Cada ser humano es como los demás seres humanos, como algunos otros seres humanos y como ningún ser humano.
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martes, 30 de abril de 2019

La percepción de los otros: primeras impresiones y profecías autocumplidas

Está comprobada la influencia del grupo social en la percepción individual. Ahora bien, ¿cómo nos percibimos a nosotros mismos y a los que interactúan con nosotros en situaciones sociales?, ¿de qué depende nuestra opinión sobre los demás?

Hagamos un sencillo experimento imaginario, que podríamos incluso llevar a la realidad: es el primer día de clase y ninguno de los alumnos conoce del nuevo profesor nada más que el nombre; sin embargo, uno puede fingir que lo conoce y decir a uno de los grupos que se trata de un profesor estupendo, que explica maravillosamente y que además califica con generosidad y no suspende nunca; a otro grupo distinto le dirá que no se prepara las clases, que no se le entiende nada porque en realidad no sabe nada de lo que explica y que es injusto en las calificaciones. El profesor da su primera clase y después se pregunta a los alumnos qué les ha parecido. Si en esta primera clase no ha ocurrido algo decisivo (e inesperado) que haga inclinar la balanza de un lado u otro, es muy probable que los del primer grupo comuniquen impresiones positivas, y negativas los del segundo. Y es también muy posible que esta primera impresión perdure a lo largo de días, meses o incluso del curso entero.

Robert Rosenthal (n.1933)
Experiencias similares se han realizado ya, tanto con animales como con personas. En los años 60, Robert Rosenthal distribuyó al azar las ratas de un conjunto en dos grupos y les dijo a sus ayudantes que en un grupo había puesto a las más inteligentes y en el otro a las más torpes para el aprendizaje. Cuando les pidió a estos mismos ayudantes que le describiesen lo que habían aprendido estas ratas en cinco días, pudo comprobar que las ratas del grupo "tonto" no habían aprendido casi nada y las del grupo "listo" habían hecho grandes progresos, cuando los dos grupos se habían formado al azar. Unos años después, el mismo psicólogo realizó una simulación parecida en una escuela: acudió un día a una clase para pasar un test de inteligencia a los alumnos, pero, en vez de entregar al profesor los resultados reales, le entregó otros totalmente aleatorios; unos meses después volvió y les pasó otra vez el mismo test de inteligencia, sus resultados (ahora sí reales) coincidían casi exactamente con los que él mismo había inventado.
Otro experimento llevado a cabo por Harold Kelley en 1950 muestra hasta qué punto una sola palabra aparentemente irrelevante puede modificar nuestro juicio sobre una persona. Dos grupos de alumnos que iban a asistir como espectadores a un debate universitario, recibieron una información sobre los participantes en que el moderador del debate aparecía (para un grupo) como "amable, trabajador, crítico, práctico y decidido" y (para el otro grupo) como "frío, trabajador, crítico, práctico y decidido": una sola nota diferente, que además no afectaba a su función como moderador. Pues bien, al ser preguntados después del debate sobre el papel del moderador, los estudiantes del primer grupo dieron notas mucho más altas que las del segundo. ¿Efecto de halo, profecía autocumplida o las dos cosas a la vez?
Estos ejemplos de profecía autocumplida en los que la propia existencia de una creencia o expectativa es la causa que provoca las condiciones que hacen que dicha expectativa se cumpla, nos muestran lo importantes que son las primeras impresiones en la percepción de la realidad social. De hecho, otros experimentos han comparado la valoración de un grupo de alumnos sobre un profesor determinado tras seguir uno de sus cursos con la valoración que hacían otros sujetos que únicamente habían visto los primeros segundos de su primera clase: en general, las puntuaciones eran muy próximas. Parece sacarse una conclusión: de cara a la impresión producida en el alumno, da igual lo que el profesor haya hecho durante el curso, lo único que importa es la impresión producida el primer día (o los primeros segundos) de clase. 

lunes, 29 de abril de 2019

Neuroeducación en el aula

La neuroeducación ha llegado para quedarse. No es una moda pasajera. El mundo educativo no puede ignorar cómo funciona el cerebro, un órgano de enorme complejidad que interviene en todas las funciones cognitivas y conductuales y que nos hace seres únicos.
Jesús C. Guillén, Neuroeducación en el aula

Ya el curso pasado, al preparar las clases de Psicología, me llegaron referencias sobre este libro, e incluso utilicé algunos párrafos en clase. El pasado mes de febrero, Jesús Guillén vino a Sevilla a dar un curso de formación; sin embargo, en lugar de matricularme, pensé que sería más productivo, y más barato, comprarme el libro y trabajarlo con detenimiento.
No me resultó fácil encontrarlo. Finalmente, lo compré en Amazon, y empecé capítulo a capítulo, a finales del mes de enero, a desgranarlo, seleccionando las ideas fundamentales. Los contenidos de cada capítulo son:
1) Arquitectura del cerebro: funciones de las diferentes áreas cerebrales, desarrollo evolutivo del cerebro y neuroplasticidad
2) Educación emocional
3) Atención
4) Memoria y aprendizaje
5) Beneficios del ejercicio físico, el sueño y una alimentación adecuada en el aprendizaje
6) Integración del juego en el aprendizaje
7) Creatividad
8) Aprendizaje cooperativo
9) Características de una escuela con cerebro: aprender a leer, desarrollo de las competencias matemáticas, arquitectura y mobiliario, evaluación coherente con un aprendizaje competencial y atención a la diversidad

Os dejo un enlace al archivo con las ideas principales que he ido seleccionando:
Neuroeducación en el aula - Selección

sábado, 27 de abril de 2019

Progreso social y personal

El progreso es un movimiento que el hombre - la sociedad, la humanidad - hace, dirigido hacia una meta. Y según sea la meta, el objetivo hacia el cual se va, podemos hablar de diferentes progresos o diferentes aspectos o niveles del progreso: económico, técnico, científico, social, político, moral, estético, religioso, etc.
Ahora bien, no se puede olvidar que efectivamente éstos no son más que aspectos o niveles de progreso, y que por tanto el progreso tendría que medirse en todo caso por el conjunto de todos ellos y nunca identificarlo con un solo aspecto o con algunos. El progreso no es sólo progreso tecnológico o industria. La razón es bien clara: aunque sean diferentes aspectos, el sujeto es la sociedad en conjunto, y por tanto todos ellos están estrechamente vinculados, y su valor depende de la integración en el propio sujeto. Entonces es lógico llamar progreso al resultado de todos los aspectos, si realmente resultan ser, en conjunto, una mejora para el conjunto social, respecto a la situación anterior, es decir, si resulta ser progreso social.
Afirmar que la sociedad es el sujeto de progreso no puede hacernos olvidar que la sociedad no es un abstracto por encima e independientemente de sus miembros: las personas. Entonces el progreso ha de tener una dimensión personal, el progreso social ha de poder ser medible en crecimiento como personas de los ciudadanos y en las condiciones favorables de un tal crecimiento personal. Y es aquí donde tiene sentido hablar de crecimiento o progreso en humanidad, en libertad. 

Gabriel Amengual Coll, Modernidad y crisis del sujeto (adaptado)

G. Amengual - Teólogo y Filósofo (n. 1946)

viernes, 26 de abril de 2019

El experimento de Solomon Asch

Ilusión: Interpretación errónea de unos datos sensoriales verdaderos o de sus relaciones, por lo general debido a la configuración subjetiva de los estímulos; a diferencia de la alucinación, en la ilusión el sujeto puede ser consciente de su error.

En los años 30 se realizó el primer experimento clásico sobre la influencia del grupo en la percepción individual, basado en una ilusión óptica conocida como ilusión autocinética (en la oscuridad, un punto luminoso fijo se percibe como si estuviera en movimiento). Dando por supuesto que este fenómeno se produciría se le dijo a un grupo de sujetos que calcularan la distancia recorrida por el punto luminoso: cada uno por separado dio una cifra y las respuestas individuales variaron bastante entre sí (de 2 a 20 cm); ahora bien, si se les pedía que emitieran su respuesta delante de los demás los últimos tendían a aproximarse a lo que habían dicho los primeros, situándose todas las respuestas en un intervalo entre 8 y 10 cm. Es más: esta respuesta ya no se modificaba ni siquiera volviendo al primer sistema en que cada uno contesta aislado del resto; incluso después de haber desaparecido el grupo como tal, el resultado de la percepción grupal se había fijado como obligatorio en la mente de los individuos.

El experimento no tuvo en su momento demasiada repercusión, entre otras cosas porque se basaba en un hecho engañoso en sí mismo (una ilusión óptica), sobre el cual las percepciones individuales debían ser inseguras y, por tanto, fácilmente modificables. Pero en los años 50 otro psicólogo, llamado Solomon Asch, diseñó otro experimento similar en el que, a diferencia del primero, la certeza perceptiva debería ser total y nula, por tanto, la influencia del grupo sobre el individuo. La prueba era tan simple como indicar cuál de las tres líneas de la tarjeta de la derecha es igual a la línea de la tarjeta de la izquierda.
Cualquiera que no tenga serios problemas de visión responderá señalando la línea "C" y así ocurría cuando se preguntaba a los sujetos por separado. Pero, ¿qué ocurre cuando se introduce a un sujeto, sin que él lo sepa, entre un grupo de cómplices aleccionados para dar una respuesta falsa? Si siete u ocho personas antes que nosotros contestan "B", ¿mantendremos nuestra primera opinión de que la respuesta correcta es "C" o empezaremos a dudar de nuestra propia capacidad visual? Lo cierto es que más de la tercera parte de los sujetos así engañados parecían dudar antes de sus propios sentidos que de la opinión mayoritaria y contestaban también "B". ¿Estaban estas personas realmente convencidas de lo que decían, o simplemente tenían miedo a parecer extravagantes? Un par de datos parece apoyar lo segundo:
  • A diferencia del primer experimento sobre ilusión autocinética, si al sujeto engañado se le vuelve a hacer la misma pregunta pero ahora aislado del grupo, lo más probable es que esta vez responda correctamente.
  • Si se hace una pequeña modificación en la situación experimental, de forma que los cómplices no contesten unánimemente "B", sino que uno de ellos conteste "A" (respuesta también falsa, pero distinta de la mayoritaria), el sujeto se siente reforzado en su propia opinión y contesta correctamente. Hay que advertir que en este caso lo decisivo no es que alguien comparta tu misma opinión, sino que alguien antes que tú haya tenido el valor de enfrentarse a la mayoría.
A efectos de comportamiento no parece importar demasiado si las personas se autoengañan, se limitan a decir lo que los otros esperan que digan o si lo segundo lleva a lo primero: el caso es que la presión social lleva a muchas personas a actuar de forma distinta a como lo habrían hecho espontáneamente, incluso contra sus propias convicciones. 

jueves, 25 de abril de 2019

Cambios que nos hicieron humanos

1. Introducción
Los fósiles más antiguos de Homo sapiens tienen 195.000 años y, una vez más, han sido hallados en África, no muy lejos del lugar en que se encontró a Lucy (Australopithecus afarensis).
Durante los últimos 7 M.a., los homínidos han evolucionado desde formas similares a los chimpancés hasta el humano moderno; es lo que se denomina proceso de hominización. Los cambios han afectado a diversas características anatómicas y funcionales, desde la bipedestación hasta la adquisición del lenguaje articulado, pasando por un incremento del volumen cerebral.
Este proceso evolutivo parece haber seguido un "modelo en mosaico", de manera que los cambios no han ocurrido simultáneamente en todas las variables, sino que han sucedido mucho antes en unas que en otras. Así, Lucy ya caminaba erguida, aunque su capacidad craneal era la de un chimpancé.

2. Caminar erguido
La bipedestación es el primer criterio que se utiliza para diferenciar entre el linaje de los homínidos y el de los simios antropomorfos. Probablemente fue el primer cambio importante ocurrido en el proceso de hominización y sucedió mucho antes de que el volumen cerebral se incrementase.
Caminar habitualmente erguido y sin balancear mucho el cuerpo requiere determinadas características anatómicas diferentes a las de los simios antropomorfos. El análisis de estas características permite discernir si un resto fósil pertenece, o no, a un homínido:
  • Posición del foramen magnum: El foramen magnum es el orificio del cráneo por donde pasa la médula espinal, y señala el lugar en el que se inserta la columna vertebral en el cráneo. En los homínidos el foramen magnum se orienta hacia abajo, mientras que en los simios lo hace hacia atrás. 

  • Disposición de la cadera: En los homínidos los fémures se dirigen oblicuamente desde las caderas hasta converger en las rodillas. En los simios, sin embargo, se disponen verticalmente, manteniendo muy separadas las rodillas.
  • Cambios en el pie: El pie de un chimpancé es parecido a nuestra mano, incluso tiene el pulgar oponible. La adaptación a la bipedestación supuso que el pie se alargó y el pulgar se alineó con los demás dedos, que rerujeron su tamaño perdiendo casi completamente su capacidad para agarrar objetos.
Los simios antropomorfos, como los homínidos, tienen el pulgar de la mano oponible, y esto les permite coger bien los objetos. Pero nuestro pulgar es más largo y con él podemos tocarnos la punta del dedo índice (también la de los demás dedos). Dado que esta característica proporciona a nuestra mano una fuerza y habilidad singulares, se conoce como pinza de precisión. La fuerza de la pinza puede constatarse al coger un martillo y golpear con él, mientras que su habilidad nos permite manejar un pincel o una aguja. Homo habilis ya tenía pinza de precisión, lo que le permitió fabricar herramientas de piedra.
Caminar erguido dio comienzo a la hominización y seguramente afectó más al cuidado de las crías que a cualquier otra facultad. También dejó las manos libres para transportar herramientas o comida.

3. Encefalización y ciclo vital
El humano moderno tiene un volumen cerebral entre 1300 y 1400 cm³, el triple que Lucy, y este desarrollo ha desempeñado un papel crucial en el proceso de hominización. Sin embargo, el incremento del volumen cerebral generó algunos problemas. Durante el parto la cría debe atravesar la parte inferior de la pelvis, denominada canal del parto. Un chimpancé o un gorila tienen un parto fácil, ya que su pelvis es ancha con relación a la cabeza de la cría, y la madre puede ayudar a nacer a la cría guiándola con las manos o limpiándole la nariz y la boca para que respire mejor.
La adaptación al bipedismo implicó un estrechamiento de la pelvis y el incremento del tamaño cerebral vino a aumentar la dificultad del parto. Hace 1'5 M.a. la capacidad craneal alcanzó los 850 cm³, acercándose al límite para pasar por el canal del parto. Sin embargo, el proceso de encefalización continuó. ¿Qué cambió para que el parto fuese posible?
El cerebro del chimpancé tiene al nacer unos 300 cm³ y hasta que es adulto su tamaño aumenta un 50%. La especie humana tiene al nacer un volumen cerebral de 350 cm³, similar al del chimpancé, pero se incrementa a lo largo de su vida un 400%. Si los homínidos pudieron incrementar el tamaño de su cerebro fue a costa de adelantar el parto y tener unas crías prematuras, más dependientes de la madre durante mayor tiempo.

4. Aprender a hablar
Sólo los seres humanos disponemos de un lenguaje articulado, y no es fácil saber cuándo adquirieron los homínidos esta facultad. Para hablar hace falta tener capacidad mental para ello y disponer del instrumento adecuado, el aparato fonador. Dos áreas del cerebro están relacionadas con nuestra capacidad de hablar. Ambas se encuentran en la corteza cerebral del hemisferio izquierdo.
El cerebro no fosiliza, sin embargo puede dejar en la cara interna del cráneo unas impresiones que permiten a los paleoantropólogos conocer algunas de sus características. Homo habilis y, en mayor medida, Homo ergaster tenían ya desarrolladas las áreas cerebrales relacionadas con el lenguaje. Se discute, sin embargo, si su aparato fonador reunía las características para hablar. Probablemente sólo les permitiese articular un repertorio reducido de vocales. Sería, por tanto, un lenguaje rudimentario.

5. ¿Hubo cruce entre los neandertales y el humano moderno?
Hace unos 100.000 años, algunas poblaciones de Homo sapiens salieron de África y se distribuyeron por todo el mundo. A Europa llegaron hace 40.000 años. Aún se encontraban aquí los neandertaes, ya que sus restos más recientes, hallados en Gibraltar, tienen 28.000 años.
No hay duda de que ambas especies de homínidos tuvieron algún tipo de relación. Así, los neandertales incorporaron collares y otros adornos corporales propios de Homo sapiens. Sin embargo, aún no se sabe si hubo intercambio genético o no. Las dudas desaparecerán cuando acabe de descifrarse el genoma de neandertal, cuyo proceso de secuenciación se está finalizando. Por el momento, una hipótesis que goza de cierta aceptación es que hubo algún cruce, esporádico pero de gran importancia, porque quizá nos transmitieron una variante del gen microcefalin, aparecida hace 37.000 años, que interviene en el desarrollo del cerebro y que pudo ser la causa de la explosión cultural ocurrida a partir de aquel momento.