Cada ser humano es como los demás seres humanos, como algunos otros seres humanos y como ningún ser humano.
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viernes, 24 de abril de 2015

Psicología medieval: Amor cortés e individualismo

La Edad Media fue testigo de numerosos desarrollos sociales que terminaron por configurar el mundo moderno: la primacía de la ley sobre la autoridad personal; el capitalismo; el crecimiento de las ciudades. Dos desarrollos íntimamente relacionados llaman nuestra atención, al expresar importantes actitudes de la psicología popular, que sientan la base de posteriores teorías sobre la motivación humana y la sociedad. Estos movimientos son particularmente relevantes para nuestra comprensión de Freud. Cuando se habla de "cultura popular" en el contexto medieval, por supuesto no se contempla nada parecido a su significación moderna, ya que muy poca gente sabía leer y escribir fuera del ámbito de la Iglesia. Con todo, existía una literatura vernácula popular y un fondo común de ideas, evidente tanto en la sociedad clerical instruida como en la sociedad laica, que pueden ser consideradas como una especie de "cultura popular" limitada.

1. Mujer, sexo y "amor cortés"
La cristiandad medieval no inventó la misoginia. Las actitudes antifeministas europeas provenían de Roma, e incluso de Aristóteles, quien pensaba que las niñas eran víctimas de una especie de defecto de nacimiento. La cristiandad, sin embargo, acentuó la aversión del mundo clásico hacia la mujer, vinculando a ésta a la sexualidad, en cuanto origen del pecado y de la tentación, y estableciendo una dicotomía esquizofrénica entre las mujeres buenas (las vírgenes) y las mujeres ordinarias, que, en el mejor de los casos, vales para ser madres. Como lo expresó Santo Tomás de Aquino:

La mujer fue creada para ser la compañera del hombre, pero su único papel consiste en la concepción... ya que para otros propósitos los hombres encuentran una ayuda mejor en otros hombres.

En los primeros tiempos del cristianismo las mujeres participaban de lleno en el culto religioso: precicaban y a menudo vivían en castidad en comunidades monásticas de ambos sexos. La Primera Edad Media abunda en vigorosas figuras femeninas, tan capaces y poderosas como cualquier hombre. Sin embargo, a medida que el cristianismo absorbió la cultura clásica, incorporó la misoginia romana y la aversión platónica hacia el placer sensual. Se prohibió el matrimonio a los sacerdotes; y se les vedó a las mujeres predicar e incluso aproximarse a las reliquias santas. Quedaron reducidas a una categoría de segunda fila, en el mejor de los casos como coadyuvadoras de los hombres, en el sentido de la cita de Santo Tomás.
San Jerónimo escribiendo, de Caravaggio
Una de las fuentes más acusadas de la misoginia cristiana fue San Jerónimo (340-420), un neoplatónico que asoció la condición femenina a la tentación de la carne. El cristianismo medieval consideraba el sexo, en todas sus manifestaciones, como el pecado más aborrecible ya se practicase dentro o fuera del matrimonio; comparada con la pureza del cuerpo de Cristo, toda relación sexual resultaba obscena. A la altura del siglo XIV, las relaciones sexuales habían quedado prohibidas por la Iglesia durante doscientos veinte de los trescientos sesenta y cinco días del año. Como lo expresaba San Jerónimo:

La mujer es la puerta del diablo, la senda de la iniquidad, la picadura de la serpiente. En una palabra, un objeto peligroso...

En consecuencia, el peso de la culpa sexual recaía mucho más sobre la mujer que sobre el hombre. Incluso las mujeres embarazadas eran miradas con disgusto. Una mujer que daba a luz cargaba con el estigma de la "inmundicia del pecado", porque un hijo es el resultado del sexo. No podía acudir a la Iglesia durante los treinta y tres días siguientes al nacimiento de su hijo, o durante los sesenta y seis días siguiente si el nacido era una hija. Si una mujer embarazada, o una mujer que recientemente había dado a luz, morían, lo que era corriente, no podían ser enterradas en suelo sagrado, y se creía que les sería negada la entrada en los cielos.
Al mismo tiempo, se exaltaba la virginidad; la Inmaculada Virgen María era contrapuesta a Eva la tentadora. A medida que la opresión de la mujer fue creciendo, el culto a la Virgen se difundió a lo largo de la Edad Media hasta llegar a la época moderna, como salta a la vista por el número de iglesias y escuelas bautizadas con el nombre de "Nuestra Señora". Esto creó una actitud esquizofrénica hacia -y dentro de- la mujer. Las mujeres, en su mejor condición, eran miradas como vasos consagrados a Dios, aun cuando la mayoría de ellas no fueran sino pozos negros de corrupción. Se pensaba, por ejemplo, que el menstruo esterilizaba las cosechas.
Estas ideas no se extinguieron cuando llegó el Renacimiento. Boccaccio, un gran escritor del primer Renacimiento, calificó a la mujer de "animal imperfecto, obsesionada con mil pasiones repugnantes y abominables".
La mayoría de las mujeres medievales llevaron una vida de resignada desesperación; pero hubo dos importantes respuestas a su opresión. Muchas mujeres llegaron a comprometerse activamente en movimientos heréticos. El movimiento albigense, por ejemplo, que fue más una religión competidora de la oficial que una herejía, situó a muchas mujeres en posiciones de poder e influencia.
La otra respuesta fue más sutil, más influyente, y ligada a tendencias más generales de la cristiandad. Fue el nacimiento del amor romántico. Los medievales en absoluto eran ignorantes del sexo. Fue el tema principal de muchos cuentos folklóricos e historietas obscenas. Fue también el tema principal de estudiantes, poetas y cantantes de la Alta Edad Media. La compilación más celebre de sus canciones es el Carmina Burana, que a menudo presenta una glorificación blasfema de la diosa pagana del amor, Venus. Se la describe en términos tales como "Rosa del Mundo", que habitualmente se aplicaba a la Virgen María (digamos de paso que la rosa fue profusamente utilizada como símbolo tanto de la vagina como de la Virgen). El amor romántico iba a gozar de una tremenda influencia popular a lo largo de los siglos; incluso las canciones de amor actuales son un eco de los trovadores del siglo XII. Se considera por todos que el amor constituye la base de cualquier relación hombre-mujer duradera. Es, en consecuencia, un ingrediente importante en la conciencia y la psicología populares. Las teorías de la motivación deben contar con el amor romántico, que a nosotros nos parece natural, pero que surgió en la Edad Media.
En última instancia, el amor romántico minó la naturaleza corporativa de la sociedad medieval, porque convirtió al sentimiento en la base de las relaciones personales, por encima del status social. Godofredo de Estrasburgo, en su Tristán e Isolda, una de las historias de amor romántico más inmortales, escribió las siguientes palabras acerca de la unión de los amantes:

El Hombre estaba allí con la Mujer, la Mujer allí con el Hombre. ¿Qué otra cosa habían menester?

Godofredo prescinde de la Iglesia, el Estado y la Sociedad, a cambio de la unión romántica, espiritual y carnal de dos individuos.

2. El desarrollo de la individualidad
La sentencia de Godofredo de Estrasburgo recogida en el poema popular del siglo XIII se halla en completa oposición con el resto de la sociedad y la filosofía medievales. Durante la mayor parte de la Edad Media no existió concepto alguno de lo individual. Dicho concepto se inventó en esa época, pero no llegó a arraigar profundamente en el pensamiento hasta el Renacimiento. Ello no quiere decir que no hubiera individualidades en la Edad Media, pues ésta rebosa de personalidades, masculinas y femeninas, vigorosas y caracterizadas. Lo que es cierto es que no había un concepto del individuo en cuanto objeto importante de interés o estudio. Esta carencia es consustancial al zeitgeist neoplatónico, el cual establecía que el intelecto humano conoce sólo universales, y no individuos. Así pues, la mente racional de cada persona conoce a otra únicamente como una esencia -lo humano-, y no como un individuo definido por las características que singularizan a una persona. El status de un individuo como Emperador, Papa, Rey o siervo, era mucho más importante que su status como ser humano distinto a todos los demás.
La Psicología filosófica del Medievo, incluida la de Ockham, expresa esta actitud. El psicólogo-filósofo se interesaba por el alma sensitiva, la voluntad, la imaginación, el intelecto; los teóricos medievales no se ocupaban, y al parecer ni siquiera eran conscientes, de las diferencias individuales en el carácter psicológico. Esta actitud platónica ha tenido una posteridad larga y duradera; hasta el siglo XIX no encontramos un interés sistemático por las diferencias individuales. El mismo fundador de la Psicología, Wundt, sólo sintió interés por la mente humana. El valor del estudio de las diferencias individuales es una cuestión que aún hoy está en disputa.
No podemos pues buscar el nacimiento del concepto de individualismo en la Filosofía académica o en la Teología, sino que debemos buscarlo más bien en la cultura popular y en la religión, como lo prueba nuestro estudio del "amor cortés". El concepto del individuo florece en muchos campos durante la Alta Edad Media: se escriben biografías y autobiografías; los retratos reflejan al individuo, y no meramente el status de la persona; se fomenta la amistad íntima; y la literatura se preocupa de forma creciente por los sentimientos y sentimientos individuales, más que por la narrativa externa de la acción.
En sólo dos ámbitos se abre el individualismo camino en la cultura académica: en la ética y en la religiosidad mística; e incluso aquí el movimiento se inicia en la cultura popular. Antes del siglo XII se reconocía el pecado, pero no era sentido como algo personal. La penitencia era un procedimiento mecánico para expiar el pecado. En el siglo XII, en cambio, la gente empezó a sopesar la intención personal al juzgar las transgresiones. Esta actitud se formalizó en la ética voluntarista de Pedro Abelardo (1079-1142), cuyo lema era "conócete a ti mismo". Abelardo sostuvo, en oposición a otros pensadores, que el pecado era sobre todo un problema de intención, no de acción. Un acto no era bueno o malo; lo que es bueno o malo es la intención que subyace en el acto. Las intenciones son, por supuesto, algo intensamente personal, de suerte que la ética de Abelardo desempeñó un papel en el ascenso del individuo.
San Francisco de Asís
El misticismo se inicia en la religión popular, más que en la teología escolástica. Acentúa la relación personal del devoto con Dios. El resultado final de una religión, según el místico, debe ser la comunión íntima y directa entre Dios y el Hombre; el camino para llegar a Dios es la contemplación, y no el ritual. San Francisco de Asís (1182-1226), el más grande predicador popular de la Edad Media, renunció a las galas mundanas a cambio de la comunión con Dios a través de la Naturaleza. La doctrina de San Francisco resultaba, pues, individualista y su carácter subversivo no se le escapó, con razón, a la Iglesia Católica. Faltó muy poco para que el fiel de la balanza se inclinara a su persecución como hereje en lugar de a su canonización como santo. La pobreza no era un ideal que una Iglesia rica y mundana estuviese dispuesta a apoyar, mientras que la contemplación solitaria amenazaba el complejo de ritos que, según la Iglesia, otorgaba la salvación. Sólo asimilando a San Francisco y a sus seguidores (los franciscanos) podía la Iglesia esquivar la amenaza de la creciente forma de conciencia del individuo consustancial al misticismo. Así, pues, la idea del individuo, que se elevaría a un primer plano en el Renacimiento, nació en la cultura popular del Medievo.

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