Cada ser humano es como los demás seres humanos, como algunos otros seres humanos y como ningún ser humano.
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domingo, 10 de julio de 2016

Teorías filosóficas en la búsqueda de la belleza

1. La belleza, alas para vivir
En uno de sus diálogos, Platón describe la belleza como aquello que provoca una elevación del alma humana. Cuando el ser humano conoce la belleza, va recobrando unas alas que había perdido cuando llegó a este mundo. Estas alas le permiten volar y mirar hacia lo alto, descuidando por ello las cosas que le atan a la tierra. Quien así se eleva es acusado de estar loco por estar más pendiente de la belleza que de los asuntos de la tierra. Este vuelo que hace agradable la vida provoca una embriaguez y desconexión de la realidad que Platón describe similar a una "locura de amor".

2. ¿Belleza natural o belleza artística?
Uno de los problemas más importantes de la estética es determinar si el encuentro con la belleza es un encuentro con algo que el hombre descubre en la naturaleza o con algo que es fruto de la creatividad humana.
La contemplación de un paisaje nos descubre una belleza natural que no podemos atribuir a la creatividad humana y por ello la belleza tiene una dimensión natural. Otras veces, la contemplación de una pintura, una audición musical, una escultura o una obra de arte nos ponen en contacto con la belleza. Entonces se plantean numerosos problemas filosóficos: ¿cuándo decimos una obra es "artística"?, ¿qué es lo que nos permite asignar belleza a una obra u objeto creado por el hombre?, ¿reproduce o imita el artista la belleza natural?
La teoría estética nos proporciona una respuesta cuando estudia las distintas teorías sobre la belleza.

La esencia de lo bello no estriba en su contraposición a la realidad, sino que la belleza, por muy inesperadamente que pueda salirnos al encuentro, es una suerte de garantía de que, en medio de todo el caos de lo real, en medio de todas sus imperfecciones, sus maldades, sus finalidades y parcialidades, en medio de todos sus fatales embrollos, la verdad no está en una lejanía inalcanzable, sino que nos sale al encuentro. La función ontológica de lo bello consiste en cerrar el abismo abierto entre lo ideal y lo real.
H. G. Gadamer, La actualidad de lo bello

3. Teorías sobre la belleza
El estudio de la belleza ha dado lugar a una serie de pronunciamientos que podemos agrupar en estas teorías:
- Naturalismo: Es una teoría estética donde se afirma que la belleza que tienen las obras artísticas tiene su origen en la imitación (mimesis) de la belleza de la naturaleza. Los artistas reproducen, imitan, copian y desplazan la belleza de la naturaleza a sus creaciones. El orden, la perfección y la armonía son categorías naturales que el artista reproduce. Platón y sus seguidores en el Renacimiento serían los representantes más significativos.
- Esteticismo: La belleza del arte ni reproduce ni imita la belleza natural, es una belleza libre e independiente de la naturaleza. La creación artística es un ejercicio absoluto de la imaginación y la libertad humanas. No es el arte el que imita a la naturaleza, sino la naturaleza la que está al servicio del arte. Esta libertad absoluta de la imaginación es propia del arte romántico, que idealiza la figura del genio como aquel individuo agraciado de tal forma por la naturaleza que es capaz de distanciarse de la técnica artística y crear sus propias reglas.
- Formalismo: Insatisfechos con las simplificaciones naturalistas o esteticistas, los formalistas defienden un concepto intermedio de belleza, a medio camino entre la belleza natural y la belleza del genio. El artista no imita ni reproduce la belleza natural, se esfuerza por dar forma a unos elementos materiales (óleo, mármol, etc.). Para eso no sólo necesita tantear y esbozar, sino probar una y otra vez hasta que consigue crear algo bello. Para crear no sólo es preciso saber ver y tener una sensibilidad despierta, sino saber hacer para componer y organizar unos materiales que actúan como signos. Por eso se dice que el arte es un lenguaje y la obra de arte un símbolo o una forma simbólica.

viernes, 8 de julio de 2016

La experiencia estética

Una de las dimensiones fundamentales de la acción humana es la dimensión estética. Gracias a ella la vida humana está llena de formas y luces, colores y ritmos, músicas y sonidos, sueños e imágenes. El mundo deja de ser un espacio frío e inhóspito para convertirse en un escenario multicolor donde aparecen y desaparecen objetos que no son simples cosas, sino obras cuya mayor o menor belleza, cuyo mayor o menor agrado mantiene despierta nuestra sensibilidad.
Esta interpelación cotidiana de la belleza recibe el nombre de experiencia estética y de ella nace el mundo de la creación artística.

Arte en tiempos de globalización
A la vez que forman parte de ese continuo de la representación, el modo específico de hacerlo de las distintas artes es el de la singularización: la obra de arte tiene, en nuestro tiempo, el sentido principal de una ruptura, de una diferenciación en la cadena indistinta de signos que constituye el universo cultural de las sociedades de masas. Frente a la globalización comunicativa, el arte aísla, corta, detiene, ralentiza, acelera, invierte y subvierte. En definitiva, diferencia la imagen, estableciendo así una pauta de autonomía de sentidos que le hace posible seguir siendo poiesis, producción de conocimiento y placer, puesta en obra de la verdad y de la emoción a través de la síntesis de lo sensible y el concepto.
José Jiménez, Un arte dislocado

El cine
Con la aceptación del cine como arte autónomo llegó un público alejado del consumo del arte, y llegaron unos fabricantes de ese mismo arte sumamente sospechosos, pero puramente modernos. Era un arte con cierta vocación por el asombro y la trastocación de tiempos y espacios, pero muy lejos de la especulación teórica y académica, utilizando sobre todo los cuerpos, las miradas y el deseo. Aparece como un arte de masas y coincide con el desarrollo popular de inventos como el teléfono, la radio, la producción en serie de automóviles y el turismo. No se entendería este arte sin el cruce significativo de arte de masas y sociedad industrial.
Manuel Gutiérrez Aragón, Las transformaciones del arte contemporáneo


1. Poética y filosofía
La vida tiene una dimensión estética de la que siempre se ha ocupado la filosofía. En los orígenes de la filosofía griega, esta dimensión estética nace del encuentro con "lo bello" (to kalon) y de habilidades (techne) que el ser humano tiene para comunicarse y representar narraciones (épicas, líricas o dramáticas). Aunque estas habilidades hayan sido adquiridas mediante un entrenamiento o una técnica, dependen de las capacidades naturales que los dioses han concedido a los seres humanos y reciben el nombre de inspiración (poiesis).
La inspiración es un don divino con el que los artistas pueden despertar la admiración por "lo bello" que hay en la perfección, el equilibrio y la armonía de la naturaleza. Por eso Platón dice que los poetas son "intérpretes" de los dioses, mediadores entre los dioses y los hombres. Unos años más tarde, Aristóteles clasifica los distintos géneros de arte e inspiración en dos de sus obras más importantes: la Poética y la Retórica.

La inspiración de los poetas 
Todos los buenos poetas, épicos o líricos, componen sus hermosos poemas, no por arte, sino porque están inspirados y poseídos. El poeta es un ser ligero, alado y sagrado y no hay invención en él hasta que está inspirado y fuera de juicio, y no queda razón en él. El dios parece haber privado adrede a todos los poetas, profetas y adivinos, de toda razón y entendimiento, para adaptarlos mejor a su empleo como sus ministros e intérpretes, y para que nosotros los oyentes reconozacamos que los que escriben tan hermosamente están poseídos y se dirigen a nosotros inspirados por el dios.
Platón (adaptado)

Un don
Con la vida ocurre como con el dibujo. Hay que sumergirse en él de manera que en un abrir y cerrar de ojos crees algo sobre tu hoja de papel o sobre la tela, allí donde antes no había nada, de manera que luego no sepas decir cómo lo has hecho. El razonamiento y la reflexión deben preceder al trabajo definitivo: durante el trabajo hay poco lugar para la reflexión y el razonamiento. Pintar es un don, hay que extender las manos para cogerlo, y cogerlo no es fácil: hay que esperar a que el don se revele por sí mismo. Trabajando es como se aprende; pintando es como se hace pintor.
Van Gogh (adaptado, correspondencia con su hermano)

2. El nacimiento de la estética
La forma en que la filosofía se ha ocupado de la belleza ha variado con el tiempo. Siempre ha sido una preocupación de la filosofía práctica porque el encuentro con la belleza y la creación artística está directamente relacionado con la sensibilidad humana. Esta importancia de la sensibilidad no se produce a costa del entendimiento, como si el conocimiento de lo bello fuera irracional o arbitrario. Para tender un puente entre el entendimiento y la sensibilidad un filósofo del siglo XVIII como Alexander Gottlieb Baumgarten (1714-1762) crea una nueva disciplina que llamará Estética. 
El término "estética" no sólo designa la sensibilidad con la que el ser humano se sitúa en el mundo, sino una disciplina que estudia el tipo particular de conocimiento que nos proporciona el conjunto de los sentidos. Esta disciplina tiene como finalidad hacer inteligible el conocimiento de los sentidos y por eso es definida como "ciencia del conocimiento de los sentidos" (scientiae cognitionis sensitivae). Este conocimiento exigirá analizar una nueva facultad de la que dependen nuestros juicios estéticos: la facultad del gusto. A esta facultad le dedicará Kant una especial atención en una de sus críticas: la Crítica de la facultad de juzgar.

3. La experiencia estética
La facultad que nos permite analizar la belleza y el arte tiene su origen en la experiencia estética. A diferencia de otras experiencias como la experiencia moral o la experiencia religiosa, tiene tres dimensiones:
- Poética o creativa (del término griego poiesis): El encuentro con la belleza no es el encuentro con un objeto cualquiera, sino con algo que es fruto de la creatividad, la imaginación y el ingenio. Precisamente cuando alguien tiene habilidad para crear con absoluta libertad y sin someterse a cánones o modelos establecidos es llamado "genio".
- Perceptiva o estética (del término griego aisthesis): No es nuestra razón o nuestra inteligencia la que conoce la belleza, sino toda nuestra sensibilidad. Más que una sensación de utilidad o placer, es un momento de gozo, plenitud e intensidad que llamamos "fruición" (de donde viene la palabra "disfrutar").
- Catártica o comunicativa (del término griego catharsis): Es una experiencia de liberación de uno mismo, de desentendimiento de sí. La belleza que percibimos se adueña de nosotros y nos hace tomar distancia de nosotros mismos. Se establece así un espacio de juego y comunicación entre la persona y lo bello. Este espacio no es un simple espacio físico sino todo un mundo de significados compartidos que llamamos "ámbito".


4. De la experiencia estética a la crítica del arte
Además de la experiencia estética, la estética como disciplina filosófica también tiene por objeto estudiar el mundo del arte y la creación artística. Dada la importancia que tiene el arte en la vida contemporánea, la estética puede dividirse en cuatro grandes áreas en las que se delimita el mundo del arte.
 5. Gusto y moda
A diferencia del término "moda", con el que describimos un fenómeno social donde se comparten las formas estéticas de un determinado momento histórico, el término "gusto" designa una capacidad personal para elaborar un juicio estético propio. Tiene "gusto" una persona con capacidad para tomar distancia tanto de sus preferencias individuales como de las preferencias sociales dominantes. Tienen "gusto" quienes son capaces de tener un juicio estético global y propio.

domingo, 19 de junio de 2016

Hans Jonas: técnica y exigencia de responsabilidad

Hans Jonas es uno de los pensadores del siglo XX que mejor han sabido reflexionar sobre el momento en que vivían, sobre sus retos y sus peligros. Pero lo que él pensó sigue siendo válido, pues las amenazas y promesas que lo llevaron a la necesidad de pensar continúan siendo las nuestras. En nuestra época como en ninguna otra, el ser humano es capaz de transformar la naturaleza hasta el punto de poder destruirla, y capaz de autodestruirse él mismo. ¿Hacia dónde vamos con nuestra técnica? ¿Qué mundo queremos construir? ¿Qué lugar ha de ocupar en él este ser humano tan poderoso y tan vulnerable al mismo tiempo?

Hans Jonas (1903-1993) se formó filosóficamente en la fenomenología, sobre todo en la interpretación que de ella daba Heidegger, de quien fue discípulo. Dos objetivos marcaron sus inicios filosóficos: entender la complejidad de la historia de las religiones (de hecho sus primeros trabajos fueron sobre los primeros siglos del cristianismo) y la necesidad de atender a los problemas más vitales, rechazando la filosofía que se limita a pensar la realidad, es decir, el idealismo, que, según él, caracteriza a toda la época moderna, incluyendo la propia fenomenología.

1. La tarea del filósofo: desvelar y alertar
El filósofo no puede dejar de estar atento a lo que pasa en el mundo, afirma Jonas, y en su época sucedieron cosas tan terribles que no pueden dejar impasibles a los filósofos. Quizás lo más terrible es la demostración del poder destructivo que el ser humano puede desplegar. La Segunda Guerra Mundial o la destrucción de la naturaleza son experiencias que no pueden dejar a la filosofía indiferente. El ser humano con su poder pone en peligro la vida en general, y la vida humana en particular. La tarea de la filosofía no es "pensar la realidad o la conciencia", sino pensar la vida en su fragilidad. Por eso, toda la filosofía de Jonas es una filosofía de la vida que conduce necesariamente a una ética. El ser humano ha perdido su vínculo con la naturaleza, con la vida en su sentido más profundo. La labor del filósofo es recordar esta pertenencia, desvelando la historia de esta pérdida (el cómo y por qué se ha producido) y alertando críticamente sobre los riesgos que corremos si no hacemos algo.

2. La técnica
Gran parte de la culpa de esta destrucción de la naturaleza la tiene la técnica moderna. Según él, la técnica ya no es un medio que utiliza el ser humano para modificar la naturaleza, ya no es un medio gracias al cual pueda vivir. La técnica se ha convertido en una destrucción mecánica de la vida. Y si bien en nuestra época nos hemos dado ya cuenta de los peligros de la técnica, pensamos que se solucionarán con más técnica. Para Jonas hemos perdido la sabia distancia que hay entre "poder hacer" y "hacer". Actualmente parece que todo lo que puede ser hecho, debe ser hecho. Jonas no rechaza la técnica, ni el mundo técnico que ésta crea, sino que se ha olvidado el sentido mismo de la técnica. Denuncia que hayamos perdido el control de la técnica y que no nos percatemos de lo que la técnica pone en cuestión: la existencia misma del ser humano sobre la Tierra.

3. La respuesta ética
La respuesta no puede ser añorar un mundo sin técnica, ni es deseable ni posible, sino elaborar una nueva ética para los riesgos de la civilización tecnológica. Esta ética tiene que ser nueva, pues nunca antes tuvo que responder a semejantes retos; tiene que consolidar una imagen del ser humano en la que sigan siendo fundamentales la libertad y la dignidad; ha de orientarse al futuro, pues lo que está en juego es la continuidad de la vida sobre la Tierra, y ha de fundamentarse en el temor ante lo posible. Es decir, tiene que ser una ética de la responsabilidad. De ahí que el título de su obra más conocida sea, precisamente, El principio de responsabilidad. 

4. El paradigma de la responsabilidad
Una de las mayores aportaciones del pensamiento de Jonas es poner de relieve las amenazas de la técnica no sólo cuando tiene un mal uso, sino también cuando tiene un uso positivo. La técnica implica una transformación del mundo tan considerable que puede poner en peligro nuestra existencia. Y ante ello sólo cabe tomar conciencia del peligro y empezar a ejercer la responsabilidad hacia nuestro mundo y la propia vida humana.

Los peligros del buen uso de la técnica
La dificultad es que no sólo cuando se abusa de la técnica con mala voluntad, es decir, para malos fines, sino incluso cuando se emplea con buena voluntad para sus fines propios altamente legítimos, tiene un lado amenazador que podría tener la última palabra a largo plazo. Y el largo plazo está de alguna manera inserto en la acción técnica. Mediante la dinámica interna que así la impulsa, se niega a la técnica el margen de neutralidad ética en el que sólo hay que preocuparse del rendimiento. El riesgo de "demasía" siempre está presente en la circunstancia de que el germen innato del "mal", es decir, lo dañino, es alimentado precisamente por el avance de los "bueno", es decir, lo útil, y llevado a su madurez. El riesgo está más en el éxito que en el fracaso... y sin embargo el éxito es preciso, bajo la presión de las necesidades humanas. Una apropiada ética de la técnica tiene que entender esta multivalencia interior de la acción técnica.
H. Jonas, Técnica, medicina y ética

Una nueva conciencia
El problema de cómo responder a la enorme responsabilidad que el casi irresistible progreso científico-técnico deposita tanto sobre sus titulares como sobre la mayoría que lo disfruta o sufre sigue sin estar resuelto, y los caminos para su solución están en sombras. Sólo los inicios de una nueva conciencia que, aún parpadeante, acaba de despertar de la euforia de las grandes victorias a la dura luz diurna de sus riesgos, y aprende nuevamente a temer y a temblar, permiten la esperanza de que nos impongamos voluntariamente barreras de responsabilidad.
H. Jonas, Técnica, medicina y ética

Una responsabilidad cósmica 
Así ocurre que la técnica, esa obra fríamente pragmática de la astucia humana, sitúa a los hombres en un papel que sólo la religión le había atribuido a veces: el de administrador o guardián de la Creación. En tanto la técnica engrandece su poder hasta el punto en que se vuelve sensiblemente peligrosa para el conjunto de las cosas, extiende la responsabilidad del hombre al futuro de la vida en la Tierra, que ahora está expuesta indefensa al abuso de ese poder. Con ello la responsabilidad humana se vuelve cósmica por primera vez (porque no sabemos si el universo ha producido antes una cosa igual). La ética medioambiental, en sus inicios, que se agita entre nosotros verdaderamente sin precedentes, es la expresión aún titubeante de esta expansión sin precedentes de nuestra responsabilidad, que responde, por su parte, a la expansión sin precedentes del alcance de nuestros actos. Ha hecho falta una amenaza visible del conjunto, los comienzos, de hecho, de su destrucción, para movernos a descubrir (o a redescubrir) nuestra solidaridad con él: un pensamiento que avergüenza.
H. Jonas, Técnica, medicina y ética

 

sábado, 11 de junio de 2016

Pensar la técnica

Los pensadores de todas las épocas han analizado esta actividad humana, sus implicaciones y su significado para la vida. En las épocas más antiguas se concebía la técnica como algo productivo ajeno al pensamiento, con un interés meramente modificador y adaptador del entorno. En el Renacimiento, con el avance espectacular de las ciencias, se cambió la concepción para empezar a pensar la técnica como una capacidad transformadora que permitía no sólo el conocimiento del mundo, sino su dominación. Esta idea se mantuvo hasta el Romanticismo, en el que fue concebida como algo peligroso y desasosegante. Esta concepción ha tenido una repercusión en la visión actual, en la que la técnica, por una parte, nos permite hacer un mundo "a nuestra medida" y, por otra, promueve una cierta deshumanización.

Sin la técnica el hombre no existiría
La técnica es la reforma que el hombre impone a la naturaleza en vista a la satisfacción de sus necesidades. Éstas eran imposiciones de la naturaleza al hombre. El hombre responde imponiendo a su vez un cambio a la naturaleza. Es, pues, la reacción enérgica contra la naturaleza o circunstancia, que lleva a crear entre éstas y el hombre una nueva naturaleza puesta sobre aquélla, una sobrenaturaleza. El hombre es hombre porque para él existir significa, desde luego y siempre, bienestar; por eso es "a nativitate" técnico, creador de lo superfluo. Hombre, técnica y sociedad son, en última instancia, sinónimos.
J. Ortega y Gasset, Meditación de la técnica (adaptado)

Todo funciona
Todo funciona. Esto es lo inquietante, que esto funcione, y que el funcionamiento exija siempre un nuevos funcionamiento, y que la técnica separe siempre al hombre más de la tierra, lo desarraigue. No sé si esto les aterroriza; a mí, en cambio, me ha llenado de pavor ver ahora las fotografía de la Luna sobre la Tierra. No tenemos la necesidad de la bomba atómica; el desarraigo del hombre está ya ahí. No dependemos más que de condiciones puramente técnicas. No es más una tierra sobre la cual el hombre vive hoy. Recientemente tuve una larga conversación en Provenza con René Char, el poeta y el combatiente de la resistencia, como ustedes saben. En Provenza se instalan en este momento bases de misiles y el país está convulsionado de manera inimaginable. El poeta, a quien no se puede sospechar, por cierto, de sentimentalismo ni de querer celebrar un idilio, me decía que el desarraigo del hombre que tiene lugar aquí abajo significa el fin, si todavía alguna vez el pensamiento y la poesía no se elevan al poder sin violencia que es el que le corresponde. El hombre sufre el control, la exigencia y el orden de una potencia que se manifiesta en la esencia de la técnica y que él mismo no domina. La filosofía desconoce lo que deviene.
M. Heidegger, Reportaje póstumo sobre su rectorado de 1933, la política y la técnica (adaptado)

¿Para qué la técnica?
La técnica existe como un elemento de la cultura humana que promueve el bien o el mal según los grupos que la explotan programen el bien o el mal. La máquina misma no tiene exigencias ni fines: es el espíritu humano el que tiene exigencias y establece las finalidades. Para reconquistar la máquina y someterla a los fines humanos, primero hay que entenderla y asimilarla. ¿De qué sirve conquistar la naturaleza si nos convertimos en presa de la naturaleza bajo la forma de hombres sin freno? ¿De qué sirve equiparar a la humanidad con fuerzas poderosas para moverse, construir y comunicar si el resultado final de esta acumulación de alimentos y esta excelente organización ha de entronizar los morbosos impulsos de una humanidad frustrada?
L. Mumford, Técnica y civilización (adaptado) 

Técnica y naturaleza unidas 
Ya es hora de que nuestro actual y total compromiso con la máquina, que surge mayoritariamente de nuestra interpretación unilateral del temprano desarrollo técnico del hombre, sea sustituido por un cuadro más completo de la naturaleza humana y del medio técnico a la vez, ya que ambos han evolucionado a la par.
L. Mumford, La técnica y la naturaleza del hombre
 
Antropología y ética de la técnica
Numerosos pensadores se preguntan hoy cómo construir una ética en la era de la técnica, cuando la razón científico-técnica parece haberse adueñado de todo arrebatando su lugar a la razón moral, y algunos defensores del ecologismo se inquietan ante este triunfo de la razón científico-técnica y propugnan el regreso a formas de vida premodernas.
Sin embargo, a mi modo de ver, el avance técnico no sólo es irreversible -pensar contra él es descabellado-, sino que el hombre es constitutivamente técnico. Por eso proyectar hoy humanizadoramente al hombre exige conprenderle desde su capacidad técnica en una antropología de la técnica e invitarle a hacerse responsable de ella desde una ética de la técnica.
J. Conill, El enigma del animal fantástico

sábado, 4 de junio de 2016

La cultura del ocio

El trabajo y la técnica son dimensiones humanas que permiten la realización personal de los individuos. Para ello, estas dos actividades se insertan en una determinada configuración del tiempo, es decir, el ser humano distribuye, determina y organiza su tiempo de modo que el trabajo ocupe un lugar específico donde cobra su sentido. La importancia que esto tiene es enorme, pues remite a una manera concreta de entender la vida. Una de las cuestiones más relevantes de este análisis es cómo el trabajo puede propiciar o imposibilitar el desarrollo de la persona.

1. Ocio y vacación
El ocio (en latín, otium) suele ser considerado lo contrario del negocio (nec-otium), es decir, lo contrapuesto al trabajo. Así, se entiende como tiempo libre aquel en el que el ser humano, liberado de las obligaciones, puede desarrollar otros intereses y actividades que le son más gratificantes.
El ocio es un "espacio vacío" que le queda al ser humano cuando ha satisfecho las necesidades básicas. Es decir, se trata de un "hueco" o una "holgura" que se produce en el tiempo vital y que posibilita la tarea del pensar y del "ensimismarse" al que se refiere Ortega y Gasset. Con ello puede dar cauce a otras dimensiones de la vida humana: no sólo el trabajo repetitivo y aburrido del que no se puede escapar, sino también el amplio espectro de posibilidades de realización personal más allá del trabajo. A esto es a lo que llamamos "vacación": disponer de ese tiempo "abierto" para nosotros. 

2. Ocio como imposición: el desempleo
Ahora bien, el ocio no siempre es deseado. En ocasiones es un efecto negativo de una mala organización social del trabajo: se trata del paro. A pesar de que el trabajo es un derecho reconocido, no siempre la sociedad posibilita que todos los individuos puedan acceder a él. Eso genera una situación difícil y angustiosa en la que la persona desempleada dedica todas sus energías a buscar una salida. Este "ocio impuesto", lejos de ser gratificante y posibilitar otras dimensiones, es frustrante y deshumanizador.

3. No saber qué hacer con el ocio: el aburrimiento
No sólo es aburrido el trabajo, tambien puede serlo el ocio. En ocasiones, disponer de tiempo de ocio puede generar también otro efecto negativo: no saber qué hacer con el tiempo, no aprovecharlo creativamente, no dotarlo de sentido y, por tanto, perderlo. Es un modo de pasar el tiempo de la vida sin que nosotros vayamos pasando con él la vida.

4. Vocación de vivir
La dicotomía entre trabajo y ocio puede ser reinterpretada como relación. Más allá de los aspectos negativos y positivos que ambos tienen, lo más importante es que contribuyan a la ganancia de sentido vital: el trabajo como lugar donde ganar el tiempo y encontrar significado agradable y satisfactorio a la vida, como el que hay en el ocio.
En este caso estamos hablando del trabajo como vocación, es decir, de la elección de un modo de vida que no sólo sirve par "ganar el pan", sino también para "ganar la vida". No sólo vivir, en el sentido de supervivencia física, sino vivir humanamente.
Esto tiene que ver con la dimensión lúdica y creativa del ser humano: es un ser que juega, que se divierte y que, con ello, aprende, se relaciona, construye un mundo, sueña con el futuro y modifica técnicamente su medio para seguir soñando. Todo ello le hace ser más persona, encontrar su lugar en el universo y seguir jugando a ser.

5. Ocio y vida humana 
En las sociedades modernas el trabajo será cada vez más un "bien escaso". La industrialización y tecnificación progresiva, a la vez que hacen el trabajo más cómodo, hacen superflua la presencia humana. El gran reto de nuestras sociedades complejas y abocadas al desempleo es qué hacer con ese tiempo. La educación para el ocio y el tiempo libre será fundamental.

Para algunas personas, en particular para científicos, ingenieros y empresarios, un mundo sin trabajo señalará el inicio de una nueva era en la historia, era en la que el ser humano quedará liberado a la larga de una vida de duros esfuerzos y de tareas mentales repetitivas. Para otros, la sociedad sin trabajo representa la idea de un futuro poco halagüeño de desempleo afectando a un sinfín de seres humanos y de pérdidas masivas del puesto de trabajo, agravado por una mayor desazón social e innumerables disturbios.
J. Rifkin, El fin del trabajo

El ocio irá siendo cada vez más el gran problema de la civilización, por la misma razón que el trabajo.
Es por medio de la palabra -pero también por el deporte, el cámping, el bricolaje, etc.- como puede restituirse de una forma nueva el contacto que se ha perdido con la naturaleza, con la vida, con el elemento bruto, y quizá -yendo incluso más al fondo- donde puede recobrarse todo un ritmo vital más ligero, más espontáneo, más distendido que la cadencia abrumadora de la vida moderna.
Pues bien, el mundo moderno es un mundo en el que, a medida que se multiplican, los factores de ocio se degradan por la invasión de las mismas técnicas que, por otro lado, han revolucionado la producción, los transportes y todas las relaciones humanas. El sentido mismo de nuestro ocio -duramente conquistado por la reducción de la jornada laboral- dependerá en gran parte de la cualidad de la palabra humana, del respeto a la palabra humana, en la política y la novela, en el teatro y la conversación. Pues ¿de qué le serviría a un hombre ganarse la vida con el trabajo si pierde su alma en el ocio?
P. Ricoeur, Historia y verdad