Cada ser humano es como los demás seres humanos, como algunos otros seres humanos y como ningún ser humano.
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domingo, 13 de febrero de 2022

Lo que orienta nuestras acciones

Lo que aún no existe, es lo que realmente guía nuestra acción.

José Antonio MARINA y Carmen PELLICER

Los seres humanos tenemos la facultad de seleccionar nuestra atención, decidir hacia dónde la orientamos; y lo mismo ocurre con todo el gigantesco bagaje cerebral con que contamos: emociones, esfuerzos, motivaciones...
Este bagaje resulta una poderosa máquina biológica -que ni siquiera conocemos del todo- con la que establecemos metas voluntariamente. Se trata pues de una capacidad adquirida lentamente, tanto a nivel de evolución histórica como de nuestra propia biografía personal.
Lo más significativo es que gracias a ella establecemos prioridades, deseos; planificamos nuestro futuro, con el cual nos identificamos e incluso nos proporciona felicidad (se es feliz organizando planes). De ahí lo curioso de la afirmación de Marina y Pellicer: nuestra conducta la conducen hechos que aún no existen.



lunes, 10 de enero de 2022

Recetas para vivir más y mejor

Un grupo de científicos dirigidos por el español Juan Carlos Izpisúa, experto en biología del desarrollo, dio en abril de 2021 un paso trascendental hacia la medicina del futuro. Su equipo del Instituto Salk de La Jolla (EEUU) logró crear embriones con células de macaco y humano, algunos de los cuales sobrevivieron veinte días. La noticia podía, a bote pronto, resultar inquietante y dar rienda suelta a la imaginación del nacimiento de una especie híbrida entre personas y monos. Nada más lejos de la realidad. El objetivo de la investigación no es implantar y desarrollar esas quimeras —su nombre científico— en un cuerpo, sino avanzar en un objetivo que la medicina persigue desde hace tiempo: fabricar órganos humanos en animales. El ensayo se realizó en China en un laboratorio experimentado en el desarrollo de embriones de primate fuera del cuerpo, y pretende subsanar el déficit de órganos para trasplantes y evitar el riesgo de rechazo inmunológico.
Cómo será nuestra salud en 2061 es algo sobre lo que en gran medida ahora sólo podemos especular, porque hasta ese año irrumpirán hallazgos insospechados. También aparecerán nuevas enfermedades para las que quizás no sirvan las herramientas terapéuticas disponibles entonces y haya que desarrollar otras nuevas, como en su día hubo que hacer para enfrentarse al VIH. Situándonos a cuatro décadas vista, las preguntas se acumulan: ¿lograremos doblegar al cáncer?, ¿qué papel jugará en la prevención y el tratamiento de las enfermedades la edición genética o la nanotecnología?, ¿cuántos años viviremos y con qué calidad de vida?, ¿sustituirá la inteligencia artificial a los médicos en el diagnóstico de muchas dolencias?
El experimento del equipo de Izpisúa es sólo un ejemplo del cambio radical que se avecina. Rafael Matesanz, fundador y director durante décadas de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), explica que "la tecnología se dirige a fabricar un órgano a la carta para cada enfermo".
Una persona que necesite una víscera de repuesto en España tiene muchas más probabilidades de conseguirla que en cualquier otro lugar del mundo. Nuestro país ocupa el liderazgo mundial en donación y trasplante de órganos, pero aún así hay personas que no llegan a ser intervenidas porque la demanda de corazones, riñones o hígados supera la disponibilidad. En 2061, según las previsiones, este problema estará en gran parte resuelto.
Sin embargo, la nueva fuente de órganos no sustituirá por completo al sistema de donación actual, porque en las urgencias cardíacas o hepáticas, que representan la mitad de los trasplantes de estos órganos, no se podrá esperar a fabricar un corazón o un hígado, sino que seguirá siendo necesario disponer de un donante de inmediato.
La medicina ya ha conseguido fabricar piel, y se prevé que el trasplante de cartílago sintético sea realidad dentro de muy poco tiempo. El desarrollo de tejidos supone el primer paso para disponer en el futuro de tejidos y vísceras más complejos. Los biomateriales han entrado en escena para conseguirlo. El objetivo de fabricar un hueso, una tráquea o un fragmento intestinal será posible en un plazo cercano gracias "al uso de matrices recubiertas por células desarrolladas por la medicina generativa que den lugar al endotelio [capa que reviste el interior de algunos órganos]", explica el fundador de ONT. Mayor dificultad entraña la fabricación de órganos más complejos. El problema, señala Matesanz, "es que un riñón puede tener veintitantos tipos de células distintas, y en estos momentos no sabemos cómo decir que se organicen para formarlo".
Un paciente con un trasplante de riñón puede vivir más de cuarenta años tras la intervención; uno de hígado o de médula, más de treinta; y uno de corazón, alrededor de veinticinco. Hay trasplantados que han llegado a ser centenarios. Aubrey de Grey, un gerontólogo de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), sostiene que llegaremos a vivir mil años, pero los especialistas en antienvejecimiento y longevidad se plantean por el momento un objetivo más modesto: 120 años. El límite lo determina el número de células que tenemos, las unidades funcionales, como explica Manuel Castillo, catedrático de Fisiología de la Universidad de Granada y presidente del comité científico de la Sociedad Española de Medicina Antienvejecimiento y Longevidad (Semal): "El 100% de capacidad para cada órgano y función se alcanza en torno a los veinte años, y las manifestaciones clínicas de enfermedad aparecen cuando se agota el 80% de esa capacidad. Dado que perdemos un 10% de celularidad por década, podríamos llegar en condiciones óptimas a los cien años". Estas cuentas cuadran siempre que no haya enfermedades previas que aceleren ese desgaste. Si la medicina consiguiera retrasar la aparición de dolencias de cualquier tipo hasta que sopláramos el centenar de velas, alcanzar los 120 sería posible, porque la muerte se produce cuando "para una función vital –respiración, contractilidad cardíaca, etc.– no queda ni un 1% de capacidad funcional", explica Castillo.

Con 119 años cumplidos en enero de 2022, la japonesa Kane Takana es actualmente la persona viva más vieja del planeta.

El envejecimiento es, de momento, irreversible, pero ya cabe intervenir para ralentizarlo. Y podremos hacerlo aún más en el futuro. "La mayor revolución que viene es la posibilidad de descubrir enfermedades a partir de la genética, lo que nos va a dar la posibilidad, en etapas tempranas, de predecir qué tipo de dolencias va a tener una persona", pronostica Matesanz. Analizando una muestra de saliva, una mujer ya puede saber, por ejemplo, si tiene más o menos posibilidades de desarrollar un cáncer de mama por presentar mutaciones de los genes BRCA 1 y BRCA 2. Un conocimiento preciso del mapa genético de los humanos multiplicará en unas décadas la información que pueda proporcionar sobre su salud con detalles ahora insospechados.
Los especialistas no se atreven a aventurar qué enfermedades tendrán solución recurriendo a la terapia génica, pero coinciden en que la tecnología CRISPR ayudará a resolver muchas dolencias raras e incluso permitirá intervenir sobre el sistema inmunológico para que pueda combatir males como el cáncer. Dicha especie de tijeras moleculares permite corregir el genoma de cualquier célula de forma precisa y eliminar mutaciones e insertar nuevo ADN que supla al dañado. En el futuro será una herramienta clínica rutinaria al alcance de los especialistas.
Es previsible que las implicaciones económicas vinculadas a la edición genética aceleren el uso de la CRISPR. La detección precoz de enfermedades permitirá en muchos casos aplicar terapias en fases iniciales que mejoren su pronóstico, "lo que cambiará las posibilidades de supervivencia de estos pacientes", explica el fundador de ONT. El problema ético puede surgir cuando el análisis del genoma de una persona identifique con seguridad que va a sufrir una dolencia grave, pero la terapia génica no esté en condiciones de ofrecer una curación o un tratamiento para hacerle frente. Por las repercusiones laborales y en otros ámbitos que pueda acarrear esa información, garantizar su confidencialidad será mucho más importante que ahora. De hecho es uno de los puntos calientes de la moderna bioética.
La medicina del futuro, además de disponer de nuevas terapias y de ser preventiva y predictiva, también vendrá marcada por innovadoras formas de administrar los tratamientos y de hacerlos más efectivos y con menos efectos secundarios. Según los expertos, el uso de nanorrobots insertados en el organismo y controlados de forma remota se generalizará. Sus posibilidades terapéuticas son muy amplias; permitirán, por ejemplo, administrar fármacos contra el cáncer y hacerlos llegar directamente al tumor sin que afecten a los tejidos circundantes sanos. Incluso tendrán aplicaciones en microcirugía y sustituirán a algunas técnicas más invasivas que se aplican hoy: en cardiología podrán utilizarse para desbloquear arterias obstruidas.
La tecnología ya es clave para alcanzar el objetivo de vivir más y con mejor salud. En el caso de sufrir alguna enfermedad, permite disponer de mayor calidad de vida. La ciencia no tiene aún una cura que proporcionarle a los enfermos de párkinson, pero sí ha desarrollado una cuchara que elimina un 70% las vibraciones que presentan los pacientes, lo que les permite comer solos. Distintos dispositivos se han convertido para muchos enfermos en una extensión de su cuerpo, y esa tendencia se multiplicará en las próximas décadas. De hecho, Castillo apunta que el teléfono móvil es cada vez más "un metaórgano capaz de registrar parámetros de salud de manera continua y reaccionar cuando hay alguna anomalía presente en el organismo".
Pero el cambio de fondo todavía está por concretarse. Castillo lo resume en el siguiente concepto:

La medicina del futuro no estará basada en la enfermedad, sino en la salud.

Ahora, la actividad básica de los profesionales sanitarios, la organización de los centros de salud y hospitales y la orientación de las especialidades médicas –oncología, nefrología, cardiología, neurología...– se centran en tratar las enfermedades, curarlas –si se puede– o revertirlas en algunos casos. Sin embargo, va a producirse un cambio de paradigma. Según apunta Castillo:

El negocio actual, el de la enfermedad, tiene un objetivo: evitar estar mal. El objetivo en el futuro será mantener la salud y mejorar la capacidad funcional. Estar todavía mejor y disfrutar más.

La alimentación cumple una función nutritiva, pero también tiene otra hedónica: de mero disfrute. Ambas son importantes, pero la primera es meramente funcional, mientras que la segunda es más vitalista. De la misma manera ocurre en el deporte. No es el mismo que una persona haga ejercicio, porque mantiene una batalla continua con la báscula, a la que encuentre en él una actividad en la que pierda la noción del tiempo al practicarla por la satisfacción que le reporta.
En la Sociedad Europea de Medicina Preventiva, Regenerativa y Antienvejecimiento, de la que Castillo es asesor, los especialistas estudian las repercusiones que esta visión hedónica tiene en la salud. El profesor Castillo puntualiza:

No hay nada que nos haga estar mejor que pasarlo bien, y al contrario. Recomiendo el disfrute como uno de los elementos para rejuvenecer y envejecer menos.

Recomienda la fórmula independientemente de las circunstancias por las que se atraviese, que no podemos elegir. El cambio de visión consiste en darse el permiso para tener placer, entre otras cosas, porque depara un efecto beneficioso en la salud.
La satisfacción activa vías neuroendocrinas y factores de crecimiento que contrarrestan las consecuencias negativas del estrés. Y si el disfrute es compartido, mucho mejor, apunta Castillo:

Se ha comprobado que la tensión arterial sube menos si se tiene sexo con otra persona que si te masturbas o no tienes ningún tipo de relación.

Este especialista en antienvejecimiento recomienda practicarlo como desestresante la víspera de una reunión que se prevé difícil o, por ejemplo, antes de enfrentarse a un tribunal de oposición.
Evitar estar mal, mantener la salud y mejorar la capacidad funcional determinarán también en el futuro qué uso se da a la tecnología médica, el papel de los profesionales sanitarios en el cuidado de la salud y la organización sanitaria misma. Ángel Alberich, director general de Quibim, una empresa valenciana que desarrolla proyectos de inteligencia artificial (IA) en el ámbito médico, pronostica un cambio radical en la gestión de los datos clínicos. En el futuro no será el hospital el que los maneje, sino cada persona, que dispondrá de su historia clínica en la nube y a la que ella o cualquier profesional al que autorice podrán acceder de inmediato desde cualquier lugar del mundo.
"La gestión de sus datos empoderará al paciente, lo colocará en el centro", explica Alberich. Esa conciencia tendrá, además, otro efecto: "Puede hacer que la persona perciba la importancia de compartir esa información". Analizar la información clínica de los pacientes, garantizando su confidencialidad, es imprescindible para el avance de la medicina. El médico norteamericano David B. Agus recomienda en su libro El fin de la enfermedad compartir esos datos siempre que sea posible para prolongar la vida, aumentar las probabilidades de vivir mejor y más tiempo.
Que la información fluya es el ingrediente básico de la IA, cuya potencialidad empieza a vislumbrarse. A partir de millones de imágenes médicas, ya detecta patrones que le permiten diagnosticar con más precisión que el mejor de los especialistas. Su ámbito de aplicación, limitado ahora a especialidades como radiología o dermatología, se generalizará a toda la medicina a mediados de siglo. ¿En qué lugar dejará este y otros avances tecnológicos a los médicos?
En opinión de Matesanz, la organización sanitaria y el papel de los profesionales dará un vuelco:

La atención estará centrada en el paciente. No puede ser que una persona con cuatro o cinco procesos crónicos sea vista por cinco o seis especialistas distintos.

La colaboración se impondrá con los años y la telemedicina se generalizará. Profesionales y pacientes estarán más conectados, pero se corre el riesgo de que también se distancien más que nunca. Por eso, Matesanz aboga por preservar la proximidad:

Hablar, mirar, tocar al paciente es fundamental a la hora de obtener un buen resultado clínico.

sábado, 2 de octubre de 2021

Emisiones de carbono: el estado de la cuestión

1. Emisiones de carbono y crisis económica

Los tiempos de zozobra económica, como la crisis del petróleo de 1973 y la crisis financiera mundial de 2008, han supuesto solo breves frenazos en las emisiones de gases de efecto invernadero. La culpa es de los combustibles fósiles que se queman para producir electricidad, propulsar vehículos, calentar hogares y en procesos industriales, como la fabricación de cemento.

Los datos que tenemos de la pandemia de la COVID19 sugieren que tampoco esta crisis tendrá un impacto apreciable a largo plazo en las emisiones. Tras una caída inicial durante el confinamiento, se han catapultado al mismo punto donde estaban antes de la crisis en los países de ingresos bajos y medios.

Gran parte de las emisiones en aumento provienen de economías emergentes, sobre todo, de China. Son naciones que todavía tienen que alcanzar el ritmo de las demás. Por otra parte, aunque el nivel de contaminación de las economías de Occidente ha bajado o se ha mantenido estable en años recientes, éstas siguen encabezando la lista de las mayores emisiones de carbono per cápita.

El uso de la tierra es una fuente importante de gases de efecto invernadero: los terrenos son deforestados y reconvertidos para la ganadería y otros usos. La mayoría del exceso de CO₂ acaba en la atmósfera, aunque los océanos y la tierra actúan también como grandes sumideros.


2. Temperatura en tierra y mar

El resultado de un exceso de emisiones de carbono hace que suban las temperaturas en tierra y mar, mientras que los niveles más altos de CO₂ provocan que el océano y la atmósfera retengan más calor.

En tierra, los cinco años entre 2015 y 2019 han sido los más cálidos de los que se tiene registro. Desde 1980, cada década posterior ha hecho más calor que cualquier década anterior desde 1850.

Más del 90% del exceso de calor se almacena en los océanos. Las aguas de la superficie se han calentado antes y más rápido, pero el calor empieza a penetrar en las capas más hondas.

Así, la temperatura marina alcanzó una cifra récord en 2020. Las áreas de zonas templadas del Atlántico y del Pacífico, y en los polos, mostraron las mayores subidas.

3. Capa de hielo y nivel del mar

El aumento de las temperaturas en tierra y mares está empezando a tener consecuencias significativas en las capas de hielo de nuestro planeta. En especial, el primer perjudicado está siendo el Ártico, donde el área del océano cubierto por hielo ha experimentado un declive a largo plazo desde que empezaron a hacerse las mediciones vía satélite, en 1979, hasta la actualidad.

La tendencia es la desaparición de 540.000 kilómetros cuadrados por década, un área del tamaño de Francia. El hielo del Antártico aumentó poco durante el mismo período, debido a los patrones cambiantes de viento, aunque eso no significa que no se esté calentando. Al parecer, su capa de hielo es cada vez más frágil.

El Servicio de Monitorización Mundial de Glaciares recoge datos de la masa de hielo usando un conjunto de glaciares de referencia en diecinueve zonas montañosas. Llevamos 31 años consecutivos de deshielo, con una pérdida anual de 0,7 toneladas de agua por metro cuadrado. Y la desaparición acumulada de hielo desde 1970 ya va por las 21,1 toneladas de agua por metro cuadrado.

Mientras el hielo se derrite y los océanos se calientan, el nivel del mar sube. Las cifras han aumentado continuamente desde enero de 1993, cuando comenzaron a usarse las mediciones de alta precisión que existen en la actualidad. El ritmo promedio de subida está alrededor de 3,2 milímetros al año desde hace veintiocho años, aunque ha ido creciendo a lo largo del tiempo.

4. Clima extremo

El efecto del cambio climático en la frecuencia y la intensidad de eventos extremos es, a veces, difícil de distinguir de las variaciones naturales. Sin embargo, los modelos algorítmicos cada vez son más certeros a la hora de calcular su probabilidad bajo diferentes escenarios de calentamiento. Para empezar, la intensidad de los huracanes y los ciclones tropicales está aumentando, y, además, estos liberan cada vez más agua. Y las temperaturas extremas de verano que ha experimentado Europa en los últimos tres años se han visto, también, exacerbadas por el cambio climático. Mientras, Bangladesh, China, la India, Nueva Zelanda y el sur de África se han visto sacudidas por inundaciones cada vez más frecuentes.

Por otra parte, es posible que los incendios forestales en todo el mundo hayan disminuido debido a los patrones de lluvias, aunque la mala noticia es que son más destructivos e intensos cuando tienen lugar. En California, por ejemplo, se estima que el cambio climático ha contribuido a la quema de casi el doble de superficie de bosque en comparación con lo esperado por causas naturales. 

jueves, 16 de septiembre de 2021

Mediciones del dióxido de carbono desde el periodo preindustrial

La Tierra se está calentando. 2020 fue el segundo año más cálido del que se tiene registro, con una temperatura media de 1,2ºC. por encima de la media de épocas preindustriales. Esto significa que ya estamos casi llegando al límite de 1,5ºC., que las naciones se comprometieron no rebasar para frenar el calentamiento global.

En marzo de 1958, el científico especialista en clima Charles David empezó a medir el dióxido de carbono en la atmósfera desde una estación de monitorización en lo alto del monte Mauna Loa, en Hawai. Las mediciones continúan hoy en día en manos de la Administración Estadounidense Oceanográfica y Atmosférica. Esto, junto con muestras de aire atrapadas en capas profundas de hielo en el Antártico, nos permite seguir la pista a la evolución de las concentraciones de este gas de efecto invernadero desde hace 800 000 años.

El promedio para 2020 fue el más alto de la historia. Las cifras empezaron a subir a finales del siglo XVIII, cuando la industrialización de Occidente se volcó en la minería y en la quema de carbón en grandes cantidades.

En el siglo XX, el crecimiento exponencial de la población y del consumo ha disparado la extracción y el uso de combustibles fósiles. Al mismo tiempo, cada vez se utiliza más tierra para cultivos y ganadería, lo que ha catapultado los niveles de CO₂ y metano, otro temible gas de efecto invernadero. Hay un tercero a la alza, el óxido nitroso, que es liberado por la agricultura industrial.

El dióxido de carbono atmosférico está un 50% por encima de los niveles preindustriales.
Concentración de CO₂ (ppm) de los testigos de hielo de la Antártida (anteriores a 1958) y mediciones en el volcán Mauna Loa (a partir de 1958)

domingo, 12 de septiembre de 2021

¿Qué puedo hacer para reducir las emisiones de carbono?

Según los últimos datos del Banco Mundial, sabemos que las emisiones promedio por persona fueron de alrededor de 5,25 toneladas métricas de CO₂ en España y 13 toneladas en Estados Unidos. Es una cifra mucho más baja que en el pasado, debido a que cada vez menos electricidad proviene del carbón y más de fuentes renovables.

Es cierto que esa caída ocurrió sin que la mayoría de la gente hiciera nada diferente. Sin embargo, para tener alguna posibilidad de acercarse a las emisiones netas de carbono cero para mediados de siglo –lo que se necesita para limitar el calentamiento global a un nivel "seguro"–, todos debemos hacer cambios en nuestros estilos de vida y hogares. Éstas son algunas ideas:

  • Si debes conducir, hazte eléctrico: Un tercio de las emisiones de CO₂ de un hogar medio proviene del transporte por carretera. Si puedes vivir sin coche, mejor. Si no puede, cambiar a un automóvil eléctrico puede eliminar en gran medida las emisiones. Si no puede ser eléctrico, compra un vehículo más pequeño y que ahorre más combustible. Evita el diésel, por la contaminación del aire que produce.
  • Cambia a una bomba de calor: Otro tercio de las emisiones de los hogares proviene de la calefacción. La instalación de una bomba de calor podría reducir la cifra a la mitad y, de paso, puede ahorrarte dinero a largo plazo. Pero ten en cuenta que este sistema sólo es adecuado para propiedades bien aisladas.
  • No vueles con tanta frecuencia: Antes de las pandemia, alrededor de una décima parte de las emisiones domésticas procedían de vuelos. Los viajeros frecuentes pueden tener una enorme huella de carbono. Para hacernos una idea, volar de Madrid a Nueva York produce alrededor de 3,4 toneladas de CO₂ por pasajero, más o menos, el equivalente a poner 11.526 lavadoras.
  • Consume menos carne y productos animales: En todo el mundo, cada vez se despeja más tierra para nuevas granjas, lo que es desastroso para la vida silvestre y libera mucho carbono por culpa de la deforestación. Contrariamente a la creencia popular, lo que comes importa mucho más que de dónde viene. Las emisiones por kilogramo de carne roja y queso pueden ser alrededor de cien veces más que las de nueces, frutas y verduras.