tales interrogantes y evitar la pregunta por la muerte: "no creo, no me lo planteo...".
- Actitud dogmática: creer haber encontrado una respuesta y dejar de interrogarse, ya sea para afirmar que la muerte es un hecho más de la vida o que tengo una religión que me dice que es sólo un tránsito: "no sigo planteándomelo porque ya tengo una solución".
- Actitud trágica: desistir de hallar respuestas; es una actitud que define la posición de Unamuno: agonía y angustia constante: "sigo preguntando con la certeza de no poder hallar respuesta".
- Actitud exploradora y esperanzada: es una actitud de búsqueda continuada; se pueden encontrar respuestas y asumirlas desde las creencias, pero eso no implica que no siga dejándome interrogar por esas preguntas.

4. Razones para la respuesta
La muerte puede no tener la última palabra, pues puede ser entendida como el final de una vida plena y con sentido. Desde esta perspectiva, la muerte no vendría a cercenar posibilidades. La muerte de nuestros seres queridos puede ser una lección de vida para nosotros y una interpelación a nuestra capacidad de acogida, apoyo y esperanza. Finalmente, desde la apertura a la trascendencia, la muerte sería un paso a otra dimensión, a una dimensión de inmortalidad. Plantearse seriamente la pregunta por la muerte es la forma de empezar a dar vivencialmente razones para la esperanza en una vida más allá de la muerte, pero no esquivándola, como hacía Epicuro, sino afrontando su reto.

miércoles, 10 de julio de 2013

El proceso de vivir

La persistencia de la memoria, de Salvador Dalí (1931)
Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York
El rasgo fundamental que caracteriza la vida humana es el tiempo. La existencia humana es temporal. Explicar el vivir humano es en buena medida explicar qué hacemos con el tiempo. Este tratar con el tiempo se convierte en algo "dramático" y decisivo porque no tenemos todo el tiempo del mundo, sino un tiempo determinado, el tiempo de nuestra vida.

1. Carácter biográfico y personal de la vida humana
La primera característica de la vida humana es que no es solo vida biológica. Se entrelaza con lo biológico y depende de ello, pero no se reduce a lo biológico. Por eso, ya los griegos distinguían entre vida biológica (zoe) y vida humana (bios). De ahí que etimológicamente la biología tendría que ser el estudio de la vida única y exclusivamente humana, aunque hoy en día se aplica al estudio de la vida natural. La vida humana (bios) se caracteriza por ser biográfica, por ser asumida personalmente y porque puede ser vivida "desde dentro", desde una intimidad. No es puramente vida biológica, sometida solamente a procesos metabólicos de nacimiento, desarrollo y muerte.
La segunda característica es su dimensión necesariamente individual, pues la vida, a pesar de nuestra forma de hablar, no es algo genérico, es la vida de cada uno, con sus posibilidades e imposibilidades. Plantearse el tema de la vida humana es analizar la propia vida, nuestra realidad radical.

2. Los "fenómenos fundamentales"
La filosofía contemporánea ha intentado descubrir y analizar los "fenómenos fundamentales" de la vida humana. Estos "fenómenos fundamentales" no se presentan de igual forma en todas las culturas, pues cada una de ellas les impone una serie de modificaciones y toman unas determinadas maneras de vivirlos. Tampoco se presentan de igual forma en todos los individuos, pues cada vida humana es la realización particular y singular de esos fenómenos.
Corresponde a las corrientes fenomenológicas y hermenéuticas el intento más serio de descripción de estos fenómenos fundamentales. Esto es lo que han hecho filósofos como Dilthey, utilizando la psicología y la biografía como métodos; Ortega, mediante el método de la razón vital; Heidegger, desplegando una analítica existencial de la vida humana; Fink, utilizando el método fenomenológico; Ricoeur, gracias al análisis del lenguaje narrativo; o J. Marías, desarrollando una antropología metafísica de la vida humana.
De entre estos "fenómenos fundamentales", sin ánimo de dar cuenta de las teorías y análisis que hacen estos filósofos, podemos destacar algunos de ellos:
  • La relación del ser humano con la naturaleza, fenómeno que puede ser denominado "trabajo" o "actividad".
  • La relación del ser humano con los otros; se concreta en la familia, en las relaciones de amistad y colaboración con los otros y llega hasta el establecimiento de relaciones políticas y de poder.
  • La relación del ser humano con sus propios límites; destacan, por ejemplo, la vivencia de la muerte o el sentido y formas de experimentar la enfermedad.
  • La relación del ser humano con lo posible; se incluyen fenómenos tales como el juego, el ocio o la creatividad. Son fenómenos en los que el ser humano desborda el presente de la necesidad y la mera supervivencia.
3. La vida humana: producto de un animal fantástico
¿Cómo desarrolla cada ser humano estos fenómenos fundamentales?
La vida humana es quehacer, es acción. No nos queda más remedio que estar haciendo algo para vivir, incluso dejar de vivir es ya una acción fruto de una decisión. Nuestras acciones son muy importantes porque de ellas depende lo que somos y, lo que puede ser más importante, el grado de felicidad que alcanzamos. El problema, en cualquier caso, es que no hay ninguna receta que podamos aplicar, de ahí el carácter dramático y problemático del vivir.
Hacer nuestra vida va a seguir aproximadamente una serie de pasos:
- En primer lugar, desarrollamos una serie de "acciones concretas": jugar al fútbol, estudiar filosofía, ir al cine, etc.
- Las acciones concretas solo tienen sentido dentro de unas "prácticas", es decir, dentro de un conjunto de acciones. Por ejemplo, jugar al fútbol se inserta en una práctica que es "hacer deporte" para mantenerme bien físicamente.
- Las prácticas se insertan a su vez en unos "planes de vida", es decir, en un conjunto de prácticas. En el ejemplo anterior, la práctica de "hacer deporte" tiene sentido dentro de "un plan en mi vida" que es "cuidar de mi salud".
- Por su parte, los planes de vida se insertan y coordinan con la idea que tengo de mí mismo, es decir, con la "figura" que me hago de mi propia vida y con la imagen que tengo de mí mismo.

Al igual que las muñecas rusas, la vida humana es producto de una serie de acciones que determinan nuestra identidad. Por eso somos lo que hacemos y actuamos en virtud de lo que somos.
La unidad de mi vida, expresada en la idea de "figura", es la que va a dar sentido y lugar a cada una de las acciones de mi vida y, a la vez, cada una de estas acciones podrá repercutir en esta figura. Vivir es por eso inventar un programa de vida, crear un personaje imaginario que voy a ser yo. De ahí que podamos decir que el hombre es un animal fantástico porque se inventa a sí mismo y, además, no le queda más remedio que hacerlo si quiere vivir humanamente. Vivir humanamente es hacer proyectos, proyectar y, al mismo tiempo, proyectarse.
Pero no toda figura o imagen de mí mismo va a ser posible. Para elaborarla tengo que contar con mis capacidades, con mis circunstancias y con las vidas de los demás, pues vivir también es un con-vivir, lo cual no significa que los demás tengan que limitar mis posibilidades de invención de mí mismo, puesto que también me dan los instrumentos necesarios para que pueda inventarme.

4. Herencia y generación
Para hacer nuestra vida contamos, en primer lugar, con nuestra herencia tanto biológica como cultural. Nos encontramos en todos los órdenes de la vida en la situación de herederos. Tenemos que hacer algo (inventar), pero siempre desde lo que recibimos. Este proceso de invención lo hacemos históricamente, es decir, de acuerdo con la "generación" histórica a la que pertenecemos.
El término generación hace mención a una unidad social y cultural formada por un grupo humano que comparte una misma perspectiva de la realidad que proviene de vivir en un mismo periodo histórico, nacer en fechas próximas y recibir unas influencias culturales comunes.
Así, elaboramos nuestra vida en función de nuestro tiempo generacional. El reemplazo de generaciones sostiene de una manera u otra la continuidad histórica con el ritmo de la tradición y de la innovación. Pero esta transmisión en la tradición no es tan sencilla, por lo que aparecen muchas veces los llamados "conflictos generacionales".
El concepto de generación es muy importante en una "teoría de la vida humana", pues es el indicador de mis posibilidades y, a la vez, me sitúa en el tiempo: entre unos antecesores y unos sucesores. Además, al concepto de generación se asocian otros términos y temas fundamentales en una descripción completa de la vida humana, como son "edad", "identificación cultural", "relaciones de amistad", etc.

sábado, 29 de junio de 2013

Venir al mundo

Las tres edades de la mujer, de Klimt (1905)
GALERÍA NACIONAL DE ARTE MODERNO
DE ROMA
Un rey de la antigua Persia subió al trono muy joven, lleno de grandes deseos. Con ganas de aprender, convocó a los sabios de la corte y les encargó que escribieran para él un resumen de la historia de la humanidad. Los sabios pusieron manos a la obra, que les llevó treinta años. Concluida la redacción cargaron sus quinientos volúmenes en doce camellos y se dirigieron a palacio. Pero el rey, que ya era cincuentenario, dijo: "No tendré tiempo de leerlos en lo que me queda de vida. Hacedme una edición abreviada". El equipo de sabios reanudó su labor. Al cabo de diez años trajeron a palacio el resumen solicitado. Esta vez con tres camellos para acarrear los volúmenes. Pero el rey, ya sexagenario, se sentía sin fuerzas para tanta lectura. Y volvió a encargar otra versión aún más corta. Tardaron diez años en componerla y bastó un solo camello para transportarla. Pero, entretanto, la vista del rey se había debilitado. Necesitaba algo mucho más breve. Otros cinco años de trabajo y la obra quedó reducida a un solo volumen. Pero el rey yacía en cama enfermo. Entristecido, les dijo: "¿Es que voy a llegar al final sin haber podido aprender la historia del camino humano?". Entonces el más anciano de los sabios se acercó a su cabecera y susurró en voz baja: "Majestad, todo se puede reducir a tres palabras: los humanos nacen, sufren y mueren". El rey asintió con un gesto y, en ese momento, expiró.
Recogido en J. Masiá: Para ser uno mismo. De la opacidad a la transparencia

Los tres momentos que definen la vida humana son el nacimiento, el decurso vital y la muerte. Pero no son tres fases o tres momentos sucesivos, sino que se copertenecen en una unidad radical. Preguntar por la vida humana es preguntarse por la caracterización de cada una de estas tres fases y por la unidad radical entre ellas.

1. La experiencia del nacimiento
El nacimiento es el comienzo de mi vida. Supone "mi entrada" en el mundo y es un acto del que yo no tengo experiencia: sí poseo noticias por narraciones o imágenes objetivadas, pero no experiencia propia, es decir, no está en mi memoria. Y, además, es algo "con lo que me encuentro": me encuentro con vida, "ya nacido".
El nacimiento muestra también que mi vida no me la he dado yo, sino que depende de otras vidas. No me sitúo yo en el mundo, sino que "me ponen" en él. Nacer es así recibir de otros una herencia, en un primer momento biológica, más tarde cultural. El nacimiento supone ser engendrado: provengo de..., vengo de... La expresión "venir de..." designa una ligazón original; revela la conciencia brumosa de ser dependiente de otros seres y deberles mi ser. Esta conciencia, poco clara, no queda abolida por la progresiva autonomía. Además, es la conciencia de que surge el sentimiento de afiliación.
El nacer posee dos caras: se nace a algo desde algo. Es la experiencia de un origen y, a la vez, de un destino. Es un proceso marcado por la desvinculación de la madre, con lo que representa, y la inmediata vinculación a un mundo.

2. Inscripción y vinculación al mundo
Nacer no es un acontecimiento cualquiera de mi vida, es el punto cero a partir del cual fecharé todos los acontecimientos posteriores. Pero para que eso sea posible se necesita datar, inscribir y nombrar al recién nacido; para lo cual serán fundamentales los procesos de datación, inscripción y nominación de que disponen las diferentes culturas.

Gracias a la inscripción recibo un nombre propio, se me vincula a un lugar geográfico y se me sitúa en el tiempo (mi fecha de cumpleaños); actualmente se hace en el registro civil, aunque en todas las culturas y épocas encontraríamos procedimientos parecidos. Estos tres indicadores van a permitir que mi vida y mi tiempo se entrelacen con la vida y el tiempo de la historia y del mundo.

3. Una filosofía del nacer
No suele ser común entre los filósofos la reflexión sobre el nacimiento. De hecho, es más frecuente que traten el tema de la muerte. Parece que es más propio pensar sobre lo que nos amenaza, lo aún por llegar, que sobre lo concluido y ya siempre detrás, el nacimiento.

sábado, 22 de junio de 2013

¿Una cuestión de palabras? Reivindicación del término "persona"

1. Importancia de los términos
A la filosofía le ha interesado desde sus comienzos el uso apropiado de los conceptos, pues detrás de cada término hay muchas referencias y connotaciones que pueden llevar a error o producir confusión. El análisis de términos es muy importante, sobre todo cuando utilizamos aquellas nociones fundamentales que han vertebrado durante siglos el pensamiento sobre el ser humano. ¿Cómo hablar de nosotros mismos? ¿Qué término es el más apropiado? ¿Ser humano? ¿Individuo? ¿Conciencia? ¿Yo? ¿Sujeto? ¿Persona? ¿Alma? ¿Espíritu? Detrás de cada una de estas nociones hay todo un mundo de sentido que es preciso analizar y tener presente para ser conscientes del uso que hacemos de las palabras.

2. Sentidos de los conceptos

 Seres del mundo: "individuo" y "ser humano" 
Probablemente éstos son los términos más neutros, pero no por ello menos problemáticos. El término "individuo" hace referencia a aquello que no se puede dividir y es distinto de otro. Individuos son los diferentes elementos de un conjunto. Este término toma un sentido negativo al oponerse a persona.
El término "ser humano" pone de relieve la dimensión biológica de nuestra constitución: somos un ser (algo más en el mundo), pero especial (por su carácter humano). Tiene la ventaja de ser un término neutro, pero es vacío. Se debe especificar, si queremos decir algo, lo que se entiende por "humano" o "humanidad".

 Centros de sentido: "yo", "conciencia" y "sujeto" 
Estos conceptos hacen referencia a un centro que unifica nuestra personalidad. El "yo", como pronombre personal, se refiere al ser humano designándose a sí mismo como ser consciente. Frente a nuestro ser consciente se presentan toda una serie de objetos, por eso podemos referirnos a nosotros mismos como sujetos.
Son tres conceptos intercambiables que poseen una multitud de sentidos, muchos de ellos dados por la propia tradición filosófica. Conviene tener en cuenta que:

  • El término "yo", más allá de su uso pronominal, tiene implicaciones egoístas, está muy presente en nuestra cultura y puede conducir, filosóficamente hablando, al individualismo, al subjetivismo y, si se radicaliza la postura, al solipsismo (esto es, la única realidad existente con certeza es el propio yo, solus ipse).
  • El término "sujeto" hace hincapié en el lado pasivo de la acción humana: somos sujetos de algo que se nos hace, que nos afecta, etc.
  • El término "conciencia" es uno de los más difíciles de definir. Puede tener un sentido psicológico o un sentido moral. Desde los planteamientos de las ciencias cognitivas, apela por sí mismo a la cuestión de la identidad personal. De hecho, es uno de los términos más utilizados actualmente en los debates filosóficos y científicos.
 Más allá de lo material: "alma" y "espíritu" 
Estos dos conceptos, de orígenes y usos muy distintos, tienen en común el intentar hablar de nosotros mismos destacando una dimensión más allá de lo físico. Sin embargo, son términos insuficientes, porque no nos definen plenamente.

 Plenitud de humanidad: "persona" 
El término procede del griego prosopon y del latín persona. Significa, etimológicamente, máscara del teatro; más tarde, pasó a designar al personaje que la portaba. En su sentido habitual es una de las nociones más apropiadas para hablar de nosotros mismos, pues al reconocimiento de la individualidad, identidad y conciencia, añade un sentido moral propio del ser humano, a la vez que se reconoce su existencia in-corporada e histórica.

3. Reivindicación del término "persona"
Persona es el término más exacto para describir lo que somos. Es preferible a otros como "conciencia" o "sujeto". Además pone de manifiesto lo expresado en los otros términos, superando al mismo tiempo su visión parcial: centros de sentido, seres mundanales y no sólo seres materiales. Este término es un precipitado de muchas tradiciones filosóficas que van desde la filosofía medieval cristiana hasta el personalismo actual, pasando por Kant (siglo XVIII).

La persona es el volumen total del hombre. Es un equilibrio en longitud, anchura y profundidad, una tensión en cada hombre entre estas tres dimensiones espirituales: la que sube desde abajo y la concreta en una carne, la que se dirige hacia lo alto y la eleva a lo universal y la que se extiende en lo ancho y lo dirige a una comunión. Vocación, encarnación y comunicación son las tres dimensiones de la persona.
E. Mounier, Revolución personalista y comunitaria

Una persona es un ser espiritual constituida como tal por una forma de subsistencia y de independencia en su ser; mantiene esta subsistencia en su adhesión a una jerarquía de valores libremente adoptados, asimilados y vividos en un compromiso responsable y en una constante conversión; unifica así toda su actividad en la libertad y desarrolla por añadidura, a impulsos de actos creadores, la singularidad de su vocación.
E. Mounier, Manifiesto al servicio del personalismo


Mi persona es una realidad cuyo carácter absoluto está de alguna manera codeterminado por refluencia [influencia], por otras personas, por otros absolutos.
X. Zubiri, El hombre y Dios

domingo, 16 de junio de 2013

El ser humano: ¿qué es o quién es?

Narciso, de Caravaggio (1600)
Óleo sobre lienzo, se encuentra
en la Galería Nacional de Arte
Antiguo de Roma
Seguramente no nos conformamos con decir que el ser humano tiene unos orígenes biológicos, tampoco con afirmar que necesita de la cultura para constituirse o que su cerebro es un instrumento prodigioso. No nos conformamos porque no estamos preguntando por "una cosa más del mundo". Estamos interrogando por algo que es un alguien, un qué que es un quién. El ser humano, cada uno de nosotros, tiene una historia, una biografía, es decir, tiene una identidad. ¿Quién soy? Nunca una pregunta tan sencilla fue tan universal y, por eso mismo, tan filosófica. La respuesta la tenemos que encontrar cada uno de nosotros.

1. La vida humana
El ser humano es fruto de múltiples encuentros y relaciones. En primer lugar, somos resultado de una lenta evolución biológica, tanto a nivel filogenético como ontogenético. En segundo lugar, somos producto de las influencias culturales, las cuales condicionan nuestro vivir. Por último, nuestro cerebro es a la vez producto de la evolución biológica y de la evolución cultural. Pero no sólo somos "productos", no sólo "somos hechos", sino que también tenemos que hacer algo con aquello que ya somos, con lo que heredamos bioculturalmente. La vida humana es precisamente el proceso por el cual realizamos algo con aquello que la naturaleza y la cultura han hecho de nosotros. Tenemos unos orígenes, pero también tenemos unas originalidades que se van a mostrar tanto como especie como en cuanto individuos. Cada uno de nosotros, y el ser humano en general, es fruto de una tensión vivida entre orígenes y originalidades.

2. De los orígenes a las originalidades
El cuerpo humano muestra perfectamente esa tensión entre orígenes y originalidades. Por un lado, puede ser descrito en términos objetivos, porque se nos presenta como algo exterior; pero, por otro lado, es peculiar, porque es una realidad vivida, experimentada y sentida. Por este motivo, no sólo decimos que "tenemos un cuerpo", sino que "somos un cuerpo"; no es sólo un instrumento que pueda utilizar, es también mi forma de ser, yo mismo. El cuerpo humano tiene, por tanto, un valor y un significado únicos, pues posee un doble aspecto: interioridad y exterioridad. Se trata de una realidad en la que se muestra nuestra doble pertenencia: conciencia y realidad física.
El ser humano es un cuerpo que, poco a poco, va haciéndose libre y determinándose desde una serie de condicionamientos circunstanciales. Gradualmente, y contemplado los miles de años del proceso evolutivo, el "yo" va emergiendo. El cuerpo se va haciendo más personal, pues no soy sólo un cuerpo que vive, sino un cuerpo que se vive, inserto en el mundo, pero con la capacidad de distanciarme de él. Soy un cuerpo que dice "yo".
Es precisamente este carácter bifronte y ambiguo el que permite que el cuerpo pueda ser considerado como expresión de intimidad, forma de comunicación y lenguaje, principio de instrumentalidad y, por último, condición de nuestra propia vida.


Marcel Marceau (1923-2007)
3. La filosofía y el estudio del cuerpo
La filosofía más reciente ha prestado una especial atención al tema del cuerpo, centrándose, sobre todo, en:

  1. El modo de existencia revelado por el cuerpo: al analizar el cuerpo comprendemos nuestra forma de ser. Por una parte, somos distintos del mundo y, por otra, formamos parte de él. Es una característica extraordinaria: ser cosa entre cosas y ser yo (pensamiento).
  2. La función comunicativa del cuerpo: permite la comunicación con los otros y el conocimiento de que ellos son otros como yo. Éste es el fundamento de la "simpatía", es decir, de la comunicación con el otro más allá del lenguaje, que va desde la forma de mover o adornar el cuerpo hasta la sexualidad.
  3. La "llamada" del cuerpo: el cuerpo del otro permite que conozca sus necesidades, su presencia y sus deseos. Su "rostro" posibilitará la relación ética. La interpelación de una realidad-rostro es distinta a la de una realidad-cosa, la cual, posteriormente, podrá ser o no desoída.
4. Somos cuerpo
Un tema de capital importancia filosófica es la relación que guardamos con nuestro cuerpo, es decir, la experiencia de nuestra propia corporalidad. No podemos decir que tenemos un cuerpo igual que tenemos un ordenador o un martillo. Sin embargo, parece que podemos objetivarlo y hablar de él como un objeto del mundo. ¿Qué tipo de realidad es la del cuerpo? ¿Cómo explicarlo sin traicionar ninguna de sus dimensiones?

El estudio del cuerpo humano ha de conjugar la contribución de las ciencias, investigadoras del "cuerpo que tenemos", con la de la filosofía, reflexión sobre el "cuerpo que somos". Tal estudio interdisciplinar conlleva una tensión peculiar entre lo que podemos llamar nuestros orígenes biológicos y nuestras originalidades humanas. En efecto, la originalidad del cuerpo humano brota de unos orígenes corporales, tanto en la aparición de la especie humana dentro del marco de la evolución biológica, como en la configuración del cuerpo humano individual a lo largo del proceso de embriogénesis. Es cierto que el lenguaje, la técnica, la libertad o el amor son originalidades humanas, pero no es posible referirse a ellas prescindiendo de sus orígenes corporales y biológicos. No podemos hablar sobre la actividad mental y personal prescindiendo de sus orígenes corporales y biológicos. No podemos hablar sobre la actividad mental y personal prescindiendo del sistema nervioso. Por más que insistamos en los rasgos espirituales de una sonrisa comprensiva y cariñosa, nada quedará de ella si prescindimos del rostro, músculos, gestos o mirada, en que se encarna. En el ser humano, aun lo más espiritual es corporal. ¿Qué queda de mi cuerpo, si deja de ser el cuerpo de una persona? Un cadáver o unos restos; un cuerpo muerto ya no es un cuerpo.
J. Masiá y T. Domingo, 10 palabras clave en la filosofía de lo humano

No "mi cuerpo y yo", sino "mi cuerpo:yo". No la autoafirmación de un "yo" para el cual algo unidísimo a él, pero distinto a él, el cuerpo, fuese dócil o rebelde servidor -eso lleva dentro de sí, implícitamente, la expresión "mi cuerpo"-, sino la autoafirmación de un cuerpo que tiene como posibilidad decir de sí mismo "yo".
La expresión "mi cuerpo" presupone la existencia de un centro extra y supracorpóreo -lo podemos llamar "mi ser"-, desde el cual afirmo que mi cuerpo es mío, que me pertenece; en definitiva, que yo tengo un cuerpo, el mío, perteneciente sin duda a mi ser, pero no tan íntima y esencialmente como ese centro desde el cual, diciendo "yo", y más aún diciendo "yo mismo", estoy proclamando mi íntima identidad personal, mi realidad como persona. Pues bien, este común modo de hablar, del cual parece ser tácito presupuesto una concepción dualista -alma y cuerpo, espíritu y materia, mente y cerebro- de la realidad del hombre, ¿expresa el hecho de que sea intrínsecamente dual nuestra realidad como hombres? Yo me atrevo a pensar que la conciencia de un "yo" extra y supracorpóreo al cual pertenece un organismo corporal no es un dato inmediato de la conciencia. Y puesto que hablo en castellano, seguiré diciendo "mi cuerpo" cuando me refiera a éste que aquí y ahora piensa y escribe, pero con la íntima convicción de que quien dice "mi cuerpo" es un cuerpo a cuyo específico modo de ser, el humano, pertenecen la conciencia de autoposesión y la capacidad para la autoexpresión.
P. Laín Entralgo, Cuerpo y alma (adaptado)