Cada ser humano es como los demás seres humanos, como algunos otros seres humanos y como ningún ser humano.
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domingo, 17 de julio de 2022

Naturaleza y concepto de motivación

Puede decirse que la psicología humana se ocupa del modo como nos comportamos frente a las personas, los acontecimientos y las cosas; como disciplina científica no sólo ha de describir y clasificar los diversos actos conductuales, sino también investigar y formular sus integrantes y condiciones, tratando de formar un cuerpo legal con carácter explicativo-comprensivo y predictivo-postdictivo, además de posibilitar con ello el control o regulación de tales actos. Pues bien, en esta tarea, el análisis de la motivación juega un papel central: defínase como se quiera, la motivación es un constructo que siempre apunta a los fundamentos psicológicos de nuestro comportamiento, a aquello que hay dentro de nosotros (consciente o inconsciente) y a nuestro alrededor, que nos impulsa y dirige y que permite que nuestros actos sean lo que son y no de otro modo, o, en delimitación mucho más breve, un concepto multifacético respecto de procesos encubiertos que inician o energizan una u otra forma de conducta.
Los diversos actos de nuestro organismo se originan por la oportuna activación de una serie de programas innatos y adquiridos, en donde la sensibilidad, la atención y la afectividad, así como las correspondientes estructuras y procesos fisiológicos subyacentes, juegan su papel. Ahora bien, nosotros mantenemos que, para que pueda hablarse de genuina conducta, hay que contar imprescindiblemente con la motivación, proceso que integra todos los anteriores y otros de naturaleza superior (como el aprendizaje, la memoria, el pensamiento, etc.), en una organización unitaria y coherente, además de proporcionar la activación global de todo ese conjunto.
Los actos de los seres vivos pueden ubicarse en una hipotética línea continua, cuyo límite inicial viene marcado por la contractilidad y el final por lo que entendemos por conducta: la contractilidad es una reacción elemental que aparece ante muy diversos estímulos del entorno; los tropismos, kinesias y taxias son reacciones algo más complejas, las cuales tienen lugar ante estímulos físicos y químicos particulares; en un nivel superior estarían las respuestas a estimulaciones más concretas y con mayor implicación de estructuras y funciones psicoorgánicas, tales como son los reflejos incondicionados, condicionados y las pautas instintivas (aunque éstas exigen de la existencia de unos programas innatos altamente estructurados y aparecen sólo ante estímulos muy específicos); finalmente, la conducta incluye la existencia de procesos psicosociales, de entre los que el proceso motivacional se torna esencial, suponiendo la toma del mando de elementos interactivos de naturaleza superior y muy compleja. Puede inferirse, entonces, que la motivación propiamente dicha sólo se organiza en el ser humano, lo que no quiere decir que en los animales (y más concretamente en los mamíferos) se dejen de dar hechos que expresan esbozos de tal proceso, los cuales sostienen pautas de respuestas próximas a la conducta.
La motivación, en todo caso, facilita la puesta en marcha de los programas innatos y adquiridos de conducta, o, como dicen Taylor y otros (1982), la activación de las secuencias de actos dirigidos a una meta: la motivación implica una serie de influencias que inician, mantienen, regulan y detienen los actos precisos para conseguir ciertos objetivos a través del acceso a la meta prevista. Por ello, la esencia de la motivación queda recogida en una clásica definición (Newcomb, 1956), que concreta que es “un estado del organismo en el cual la energía corporal es movilizada y dirigida selectivamente hacia partes del ambiente”.

Dicho de otra manera, la motivación comprende tres procesos:

  1. una activación global del organismo, a expensas de necesidades, impulsos, pulsiones, tendencias, intereses o propósitos, lo que trae como consecuencia la dinamización del organismo como un todo;
  2. un encauzamiento de los actos necesarios para alcanzar el objetivo previsto, lo que supone un acercamiento o alejamiento de la meta u objeto hacia el que se dirigen las necesidades, pulsiones, etc.;
  3. una autorregulación de la intensidad, persistencia, presencia o ausencia de los actos y actividades insertos en la secuencia de conducta, siendo habitual que el individuo parta de una especie de plan-guion, más o menos flexible, a expensas de sus recursos, experiencias previas, expectativas de éxito, accesibilidad de las metas, etc. 

En todo caso, debe quedar claro que la motivación no es algo dado, con lo que el individuo cuenta sin más, sino que ha de ser adquirida, estando en continua reorganización: incluso cuando implica necesidades primariamente biológicas e innatas (como el hambre, la sed o la sexualidad), toma matices y ropajes muy variados en función del aprendizaje y de la estructura personal del sujeto, así como de las condiciones dadas por el ambiente, llegando a complejos desarrollos que no se observan en los actos del animal.

miércoles, 18 de mayo de 2022

Historia de la motivación

El interés por el instinto surge del trabajo de los etólogos y del estudio de ciertos patrones de conducta, como la gregaria, la de migración, la sexual, la paternal y la filial. El etólogo descubre tipos relativamente fijos de conducta, a los que llama instintivos, e intenta comprender los factores que liberan energía para la ejecución de estos y otros actos. De este modo, combina los dos significados importantes de instinto; es decir, conducta no aprendida y energía (urgencia, impulso). Considera que su trabajo encaja, en lo general, en un marco evolucionista. Quienes estudian estos tipos de conducta -como la gregaria, por ejemplo- parecen preocupados, en primer lugar, por descubrir los factores que controlan tales conductas. Para ellos, el instinto sólo sirve como una rúbrica clasificatoria muy general y sin valor explicativo. Debe buscarse la explicación en la comprensión de los factores que controlan las conductas pertinentes. Empiezan a aparecer teorías en pequeña escala de una y otra de estas conductas.

Como concepto, la homeostasis se usa ampliamente. Existen modelos, como la cibernética, que dependen en gran parte, para explicar los sistemas de variables que manejan, de la homeostasis y sus conceptos relacionados. Este uso de la homeostasis tiene, relativamente, una corta historia, que proviene del pensamiento evolucionista y de la obra de filósofos como Bernard y sus seguidores. Sin embargo, la concepción homeostática, como un estado hacia el que tienden otros procesos conductuales, o a los que sirve de meta, tiene un uso más amplio. Se encontrará al tratar el instinto, el psicoanálisis, la teoría del aprendizaje en sus aspectos de pulsión, la emoción y algunas teorías que se derivan de la psicología social. Por tanto, la homeostasis es un modelo de múltiples implicaciones.

Las actuales teorías de pulsión están embebidas de teorías generales sobre la conducta, que también acentúan el papel y la naturaleza del aprendizaje en los problemas conductuales. en general, las teorías de la pulsión acentúan ya sea las funciones energetizantes de los estados de pulsión sobre la conducta, o las funciones para determinar la meta de dichos estados de pulsión. En estos puntos pueden verse reflejadas tanto la noción de urgencia como la de propósito, según se describieron en la explicación sobre el instinto. En algunas teorías de aprendizaje, el reforzamiento (la ley del efecto) es un tema significativo, y ya se ha mencionado la relación que existe entre el hedonismo y este concepto. La mayoría de las teorías del aprendizaje postulan solo algunas pulsiones corporales, y sugieren que muchos motivos importantes son aprendidos.

El psicoanálisis, en su forma clásica, depende de las urgencias instintivas, cuya meta era la satisfacción o el placer. También estuvo muy influido por el pensamiento evolucionista y por el fisicalista, y la etapa final implicaba la restauración del equilibrio homeostático.

El actual interés por la emoción muestra dos facetas. Una, que la emoción activa la conducta, y que esto refleja, al menos indirectamente, la necesidad del concepto del instinto. La otra faceta es el hincapié puesto sobre el goce o placer afectivo para exaltar las fuerzas motivacionales. Es evidente su derivación del hedonismo.

Las teorías de la psicología social tienden a interesarse en los motivos de la conducta social y en el control social de la conducta. Las concepciones hedonistas y homeostáticas son actualmente populares y reemplazan, en gran medida, los primeros intentos de confiar en uno o unos cuantos motivos o instintos para basar la conducta social y su control.

Este breve resumen de modelos demuestra que deben mucho en sus orígenes al instinto, a la homeostasis, a la evolución y al hedonismo; también están muy implicados, en algunos de ellos, los factores inconscientes activos. En algunos modelos sólo se dan por sentados unos cuantos motivos; en otros, muchos, aunque, en este último caso, solo algunos tienen un status innato. Todos estos modelos intentan explicar el comportamiento o la conducta: cuáles son sus causas y qué factores la controlan. En general, se supone que la conducta sirve, en algún sentido, a las necesidades del organismo. Rara vez se exponen, en este contexto, los problemas del dualismo, de la voluntad y del libre albedrío; pero, en general, estos modelos pueden caracterizarse como monistas y porque consideran que los problemas de la selección y del esfuerzo se derivan de las necesidades del organismo en su interacción con el medio. La racionalidad y el conocimiento tienen a considerarse como reflejos no confiables de ciertos determinantes más fundamentales.

Recientemente ha existido una tendencia a rechazar como adecuado, el tipo general de modelo antes descrito. Aunque acentuando la concepción homeostática y la evolucionista, dicha tendencia parece hacer hincapié en la razón y en el conocimiento, en la bondad fundamental de la naturaleza humana y en la idea de que, al explicar la conducta, puede verse a ésta como un fin en sí antes que como una obligatoria servidora de otras necesidades orgánicas. Este punto de vista, en sí, parece estar en consonancia con la importancia que autores como Sócrates, Platón, Aristóteles, algunos padres de la Iglesia y Rousseau, le daban.

lunes, 9 de mayo de 2022

La sensación de lo que ocurre

Autor: ANTONIO DAMASIO (Médico. Profesor de Psicología y Neurociencia en la Universidad de California)
Ha sido reconocido con grandes distinciones como The Golden Brain Award (1995), The Ipsen Prize (1997) y el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica (2005).
Nacido en Lisboa en 1944.
Edición original: 1999
Título original: The feeling of what happens
Reeditado en Barcelona por Destino Grupo Planeta en la colección Booket en 2019
Traducción de Francisco Páez de la Cadena Tortosa
Ilustraciones por cortesía de la Dra. Hanna Damasio

Relaciones de contenidos principales:
1) Sentir y conocer: Emoción y sensación. Conciencia central.
2) Una biología para el conocer: La construcción de la conciencia central. Conciencia ampliada. La neurología de la conciencia.
3) Obligado a conocer: Sentir sensaciones. El uso de la conciencia.
4) Apéndice: Notas sobre la mente y el cerebro.

Ideas seleccionadas:

- La omnipresencia de la emoción en nuestro desarrollo y en nuestra experiencia cotidiana, conecta prácticamente todo objeto o toda situación de nuestra experiencia, gracias al condicionamiento, con los valores fundamentales de la regulación homeostática: recompensa y castigo, placer y dolor, aproximación o abandono, ventaja o desventaja personales, e inevitablemente, bueno (en el sentido de supervivencia) o malo (en el sentido de muerte). Nos guste o no, ésta es la condición natural humana. Pero cuando está disponible la conciencia, las sensaciones tienen una influencia máxima y los individuos son también capaces de reflexionar y planificar. Tienen un medio de controlar la omnipresente tiranía de la emoción: eso que llamamos razón. Por supuesto que resulta irónico que los motores de la razón sigan necesitando de la emoción, lo cual significa que el poder controlador de la razón suele ser más bien modesto.

- Nuestra sensación de ser es un estado del organismo, resultado de ciertos componentes que funcionan de determinada manera y que se relacionan dentro de ciertos parámetros. Se trata de otra construcción, una pauta vulnerable de funciones integradas cuya consecuencia es la generación de la representación mental de un ser vivo individual.

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martes, 12 de abril de 2022

Otros desarrollos posdarwinianos de las ideas motivacionales

Existen otras tendencias que debe tener en cuenta cualquier esbozo histórico del desarrollo de las ideas motivacionales. Son, primera, la psicología de la actividad (o también llamada intencionalidad); segunda, el estudio de la hipnosis y de la neurosis y el surgimiento del psicoanálisis; tercera, la expresión del hedonismo en la ley del efecto. Se indicará, según convenga, dónde afectó a estas tendencias la teoría evolucionista, pero se las ha situado en secciones separadas porque representan influencias más específicas en el desarrollo de la motivación en la psicología. Innegablemente, el pensamiento evolucionista influyó sobre el psicoanálisis y la ley del efecto, pero su interés primero radica en problemas más específicos: la naturaleza de la neurosis y del aprendizaje, respectivamente. Es menos clara la influencia del evolucionismo sobre la intencionalidad. También existen interrelaciones entre estas tres tendencias, que procuraremos describir.

1. Intencionalidad

Tal vez sea cierto en lo general, aunque equivocado en los detalles, que la noción de que la mente es pasiva constituya una de las principales herencias recibidas de la tradición filosófica inglesa empírico-asociacionista. John Locke consideraba que, en el nacimiento, la mente era una tabla blanca, cuyo contenido -las ideas- venían de las experiencias habidas en el mundo externo. También dijo que la mente podía originar ideas por medio de un proceso de reflexión (quería decir algo relacionado con el pensamiento), y es en este detalle donde nuestra generalización se equivoca. Pero la enunciación influyente, la que caracteriza a los empíricos en oposición a los nativistas, es que las ideas de la mente surgen de sensaciones originadas en el mundo externo. La psicología empírica inglesa, desde la época de Locke hasta la de James Mill, hace poco hincapié en las actividades de la mente. Cierto que la escuela escocesa subrayó las facultades de la mente, pero las psicologías de la facultad rara vez han hecho que se acentúe la intencionalidad como tal.
Cuando la psicología logró existencia independiente en el laboratorio de Wundt, en Leipzig, aparecieron las influencias que ejercía este concepto de la mente como algo pasivo. Una importante empresa de Wundt y de sus más o menos fieles seguidores, fue describir y clasificar los elementos fundamentales de la vida mental. Estos elementos se identificarían por medio de la introspección relacionada con las consecuencias conscientes de la estimulación controlada. No se busca rebajar aquí el propósito o la ejecución de este trabajo. La física y la química estaban demostrando el valor, en sus respectivos campos, del análisis, y los datos obtenidos en los laboratorios psicológicos eran, por lo menos, datos -obtenidos empíricamente bajo condiciones controladas y distinguibles-, en contraposición a las especulaciones de filósofos y moralistas. Pero la capacidad estaba restringida, y no quedaba lugar para los conceptos o para las nociones motivacionales de que la mente era activa en sí. Se reunían los elementos mentales por medio del mecanismo de la asociación. Por mucho tiempo, existieron puntos de vista alternativos. El nativismo es un viejo concepto, y Leibnitz, Herbart y Schopenhauer, en distintas formas, han indicado que la actividad es un hecho primario de la mente. El impulso y el propósito adquirieron importancia en los conceptos de evolución e instinto, y, al estudiarse el psicoanálisis, se ahondará en dicha orientación. A finales del siglo XIX y principios del XX surgió una idea en cierto modo similar en la psicología sistemática e, igualmente, en el laboratorio experimental. Así lo indica Peters (1953), al afirmar que la actitud y las tendencias determinantes son conceptos introspectivos surgidos de comprender "lo inadecuado de la idea tradicional de mente como un poseedor pasivo de las sensaciones y de las imágenes".

Franz Brentano (1838-1917), más filósofo que psicólogo experimental, afirmaba que eran actos, y no contenidos, como Wundt planteó, los aspectos importantes de la mente. El acto es intencional; es decir, está dirigido al contenido que constituirá su objeto, pero el contenido, como tal, no está en el acto, aunque lo esté inmanentemente. Para Brentano, "cuando se ve un color, el color, en sí, no es mental. Lo mental es ver, es decir, el acto. Sin embargo, ver no tendría significado si no hubiera algo por verse. El acto siempre implica un objeto y se refiere a un contenido". Según Flugel (1951), la contribución de Brentano es "haber hecho hincapié en la actividad", mientras que, al mismo tiempo, unía a dicho hincapié la importancia de la experiencia.
Brentano influyó en cierto número de escritores sistemáticos o hizo que desarrollaran puntos de vista similares al suyo. Pueden mencionarse, entre ellos, a Oswald Külpe y la escuela de Würzburg, la escuela austriaca y su hincapié en la Gestalt-qualität, y James Ward (quien influyó en McDougall) y G.F. Stout en Inglaterra. William James y John Dewey desarrollaron, en Estados Unidos, métodos que tenían muchas similitudes con el de Brentano.
Brentano también parece haber influido sobre Freud, y es posible interpretar su formulación de la intencionalidad de los actos como un anuncio de la concepción esencialmente intencional que Freud daba a los fenómenos mentales, misma que sirve de base a su metodología.
Tal vez sea más clara su influencia sobre Külpe, transmitida, al menos en parte, por su discípulo Edmund Husserl. De cualquier modo, se considera que la experimentación conducida por Külpe, y a la que la escuela de Würzburg debe su fama, apoya más a Brentano que a Wundt.
Los de Würzburg atacaban el problema del pensamiento. Poco trabajo experimental se ha hecho sobre el tópico, pero la noción prevaleciente es que el pensamiento está constituido por imágenes y por procesos asociativos. El grupo de Würzburg estudió el pensamiento por medio de la introspección. Descubrieron que el pensamiento podía efectuarse, y se efectuaba, sin imágenes y, lo que es de mayor importancia para esta explicación, que los pensamientos contenían direcciones, tendencias determinantes, orientaciones hacia tareas..., que controlaban el curso del pensamiento, pero a los que no podía considerarse como asociativo. Es posible considerar estos hechos como "intencionales", es decir, instrumentales para seleccionar asociaciones de acuerdo con los fines que la tarea o la tarea experimental exigieran que lograra el proceso de pensar. Pero no consideraba como asociativos en sí a los medios de dirección o selectivos, y puede considerar su acción como una representación de la actividad de la mente, más bien que como un indicador de su pasividad. Lewin (1917, 1922) también acentuó la importancia de los motivos para activar las asociaciones.
No se estudiará más a fondo la doctrina de Würzburg, puesto que su importancia principal, para nuestra explicación, es el restablecimiento y demostración del carácter activo de la mente; algunos otros informes de Würzburg implicaban también que dichas actividades directrices de la mente podrían estar fuera de la conciencia. Hasta el momento, la contribución de Würzburg es responsable, como el instinto, la pulsión y las concepciones relacionadas, del gran hincapié hecho en la motivación que parece caracterizar al siglo XX.

2. Hipnosis, psiconeurosis y psicoanálisis

Históricamente, el hipnotismo y la psiconeurosis se han tratado por diversas fuentes, así también como por los historiadores de la psicología. Aquí sólo se dará un esbozo.
Probablemente los fenómenos hipnóticos se conocían mucho antes de la época de Anton Mesmer (1734-1815), pero fue este médico vienés, quien más tarde radicaría en París, el primero que demostró los fenómenos en amplia escala. Mesmer atribuía el fenómeno al "magnetismo animal", una fuerza que él, presumiblemente, poseía y por medio de la cual podía afectar a otros. La usaba principalmente como una terapéutica para varios tipos de enfermedad, padecimientos que hoy se considerarían, probablemente, de carácter histérico. La principal controversia causada por el trabajo de Mesmer la constituía el proceso por el que producía la cura. Aparentemente, las comisiones científicas de París, que investigaron su trabajo, más o menos aceptaron de un modo calificado sus curas, pero se rechazó que éstas tuvieran relación alguna con el magnetismo animal. Se le ofreció a Mesmer una considerable cantidad de dinero para que divulgara su "secreto"; aparentemente no pudo satisfacer la petición, al no saber en qué consistía dicho secreto. Aunque siguió practicándose, el mesmerismo cayó, por lo general, en descrédito.
El siguiente periodo de interés surgió en Inglaterra, donde John Elliotson (1791-1868),quien hizo varias innovaciones valiosas, aunque radicales, en la práctica de la medicina, empezó a tratar a sus pacientes del hospital por medio del mesmerismo. Obtuvo algunos resultados positivos, pero el descrédito en que entonces se tenía al mesmerismo hizo que sus colegas rechazaran sus descubrimientos. Sin embargo, Elliotson continuó la lucha, fundó su propia revista y continuó su práctica; pero, desafortunadamente, confundió el mesmerismo con ciertos aspectos del espiritualismo y de la clarividencia, y esto no ayudó al mesmerismo.
Por la misma época, James Esdaile (1808-1859) había utilizado con éxito el mesmerismo en la India como un anestésico para pacientes que requerían de intervención quirúrgica; y es muy posible que la historia del hipnotismo, y quizá de la psicología misma, hubiera sido diferente de no haberse descubierto, hacia 1840, el efecto anestésico de drogas como el óxido nitroso, el éter y el cloroformo. El interés por ellas hizo decaer el interés por el mesmerismo.
Mientras tanto, James Braid (1795-1860) se convenció de la realidad del fenómeno y procedió a investigarlo. Se convenció de que, aunque el fenómeno era real, surgía de una especie de sueño o de una modificación de la atención. De aquí desarrolló el nombre de hipnotismo. Es bastante interesante notar que el nuevo nombre, y las observaciones e hipótesis que le servían de base, hicieron más aceptable el tema para la medicina y menos para los mesmeristas. La obra de Braid adquirió fama en Francia, donde ocurrió el siguiente episodio de la historia del hipnotismo.
A.A. Liébeault (1823-1904) fue el primer trabajador de la escuela de Nancy que encontró útil la hipnosis en el tratamiento de varias enfermedades con que se topó en su práctica. Su experiencia influyó en H. Bernheim (1837-1919), a quien Liébeault convenció del valor de sus métodos, y quien se unió a Liébeault en su utilización y estudio. La escuela de Nancy fue una descendiente bastante directa del braidismo, y su concepción del proceso hipnótico implicaba la sugestión y un estado parecido al sueño. Bernheim creía que casi cualquier persona podía ser hipnotizada; es decir, casi cualquiera es, hasta cierto grado, sugestionable. Así, negaba que la sugestión fuera, en cualquier aspecto, un síntoma o una característica de la neurosis. Con ello, hizo el primer intento conocido para desarrollar una comprensión general de la conducta humana y sus motivaciones basándose en el estudio de la psicopatología, más bien que en sistemas filosóficos.
El enfoque de J.M. Charcot (1825-1893) era diferente. Como neurólogo consideraba que la histeria era un estado patológico al que trataba y estudiaba por medio del hipnotismo. Pero llegó a la conclusión de que los estados característicos de la hipnosis "sólo podían ser inducidos y observados en la gente que sufriera de histeria". Por lo tanto, la disposición para ser hipnotizado es síntoma o signo de un proceso enfermizo. Los puntos de vista modernos sobre el hipnotismo son más parecidos a los de la escuela de Nancy que a las ideas de Charcot.
Desde luego, vale la pena notar que, incluso en el enfoque de Charcot, se consideraba a la histeria como una enfermedad. Y eso es importante, porque no era considerada como un signo de posesión demoniaca o de una voluntad inadecuada. Tanto la escuela de Charcot como la de Nancy habían dejado atrás tales nociones y, a decir verdad, ésta había sido la línea de pensamiento desde, por lo menos, alguna época del siglo XVIII.
Pero incluso cuando el hipnotismo y la psiconeurosis fueron considerados fenómenos naturales, los cuales no implicaban aspectos magnéticos, espirituales o de la voluntad, aún existían como fenómenos que necesitaban explicación. Hombres normales y racionales han elaborado casi siempre los grandes sistemas filosóficos en general y sus principios psicológicos para hombres de iguales características. Sus principios, incluso los motivacionales, como el hedonismo, el ansia de poder, el contrato social, la voluntad y otros parecidos, no podían acomodarse fácilmente a los fenómenos del desorden mental y del hipnotismo. De hecho, los fenómenos de conducta multitudinaria, algunas veces llamados "histeria colectiva", causaron parecidas dificultades. Los fenómenos de la conducta anormal, sea individual o social, y los del hipnotismo indicaban la necesidad de conceptos que no habían recibido mucho hincapié en los sistemas del pasado. Entre los precursores de la psicología social se hicieron esfuerzos para confiar en la sugestión, la imitación, la simpatía y en conceptos simples similares; se mencionaron como bases explicatorias de la conducta individual anormal la disociación, la disposición de ser sugestionado y varios otros desórdenes físicos. Sin embargo, fue Freud (1856-1939) quien desarrolló las teorías de mayor influencia y alcance sobre la naturaleza de la neurosis, el hipnotismo y ciertos fenómenos de masa. Sus teorías eran, y son, de naturaleza esencialmente motivacional.
Freud estudió en Nancy con Charcot. Entre sus profesores de Viena estaban Brentano y Brücke. Como neurólogo, su práctica médica incluía muchos pacientes histéricos y, a ejemplo de Josef Breuer, usó la hipnosis para tratar tales casos. Finalmente, su método sobrepasó la hipnosis, que abandonó más tarde, y sus casos incluyeron muchos tipos de desórdenes, a más de la histeria. No obstante, puede verse que, en Freud, convergieron el estudio y utilización de la hipnosis y el estudio y tratamiento de la neurosis. De esta convergencia surgió una teoría muy general de la motivación humana, en que se hacía hincapié en las nociones de energía instintiva inconsciente, de conflicto y en un principio hedonista.
El periodo que va de Mesmer a Freud duró más de un siglo y, en el presente contexto, quedó marcado por el surgimiento de la hipnosis y de la anormalidad mental como fenómenos naturales necesitados de explicación. Entonces, es necesario añadir otro problema a la lista. Hasta el momento, ha incluido la influencia del evolucionismo, del instinto y del propósito (y sus controversias), el problema general de la adaptación y de la intencionalidad como fuentes de las que surgió, creemos, la preocupación del siglo XX por los problemas motivacionales. Queda por mencionarse una última tendencia: la expresión del hedonismo en la ley del efecto.

3. El hedonismo y la ley del efecto

Es evidente el importante lugar que el principio hedonista ha tenido en el pensamiento de los filósofos respecto a la conducta del hombre, así como el surgimiento del estudio de la conducta animal a raíz del desarrollo de la teoría evolucionista. A finales del siglo XIX, se llevó a cabo una importante fusión de estas dos tendencias históricas, cuando E. L. Thorndike (1874-1949) formuló su bien conocida ley del efecto. Thorndike había empezado con James en Harvard algunos estudios sobre la inteligencia de los pollos; pero sus famosas investigaciones sobre la conducta de los animales en una caja de truco se llevaron a cabo en Columbia, donde recibió su doctorado en 1898. En dichos estudios se confinaron animales hambrientos, como gatos, en cajas, mientras que se situaba comida fuera de la caja y del alcance de los animales. Si el animal hacía funcionar un cerrojo o jalaba una cuerda, la puerta se abriría, permitiendo que el sujeto alcanzara la comida. Thorndike observó que el progreso logrado en alcanzar la comida. Supuso que el "placer" surgido del éxito y de obtener la comida, de algún modo "imprimía" las asociaciones entre el estímulo de la situación y los movimientos satisfactorios, y también que, cuando las reacciones del animal ocasionaban incomodidad (castigo), tendían a ser eliminadas. Thorndike modificó mucho su formulación más tarde, redefiniendo los procesos de éxito, placer e incomodidad en formas más objetivas, y alteró sus puntos de vista sobre los efectos del castigo. Dedicó muchos experimentos a estos problemas y muchos otros investigadores también han intentado comprenderlos. Aunque las leyes de Thorndike tienen antecedentes en escritores tales como Herbert Spencer y Alexander Bain (y, a decir verdad, en Aristóteles), el hecho de haber surgido del trabajo experimental les dio una base empírica y proporcionó medios para su estudio posterior. La ley del efecto ha tenido un lugar de importancia en las teorías del aprendizaje, y es una de las razones para que dichas teorías hayan hecho tanto hincapié en la pulsión, el reforzamiento, el aumento o la demora del reforzamiento y una multitud de problemas cuya carga motivacional es grande.
Antes de terminar, cabe mencionar una diferencia entre el hedonismo de Thorndike y el anterior uso del principio hedonista. Mowrer (1952) lo expuso como sigue:

El hedonismo afirma que nos "impulsa el placer y nos repele el dolor". Es posible encontrar huellas de esta idea en las obras de Freud y Thorndike. Pero la diferencia notable es que, en estos dos últimos investigadores, el placer dejó de ser una pulsión en sí por sí misma, para ser concebido como la experiencia que se efectúa cuando una pulsión, o motivo, termina; es decir, cuando se satisface o se alivia.

domingo, 13 de febrero de 2022

Lo que orienta nuestras acciones

Lo que aún no existe, es lo que realmente guía nuestra acción.

José Antonio MARINA y Carmen PELLICER

Los seres humanos tenemos la facultad de seleccionar nuestra atención, decidir hacia dónde la orientamos; y lo mismo ocurre con todo el gigantesco bagaje cerebral con que contamos: emociones, esfuerzos, motivaciones...
Este bagaje resulta una poderosa máquina biológica -que ni siquiera conocemos del todo- con la que establecemos metas voluntariamente. Se trata pues de una capacidad adquirida lentamente, tanto a nivel de evolución histórica como de nuestra propia biografía personal.
Lo más significativo es que gracias a ella establecemos prioridades, deseos; planificamos nuestro futuro, con el cual nos identificamos e incluso nos proporciona felicidad (se es feliz organizando planes). De ahí lo curioso de la afirmación de Marina y Pellicer: nuestra conducta la conducen hechos que aún no existen.