Cada ser humano es como los demás seres humanos, como algunos otros seres humanos y como ningún ser humano.
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jueves, 24 de marzo de 2016

Los valores: dinamismo y creatividad en la vida moral

1. La ética material de los valores
A principios del siglo XX, Max Scheler critica el formalismo de la ética kantiana porque estaba basado en una reflexión sobre el ser humano donde la razón y la sensibilidad aparecían separados. Para que la ética fuera un conocimiento universal y estableciera criterios que ordenasen la vida moral tenía que ser necesariamente un saber racional y formal. Esta separación no le parecía correcta a Max Scheler porque olvidaba los contenidos reales de la ética, es decir, una dimensión emocional y material que tiene la vida moral. Por ello propuso un concepto de persona moral que le sirvió de base para una ética nueva que llamó etica material de los valores, para diferenciarla de la ética formal de Kant.
Hay actos como preferir, admirar, amar u odiar que no son racionales sino emocionales y que nos proporcionan un contenido de carácter material que no procede de la sensibilidad, sino de la vida emocional en su conjunto. Este contenido material que orienta la vida de la persona recibe el nombre de valor.

2. ¿Qué son los valores?
Los valores son cualidades dotadas de contenido que están en las cosas, las personas, las acciones, las instituciones o los sistemas para satisfacer necesidades y deseos humanos. Por ejemplo, llamamos "bueno" a un medicamento que nos cura una enfermedad que padecemos, "justa" una institución que satisface las necesidades de sus miembros o "útil" una herramienta que nos ahorra esfuerzo para preparar el alimento.
Los valores pueden ser positivos o negativos, pueden atraernos o repelernos, de manera que tienen una estructura bipolar (bueno/malo, útil/inútil, etc.). Los valores son cualidades relacionales que establecen un puente entre las capacidades o necesidades de los seres humanos y la realidad en su conjunto. De esta forma, participamos en un dinamismo de la realidad en la que interviene nuestra capacidad de estimar, preferir o valorar. Este dinamismo integra las ideas del deber y del bien.


Cuando captamos un valor que no está realizado, a la captación puede acompañar el deber de realizarlo. Por ejemplo, al juicio de que las leyes del mercado internacional son injustas puede acompañar el deber de trabajar por la justicia. De la misma forma, la idea de bien puede contribuir a clarificar y establecer la ordenación en la que se nos presentan los valores. Aunque todas las personas tengamos capacidad para conocer los valores, no todas mantenemos la misma ordenación que se nos da, por eso la idea de bien nos ayuda a establecer una jerarquía de valores.

3. Dinamismo y creatividad de los valores
Una jerarquía de valores no es una ordenación estática y arbitraria de las preferencias. Es una ordenación dinámica y racional mediante la que guiamos la acción cotidiana. Este dinamismo es propio del ser humano, que tiene capacidad para hacer presentes valores ocultos e incorporarlos a sus proyectos de vida. Esta incorporación hace que los valores sirvan, en palabras de Xavier Zubiri, para acondicionar el mundo y hacerlo habitable. 

4. La conciencia, norma ineludible de moralidad
En nuestra jerarquización de los valores desempeña un papel importante la conciencia moral. Ahora bien, la conciencia moral es una voz interior que se ha ido formando en diálogo con otras voces morales exteriores (familia, maestros, amigos, etc.). En cada uno de nosotros se produce este interesante diálogo y va tomando forma nuestro carácter o personalidad moral.

Solemos entender por conciencia moral la capacidad de cononer y juzgar sobre la bondad o maldad, licitud o ilicitud moral de las acciones en general y de las propias del que las hace en particular. Esa capacidad ejercida en concreto consiste en el acto de caer en la cuenta, saber conocer, sentir o juzgar sobre la bondad o maldad, licitud o ilicitud de la acción que hemos hecho, estamos haciendo o vamos a hacer y, por extensión, de aquellas que hacen, han hecho, o pueden hacer otros. En su sentido genérico conciencia es la característica general de la vida psíquica por la que quien la vive sabe de ella y de sus actos. Conciencia es cum-alio-scientiae, un saber que acompaña al acontecer psíquico. En el caso de la actuación moral la conciencia acompaña esa actuación, ¿como Pepito Grillo acompañaba a Pinocho? La conciencia moral no es una forma de conciencia separada, sino la misma conciencia psíquica que desempeña la función de advertir y estimar las valoraciones implicadas en nuestros proyectos y decisiones.
Conciencia moral sería, pues, el "conocimiento" que acompaña nuestra vida moral y nuestras acciones, por el que al actuar bien o mal sabemos lo que hacemos y si eso que hacemos merece o no aprobación.
La conciencia moral es una voz interior que se ha ido formando en diálogo con otras voces morales exteriores.
La conciencia, por una parte, nos da noticia de si hemos hecho o no determinada acción (cuestión de hecho); y por otro lado, nos dice si lo que hemos hecho, estamos haciendo o nos proponemos hacer es bueno o malo, lícito o ilícito (cuestión normativa). Santo Tomás habla de tres funciones de la conciencia: atestiguar, instar u obligar y acusar o excusar. Hay una conciencia que nos acusa y condena (mala conciencia), y una conciencia que nos exculpa, absuelve y libera, que aprueba nuestros actos (buena conciencia).
Augusto Hortal, Ética (adaptado)

lunes, 21 de marzo de 2016

La tradición kantiana: autonomía y procedimentalismo moral

1. Ética formal: de la heteronomía a la autonomía
La tradición moral de Immanuel Kant ha llegado a nuestros días en parte por una experiencia que todos hemos tenido: la búsqueda de la felicidad choca con frecuencia con el cumplimiento de nuestros deberes. Así, ante la pregunta "¿cómo obrar moralmente?", la tradición kantiana nos recuerda que la respuesta correcta no está en realizar aquellos que da la felicidad, reporta mayor bienestar o es más útil. Sólo obran moralmente quienes cumplen el deber, de ahí que la tarea de la ética consista en proporcionar los requisitos o condiciones racionales que debe cumplir una norma de actuación personal (máxima) para ser considerada moral.
Si el ser humano se dejara llevar por sus inclinaciones naturales e hiciera sólo aquello que le hace feliz no sería libre ni dueño de sí mismo. Su acción dependería de aquello que le hace feliz, no de él mismo. Cuando la acción depende de otro móvil que no está en la persona, sino fuera de ella, entonces es moralmente heterónoma (hetero = otro; nomos = leyes). Por el contrario, cuando la acción depende de las leyes que la propia razón se da a sí misma, entonces es moralmente autónoma (autos = sí mismo; nomos = leyes).

2. El deber y la buena voluntad
Para Kant, el valor de una acción no puede estar condicionado por los deseos o sentimientos que la originan; tampoco por los resultados o consecuencias que se persigan, sino por la realización del deber. Por eso recibe el nombre de ética deontológica (deon = deber; logos = razón). Así, una acción moralmente correcta es aquella en la que no se actúa "conforme al deber", sino "por deber". Obrar "conforme al deber" es ajustarse a una legalidad externa, mientras que obrar "por deber" es respetar moralmente el deber. El que cumple los límites de velocidad porque la policía está presente obra legalmente (actúa "conforme al deber"); el que los cumple por respeto a las normas obra moralmente (actúa "por deber").
Este valor que tiene el respeto al deber hace que el bien moral no esté fuera de la voluntad, sino en la propia voluntad. La bondad de una acción no está en las consecuencias o los fines, sino en la bondad de la voluntad que la realiza. Por ello el bien propiamente moral está en la buena voluntad.


3. El imperativo categórico y la universalidad de la moral
Kant era un filósofo ilustrado que tenía una absoluta confianza en la razón humana. Frente a otros filósofos y moralistas que anteponían la sensibilidad y los gustos de la naturaleza humana al juicio de la razón, Kant desea elaborar un sistema moral que valga para todos los seres humanos, con independencia de gustos y sensibilidades. Por eso elaboró una ética con pretensiones de universalidad. Ésta no se podía conseguir con una ética de imperativos hipotéticos (normas condicionadas por gustos o disgustos, premios o castigos), sino con una ética de imperativos categóricos (normas incondicionales). Desde aquí podemos entender la importancia que Kant concede a la persona como valor absoluto de cualquier moral; por eso afirma que la persona siempre es un "fin en sí" y nunca un "medio".

El imperativo categórcio es, pues, único, y es como sigue: obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal.
Suponiendo que haya algo cuya existencia en sí misma posea un valor absoluto, algo que, como fin en sí mismo, puede ser fundamento de determinadas leyes, entonces en ello y sólo en ello estaría el fundamento de un posible imperativo categórico, es decir, de la ley práctica.
Ahora yo digo: el hombre, y en general todo ser racional, existe como fin en sí mismo, no sólo como medio para usos cualesquiera de esta o aquella voluntad: debe en todas sus acciones, no sólo las dirigidas a sí mismo, sino las dirigidas a los demás seres racionales, ser considerado al mismo tiempo como fin.
Los seres cuya existencia no descansa en nuestra voluntad, sino en la naturaleza, tienen, si son seres irracionales, un valor meramente relativo, como medios, y por eso se llaman cosas; en cambio, los seres racionales llámanse personas porque su naturaleza los distingue ya como fines en sí mismos, esto es, como algo que no puede ser usado meramente como medio y, por tanto, limita en este sentido todo capricho.
El imperativo categórico será, pues, como sigue: obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio.
El concepto de todo ser racional, que debe considerarse, por las máximas todas de su voluntad, como universalmente legislador, para juzgarse a sí mismo y a sus acciones desde ese punto de vista, conduce a un concepto relacionado con él y muy fructífero, el concepto de un reino de los fines. Todos los seres racionales está sujetos a la ley de que cada uno de ellos debe tratar a sí mismo y tratar a todos los demás, nunca como simple medio, sino siempre al mismo tiempo como fin en sí mismo. Mas de aquí nace un enlace sistemático de los seres racionales por leyes objetivas comunes; esto es, un reino que, como esas leyes se proponen referir esos seres unos a otros como fines y medio, puede llamarse muy bien reino de los fines (aunque sólo sea un ideal).
I. Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres (adaptado)

sábado, 13 de febrero de 2016

La tradición aristotélica: felicidad y comunicación moral

Considerando con nosotros en que la felicidad es, sin contradicción, el mayor de los bienes, el bien supremo, habrá quien desee conocer mejor su naturaleza. El medio más completo para ello es saber cuál es la obra propia del hombre. Así como para el músico, para el escultor, para todo artista y, en general, para todos los que producen alguna obra y funcionan de una manera cualquiera, el bien y la perfección están, al parecer, en la obra especial que realizan; de igual forma, el hombre debe encontrar el bien en su propia obra, si es que hay una obra especial que el hombre deba realizar.
Aristóteles, Ética a Nicómaco
 
1. La felicidad se dice de muchas formas
Para Aristóteles el bien del hombre se encuentra en la felicidad. Ahora bien, como él mismo afirma, "acerca de la naturaleza misma de la felicidad no hay acuerdo ni unanimidad entre los sabios y la multitud".
Él mismo recuerda que un día feliz no nos hace plenamente felices y por ello tenemos que buscar una felicidad que se ajuste a nuestra naturaleza racional. Este ejercicio de la razón ya no es puramente lógico o especulativo, sino práctico. Por eso, si el hombre quiere alcanzar la felicidad que le es propia tiene que practicar la virtud.
 
2. Una razón virtuosa y prudencial
Estatua de Aristóteles en la ciudad griega de Estagira
La virtud es definida como término medio entre dos extremos (excesos o vicios), lo que no expresa la mediocridad, sino lo mejor o excelente para el hombre (areté). Entre las virtudes, la phronesis, o capacidad de deliberar correctamente sobre lo bueno, es decisiva para delimitar lo que conviene a la naturaleza humana en cada circunstancia. La deliberación es un ejercicio racional por el que calculamos las consecuencia de nuestras acciones y anticipamos los resultados en orden a los fines que nos proporcionamos (telos).
No deliberamos sin contar con los deseos. Los deseos son importantes en la ética porque motivan la acción de la razón humana, por eso Aristóteles describe la acción humana como un "deseo deliberado" que se ejerce desde una "inteligencia deseante". El hombre bueno no es el que actúa contra sus tendencias o deseos naturales, sino aquel que los conoce, los educa y los ordena. Esta ordenación exige establecer una jerarquía entre los deseos, que así se transforman en preferencias. De esta forma, la virtud moral por excelencia es la phronesis o razón prudencial que le permite al hombre deliberar para alcanzar la felicidad.
 
3. La herencia de Aristóteles: tomismo y utilitarismo
Después de Aristóteles la preocupación por la felicidad como tarea fundamental de la ética es recogida en escuelas filosóficas posteriores, como el estoicismo y el epicureísmo. Sin embargo, será en la teología medieval y en la moral de Santo Tomás donde dará sus frutos en una tradición filosófica denominada tomismo. Para esta tradición la voluntad humana se siente atraída por los bienes, y es la inteligencia humana la que tiene que establecer un orden entre ellos para alcanzar el fin propio del hombre. Como el ser humano es hijo de Dios, la felicidad del hombre se encontrará en la contemplación de Dios, que es el bien supremo.
También el utilitarismo replantea el ideal aristotélico de felicidad. Ahora bien, lo hace como una variante del hedonismo, que explica la felicidad por el placer. Además de éste, considera que el móvil de la conducta humana son los sentimientos sociales. De entre ellos el más importante es la empatía, que nos exige "ponernos en el lugar del otro", extendiendo hacia los demás nuestros deseos de felicidad. La tarea de la ética consiste en alcanzar la máxima felicidad para el mayor número de seres vivos. Éste es el criterio moral según J. Stuart Mill y J. Bentham.
 
4. Racionalizar el placer y calcular el bienestar
Hay tradiciones morales para las que la felicidad se encuentra en la ordenación de los placeres. Estas filosofías sostienen que el hombre es un animal moral precisamente por esta ordenación que realiza de sus tendencias naturales. Actuar moralmente es racionalizar los móviles de la conducta humana que siempre busca el placer y evita el dolor. Por eso recibe el nombre de hedonismo (hedon = placer, -ismo = sistema). Cuando esta teoría se aplica a la ordenación de la sociedad nos hallamos ante una ética utilitarista cuyo principio es el cálculo del mayor bienestar para el mayor número. Epicuro y Bentham son dos representantes de esta ética.
 
Entre los deseos, unos son naturales y los otros vanos, y entre los deseos naturales, unos son necesarios y los otros son sólo naturales. Por último, entre los deseos necesarios, unos son necesarios para la felicidad, otros para la tranquilidad del cuerpo, y los otros para la vida misma. Una verdadera teoría de los deseos refiere toda preferencia y toda aversión a la salud del cuerpo y a la del alma, ya que en ello está la perfección de la vida feliz, y todas nuestras acciones tienen como fin evitar a la vez el sufrimiento y la inquietud. Y una vez lo hemos conseguido, se dispersan todas las tormentas del alma, porque el ser vivo ya no tiene que dirigirse hacia algo que no tiene, ni buscar otra cosa que pueda completar la felicidad del alma y del cuerpo. Ya que buscamos el placer, sólo su ausencia nos causa sufrimiento. Por ello decimos que el placer es el principio y fin de la vida feliz. Y puesto que el placer es el primer bien natural, se sigue de ello que no buscamos cualquier placer, sino que en ciertos casos despreciamos muchos placeres cuando tienen como consecuencia un dolor mayor. Por otra parte, hay muchos sufrimientos que consideramos preferibles a los placeres, cuando nos producen un placer mayor después de haberlos soportado durante largo tiempo. Por consiguiente, todo placer, por su misma naturaleza, es un bien, pero todo placer no es deseable. Igualmente todo dolor es un mal, pero no debemos huir necesariamente de todo dolor.
Epicuro, Carta a Meneceo (adaptado)
 
La naturaleza ha puesto al hombre bajo el imperio del placer y del dolor; a ellos debemos todas nuestras ideas. El que pretende sustraerse a esta sujeción no sabe lo que dice. El principio de utilidad lo subordina todo a estos dos móviles. La utilidad es un término abstracto que expresa la propiedad o tendencia de una cosa a preservar de algún mal o procurar algún bien: mal es pena, dolor o causa de dolor; bien es placer o causa de placer. Entre dos modos de obrar opuestos, ¿queréis saber a cuál de ellos debéis dar preferencia? Calculad los efectos buenos y malos, y decidíos a favor del que promete la suma mayor de felicidad.
Bentham, Tratado de la legislación civil y penal (adaptado)


domingo, 17 de enero de 2016

Coaching y feedback eficaces

Este libro de JK Smart fue una recomendación en un curso para directivos que tuve en Madrid en octubre de 2015. Se trata de un libro original en su enfoque, con más interrogantes que contenidos. Su autora parte de cómo es posible que, a pesar de existir tanta literatura sobre los temas de gestión empresarial y de coaching, sea tan complejo para los directivos el poder desarrollar el talento de los diferentes miembros de un equipo de trabajo. Nos señala que olvidamos muchas veces que los seres humanos tenemos un componente subconsciente con un alto poder para crear expectativas, miedos, ideas preconcebidas... Damos permanentemente feedback a la gente que trabaja con nosotros, sea consciente o inconscientemente. No sólo hay que preparar bien el coaching cuando revisamos el trabajo de nuestros colaboradores a puerta cerrada, sino que debemos ser conscientes de que les transmitimos mensajes continuamente, que ellos interpretarán según sus propias experiencias. Por eso es un proceso tan complejo. Por ejemplo, la gente se siente más reconocida cuando se le tiene en cuenta para una nueva tarea, que cuando se le hace en elogio.
Para ello, Smart plantea que lo mejor es que el coaching y el feedback sea algo natural en el entorno laboral, que forme parte de su cultura, de modo que todos puedan dar mensajes a todos, revisar los procesos y los comportamientos, y no precisamente manteniendo una estructura jerárquica. El directivo debe saber que su punto de vista no es el único posible y que debe preguntar más y dudar más. Este feedback de todos con todos necesita análisis, para no prejuzgar rápidamente, y buenas dosis de humor.

sábado, 16 de enero de 2016

Fundamentos científicos de la Psicología

Lo que conocemos como ciencia moderna se desarrolló a lo largo del siglo XVII, en un momento en el que los dualismos y contradicciones de la Escolástica, que trataba de conciliar el conflicto entre razón (ciencia) y revelación (fe) propio del pensamiento cristiano-, empiezan a superarse a través de una confianza cada vez mayor en el conocimiento a través de nuestros sentidos y capacidad de razonamiento. Esa dignificación de nuestra capacidad de conocer se fue afianzando con los enormes avances que tuvieron lugar en campos como la astronomía (Copérnico, Galileo, Christiann Huygens), la química (Boyle) o la física (Newton). La idea de que el universo es uno, y uno es también el conocimiento que podemos tener de él, estaba estrechamente ligada a una concepción matemática del conocimiento (matemática universal). Sobre estas bases se desarrolló precisamente el racionalismo clásico (desde Descartes hasta Leibniz), que proponía una lectura del mundo en clave matemática.
Esta concepción matemática del mundo no estaba en modo alguno limitada al mundo físico, sino que se extendía también al mundo espiritual (ambos habían pasado a formar parte de un mismo universo). En este sentido, con la excepción de Descartes, cuyo dualismo planteaba una concepción del alma como sustancia inextensa, incuantificable e indivisible, el racionalismo clásico apostaba por un conocimiento en clave matemática del alma (Leibniz, Herbart). Lo mismo ocurría con campos como la ética (que Spinoza entenderá en términos geométricos) o el moderno derecho natural, que establece una anología entre la ciencia jurídica y la ciencia matemática.

Giambattista Vico (1668-1744)
A esta concepción del mundo, matemática y mecanicista, que caracteriza en líneas generales toda la filosofía de la Ilustración a lo largo del siglo XVIII, vendría a oponerse en los últimos años del siglo precisamente el movimiento romántico. El romanticismo, impulsado por figuras como Herder, dará lugar a una nueva concepción del conocimiento, crítico con el panmatematicismo y el mecanicismo, que pondrá de relieve más bien una concepción vitalista, organicista, de la realidad. Este organicismo será el rasgo fundamental de toda una filosofía de la naturaleza, que influirá entre otras cosas en la imagen evolutiva de la naturaleza (germen del propio evolucionismo darwiniano). Pero su influencia será todavía mayor en el estudio del mundo espiritual, de los fenómenos socio-culturales, como el lenguaje, la poesía, el mito y la historia, que frente al objeto físico de las ciencias naturales y exactas, pasarán a ser vistos como objetos privilegiados de conocimiento. El romanticismo sigue a este respecto los planteamientos de Giambattista Vico, para quien el conocimiento de las creaciones humanas (mito, lenguaje, religión, poesía...) aparece como la vía fundamental para llegar al auto-conocimiento, objetivo último de todo saber. Vico, en su Scienza Nuova (1744), plantea que lo único que podemos conocer plenamente es aquello que la humanidad misma ha creado. Por eso, el conocimiento de la naturaleza es un conocimiento inferior al que podemos tener de la sociedad y de la historia, entendida ésta como el proceso por el cual el ser humano se crea a sí mismo. Vico anticipa una distinción que se haría más clara con Herder y después, en el siglo XIX, con los historiadores alemanes.
Se desarrolla entonces toda una filosofía de la historia y de la cultura, que marcará la proliferación de ciencias como la filología, la lingüística o la historia a lo largo del siglo XIX, que hoy conocemos como ciencias humanas o sociales (llamadas entonces ciencias del espíritu). Estas líneas de investigación al menos en sus inicios estarán fuertemente marcadas por el interés en estudiar otras culturas, poniendo en valor la superioridad de formas pasadas (como el mundo griego), así como haciendo valer la existencia de particularidades y diferencias frente a la universalidad racional y el cosmopolitismo francés de la época.
Paralelamente a estos desarrollos disciplinares, por los que apostará firmemente la universidad alemana de los primeros años del siglo XIX, en Francia, en un contexto de fuerte agitación social (los años que siguieron a la revolución), empezarían a aparecer otras tentativas en torno a una ciencia de lo social. Marcadas por el ideal ilustrado de progreso, estas tentativas surgen al servicio de un ideal de reorganización de la sociedad según criterios racionales y científicos. Esta misma idea de sociedad, en todo caso, más que darse en términos matemáticos, se vería atravesada la misma concepción organicista que había impulsado el vitalismo romántico. El individualismo que venía configurándose desde el Renacimiento y que a lo largo del siglo XVI y XVII sienta las bases para una idea de sociedad entendida como asociación de individuos aislados, entrará en crisis, abriendo el paso hacia una visión más orgánica de la sociedad y a una reconsideración del ser humano como ser social. En esa lógica, de hecho, estas tentativas se plantearán como una fisiología social, marcando así su relación de continuidad (material, objetivo) con las ciencias naturales.
El siglo XIX ve así conformarse nuevas líneas disciplinares: junto a la filosofía, que logra por fin un estatuto igual, si no superior, al de las antiguas facultades de derecho, medicina y teología (a la última de las cuales había estado sometida durante siglos), cobrarán ahora entidad nuevas disciplinas como las ciencias históricas, la filología, la química o la fisiología. A ello contribuirá la progresiva institucionalización de estos saberes en la universidad, que hasta el siglo XVIII se había mantenido, por lo general, anclada a la enseñanza medieval. Será sobre todo la reforma universitaria que lleva a cabo el Estado prusiano, en los primeros años del siglo XIX, la que contribuirá a ello.
Aunque había habido otras reformas universitarias con anterioridad, será este modelo, orientado tanto a la difusión como a la creación (innovación) de conocimientos, el que supondrá una ruptura definitiva con la universidad medieval. Los nuevos académicos no sólo eran docentes, sino también investigadores originales, se dedicaban a formar a nuevas generaciones de académicos, promoviendo un desarrollo exponencial de sus propias disciplinas, a la vez que difunden su trabajo a un público más general, como parte de una educación nacional.
El modelo, diseñado en buena medida a partir de las ideas de Wilhelm von Humboldt (1769- 1859), que él mismo contribuirá a poner a marcha en Berlín (con el apoyo también de su hermano, el naturalista Alexander von Humboldt), aspiraba a vincular la reflexión filosófica- humanista con la ciencia. Concebida al servicio de un proyecto de Estado, esta universidad estaba pensada expresamente contra la recién implantada reforma napoleónica, un sistema tecnocrático pensado para el beneficio de las élites sociales y la transformación de las universidades en escuelas de oficios. Frente a ese modelo, el Estado prusiano apostaba por formar personas cultivadas, que no fueran solo serviles funcionarios o profesionales, y que pudieran contribuir a la vez a la formación de las nuevas generaciones, desde la primaria y el Gymnasium (instituto) hasta la enseñanza universitaria.
Las nuevas disciplinas por las que apuesta este modelo universitario, que van desde las ciencias exactas o naturales hasta las ciencias humanas y sociales (sin que exista aún una línea divisoria neta entre ellas), irán reclamando progresivamente su autonomía, marcando sus distancias no tanto con la filosofía (de la que, en general, se consideran parte) sino con una filosofía de corte puramente especulativo, apostando por un trabajo empírico y objetivo. Será en ese marco donde, en el último tercio del siglo XIX, tenga lugar la consolidación institucional de la psicología. Hasta entonces, las cuestiones psicológicas no formaban aún una línea de investigación autónoma, sino se podían encontrar tanto en manos de la filosofía (con Herbart o Lotze), como de la fisiología (Weber, Fechner), o la filología y la lingüística (Lazarus y Steinthal). En este último caso, se ve una importante línea de continuidad entre la vía, inaugurada por Kant, de una psicología empírica como núcleo de un proyecto antropológico, y la psicología de los pueblos. Todas estas tentativas para el estudio empírico de la mente, ya sea en una vía más matemática, fisiológica o cultural, encontrarán una plataforma de despegue sin igual en la figura de Wundt.