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domingo, 9 de agosto de 2015

La Ilustración: del análisis de la mente a la psicologización del ser humano


Uno de los conceptos clave de la Ilustración era el de “naturaleza humana”, así como el de sociedad y su carácter natural, planteándose incluso el problema de la clasificación de los seres humanos, que mostraban una gran diversidad física y cultura. Los relatos que llegaban de la colonización, con extensas descripciones de nativos, favorecían estos debates. La contraposición entre una Europa civilizada (superior pero artificial) y un supuesto estado natural (salvaje), estaba ampliamente extendida. 
La amplia difusión del Ensayo sobre el entendimiento humano de Locke hará que a lo largo del siglo XVIII asistamos a una “psicologización” de los discursos más diversos relativos al ser humano. Es en esos momentos, además, cuando el término “psicología” se sistematiza y su uso implica una verdadera transformación conceptual: la psicología se convertirá en el siglo XVIII en una de las ramas de la filosofía académica, dotada de un lugar análogo al de otras ramas en los manuales y en la docencia. Se producirán entonces numerosos tratados antropológicos y psicológicos identificados como tales. Y este desarrollo sin precedentes de la psicología como disciplina académica tendrá lugar fundamentalmente en Alemania. Allí, el filósofo Christian Wolff (1679-1754) introducirá la psicología (término que no aparecía en ninguno de los filósofos anteriores referenciados) como una rama de conocimiento en su sistema, utilizando el término mismo de “psicología”. A partir de ese momento, se desarrollará una creciente literatura “psicológica”.

Christian Wolff 1679-1754
Fuera de este contexto alemán, marcado por la influencia del sistema de Wolff, la psicología está menos claramente dibujada. En Gran Bretaña, tras Locke, el análisis de la mente ocupará un lugar tan inestable como ambivalente, entre la pneumatología (ciencia de los espíritus) y una versión más empírica, que se identifica más bien con la lógica y el método analítico. De fondo, lo que hay es una tensión entre, por un lado, el máximo heredero de Locke, David Hume (1711-1776), que llevará a sus últimas consecuencias el empirismo en su escepticismo moral y epistemológico, y por otro, la denominada Escuela del Sentido Común de Thomas Reid (1710-1796). Esta última se enfrentaba a la idea de la mente como tábula rasa, afirmando la existencia de un sentido común que permite a la especie humana aprehender lo real y fundar sus verdades morales. Frente a la mente como un conjunto de imágenes (representaciones, copias) de la realidad (sin garantía de correspondencia), esta escuela defenderá la antigua concepción “realista” aristotélica según la cual podemos conocer el mundo tal como es.
En el ámbito francófono, por otro lado, las ideas de Locke fueron recibidas con gran entusiasmo. En Francia entusiasmaba todo lo inglés, especialmente el empirismo de Locke y la física de Newton. Voltaire (1694-1778), por ejemplo, mostraba su admiración por el logro que suponía, después de tantas leyendas sobre el alma, explicar la razón humana del mismo modo en que un anatomista explica las partes del cuerpo. La filosofía natural que se desarrolla entonces, con filósofos como Condillac (1714-1780) a la cabeza, reducía todo lo mental a sensaciones (sensualismo) y negaba la existencia de facultades. Asimismo, esta filosofía defendía un materialismo que llevaba a sus últimas consecuencias la concepción mecanicista del cuerpo de Descartes, rechazando el concepto de alma y negando en último término toda validez a la psicología, por empírica que fuera. El posterior rechazo de esta filosofía por parte de Napoleón, sin embargo, contribuirá al desarrollo de otra tendencia, más espiritualista, que se inspirará, entre otros, en la Escuela escocesa del sentido común de Thomas Reid.
Sin el intercambio con estos desarrollos británicos y franceses no podría entenderse el desarrollo inicial de la psicología como un ámbito relativamente autónomo de saber. Sin embargo, su despunte, como decíamos, alcanza su máxima expresión en Alemania, especialmente a partir de la obra Wolff.
Inspirándose en la obra de Leibniz (aunque alejándose de su idea de mónada y de la armonía pre-establecida), Wolff llevará a cabo una sistematización del racionalismo, fundando su filosofía sobre un método deductivo. Dicho método permitiría alcanzar en las distintas áreas de la filosofía la certitud demostrativa que se venía reservando a las matemáticas, asumiendo que el hombre era capaz de alcanzar un conocimiento objetivo de lo metafísico a partir del ejercicio puro de su razón. En su división de la filosofía, aparece por primera vez, de forma explícita, un apartado para la “psicología”. Básicamente, Wolff dividía la metafísica en tres partes: cosmología o estudio del mundo natural; teología o estudio de Dios; y psicología o estudio del alma.
Como las demás áreas, la psicología se dividía a su vez en una parte racional y otra empírica. La psicología racional se ocupaba del conocimiento a priori de la esencia y naturaleza del alma, deduciendo las cualidades de sustancia inmaterial e inmortal del alma; y la psicología empírica, del conocimiento a posteriori, mediante la observación de los acontecimientos de nuestra alma de los que somos conscientes.
Será esta psicología empírica, cuyo conocimiento se basa en la experiencia, la que cobre una gran importancia en esos momentos. Frente al discurso racional, la psicología empírica se presenta como el núcleo de una ciencia general del hombre. Esta ciencia alcanzará un rango casi profesional en apenas un cuarto de siglo. Aunque no cuenta aún con facultades o cátedras (como ninguna otra disciplina, por cierto, pues en esos momentos apenas existían cuatro facultades: Teología, Medicina, Derecho y Filosofía, que era la de menor rango, supeditada a las otras tres), sí se enseña y trata en artículos, monografías y manuales. Curiosamente además la literatura psicológica adopta también una forma “popular”, en ensayos, novelas y escritos periodísticos dedicados a la indagación en el alma, tanto la ajena como la propia (autobiografías), en un lenguaje menos técnico y más descriptivo. Así, por ejemplo, la revista “psicológica” más conocida en el fin de siglo alemán, Magazin zur Erfahrungsseelenkunde (Revista de psicología empírica), se ocupa de estudios de caso destinados a una especie de “medicina moral”, capaz de mejorar la humanidad a partir del conocimiento de sí. Su director, K. Ph. Moritz (1756-1793), que en la revista se dedica a indagar en las almas de otros, escribirá también una especie de novela autobiográfica, Anton Reiser (1790), en la que indaga sobre su propia alma, desplegando toda su subjetividad.
Asimismo, se desarrolla a lo largo del siglo XVIII un discurso metodológico acerca de las posibilidades y límites de la psicología empírica y la introspección. El propio Kant intervendrá en este debate, tanto a lo largo de sus lecciones desde los años 1760 como en el desarrollo de su filosofía crítica. Según viene recogiendo de forma sistemática la historiografía convencional, Kant negaría a la psicología toda posibilidad de ser una ciencia. Esta afirmación, sin embargo, requiere de importantes matices, tal como ha puesto de manifiesto la historiografía más reciente. De hecho, lejos de infravalorar la psicología empírica, Kant se interesó mucho por ella y su transformación en una disciplina universitaria. En ese sentido, Kant apostará por su sistematización e independización de la metafísica – siguiendo el ejemplo de la física.
Como parte de ese movimiento, tiene lugar en esos momentos un esfuerzo por llevar a cabo una historia de la psicología, haciendo un uso retrospectivo del término “psicología”, para ordenar cronológica y temáticamente una serie de problemáticas dispersas en las diferentes ramas de la filosofía. Ese esfuerzo historiográfico, el de aislar retrospectivamente todo aquello relativo a problemáticas psicológicas, contribuirá a dar autonomía a la disciplina misma. De hecho, la creación de la psicología como materia histórica es uno de los aspectos de su desarrollo conceptual e institucional. Los contornos se delimitan, y todos aquellos aspectos relativos a la inmortalidad y al intelecto agente, propios de la psicología aristotélica, empiezan a quedar fuera. Tras una serie de obras de historia de la filosofía en las que se va dibujando cada vez con más claridad un ámbito psicológico, en torno a la asociación de ideas principalmente, la presencia de la psicología en la historia de la filosofía se va convirtiendo en un fenómeno corriente hasta la aparición, en 1808, de la primera historia dedicada específicamente a la psicología, la de Friedrich August Carus.
Podemos decir entonces que el despegue de la psicología como ciencia universitaria tiene lugar en el siglo XVIII, fundamentalmente en Alemania, marcado por la “psicologización” del discurso filosófico que impone el análisis del entendimiento de Locke. Dicho despegue se alimenta sobre todo de la importancia que adquiere la “psicología empírica” a partir del lugar que le atribuye Wolff en su sistema filosófico y los desarrollos metodológicos que la acompañan, así como de la apuesta kantiana por hacer de ésta una disciplina independiente de la metafísica, entendiéndola como una descripción natural del alma.
El proyecto kantiano, la reacción romántica a la Ilustración y su excesiva confianza en la razón, y la filosofía del espíritu de Hegel terminarán de dar forma a ese espacio de la subjetividad moderna del que se ocupará la incipiente disciplina, cuyas elaboraciones, a la vez, no dejarán de contribuir, de una u otra forma, a su definición.

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