Cada ser humano es como los demás seres humanos, como algunos otros seres humanos y como ningún ser humano.
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domingo, 18 de enero de 2015

Los dos enunciados clásicos de la filosofía occidental

1. Sócrates y Platón: la Filosofía del Racionalismo y del Ser
Sócrates (470-399 a.C.) fue un maestro perplejo que se planteó el significado de términos generales, tales como "verdad", "belleza" y "justicia". Su mejor discípulo fue Platón, quien proporcionó respuestas positivas a las provocativas preguntas que ni el propio Sócrates llegaba a contestar. Platón (428-348 a.C.) escribió sus Diálogos, en los que Sócrates examina diversos problemas con los atenienses. Los primeros diálogos nos muestran a un Sócrates joven e inquisitivo. En los últimos, Platón pone en boca de Sócrates su propio racionalismo.

 Epistemología 
Los sofistas y Sócrates fueron contemporáneos y a la vez antagonistas. Sócrates, quien concentró su atención en la ética, creía que los sofistas minarían toda la moralidad con sus enseñanzas relativistas. En oposición a ellos, intentó descubrir el significado general de Dios, la justicia y la belleza. Platón hizo extensible esta búsqueda a todo el conocimiento.
Sin embargo, Platón aceptó un aspecto del relativismo sofista: su argumento de que todas las sensaciones dependen del estado del observador. Platón apoyó esta posición siguiendo el ejemplo de los dos hombres que entran en una habitación desde diferentes contextos en cuanto a la temperatura y por ello perciben la habitación (fría o cálida) en forma distinta. Se puede disponer otra demostración, propuesta siglos más tarde: Se cogen tres cubos de agua -uno caliente, otro frío y otro templado-, y se mete la mano izquierda en el agua caliente y la derecha en la fría. A continuación, se sumergen las dos manos en el agua templada. La mano izquierda sentirá frío y la derecha calor. El agua, por supuesto, está a la misma temperatura, pero se siente a dos temperaturas. La experiencia del agua es función del estado de las manos. En función pues estos planteamientos de Platón, uno no sabe cuál es la temperatura del agua; únicamente cabe tener alguna creencia con respecto a ella.
Platón aceptó también la doctrina heracliteana del flujo, razonando que todos los objetos se hallan en continuo cambio. Para Platón esto significaba que no cabe conocer los objetos. No podemos tener un conocimiento eterno e inmutable -que para Platón son las características esenciales del conocimiento- de cosas que están cambiando continuamente. Platón llegó a la conclusión de que la percepción suministra una imagen sumamente imperfecta y relativa de un mundo de objetos en permanente cambio, una imagen que no puede llamarse conocimiento.
Con todo, Platón no puso en tela de juicio la existencia del conocimiento, sino que intentó mostrar cómo puede alcanzarse éste. Si no cabe conocer la realidad, ¿qué podemos conocer? No puede haber conocimiento de la nada, de lo que no existe, ya que entonces no sería conocimiento. El conocimiento es eternamente verdadero e inmutable, por lo que los objetos del conocimiento han de ser eternos e inmutables. Platón llamó a tales objetos del conocimiento Formas (o Ideas). Hay una Forma para cada clase de objeto a los que damos un nombre general, como "gato", "cama", "hombre", "justo" o "bueno". Platón creía que los objetos percibidos eran copias imperfectas de estas Formas, imperfectas porque se hallan en permanente cambio y son relativas al que las percibe.
La mejor expresión de esta idea aparece en la metáfora de la línea, que figura en la República de Platón. Imaginémonos una línea dividida en cuatro segmentos desiguales. La línea está dividida en dos grandes segmentos, que representan el mundo de las apariencias percibidas y la opinión, y el mundo del conocimiento abstracto o mundo inteligible. El primer segmento es más corto, para denotar su imperfección. El mundo de las apariencias está su vez dividido en el mundo de la imaginación y en el de la creencia. La imaginación es el nivel inferior de la cognición, puesto que se ocupa de simples imágenes de objetos concretos, análogas a los reflejos que fluctúan en el agua. Platón relegó el arte también a este reino, ya que cuando contemplamos el retrato de un hombre estamos viendo únicamente una imagen, la sombra de una apariencia. Platón desterró el arte de su República utópica.


Nuestra aprehensión de las imágenes es la forma más imperfecta de conocimiento. Nos movemos en un terreno más seguro cuando miramos a los objetos propiamente dichos; Platón llamó a esto creencia. Con el siguiente segmento de la línea, el pensamiento, alcanzamos el conocimiento, que se inicia con el conocimiento matemático. El matemático puede demostrar teoremas sobre triángulos rectángulos o ecuaciones de segundo grado, sin tener que referirse a triángulos concretos o ecuaciones numéricas. El matemático posee un conocimiento de estas cosas. Platón estuvo muy influido por el pitagorismo, como se hace evidente en la importancia que atribuyó a las matemáticas como forma de conocimiento.
El mundo ideal de la geometría es muy parecido al de las Formas. En geometría se puede demostrar, por ejemplo, que el cuadrado de la hipotenusa de un triángulo rectángulo es igual a la suma de los cuadrados de los catetos (teorema de Pitágoras). Para establecer esto, se podría dibujar un triángulo rectángulo y, sin embargo, la prueba no se aplica sólo a dicho triángulo, sino a todos los triángulos rectángulos, o, de modo más platónico, al Triángulo Rectángulo. Cualquier triángulo que dibujáramos sería una copia inferior del Triángulo Rectángulo perfecto; pero nuestra prueba se refiere a la Forma de este Triángulo.
En la actualidad, podríamos estar de acuerdo con Platón en que las matemáticas son conocimiento. En cuanto tal, es riguroso y sus pruebas son necesariamente verdaderas. Los más importantes avances en la física moderna han resultado de haber desarrollado intuiciones elementales hasta sus conclusiones necesarias a través de la lógica matemática formal. Con todo, Platón creía que la forma superior de conocimiento, el último segmento de la línea, la inteligencia o conocimiento, era algo más que esto. Las matemáticas, o al menos la geometría de la época de Platón, se apoyaban en imágenes percibidas, tales como triángulos, círculos y cuadrados. Esta dependencia de las imágenes hacía que la geometría fuera imperfecta. Y lo que todavía tiene más trascendencia, las matemáticas razonan con rigor a partir de ciertos presupuestos que no son puestos en tela de juicio; o lo que es lo mismo, las matemáticas producen conocimiento dentro de su sistema de premisas, pero muchas veces no sabemos con certeza qué premisas son las correctas. En consecuencia, las matemáticas no son verdadero conocimiento, ya que sus presupuestos pueden siempre ser puestos en cuarentena.
Para alcanzar el conocimiento, pues, debemos remontarnos aún más arriba, al reino de la Formas propiamente dichas, sin contentarnos con sus réplicas matemáticas, sus réplicas concretas o las imágenes de sus réplicas. Debemos ascender de los meros presupuestos a los principios fundamentales, del mundo de las apariencias sensibles al mundo de las formas inteligibles. ¿Cómo ha de realizarse este tránsito? ¿Cómo alcanzar el conocimiento de las Formas? Sobre esta cuestión el punto de vista de Platón evolucionó al correr de los años. Siempre creyó que debemos, hasta cierto punto, apartarnos de la percepción sensorial y adentrarnos en la dialéctica filosófica, de cuyo toma y daca surgiría el verdadero conocimiento. La naturaleza exacta de su idea de la dialéctica cambió, sin embargo, a medida que fue envejeciendo.


En los primeros diálogos, Platón creía que la experiencia de los objetos concretos estimulaba la rememoración del conocimiento innato de las Formas adquirido entre las sucesivas reencarnaciones. Los objetos percibidos se asemejan a las Formas, si bien de manera imperfecta, y por ello constituyen un estímulo real para despertar nuestro conocimiento de éstas. En sus diálogos intermedios, Platón negó cualquier papel válido a la percepción sensorial y descargó el peso total del aprendizaje sobre la dialéctica abstracta y filosófica. Finalmente, en sus últimos diálogos y lecciones no publicadas (que conocemos a través de Aristóteles), retornó a su primera creencia en el valor potencial de la percepción sensorial. Al mismo tiempo, elaboró su noción de dialéctica, convirtiéndola en un instrumento para clasificar con precisión todas las cosas, instrumento que Aristóteles habría de perfeccionar, haciendo de él la base de toda su filosofía. Simultáneamente, la concepción platónica de las Formas se volvió cada vez más matemática y pitagórica.
El problema que Platón abordó con su teoría de las Formas ha preocupado a los pensadores desde la Edad Media hasta las modernas investigaciones sobre la formación de conceptos. Por ejemplo, si uno usa el término "gato", no se está refiriendo con él a un gato en concreto, sino más bien a cierta noción general de "gatidad". Cada gato físico es una mezcla de rasgos, algunos de los cuales son esenciales para que sea gato, como el de ser carnívoro, y otros que no lo son, como la longitud de su pelo o su color. La "gatidad" esencial viene definida por el primer tipo de rasgos. Semejante "gatidad" universal era para Platón la Forma del "gato", y los gatos físicos no eran sino réplicas imperfectas de esta Forma, precisamente por sus rasgos accidentales y no esenciales. Este problema de los términos generales, como contrapuestos a los ejemplos específicos, llegó a ser conocido como el problema de los universales. Todavía constituye un problema candente en la psicología del aprendizaje y evolutiva. ¿Cómo una persona, y en especial un niño, aprende a separar conceptos generales, tales como "triángulo", "gato" o "mentira", de sus experiencias de triángulos, gatos y mentiras concretos? Platón pensaba que la persona debía rememorar estos conceptos en tanto que recuerdos de las Formas conocidas entre las sucesivas reencarnaciones.

 Psicología 
El interés absorbente de Platón por las Formas ultramundanas le llevó a prestar poca importancia a una disciplina empírica como la Psicología. Sólo un diálogo, el Timeo, se dedica a problemas científicos. Aquí escogeremos de los diversos diálogos las opiniones de Platón sobre toda una serie de temas psicológicos.
Naturaleza del alma
Platón dividía el alma o la mente en tres partes. En primer lugar, estaba el alma inmortal y racional, localizada en la cabeza. Las otras dos partes son mortales. El alma impulsiva o animosa, orientada a conquistar el honor y la gloria, se localiza en el tórax, y el alma pasional y apetitiva, interesada en el placer corporal, en el vientre. El alma racional tiene parentesco con las Formas y el conocimiento; las almas perecederas (mortales) se hallan atadas al cuerpo y, por ello, son sólo capaces de opinión. Es deber del alma racional controlar los deseos de las otras dos, lo mismo que el auriga controla a dos caballos. El alma pasional fue considerada por Platón como particularmente revoltosa y necesitada de sujeción por parte de la razón. Siglos más tarde, constatamos una idea análoga en Freud, quien destacó la "primacía de la razón" sobre los impulsos instintivos. Platón se manifestó, sin embargo, como un partidario del dualismo mente-cuerpo, al afirmar que una persona se define por su mente racional, siendo su cuerpo una tumba perturbadora, en la que el alma se encuentra a sí misma encarnada, y que se comporta como un títere.
Motivación
Como cabía esperar, Platón, especialmente en sus obras primerizas e intermedias, tiene una pobre opinión del placer. Buscar el placer y evitar el dolos -impulsos obvios del hombre- son cosas del cuerpo, que únicamente sirven para envilecer la mente racional y obstaculizar su contemplación del Bien. Todas las formas de sensación, incluido el placer, las consideraba males inevitables. Sin embargo, en sus últimos escritos, Platón modificó este punto de vista radical. Algunos placeres, como el goce estético que se obtiene de la belleza, son considerados ahora saludables, rechazándose la vida puramente intelectual como demasiado limitada. Su concepción de la motivación llega a ser freudiana: poseemos en nuestro interior una corriente de deseos pasionales que pueden ser encauzados hacia cualesquiera de las tres partes del alma, hacia el logro del placer físico, el honor o el conocimiento filosófico y la virtud. Nuestros impulsos pueden motivar la búsqueda del placer transitorio o el ascenso filosófico al mundo de las Formas.
Fisiología y Percepción
La fisiología de Platón resulta chocante para nosotros. Afirmaba, por ejemplo, que la función del hígado consistía en desplegar las imágenes enviadas por el alma racional al alma pasional; estas imágenes eran más tarde borradas por el páncreas. Dado que Platón desconfiaba de la percepción, apenas habló de la ciencia empírica de la Fisiología. Con frecuencia se limita a consignar los puntos de vista tradicionales entre los griegos. De la visión, por ejemplo, dijo que vemos porque nuestros ojos emiten rayos visuales que percuten en los objetos situados en nuestra trayectoria visual. Esta idea persiste en el lenguaje moderno en frases como "le echó una ojeada", mientras que la teoría correspondiente dominó el pensamiento óptico hasta muchos siglos después de Platón.
Aprendizaje
Platón fue el primer gran innatista, ya que según él todo conocimiento humano es innato, es decir, existe desde el nacimiento. En sus momentos más radicales, Platón creía que este conocimiento sólo puede ser reavivado a través de la dialéctica y la contemplación, no atribuyendo papel alguno a la percepción sensorial. En otras ocasiones, sin embargo, Platón propone una explicación del aprendizaje -su teoría de la reminiscencia- que se parece a ciertas teorías modernas, por ejemplo, a la teoría innatista de Noam Chomsky sobre la adquisición del lenguaje. Los objetos percibidos, por supuesto, se parecen a las Formas de las que participan, y esta semejanza, en especial si se ve ayudada por la instrucción, puede estimular a nuestra alma racional para que recuerde cómo son las Formas. Dicho en términos modernos, el input perceptual excita y desarrolla mecanismos cognitivos innatos. Al mismo tiempo, Platón sienta las bases de la doctrina asociacionista, que más tarde se convertiría en parte fundamental de la filosofía empirista. Los objetos sensibles nos recuerdan a las Formas, o porque son similares a ellas, o porque ambos objetos o ideas han estado frecuentemente asociados en nuestra experiencia. Son éstas dos de las leyes fundamentales de la asociación -la semejanza y la contigüidad-, básicas para numerosos sistemas posteriores de psicología.
Desarrollo y Educación
Platón creía en la reencarnación. Al morir, el alma racional se separa del cuerpo y alcanza la visión de las Formas. Entonces, según el grado de virtud conseguido en la vida anterior de uno, se reencarna en algún lugar de la escala filogenética. Cuando el alma es arrojada a un nuevo cuerpo lleno de sensaciones y deseos animales, cae en un estado de completa confusión y debe adaptarse. Semejante confusión explica por qué el conocimiento de las Formas no existe en los infantes. El propósito de la educación estriba en ayudar al alma racional a conseguir el control del cuerpo y de las otras partes del alma. La educación presenta tres fases. Primeramente, los infantes deben ser apaciguados y mecidos para dominar su caos interno. A continuación, la educación elemental en Gimnasia, Retórica y Geometría, proporciona al niño el dominio del mundo externo. Finalmente, para quienes se manifiestan capaces de ella, la educación superior en Filosofía les conduce al conocimiento de las Formas. Esta educación es especialmente rigurosa y exigente, y fue pensada para formar a los dirigentes de la sociedad.
La psicología de Platón es fragmentaria e incompleta. La primera psicología sistemática fue desarrollada por su discípulo Aristóteles, quien tenía en más alta estima a la percepción y a la ciencia empírica que su maestro.

2. Aristóteles: la Filosofía del Empirismo y del Desarrollo
Aristóteles fue el primer profesor. Platón escribió diálogos dramáticos en los que los relámpagos de intuición de Sócrates iluminaban los problemas filosóficos y morales. Aristóteles escribió tratados en prosa. Fue el primero que en forma sistemática "pasó revista a los escritos" de los primeros filósofos. En vez de dejarse llevar de penetraciones intuitivas, se guió por el orden, el método y la lógica silogística, que él mismo inventó. El racionalismo obligó a Platón a adoptar ideas fantásticas, como la de las Formas, que violentan el sentido común. En cambio, la actitud minuciosa y empírica de Aristóteles nunca le desvió lejos del sentido común, y sus errores fueron, por lo general, simples y objetivos, como su creencia de que el corazón era el asiento del alma, la cual incluye a la mente. Platón creó un mundo mágico de Formas incorpóreas y de fuerzas misteriosas de participación. El mundo de Aristóteles se basaba en el sentido común, un mundo en que los objetos pesados caen a más velocidad que los ligeros.
A pesar de que Aristóteles fue durante veinte años discípulo de Platón, ambos presentan perspectivas tan diferentes que resultan antitéticas. Platón era un filósofo puro, cuyo enfoque lindaba con el misticismo, y que desconfiaba hasta tal punto de la percepción sensorial que para él el mundo visible no era real. Aristóteles era, ante todo, un científico que creía en la realidad del mundo sensible y en la valía de la percepción sensorial y del goce que cabe extraer de ella. El cuerpo no era para Aristóteles una tumba. Su error fundamental fue el opuesto al de Platón. Creía que las matemáticas eran inútiles para la ciencia, ya que no tratan directamente de lo que se observa. Pese a los años que pasaron juntos, parece como si no hubiera existido comunicación entre ellos en muchos puntos. En sus escritos, Aristóteles critica con frecuencia a Platón, pero sus objeciones raras veces son eficaces. Únicamente convencen a quienes comparten la misma orientación empírica de Aristóteles, pero no conmueven a un verdadero platónico. Nos hallamos aquí, quizás, ante el primer choque de paradigma en el sentido de Kuhn, donde los portavoces de diferentes concepciones argumentan sin convencerse mutuamente.

 Epistemología 
Aristóteles, evidentemente, rechazó la doctrina de las Formas. Por regla general suele reconocerse que sus críticas concretas son flojas, si bien su posición de conjunto era que las Formas no explican nada. Se trata de especímenes glorificados -ciertamente, especímenes perfectos y celestiales-, pero especímenes pese a todo. Introducir un nuevo conjunto de particulares en el universo no añade nada. En términos actuales, para Aristóteles, Platón sería como un niño en el estado de inteligencia preoperacional de Piaget, que no puede concebir clases de objetos, sino únicamente objetos particulares y concretos. Platón intentó resolver el problema de los universales postulando objetos enaltecidos, perfectos, individuales y concretos. Aristóteles dio el paso hacia el siguiente estadio del pensamiento -el operacional concreto-, caracterizado por la lógica de clases y ejemplificado por el silogismo, una forma de razonamiento que creó Aristóteles.
Para Aristóteles, lo que existía primero era el mundo sensible de las cosas. Da comienzo a su filosofía considerando "esta cosa concreta aquí". A partir de nuestra experiencia de los objetos abstraemos la esencia de las clases de cosas, o especies. Empezamos con sensaciones de objetos particulares y perecederos, ascendemos, mediante procesos mentales, al conocimiento de las especies inmutables.
En la concepción de Aristóteles, sin embargo, los universales no son productos de la mente, como algo más tarde sostendrían diversos pensadores. Conocemos los universales a través de la mente, pero no los creamos. Aristóteles creía que los universales existen en la Naturaleza y que nosotros los descubrimos. Hay una esencia universal de lo que significa ser "gato", con total independencia de lo que pensemos acerca de los gatos. Los universales no son Formas separadas, ni tampoco etiquetas útiles, ya que existen como esencias de especies reales y naturales de objetos concretos.

 Psicología 
Filosofía de la Naturaleza
Para Aristóteles, la Psicología era una ciencia empírica, y más en concreto una parte de la Biología. De aquí que empecemos por examinar el enfoque aristotélico de la explicación natural.
Las Cuatro Causas
Según Aristóteles, hay cuatro tipos de causas naturales -formal, final, eficiente y material-. La causa material se refiere a la materia de lo que algo está hecho. Así, por ejemplo, la causa material de la Venus de Milo es el mármol. La causa eficiente se refiere a la causa inmediata del cambio o movimiento. Si uno deja caer un vaso sobre un suelo duro, la causa eficiente de su rompimiento es el violento impacto del vaso sobre el suelo. La causa final hace referencia a la intencionalidad de un objeto o un cambio. Por ejemplo, en respuesta a la pregunta "¿Por qué fuiste a la tienda?", uno contesta: "A comprar un libro". Esta respuesta remite a la causa final, dado que se refiere al propósito del viaje. La causa formal es la esencia de un objeto, lo que le hace ser lo que es, o lo define. Se refiere más destacadamente a la figura del objeto, a su forma. Lo que distingue a la Venus de Milo de otras estatuas de mármol es su forma concreta. Sin embargo, la causa formal no tiene por fuerza que referirse a la forma externa, sino que siempre remite a lo que define la esencia de una cosa, en cuanto entidad independiente de sus rasgos accidentales. Por último, debe señalarse que, si bien las causas pueden analizarse por separado, es posible que una misma cosa desempeñe simultáneamente las funciones de más de una causa. Tal es el caso del alma.
Potencialidad y actualidad
Aunque existen varios tipos de cambios visibles reconocidos por Aristóteles, la forma de cambio que más le interesó fue el cambio cualitativo, interés que colorea su análisis de todos los cambios. ¿Cómo una bellota se convierte en roble, un niño en adulto o una madeja de lana en un jersey? Las respuestas de Aristóteles serían que la bellota es en potencia un roble, el niño un adulto potencial y la madeja de lana un jersey en potencia. Esa potencialidad debe actualizarse por sí misma o ser actualizada -el roble es en acto un roble, el adulto un adulto y el jersey un jersey-. De esta suerte, el cambio cualitativo queda explicado apelando a la teleología, al propósito que existe en la Naturaleza. El propósito de una bellota es convertirse en roble, actualizarse a sí misma como roble. El sistema de Aristóteles es abierta y enteramente teleológico. Aristóteles afirmaba a menudo que la Naturaleza no hace nada sin propósito, y el científico explica el cambio descubriendo y apelando a dichos propósitos.
La Scala Naturae
Este esfuerzo por actualizarse crea una gran jerarquía entre todas las cosas, desde la materia completamente informe y neutral, en un estado de pura potencialidad, hasta Dios, que es actualidad pura y que mueve el universo gracias al deseo de éste por llegar a Dios, la actualidad perfecta (de aquí que el Dios de Aristóteles sea el Motor Inmóvil, inmóvil porque la actualidad perfecta no puede cambiar o moverse). De particular interés para la Psicología es la ubicación en una escala que realizó Aristóteles con las especies vivientes, desde las más simples, como el alga, hasta las más cercanas a Dios, los hombres. De esta suerte, aunque Aristóteles negó la evolución, al ser un creyente convencido en la fijeza de las especies, inventó algo parecido a la escala filogenética, su scala naturae, resultando de ello que su Psicología es en parte una psicología comparada.
Definición y tipos de alma
El alma es la forma o causa formal, la esencia y la actualidad de la persona. El alma es lo que define a un animal -un gato es un gato porque tiene un alma de gato y se comporta como un gato-. Un ser humano es humano en virtud de que posee un alma humana y, en consecuencia, actúa humanamente. En suma, cada criatura se define por su alma y, aunque Aristóteles no es claro en este punto, cada individuo se define por su alma individual, lo que llamaríamos el yo. Por consiguiente, el alma es la causa formal de la persona, ya que define qué tipo de ser viviente es. El alma es, pues, la esencia del animal. Por último, es la actualidad de un cuerpo que potencialmente tiene vida. Sin alma, el cuerpo está muerto; con alma está vivo. Por ello, el potencial de vida de una criatura es actualizado por el alma. Además, el alma es la causa eficiente del movimiento corporal, porque es la causa de que ocurra el movimiento. Es también la causa final, ya que el cuerpo está subordinado al alma. Resumiendo, la causa material de cualquier animal es el cuerpo del que el animal está constituido, mientras que el alma es la causa eficiente del movimiento, la causa formal que define la esencia del animal y la causa final, el propósito del cuerpo.
¿Qué relación hay entre cuerpo y alma? Aristóteles, como biólogo, tenía una concepción naturalista del problema mente-cuerpo. El alma, con excepción de una parte, es inseparable del cuerpo. Su concepción se asemeja a lo que en la actualidad denominamos la posición del doble aspecto: hay sólo una realidad material, el cuerpo, pero éste tiene dos aspectos, el fisiológico y el mental. El alma es la forma del cuerpo y tan imposible es separarla de su encarnación material como separar la Venus de Milo del mármol de que está hecha, aunque podamos analizar por separado ambas cosas, considerando en sí mismos, o bien el mármol, o bien la forma. Aristóteles lo expresó así en De Anima:

Ésta es la razón de que podamos descartar como totalmente superflua la cuestión de si el alma y el cuerpo son una sola cosa: es tan inútil como plantearse si la cera y la forma que se le imprime con un sello son la misma cosa.

Aristóteles no fue un dualista. Rechazó el dualismo de Platón y hubiera rechazado el dualismo cartesiano. No obstante, tampoco es un reduccionista materialista. El alma no puede ser reducida al cuerpo, incluso si sólo existe una materia, pues podemos analizar por separado las operaciones fisiológicas y las psicológicas.
En cuanto biólogo teleológico, Aristóteles se planteó con respecto al alma las mismas preguntas que respecto a cualquier otro órgano: ¿para qué sirve, cuál es su propósito? Creía que el alma tenía varias facultades, como la nutrición, el movimiento y la razón. La mayoría de los psicólogos califican a la Psicología de Aristóteles como una psicología de las facultades, hablando, por ejemplo, de la facultad de razonar, pero sería mejor definirla como la primera psicología funcional, enfoque más afín al de un biólogo. Cuando en el siglo XIX los psicólogos norteamericanos, influidos por Darwin, adoptaron nuevamente una perspectiva biológica, formaron una escuela llamada el funcionalismo, que acentuaba, como lo hizo Aristóteles, el valor biológico del funcionamiento mental.
Es evidente que no todas las cosas vivientes exhiben las mismas funciones, y Aristóteles distinguió tres niveles de alma, ajustados a los diferentes niveles de su scala naturae. En el nivel inferior esta el alma nutritiva, que poseen las plantas y que sirve a dos funciones: el mantenimiento de la planta individual por medio de la nutrición y el mantenimiento de la especie por medio de la reproducción. Los animales poseen un alma más compleja, el alma sensitiva, que subsume las funciones del alma nutritiva y además tiene otras. Los animales, a diferencia de las plantas, se percatan de lo que les rodea. Tienen sensaciones y, por tanto, un "alma sensitiva". Como consecuencia de la sensación, los animales experimentan placer y dolor, y por ello sienten deseos de procurarse placer o evitarse el dolor. Hay otras dos consecuencias más de la sensación: en primer lugar, la imaginación y la memoria, dado que la experiencia puede imaginarse o recordarse, y en segundo lugar, en algunos animales, el movimiento como consecuencia del deseo. El nivel superior de la escala de las almas lo ocupa el alma humana, que subsume a las otras, poseyendo además la mente, o facultad de pensar. Es el alma racional.
Estructura del alma racional y humana
Según Aristóteles, la adquisición del conocimiento es un proceso psicológico que se inicia con la percepción de los particulares y finaliza con el conocimiento general de los universales. Aristóteles es, en cierto sentido, el primer psicólogo del procesamiento de la información: recibimos informaciones de los sentidos, procesamos y almacenamos esta información, y actuamos sobre ella para desarrollar el conocimiento, resolver problemas y tomar decisiones. El análisis del alma de Aristóteles puede representarse por un diagrama de flujos de procesamiento de información, que muestra las facultades del alma y sus interrelaciones.


Los cinco sentidos primarios envían información al sentido común que unifica las sensaciones en una percepción consciente y transfiere esta información procesada a la inteligencia pasiva, la cual queda impresionada con los objetos de la percepción. Tales percepciones pueden persistir, creando imágenes. Para Aristóteles, la memoria era una especie de imaginación, ya que nuestros recuerdos son siempre imágenes concretas. El material ingresa en la memoria conforme lo aprendemos, y puede ser evocado posteriormente y traído a la conciencia; de aquí que el flujo de información circule en ambos sentidos. Por último, la inteligencia activa actúa sobre los contenidos de la inteligencia pasiva para producir el conocimiento universal.
Percepción sensorial
Los sentidos especiales reciben pasivamente sensaciones de los objetos externos. Sus facultades consisten en la potencialidad de absorber la forma de los objetos externos, actualizada por la recepción de una impresión sensorial. A cada sentido especial le corresponden ciertas cualidades que únicamente él puede percibir. Por ejemplo, sólo mediante la visión podemos sentir el color, sólo mediante el gusto lo dulce. Este aspecto de la percepción es infalible. Nadie puede equivocarse cuando dice que ve una mancha roja o que saborea un dulce. Lo que sí puede entrañar error es la percepción de "sensibles incidentales", que requieren un juicio. Lo que alguien siente como una mancha roja puede incidentalmente ser una mariquita. Pero si dice "Veo una mariquita", puede cometer un error, ya que ello requiere un juicio. Es posible que esté viendo una mancha de pintura. Existen también cualidades sensoriales que son perceptibles por más de un sentido. Cabe ver que un objeto se está moviendo, o cabe sentir la misma cosa. Se puede ver que hay dos libros sobre el escritorio, o se les puede descubrir por el tacto. Estas cualidades de movimiento (o reposo), número, forma y tamaño, se llaman sensibles comunes, porque son comunes a más de un sentido.
La percepción de sensibles incidentales y comunes es producto del sentido común, que unifica los datos de los sentidos especiales en una experiencia coherente y consciente. No vivimos en un mundo de retazos rojos, sonidos y gustos aislados, sino en un mundo en que se experimentan objetos (sensibles incidentales) con importantes propiedades comunes (sensibles comunes). Esta aparente contradicción entre lo que nuestros órganos sensoriales detectan y la experiencia vivida y consciente de la que nos percatamos llegó a ser -y lo sigue siendo- un fastidioso problema para la Psicología del siglo XX cuando los psicólogos de la Gestalt se opusieron a la aparente reducción wundtiana de toda experiencia a haces de sensaciones. Aristóteles fue el primero que intentó resolver esta cuestión, postulando la existencia de este sentido común que unifica los retazos de color, tacto y demás sensaciones en una experiencia consciente. El sentido común es, asimismo, responsable de la conciencia de sí, y es precisamente la inactividad del sentido común lo que provoca la pérdida de la conciencia de sí en el sueño.
Inteligencia
A la parte racional del alma la denominó Aristóteles inteligencia. Pertenece en exclusiva a los seres humanos, y es capaz de adquirir el conocimiento de los universales abstractos, en cuanto opuesto al conocimiento de lo concreto dado en la percepción. Conforme experimentamos miembros diferentes del mismo tipo natural, advertimos similaridades y nos formamos así una impresión de un universal, que Aristóteles creía era siempre una imagen. Si alguien tiene la experiencia de una multitud de gatos, termina por formarse una idea de cuál es la esencia de un gato.
En la inteligencia debe darse -como según Aristóteles se daba en toda la Naturaleza- una diferencia entre potencialidad y actualidad. La inteligencia pasiva es potencialidad. Carece de carácter propio, ya que puede adoptar la forma de los objetos experimentados. El conocimiento de los universales es actualizado, o puesto de manifiesto, en la inteligencia pasiva por las operaciones de la inteligencia activa. La inteligencia activa es pensamiento puro, que actúa sobre los contenidos de la inteligencia pasiva para alcanzar el conocimiento racional de las universales. Esta inteligencia activa es por completo diferente a las demás partes del alma. En cuanto actualidad, nadie actúa sobre ella, sino que más bien actúa ella sobre los contenidos de la inteligencia pasiva. Para Aristóteles, esto quería decir que la inteligencia activa era inmutable y, por tanto, inmortal, ya que la muerte es una forma de cambio. La inteligencia activa es, en consecuencia, separable del cuerpo y sobrevive a su muerte, en oposición al resto del alma. Sin embargo, la inteligencia activa no es un alma personal en el sentido moderno, ya que es idéntica en todos los seres humanos. Es pensamiento puro y no se lleva nada consigo de su estancia en la tierra. El conocimiento se realiza únicamente en la inteligencia pasiva, que perece. Cabe asignar una interpretación moderna a esta tesis de Aristóteles. En la actualidad se piensa que muchas de nuestras capacidades de procesamiento de la información son innatas. Estos procesos son, en cierto sentido, pensamiento puro, pues carecen de contenido, aunque suministren conocimiento del mundo. Dado que estos procesos se heredan, puede decirse que son inmortales, ya que sobreviven a la muerte de cualquier persona y son comunes a todas. Tales procesos se parecen, pues, a la inteligencia activa de Aristóteles.
Imaginación y memoria
Según Aristóteles, el pensamiento sin imágenes era imposible, por lo que cabría esperar un análisis pormenorizado de la imaginación en sus obras. Sin embargo, apenas lo hay. Sus observaciones sobre la imaginación describen a ésta meramente como la persistencia de un precepto después de que el objeto que originalmente la causó ha desaparecido. No llega a examinar la utilización activa de la imaginación, aunque parece tener conciencia de su existencia. El único marco en el que la imaginación resulta importante para Aristóteles es en la memoria. Para Aristóteles, el acto de memoria consiste en tener una imagen y percatarse de que no se trata de una imagen de algo pasado.
La memoria, en cuanto depósito, parece consistir en un conjunto de imágenes que representan la experiencia pasada. Aristóteles distingue la memoria simple -el reconocimiento de una imagen como una representación de un momento pasado- de la rememoración que implica una búsqueda entre las imágenes de la memoria. La rememoración se basa en el hecho de que la memoria está organizada, y Aristóteles hace notar el hecho -redescubierto por psicólogos modernos- de que el material intrínsecamente organizado, como las matemáticas, es más fácil de recordar que el que está menos organizado.
Semejante organización se basa en la asociación, tal y como se describe ésta en numerosas teorías psicológicas modernas. Platón insinuó la existencia de leyes de asociación, pero fue Aristóteles el primero que sacó provecho sistemáticamente de ellas. Aristóteles examina tres leyes de la asociación -la semejanza, la contigüidad y el contraste-. Las imágenes similares, las imágenes de experiencias contiguas y las imágenes opuestas se hallan enlazadas asociativamente. Asimismo, sugiere una cuarta ley, la ley de la causalidad, es decir, que dos experiencias ligadas causalmente nos recuerdan la una a la otra.
Motivación
El movimiento es característico de los animales y por ello es una función del alma sensitiva, que puede experimentar el placer y el dolor. Toda acción está motivada por alguna forma de deseo, el cual, según Aristóteles, implica imaginación. En los animales, la motivación está dirigida por una imagen de lo que es placentero y el animal únicamente pretende el placer inmediato. Aristóteles llama a este tipo de motivación apetito. El hombre, sin embargo, es capaz de razonar, por lo que puede distinguir lo correcto de lo equivocado. En consecuencia, el hombre puede estar motivado por el deseo de lo que es bueno o por beneficios futuros a largo plazo. Este tipo de motivación se llama anhelo. Los animales experimentan conflictos motivacionales sencillos entre apetitos opuestos, pero el hombre se enfrenta además al problema de la elección moral. La concepción aristotélica de la motivación se asemeja a la de Freud, cuando distingue entre el principio del placer innato y animal, preocupado únicamente por el placer inmediato, y el principio de realidad, adquirido y exclusivamente humano, que calcula las ganancias a largo plazo.

lunes, 29 de diciembre de 2014

La aventura de la acción: la libertad

El tema de la acción, y más en concreto el de la acción libre, ha sido considerado a lo largo de la historia de la filosofía como la cuestión de la libertad. Libertad es un sustantivo abstracto referido a las acciones libres, por lo que bajo esta gran palabra se esconden acciones humanas concretas. Pero, ¿qué es la libertad?, ¿cómo la ha entendido la filosofía?

1. De los antiguos a los modernos
Los diversos conceptos no siempre se han entendido de la misma manera. El concepto de libertad no es una excepción. A grandes rasgos, la libertad ha sido entendida de dos maneras:

  • Según los "antiguos", sobre todo griegos y romanos, ser libre significaba tomar parte de las cuestiones de la ciudad, es decir, integrarse en la comunidad, aceptar sus leyes y exigir sus derechos. Ser libre es ser ciudadano y el que no es libre no es ciudadano, sino esclavo.
  • Según los "modernos", desde el siglo XVIII en adelante, la libertad no es algo social, al menos en un principio, sino un asunto individual. Éste es el significado que hemos heredado nosotros.
2. "Libertad de" y "libertad para"
Cuando espontáneamente nosotros pensamos en la libertad, asociamos a este concepto la independencia de todo aquello que nos impida hacer lo que queremos; pero, bajo esta noción más común, podemos descubrir otra noción de libertad más aquilatada y precisa: ser uno mismo, ser fiel al propio proyecto de vida. Este segundo concepto de libertad presupone el primero, pero lo desarrolla y de alguna manera lo transforma. La tradición filosófica ha hablado así de:
- "Libertad de": se refiere a la no dependencia y no interferencia de los demás. Se trata de una libertad negativa.
- "Libertad para": alude al compromiso y fidelidad a uno mismo. Se trata de una libertad más interna y positiva.

3. Pluralidad de libertades
La libertad, según el ámbito en que se aplique, tiene diferentes sentidos. La libertad abstracta se realiza en las libertades concretas. Entre otras, podemos destacar las siguientes:
- Libertad física: es la posibilidad de movimiento, lo opuesto a estar encerrado o encarcelado.
- Libertad política: capacidad de ejercer nuestros derechos políticos de participación en la vida de nuestras comunidades políticas (el derecho al voto responde a esta libertad).
- Libertad civil: capacidad de ejercer nuestros derechos civiles, por ejemplo, comprar una casa, derecho a la huelga, etc.
- Libertad de pensamiento: capacidad de pensar lo que queremos y, más concretamente, de poder expresarlo; este tipo de libertad se realiza, por ejemplo, en la libertad de prensa.
- Libertad religiosa: posibilidad de elegir y ejercer las propias creencias sin estar coaccionado por nada o por nadie.

4. Vivir desde uno mismo
El sentido más profundo de la libertad es aquel que la entiende como autodeterminación. Ser libre no es sólo estar "liberado", sino poder hacer algo desde esta libertad. La libertad es por tanto difícil, pues implica riesgo, decisión y capacidad de tomar las riendas de nuestra propia vida.

Hay dos formas principales de entender el término "libertad". "Libertad" significa o bien la facultad de realizar o no ciertas acciones, sin ser impedido por los demás, por la sociedad como un todo orgánico o, más sencillamente, por el poder estatal; o bien el poder de no obedecer otras normas que las que me he impuesto a mí mismo. El primer significado es constante en la teoría liberal clásica, según la cual "ser libre" significa gozar de una esfera de acción, más o menos amplia, no controlada por los órganos de poder estatal; el segundo significado es el que emplea la teoría democrática, para la cual "ser libre" no significa no tener leyes, sino darse leyes a sí mismo. De hecho, llamamos "liberal" a quien persigue el fin de ensanchar cada vez más la esfera de las acciones no impedidas, mientras que llamamos "demócrata" al que tiende a aumentar el número de acciones reguladas mediante procesos de autorregulación. Por consiguiente, "estado liberal" es aquél en el que la injerencia del poder público está restringida al mínimo posible; "estado democrático", aquél en el que más numerosos son los órganos de autogobierno.
N. Bobbio, Estudios de historia de la filosofía (adaptado)

sábado, 27 de diciembre de 2014

Orígenes de la Filosofía, de la Ciencia y de la Psicología

1. Antes de la Filosofía
Antes incluso de que los seres humanos comenzaran a consignar por escrito sus ideas, manifestaron un vivo interés por el universo. Las investigaciones arqueológicas sugieren que los pueblos primitivos efectuaron grabados en huesos que representaban importantes regularidades astronómicas, tales como las fases de la Luna. Estas observaciones sistemáticas podían permitirles un cálculo preciso de los eclipses y cambios de estaciones. La prueba más dramática, aunque por supuesto no la única, del grado de complejidad astronómica alcanzado por el hombre primitivo la constituye Stonehenge, que sirvió a la vez como observatorio y máquina de cálculo.
No obstante, los megalitos y los huesos grabados nada nos dicen sobre las primitivas concepciones del hombre respecto a la naturaleza humana, o la psicología. Por ello, debemos acudir a los mitos, o relatos conservados en la tradición oral durante décadas o siglos antes de ser escritos. Los mitos sirven a varias funciones. Con frecuencia justifican la estructura de una sociedad y su código moral; pero también satisfacen profundas necesidades humanas tanto de fe como de conocimiento. Los mitos describían y explicaban el universo antes de que la Ciencia fuera inventada. Los relatos sobre sucesos naturales son Física en embrión; los relatos sobre la naturaleza humana son Psicología en cierne.
Un célebre par de mitos lo constituyen la Ilíada y la Odisea, que son una colección de relatos orales sintetizados no mucho antes de la Edad de Oro de Atenas y que fueron consignados entonces por escrito por el poeta Homero. LIlíada y la Odisea se interesan propiamente por la acción humana y contienen la psicología de sentido común de la Grecia prefilosófica.
Los griegos carecían de una palabra para "personalidad", aunque tenían nombres para lo que nosotros llamaríamos los diferentes componentes de la personalidad. En primer lugar estaba la psyche, el "soplo de la vida", de la que se deriva "Psicología", que abandona a la persona cuando muere; podemos interpretar la psyche como el principio crucial de la vida que separa lo orgánico de lo inorgánico. Otra parte de la personalidad era el thymos, que al parecer significaba un principio motivacional subyacente en la acción y el sentimiento. Nuestra propia palabra "(e)moción" expresa asimismo la idea de que la conducta debe resultar de una excitación motivacional. Finalmente, estaba el nous, u órgano psicológico que percibía claramente la verdad.
Algo que merece destacarse de los héroes homéricos es el escaso control que a menudo tenían sobre las diversas partes de sus mentes. En la Ilíada los dioses con frecuencia nublan el nous del guerrero e instalan la locura en su thymos, haciendo que actúe irresponsablemente. El concepto de responsabilidad personal y la atribución de la conducta a causas totalmente internas no aparecen hasta aproximadamente el 500 a.C. en las obras de los dramaturgos griegos. En consecuencia, es lógico que nos parezca más fácil apreciar la tragedia griega que la Ilíada, ya que los caracteres trágicos actúan más llevados de lo que reconocemos como pasiones humanas profundas que de los caprichos de los dioses del Olimpo.
Una distinción filosófica importante aparece en la Ilíada cuando Homero apela al conocimiento divino de los dioses, que "conocen todas las cosas" para corregir los errores de su propia opinión humana basada en el "rumor". La división entre verdad, o realidad (conocimiento divino), y apariencia (opinión) hunde profundas raíces, incluso hoy día, en el pensamiento occidental. Para los ojos y el tacto humanos una mesa puede parecer sólida, pero la Física nos dice que en realidad está constituida por una miríada de partículas infinitamente pequeñas. Los filósofos se han debatido siempre con el problema de que las apariencias suelen ser engañosas y han buscado procedimientos para que la humanidad pueda conocer la realidad. También la Psicología se planteó el problema de cómo la información sensorial no fiable produce nuestra imagen estable de la "realidad". Se trata del problema más antiguo del pensamiento humano consciente de sí mismo.

2. Los filósofos presocráticos

 La tradición crítica 
A todo el mundo le resulta difícil aceptar la crítica de sus ideas o reflexionar críticamente sobre ellas. Por ello, muchos sistemas de pensamiento son cerrados, es decir, no se critican a sí mismos, sino que más bien se defienden de la crítica. Con frecuencia se encuentran sistemas cerrados en la religión, ya que los creyentes se adhieren a una gran verdad revelada que trasciende la crítica humana; los críticos son calificados de herejes y a menudo se les persigue. Los sistemas políticos también pueden ser cerrados.
Los sistemas cerrados son, por ello, profundamente conservadores, y aceptan el cambio muy lentamente, si es que lo aceptan de algún modo. A veces ello puede resultar beneficioso. La sociedad china estuvo dirigida en buena medida por los intelectuales mandarines, quienes hicieron suya una ideología confuciana homogénea. Gracias a ello, China disfrutó de una estabilidad política desconocida en Europa. La misión de los mandarines consistió en preservar lo que, a su juicio, constituía una sociedad fundamentalmente justa. La estabilidad, sin embargo, puede también suponer estancamiento. La ciencia china, o lo que había de ella, apenas realizó progresos bajo los mandarines. Las proezas tecnológicas de inventar la pólvora y construir la Gran Muralla corrieron a cargo de los artesanos, no de los instruidos mandarines.
En Grecia, en cambio, la vida intelectual tomó un giro diferente. Los antiguos filósofos griegos fueron los primeros pensadores que progresaron gracias al empleo de la crítica. Allí, comenzando por Tales de Mileto (florecimiento en 585 a.C.), vio la luz una tradición de crítica sistemática, cuyo objetivo era el perfeccionamiento de las ideas. Según señaló Karl Popper, Tales fue el primer maestro que dijo a sus discípulos:

Así es como yo veo las cosas -como yo creo que las cosas son-. Intentad mejorar lo que os enseño.

Tales no enseñó sus ideas como una Verdad heredada que había que conservar, sino como un conjunto de hipótesis que debían perfeccionarse. Tales y quienes le siguieron deseaban el cambio. Eran conscientes de que las ideas rara vez son correctas, que únicamente cometiendo errores y corrigiéndolos podemos progresar. El dogma momifica el error en una mortaja pétrea y hace imposible el progreso. La actitud crítica es fundamental, tanto para la Filosofía como para la Ciencia, pero requiere superar la pereza intelectual y el lógico sentimiento de hostilidad hacia los críticos. El establecimiento de una tradición crítica constituyó la más importante realización de los griegos que inventaron la Filosofía.

 Los físicos y el naturalismo 
El problema específico al que se aplicó Tales fue el de la naturaleza de la realidad. Tales propuso que, aunque el mundo parezca estar constituido por muchas sustancias diferentes (madera, piedra, aire, humo, etc.), hay en realidad un único elemento -el agua- que adopta numerosas formas. El agua puede ser líquida, gaseosa o sólida, y era, según Tales, el componente esencial de todas las cosas. El nombre del único elemento del que estaban hechas todas las cosas era el de physis, y por eso todos aquellos que siguieron a Tales en la búsqueda de dicho elemento universal fueron llamados físicos. La Física moderna prosigue esta búsqueda cuando afirma que todas las sustancias de la experiencia común están en realidad compuestas por unas pocas partículas elementales.
Además de inaugurar la tradición crítica, Tales inició también una línea de investigación física. Al hacerlo, se distanció de las interpretaciones religiosas y espirituales del universo, en favor de explicaciones naturalistas acerca de cómo están constituidas las cosas y cómo operan. Así, según Tales, el mundo puede ser comprendido por los hombres, ya que se compone de materia ordinaria y no refleja las fantasías caprichosas de los dioses. Críticamente, reconoció que su hipótesis era una opinión humana falible, aunque confiaba en que el conocimiento divino podía llegar a convertirse en conocimiento humano.
La tradición de Tales prosiguió con su discípulo Anaximandro de Mileto (fl. en 560 a.C.), quien aceptó el concepto de physis, pero criticó la hipótesis de Tales de que fuera el agua. Anaximandro se planteó cómo un elemento ordinario podía transformarse en otros. En su lugar, propuso la existencia de un elemento que no era ningún elemento identificable, sino algo menos definido y que podía asumir muchas formas. Denominó a la physis que proponía apeiron, cuya mejor traducción es "lo indefinido". A su vez, Anaximandro fue puesto en tela de juicio por su discípulo Anaxímenes de Mileto (fl. en 546 a.C.), quien propuso como physis el aire.
Anaximandro también merece ser mencionado por sus perspicaces observaciones sobre la evolución. Según él, dado que los bebés humanos son tan frágiles y requieren una crianza tan prolongada, la forma primitiva y original de los seres humanos debió haber sido diferente, más robusta y cabe presumir que más capaz de independizarse rápidamente, como ocurre con los cachorros animales. Anaximandro apeló a fósiles de criaturas desconocidas para apoyar su noción de evolución. Es éste uno de los raros ejemplos de filósofo griego que recurre a los datos empíricos para reforzar una opinión; la mayoría de los griegos prefirieron la argumentación abstracta a la investigación empírica.
Aunque fuera más un poeta que un filósofo, Jenófanes de Colofón (fl. en 530 a.C.) ensanchó las tradiciones crítica y naturalista con su abierto ataque a la religión griega. Jenófanes mantenía que los dioses del Olimpo eran meras construcciones antropomórficas, que se comportaban igual que los seres humanos, hasta el punto de mentir, robar, asesinar y enzarzarse en amoríos. Según Jenófanes, si los animales tuvieran dioses, también los crearían a su propia imagen, inventando dioses leones, dioses gatos, dioses perros, etc. La crítica de Jenófanes constituye el comienzo del viejo enfrentamiento entre el naturalismo científico y la religión, que llegó a su culmen cuando Darwin propuso la teoría de la evolución en el siglo XIX.
De influencia más directa en los filósofos posteriores, especialmente en Platón, fue Pitágoras de Samos (fl. en 530 a.C.). Pitágoras fue una figura enigmática, a la vez un gran matemático y un líder religioso. Debe su mayor fama al Teorema de Pitágoras, aunque también formuló la primera ley matemática de la Física, al expresar las proporciones armónicas entre cuerdas vibrantes de diferentes longitudes. Con todo, las matemáticas fueron algo más que un mero instrumento de la Ciencia para Pitágoras; eran también una clave mágica del cosmos. Pitágoras fundó una secta religiosa secreta consagrada a los números, que creía que:

Todo lo que puede ser conocido tiene un número; ya que es imposible aprehender algo con el pensamiento... sin este número.

En Psicología, Pitágoras trazó una línea divisoria tajante entre el alma y el cuerpo. No sólo podía el alma existir sin el cuerpo, sino que, yendo más allá, los pitagóricos consideraban que el cuerpo era una prisión corruptora en la que el alma se hallaba atrapada. Una parte importante de la religión pitagórica estaba orientada hacia la purificación de la carne, para que el alma pudiera alcanzar más fácilmente la verdad.
Platón experimentó una acusada influencia de los pitagóricos. También él creía que el alma era una pura entidad de conocimiento arrojada a un cuerpo corruptor. Su teoría del conocimiento sostenía que la percepción sensorial, dependiendo, como lo hace, del cuerpo corrupto, es intrínsecamente poco digna de confianza. En su lugar, la razón del alma debe buscar el conocimiento abstracto de la matemática pura.
Finalmente, debemos mencionar a Alcmeón de Crotona (fl. en 500 a.C.), debido a que prefiguró la fundación de la Psicología. Alcmeón era un médico que practicó las primeras disecciones. También se interesó por la Filosofía y orientó su atención a la comprensión de la percepción. Disecó el ojo y siguió el rastro del nervio óptico hasta el cerebro. Al contrario que posteriores pensadores, como Empédocles y Aristóteles, Alcmeón opinaba, acertadamente, que la sensación y el pensamiento se producen en el cerebro. El trabajo de Alcmeón apunta directamente a la fundación de la Psicología, que no es sino el intento de responder a las cuestiones filosóficas sobre la razón utilizando métodos científicos tomados en préstamo de la Fisiología. En la mayoría de los padres fundadores de la Psicología, como Wilhelm Wundt, Sigmund Freud y William James, reconoceremos la silueta de Alcmeón, el médico convertido en filósofo empírico.

 Ser como contrapunto a devenir 
Una importante polaridad intelectual del pensamiento occidental ha sido, y lo sigue siendo, la tensión entre las filosofías del ser y del devenir. Los defensores del ser mantienen que, más allá del flujo del mundo cambiante, hay verdades eternas y valores que existen con independencia de la humanidad, verdades que debemos buscar y utilizar como guía de nuestras vidas. Estas verdades existen en el reino del Ser puro; llevan una existencia inmutable, inaccesibles a los cambios del mundo físico. Los paladines del devenir, por su lado, niegan que tales verdades, o el reino del ser puro, existan. Al contrario, lo único constante en el universo es el cambio: las cosas nunca son simplemente, sino que están siempre deviniendo otra cosa. Para estos pensadores, incluso los valores morales pueden cambiar a medida que el mundo cambia. En el período presocrático, los grandes portavoces de las filosofías del devenir y del ser fueron, respectivamente, Heráclito de Efeso (fl. en 500 a.C.) y Parménides de Elea (fl. en 475 a.C.).


Parménides (izq) y Heráclito, en
La Escuela de Atenas de Rafael
Heráclito fue un filósofo difícil, hasta el punto de que sus contemporáneos le llamaron el "Oscuro". Afirmaba que la physis era el fuego, cuya característica más evidente es el cambio. Esta idea le llevó a la conclusión de que incluso hay menos permanencia en el mundo de la que parece haber. Lo que semeja una piedra es, en realidad, una bola condensada de fuego en perpetuo cambio, una realidad no muy diferente al enjambre de partículas de los físicos modernos. Su aforismo más conocido era que nadie se bañaba en el mismo río dos veces. Esta afirmación resume adecuadamente su filosofía, según la cual nada en el universo es lo mismo dos veces. No obstante, Heráclito también creía que, si bien el cambio es lo único constante, obedece a leyes y no es caprichoso. La regulación del cambio consiste en una armonía universal y dinámica que mantiene las cosas en un equilibrio de fuerzas compensadas. Por ello, la verdad que le es dado alcanzar a la Filosofía y a la Ciencia es una verdad acerca del cambio, más que un conocimiento sobre cosas estáticas.
Aunque la veneración de Pitágoras por los números eternos expresaba una filosofía del ser, lo secreto de su culto limitó su influencia. La filosofía del ser fue formulada por primera vez por Parménides, un autor oscuro igual que Heráclito, que consignó su filosofía en un poema. Parménides distinguía tajantemente entre una Vía del Parecer (apariencias) y una Vía de la Verdad (realidad). Dado que para Parménides la Verdad era eterna e inmutable, concluyó que el cambio es una ilusión basada en la imperfección de nuestros sentidos. En la realidad no hay cambio. Esta realidad inmutable había de ser aprehendida por la razón y la lógica; y Parménides fue el primer filósofo que presentó sus razonamientos como deducciones lógicas a partir de premisas intuitivamente plausibles. Parménides es, pues, el fundador del racionalismo.
Desde la época de Parménides, la contienda entre el ser y el devenir ha venido siendo disputada por numerosos pensadores. A través de su admirador Platón, la filosofía del ser de Parménides dominó el pensamiento occidental, aunque no sin oposición, hasta los tiempos modernos. El neoplatonismo fue la piedra angular filosófica del pensamiento cristiano medieval. No fue sino hasta el otoño de la Edad Media cuando comenzó a ascender la estrella del devenir. Con la teoría de Darwin sobre la evolución mediante la mutación aleatoria y la selección natural, el devenir triunfó en la Ciencia. Este triunfo salta a la vista, no sólo en las ciencias biológicas, sino incluso en la Física.
Hubo una primera reacción reveladora contra Parménides, con la Vía de la Opinión Verdadera propuesta por el médico-filósofo Empédocles de Agrigento (fl. en 450 a.C.), quien puede ser considerado como el fundador del empirismo. Basándose en las ideas de Alcmeón, Empédocles intentó desarrollar una teoría de la percepción que justificase nuestra confianza de sentido común en nuestros sentidos. Según Empédocles, los objetos emiten efluvios, que son copias, propias y específicas de cada modalidad sensorial, de los citados objetos. En la actualidad sabemos que el olfato funciona de esta forma; nuestra nariz responde a ciertas moléculas emitidas por algunos objetos. Empédocles creía que esto se aplicaba a todos los tipos de percepción.
Frente a Alcmeón, Empédocles creía que los efluvios penetran en la circulación sanguínea, donde se encuentran, mezclándose en el corazón. La agitación de los efluvios en el latir del corazón constituía, según Empédocles, el pensamiento. Su teoría, aunque suene a absurda hoy día, supuso un paso importante hacia el naturalismo, dado que propone una base puramente física para la actividad mental, que habitualmente solía atribuirse al alma.
Las concepciones de Empédocles son típicamente empiristas, al postular que conocemos la realidad gracias a su observación, y más en concreto gracias a la internalización de las copias de los objetos. El pensamiento no puede crear nada nuevo, siendo tan sólo capaz de reordenar los átomos de la experiencia. E igualmente las conclusiones de Empédocles ponen de relieve por qué los empiristas han contribuido, en general, más a la Psicología que los racionalistas. El empirista debe mostrar cómo operan los sentidos para justificar el hecho de que los usemos en nuestra búsqueda de la verdad. Ello exige necesariamente elaborar teorías psicológicas del funcionamiento sensorial. El racionalista, por su parte, niega pura y simplemente la validez de la información sensorial y, en consecuencia, puede ignorar los problemas de la psicología empírica por ser filosóficamente irrelevantes.

3. Los contemporáneos de Sócrates

 Los últimos físicos: el atomismo 
Los últimos filósofos clásicos que se interesaron primordialmente por la naturaleza de la realidad física fueron Leucipo de Mileto (fl. en 430 a.C.) y su discípulo más conocido, Demócrito de Abdera (fl. en 420 a.C.). Después de ellos, los filósofos se volvieron hacia cuestiones relativas al conocimiento humano, la moralidad y la felicidad. Como el nombre de la escuela implica, los atomistas propusieron una idea que se ha mostrado inmensamente fructífera en física: que todos los objetos están compuestos por átomos infinitesimalmente pequeños. Para la Física, esto ha significado que la complejidad de las sustancias que nos rodean puede analizarse desglosándola en conjuntos de unas cuantas partículas que interactúan de formas matemáticamente precisas.
Cabe ampliar metafóricamente el atomismo a la Psicología, donde se ha revelado como el más duradero de los presupuestos psicológicos. El atomismo psicológico afirma que las ideas complejas, como "catedral" o "psicología", pueden analizarse como agrupaciones de ideas más simples, o incluso de sensaciones, que han sido asociadas conjuntamente. Semejante presupuesto ha formado parte integrante de las teorías empiristas de la mente, y todavía, en alguna forma, subyace en todos los sistemas psicológicos, salvo la psicología de la Gestalt.
Los atomistas llevaron sus hipótesis al límite. Defendieron el materialismo, el determinismo y el reduccionismo. El lema favorito de Demócrito era que sólo "los átomos y el vacío existen en realidad". No hay Dios ni alma, sólo átomos materiales en el espacio vacío. Si sólo existen los átomos, entonces el libre albedrío ha de ser una ilusión. Leucipo decía: "Nada ocurre por casualidad; todo sucede como resultado de la razón y por necesidad". El alma y el libre albedrío son ilusiones que cabe reducir al funcionamiento mecánico de nuestros cuerpos físicos. Demócrito escribió que "nada sabemos con precisión de la realidad, salvo en la medida en que ésta cambia conforme a las condiciones corporales y la constitución de aquellas cosas que inciden en el cuerpo".
Como Empédocles, Demócrito propuso una explicación materialista de la percepción y el pensamiento. De hecho, la teoría de Demócrito es tan sólo una modificación de la de Empédocles. Según Demócrito, todo objeto emite tipos especiales de átomos, llamados eidola, que son copias de los objetos. Cuando llegan a nuestros sentidos, percibimos el objeto indirectamente a través de su copia. Por ello, nuestros procesos de pensamiento se limitan a reunir o separar las imágenes eidola en nuestro cerebro. Demócrito se percataba del inevitable defecto de esta teoría: no tenemos forma de saber si los eidola son copias precisas y rigurosas de los objetos reales que las emiten. Si no son precisas, nuestro conocimiento de los objetos es erróneo. Más adelante, este problema se convertirá en un atolladero para los empiristas del siglo XVIII, Locke, Berkeley y Hume.
Demócrito también mantuvo una doctrina ética que desasosegó profundamente a los filósofos moralistas del siglo XVIII. Un materialismo consecuente, que niega, como suele hacerlo, a Dios y al alma, sólo puede ofrecer una guía de conducta para la vida: la persecución del placer y la evitación del dolor. Esta doctrina se denomina hedonismo. Vemos cómo Demócrito afirma que "lo mejor para el hombre es que pase su vida de forma que alcance tanto placer y tan pocas molestias como pueda". Es éste el resultado lógico del naturalismo, puesto que reduce los valores a nuestras experiencias corporales naturales de placer y dolor. Para muchos, sin embargo, esto es moralmente ofensivo, ya que si el placer individual es el único criterio del bien, ¿con qué derecho puede alguien condenar al criminal o al tirano felices y cargados de éxitos? Semejantes cuestiones estaban presentes en el corazón del pensamiento de Sócrates y Platón, y Platón llegó a sugerir en cierta ocasión que se quemaran los libros de Demócrito. La misma respuesta de Demócrito a este dilema moral parece poco convincente a la mayoría de las personas: el mayor placer es filosofar -más grande que los simples placeres físicos- y la buena vida feliz es una vida filosófica.

 Los sofistas: actitudes del mundo moderno 
Protágoras (485 a.C. - 411 a.C.)

El cambio de interés de la Filosofía, desde la naturaleza de la realidad física a la naturaleza del hombre, tuvo su expresión más vigorosa en los sofistas. Su divisa más conocida fue enunciada por Protágoras, el más importante de los sofistas: "El hombre es la medida de todas las cosas, tanto de las que son lo que son como de las que no son lo que no son". El centro de interés pasó a ser el hombre y sus necesidades, más que el mundo físico o los dioses.
Los sofistas no mantuvieron una doctrina filosófica rígida. Fueron sobre todo maestros de retórica, que se ofrecían por un sueldo a enseñar a los jóvenes ambiciosos de Atenas a razonar bien en la curia y la asamblea. Su objetivo era, pues, el proceso de los razonamientos eficaces, no de los razonamientos verdaderos. Se les ha comparado, en este sentido, a los modernos agentes publicitarios, cuya primera preocupación es vender un producto o un político, con independencia de su mérito.
El lema de Protágoras refleja un cierto relativismo humanista: el hombre es la medida de todas las cosas. Este aforismo tiene una pluralidad de significados. Según la interpretación más estrecha, cualquiera es el mejor juez de su propia experiencia. De dos personas que entran en la misma habitación, una puede experimentar que la habitación está caliente, y la otra que fría, si la primera ha estado fuera en una ventisca y la segunda ha estado antes atizando el horno. Ninguna de las dos percepciones es incorrecta: cada una es verdadera para el que la percibe. Si lo generalizamos, este relativismo perceptual nos lleva a un significado más amplio de la idea de Protágoras: el relativismo cultural. Los sofistas propendían al materialismo como Demócrito, puesto que consideran que el placer y el dolor son las únicas normas de conducta. El placer y el dolor son experiencias sensoriales del individuo, de donde se sigue que, en el aspecto ético, cada persona es el juez de lo que es correcto para ella. Cualquier pretensión de establecer reglas de conducta generales por fuerza es arbitraria, ya que el legislador sólo conoce sus propios placeres y dolores. Pese a todo, los sofistas reconocían que la ley era necesaria para la supervivencia de las comunidades humanas y aceptaban un relativismo cultural, según el cual cualquier persona que viva en una cultura tiene que vivir de acuerdo con las normas de dicha cultura, aunque no debería intentar imponer tales normas a las personas de otras culturas.
Por último, en su nivel más alto de generalidad, "el hombre es la medida de todas las cosas" constituye una afirmación acerca del universo. No hay una Verdad permanente, duradera, ni una ley sancionada por la divinidad, ni un código de valores eterno y transhumano. La medida de las cosas no es Dios ni la verdad abstracta y científica, sino los seres humanos, sus necesidades y su búsqueda de la felicidad. Este punto de vista es consustancial al humanismo y ofrece una filosofía del devenir bastante diferente de la de Heráclito.
Como el hedonismo de Demócrito, el relativismo humanista de los sofistas resulta ofensivo para aquellos que ven en él una receta de anarquía moral y una negación de la Verdad permanente. En un Diálogo tras otro, el Sócrates de Platón confunde a los sofistas, quienes aparecen ridiculizados en muchos de tales Diálogos. Del intento platónico de refutación del relativismo surgió una poderosa filosofía del ser: el racionalismo clásico.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Introducción a las ciencias de la educación


En estas últimas semanas he estado pasando a formato digital mi recesión del libro Introducción a las ciencias de la educación (1973), de Ethel María Manganiello. Éste fue el manual estudiado en el primer trimestre de la asignatura "Pedagogía General", en el curso 1985-1986, primer año de mis estudios de Licenciatura en Filosofía y Ciencias de la Educación, con el profesor Bernardo de la Rosa.
Manganiello, profesora argentina de reconocido prestigio, realiza en este libro un análisis de los principales problemas de la educación y de las diferentes perspectivas que aportan la antropología filosófica, la sociología, la biología, la culturología y la psicología. 
Enfoca por otro lado la cuestión de la pedagogía como ciencia y considera las diferentes corrientes pedagógicas hasta la crisis contemporánea de la cultura y la educación.
Se trata pues de una obra de consulta indispensable para aquellos que se inician en el campo de las ciencias de la educación y en el quehacer pedagógico.