Cada ser humano es como los demás seres humanos, como algunos otros seres humanos y como ningún ser humano.
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jueves, 5 de mayo de 2011

La revolución moral de Kant

Emmanuel Kant (1724-1804) fue un filósofo ilustrado alemán que revolucionó tanto la teoría científica como la teoría ética. Por lo que al segundo tema se refiere, Kant rechazó todas las éticas anteriores, porque eran heterónomas, materiales y formulaban imperativos (mandatos) hipotéticos, es decir, porque obtenían las normas y los deberes morales desde campos ajenos a la propia dimensión moral y racional de las personas (heterónomas), porque atendían a la materia o los contenidos de los actos morales (éticas materiales) y porque formulaban los preceptos y las normas éticas en juicios condicionales o hipotéticos (por ejemplo, si quieres que te respeten, respeta tú a los demás).
Estas éticas (heterónomas) partían de la existencia de un  fin último (que para unos consistía en la felicidad, para otros en el placer, para otros en la perfección, para otros en Dios...) y, a partir de este fin, derivaban los contenidos morales, o sea, nos indicaban la conducta que debíamos seguir.
Kant, en cambio, defendió una ética autónoma y formal, basada en imperativos categóricos (absolutos o no condicionados). El imperativo categórico expresa la forma que deben tener las leyes morales; así, según este principio, por una parte, toda ley moral debe poder ser elevada a norma universal y, por otra, debe ser deseable que todas las personas obren de acuerdo con dicha ley. Por tanto, nuestros deberes no se nos imponen desde ningún fin real ni ideal, y tampoco es posible derivarlos desde las costumbres, desde las prácticas cotidianas o desde cualquier otro contenido (éticas materiales), sino que los deberes tienen su origen en nuestra voluntad racional. A este respecto, sostiene que, desde el punto de vista moral, no existe nada bueno ni nada malo excepto una buena o una mala voluntad o, expresado de otra manera, sólo las intenciones de las voluntades son buenas o malas, los contenidos y las consecuencias de nuestros actos no cuentan, sólo cuenta la intención de nuestra voluntad.
En este sentido, una voluntad es buena cuando intenta cumplir el deber por el puro respeto al deber (por ejemplo, cuando me inclina a respetar a los demás sólo por el hecho de que debo respetar a los demás).
Por ejemplo, si mentimos, nuestra acción será contra el deber y, por tanto, mala. Pero supongamos que intentamos manifestar la verdad, en este supuesto habrá que distinguir si lo hacemos porque nos conviene, o porque nos resulta agradable, o porque nuestras creencias religiosas nos lo exigen; en estos casos, tal vez nuestro obrar coincida con el deber, pero nuestra acción no será moral. Una acción es moral (moralmente buena) sólo cuando intentamos cumplir el deber por el puro respeto al deber, es decir, siguiendo el ejemplo propuesto, cuando decimos la verdad porque debemos decir la verdad, sin otro tipo de intenciones ni de consideraciones.
Obrar por deber es obrar por principios racionales, esto es, universales (válidos para todas las personas) y absolutos (que no varían con las circunstancias) o, lo que es lo mismo, por principios formales: en todos los casos, debemos decidirnos como se decidiría cualquier otra persona racional. A este respecto, Kant afirma: “Obra de tal manera que la máxima de tu conducta pueda valer siempre como ley universal”, y “Procede de modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de los demás, siempre como un fin en sí mismo y nunca como un medio”.

lunes, 2 de mayo de 2011

Mitos

En la mitología encontramos constantemente ejemplos de la lucha del ser humano por superar sus límites mortales, por ampliar sus poderes, ejemplos que de forma inevitable culminan con su derrota o destrucción.
Prometeo simboliza como ningún otro personaje mitológico la rebeldía frente a un destino impuesto, en cuyo diseño él no ha participado.

PROMETEO

Sólo hay dos puntos en los que no ha podido el ser humano equipararse a los dioses: no hemos podido dar, crear vida de forma artificial, ni alcanzar la inmortalidad, o lo que es lo mismo, la eterna juventud.
Prometeo no tenía miedo alguno a los dioses, y ridiculizó a Zeus y su poca perspicacia.
Prometeo fue un gran benefactor de la humanidad. Urdió un primer engaño contra Zeus al realizar el sacrificio de un gran buey que dividió a continuación en dos partes: en una de ellas puso la piel, la carne y las vísceras, que ocultó en el vientre del buey y en la otra puso los huesos pero los cubrió de apetitosa grasa. Dejó entonces elegir a Zeus la parte que comerían los dioses. Zeus eligió la capa de grasa y se llenó de cólera cuando vio que en realidad había escogido los huesos.

Pandora, de Lefebvre

Indignado por este engaño, Zeus privó a los hombres del fuego. Prometeo decidió robarlo, así que subió al monte Olimpo y lo cogió del carro de Helios, y lo consiguió devolver a los hombres en el tallo de una cañaheja, que arde lentamente y resulta muy apropiado para este fin. De esta forma la humanidad pudo calentarse.
Para vengarse por esta segunda ofensa, Zeus ordenó a Hefesto que hiciese una mujer de arcilla llamada Pandora. Zeus le infundió vida y la envió por medio de Hermes a Epimeteo, el hermano de Prometeo, en cuya casa se encontraba la jarra (en otras versiones un baúl o una caja) que contenía todas las desgracias (plagas, dolor, pobreza, crimen, etcétera) con las que Zeus quería castigar a la humanidad. Epimeteo se casó con ella para aplacar la ira de Zeus por haberla rechazado una primera vez a causa de las advertencias de su hermano para que no aceptase ningún regalo de los dioses y quien en castigo sería encadenado. Pandora terminaría abriendo el ánfora, tal y como Zeus había previsto.

Tras vengarse así de la humanidad, Zeus se vengó también de Prometeo e hizo que le llevaran al Cáucaso, donde fue encadenado por Hefesto. Zeus envió un águila para que se comiera el hígado de Prometeo. Siendo éste inmortal, su hígado volvía a crecerle cada noche, y el águila volvía a comérselo cada día.

El castigo de Prometeo,
 de Rubens
Este castigo había de durar para siempre, pero Heracles pasó por el lugar de cautiverio de Prometeo de camino al jardín de las Hespérides y le liberó disparando una flecha al águila. Prometeo fue así liberado, aunque debía llevar con él un anillo unido a un trozo de la roca a la que fue encadenado.

PIGMALIÓN

Pigmalión era un escultor que vivía en Chipre, buscó durante muchísimo tiempo a una mujer con la que casarse. Pero, con una condición: debía ser la mujer perfecta. Frustrado en su búsqueda, decidió no casarse y dedicar su tiempo a crear esculturas preciosas para compensar. Una de ellas, Galatea, era tan bonita que Pigmalión se enamoró de ella.

Al despertar, Pigmalión se encontró con Afrodita, quien, conmovida por el deseo del rey, le dijo "mereces la felicidad, una felicidad que tú mismo has plasmado. Aquí tienes a la reina que has buscado. Ámala y defiéndela del mal". Y así fue como Galatea se convirtió en humana.



 EL HOMBRE AUTÓMATA

En el siglo XVIII, continuando el mito de poder crear artificialmente una figura con vida, nació la idea de hacer un androide capaz de andar, hablar y adoptar todas las actitudes humanas. Pero pronto llegó el miedo, un miedo horrible a que esa criatura con vida destruyera al propio creador; es decir, que la figura artificial, autómata y sin alma escapara al control de su creador y lo destruyera sin piedad.
El mito del hombre autómata llegó a la cumbre en el siglo XIX con la famosa novela de Mary W. Shelley titulada Frankenstein o el moderno Prometeo. En esta novela, un científico crea un monstruo utilizando cadáveres. Llevado al cine en muchas ocasiones, este mito incorpora como novedad la maldad de la criatura viviente. Cuando su creador le niega la novia deseada y la posibilidad de reproducirse, Frankenstein mata a la novia de su señor en la noche de bodas. Es, pues, una lección de castigo a la presunción humana.
Versiones más modernas del personaje de Frankenstein han abandonado esa maldad intrínseca y le han convertido en un ser de horrible aspecto, pero de corazón bondadoso, que busca desesperadamente amor y comprensión. Solo al no poder encontrarlo debido a su fealdad, decide vengarse matando a la novia de su creador.


viernes, 29 de abril de 2011

Superficiales

El pasado 3 de marzo, Alejandro Piscitelli presentaba en Sevilla sus ideas acerca de la cultura y la actitud digital. Y nos recomendaba la lectura de este trabajo de Nicholas Carr: "Superficiales ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?"

Me parece un libro interesante, especialmente para los educadores que estamos preocupados por cómo funciona la atención y la comprensión en nuestro alumnado, ya que el autor nos argumenta cómo el cerebro va adquiriendo nuevas habilidades con la incorporación de nuevas herramientas, y cómo va perdiendo otras en cuanto se dejan de practicar. Por ello, no debemos perder el aprendizaje profundo que proporciona la lectura silenciosa y concentrada, pero tampoco podemos demonizar el lenguaje digital.

Dejo como siempre un párrafo, como muestra de sus planteamientos:

Cuando un carpintero coge un martillo, el martillo se convierte, por lo que a su cerebro se refiere, en parte de su mano. Cuando un soldado se lleva unos prismáticos a la vista, su cerebro ve a través de un nuevo par de ojos, adaptándose instantáneamente a un campo visual muy diferente. (...) Los estrechos lazos que establecemos con nuestras herramientas se tienden en ambas direcciones. Así como nuestras tecnologías se convierten en extensión de nosotros mismos, también nosotros nos convertimos en extensiones de nuestras tecnologías. (...) Cuando el soldado se lleva los binoculares a los ojos, puede ver sólo aquello que los lentes le permitan ver. Su campo de visión se alarga, pero él se vuelve ciego a lo que tiene más cerca. (...) Toda herramienta impone limitaciones, aunque también abra posibilidades. Cuanto más la usemos, más nos amoldaremos a su forma y función.

viernes, 22 de abril de 2011

Por qué leemos

Hoy viernes 22 de abril, el periódico PÚBLICO incorpora un especial Día del Libro.
El director de cine Fernando León de Aranoa escribe un artículo breve con el título "Por qué leemos".
Al final, resume sus ideas de este modo:

Leer: pedir panoramas, cuestionar, cuestionarse. Preguntar y maldecir, conservar el tiempo que nos toca. Y perderse, buscar, encontrarse. Desentrañar, viajar, crecer. Asignarle un sentido a la vida, organizar el caos. Huir de la realidad, dejarse abrazar por ella. El placer y la necesidad; desgana, melancolía, tiempo libre... Razones para leer.
Las mismas, en definitiva, que nos llevan a escribir.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Sobre la libertad

John Stuart Mill: Sobre la libertad (1859)

Esta lectura ha sido un ejercicio de reflexión, con un lenguaje filosófico rico en matices y extraordinariamente argumentado. He ido señalando aquellos párrafos más estimulantes, en cada capítulo, y los recojo aquí a modo de síntesis.

I - Introducción

II - De la libertad de pensamiento y de discusión

Si toda la especie humana no tuviera más que una opinión, y sólo una persona tuviera la opinión contraria, no sería más justo el imponer silencio a esta sola persona, que si esta sola persona tratara de impornérselo a toda la humanidad, suponiendo que eso fuera posible. (...) Si esta opinión es justa se les priva de la oportunidad de dejar el error por la verdad; si es falsa, pierden lo que es un beneficio no menos grande: una percepción más clara y una impresión más viva de la verdad, producida por su choque con el error.
(...)
El ser humano es capaz de rectificar sus errores por la discusión o la experiencia. No solamente por la experiencia; es necesaria la discusión para mostrar cómo debe ser interpretada la experiencia.
(...)
La única forma de que el ser humano pueda conocer en profundidad un asunto cualquiera es la de escuchar lo que puedan decir personas de todas las opiniones, y estudiar todas las formas posibles de tratarlo.
(...)
La ventaja que posee la verdad consiste en que, cuando una opinión es verdadera, aunque haya sido rechazada en muchas ocasiones, reaparece siempre en el curso de los siglos, hasta que una de sus reapariciones cae en un siglo o en una época en que, por circunstancias favorables, se zafa de la persecución, al menos durante el tiempo preciso para adquirir la fuerza de poderla resistir más tarde.
(...)

En este punto del capítulo, Mill plantea la posibilidad de cuestionar toda opinión por muy verdadera que ésta sea. Plantea que si una verdad no puede ser discutida, no es una verdad viva, sino un dogma muerto.

La persona que no posee más que su propia opinión no posee gran cosa. Quizás sus razones sean buenas y puede que nadie sea capaz de rebatirlas, pero si él es también incapaz de rebatir las del contrario, si hasta no las conoce, podemos afirmar que no posee motivos para preferir una opinión a la otra.

III - De la individualidad como uno de los elementos del bienestar

Nadie pretende que las acciones deban ser tan libres como las opiniones. Al contrario, las mismas opiniones pierden su inmunidad cuando se las expresa en circunstancias tales que, de su expresión, resulta una positiva instigación a cualquier acto incorrecto. (...) De esta manera la libertad del individuo queda así bastante limitada por la premisa siguiente: no perjudicar a un semejante.
(...)
Los individuos no son como los carneros; y ni tan siquiera los carneros se parecen unos a otros de tal manera que no se les pueda diferenciar.

IV - De los límites de la autoridad de la sociedad sobre el individuo

El simple hecho de vivir en sociedad impone a cada uno una cierta línea de conducta hacia los demás.
Esta conducta estriba, primero, en no perjudicar los intereses del prójimo, o más bien, ciertos intereses que, sea por una disposición legal manifiesta, sea por un acuerdo tácito, deben ser considerados como derechos; segundo, en tomar cada uno su parte (que debe fijarse según principio igualitario) de los trabajos y los sacrificios necesarios para defender la sociedad o a sus miembros de cualquier perjuicio o humillación. (...) Desde el instante en que la conducta de una persona daña los intereses de otra, la sociedad tiene el derecho de juzgarla, y la pregunta sobre si esta intervención favorecerá o no el bienestar general se convierte en tema de debate. Pero no hay ocasión de debatir este problema cuando la conducta de un individuo no afecta más que a sus propios intereses, o a los de los demás en cuanto que ellos lo quieren (siempre que se trate de individuos de edad madura y dotados de una inteligencia común). En tales casos debería existir libertad total, legal o social, de realizar una acción y de atenerse a las consecuencias.
(...)
Los seres humanos deben ayudarse, los unos a los otros, a distinguir lo mejor de lo peor, y a darse mutuo apoyo para elegir lo primero y evitar lo segundo.
(...)
Cuando por seguir una conducta semejante un hombre llega a violar una obligación clara y comprobada hacia alguna otra u otras personas, el caso deja de ser particular y pasa a ser objeto de desaprobación moral en el auténtico significado de la palabra.
(...)
Dondequiera que haya perjuicio o peligro de perjuicio, para una persona o para la sociedad en general, el caso no pertenece ya al dominio de la libertad, y transciende al de la moralidad o al de la ley. (...) La generación presente se encuentra por completo capacitada para hacer que las generaciones futuras sean tan buenas y un poco mejores que la actual.
Si la sociedad permite que gran número de sus miembros crezcan en un estado de infancia prolongada, incapaces de ser impulsados por la consideración racional de motivos lejanos, ella misma tendrá que acusarse de las consecuencias.
(...)
La opinión de una tal mayoría impuesta como ley a la minoría, cuando se trata de la conducta individual, igual puede ser errónea que justa, pues en tales casos "opinión pública" significa, a lo sumo, la opinión de unos cuantos sobre lo que es bueno o malo para otros.
(...)
Si la civilización ha prevalecido sobre la barbarie cuando la barbarie poseía el mundo, es excesivo temer que la misma barbarie, una vez destruida, pueda revivir y conquistar la civilización. Una civilización que pudiera sucumbir ante un enemigo derrotado, debe hallarse degenerada de tal modo que ni sus propios predicadores y maestros, ni ninguna otra persona, posea la capacidad necesaria, ni se tomara la molestia, de defenderla. Si esto es así, cuanto antes desaparezca tal civilización, mejor. Pues tal civilización no puede ir más que de mal en peor, hasta ser destruida y regenerada (como el Imperio de Occidente) por bárbaros poderosos.

V. Aplicaciones

No hay modo mejor de asegurar a nadie su bienestar que el de permitir que elija lo que desa. Pero, al venderse como esclavo, un individuo reniega de su libertad; abandona, después de ese acto único, todo uso venidero de su libertad. Destruye, pues, en su propio caso, los fundamentos por los cuales le era permitido disponer libremente de su persona. Y no solo dejará de ser libre, sino que, desde aquel momento, permanecerá en una posición que supuestamente ya no será de su agrado y que, por lo tanto, habrá dejado de ser voluntaria. El principio de libertad no puede obligar en ningún caso que se sea libre para no serlo.
(...)
Si se les privara de gobierno, veríamos a los americanos crear uno enseguida, y llevar tal o cual asunto público con un grado suficiente de inteligencia, de orden y de decisión. Así es como debiera comportarse un pueblo libre, y un pueblo capaz de obrar así está seguro de ser libre; jamás se dejará esclavizar por ningún individuo ni por ningún cuerpo que lleguen a sublevarse y a apoderarse de las riendas de la administración central.
(...)
Un Estado que empequeñece a los individuos a fin de que sean, en sus manos, dóciles instrumentos (incluso para asuntos de carácter benéfico), llegará a darse cuenta de que, con individuos pequeños, ninguna cosa sublime podrá ser emprendida.