Cada ser humano es como los demás seres humanos, como algunos otros seres humanos y como ningún ser humano.
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sábado, 25 de febrero de 2017

Charles Taylor: el humanismo cívico

Charles Taylor (nacido en 1931) se ha convertido en una de las referencias centrales del pensamiento contemporáneo. Aunque no sabemos si este pensador anglo-canadiense podrá catalogarse como uno de los últimos filósofos morales del siglo XX, sí podemos afirmar que será el primero de los filósofos políticos del siglo XXI. Es el representante más importante de un nuevo pensamiento político que puede ser descrito como humanismo cívico. Nos propone un humanismo que alimente el tejido asociativo de unas sociedades culturalmente plurales y políticamente atomizadas. Un humanismo para potenciar y reforzar el asociacionismo voluntario porque "sin tejido asociativo, el poder político tiende a la tiranía".

Charles Taylor, profesor en Canadá y Estados Unidos, también ha impartido cursos de filosofía moral política en la Universidad de Oxford, donde prestó especial atención a dos cuestiones: la dimensión práctica del lenguaje moral y el humanismo del romanticismo alemán. Como resultado de estas inquietudes, hoy contamos con dos obras importantes: Hegel y la sociedad moderna (1979) y Las fuentes del yo (1989).
También ha editado sus conferencias y artículos dispersos en dos trabajos muy interesantes: Argumentos filosóficos (1995) y Ética de la autenticidad (1991). Aquí presenta una nueva filosofía moral para unas sociedades contemporáneas donde no hay unanimidad ni política, ni cultural, ni religiosa. Esta dispersión de perspectivas hace difícil encontrar argumentos filosóficos compartidos por todos. Mientras que otros consideran que esta búsqueda de buenas razones es una tarea estéril porque la política es una cuestión de técnicos en leyes, Taylor considera que es una tarea enriquecedora para la democracia. La democracia no es sólo un conjunto de leyes, sino un proyecto de convivencia.

1. Liberalismo y comunitarismo
Hay quienes plantean la democracia como un conjunto de procedimientos que garanticen unos mínimos de justicia. Quienes así piensan son los defensores del liberalismo, encabezados por J. Rawls, para quien las instituciones públicas tienen que organizarse sin contar con los proyectos de vida buena que tengan los ciudadanos. Sin embargo, Taylor considera que estos mínimos de justicia a los que han llegado las sociedades liberales se alimentan de tradiciones culturales que se mantienen vivas en asociaciones cívicas y comunidades que tienen proyectos de vida buena para sus miembros. Este hecho es el punto de partida de su crítica al liberalismo y la razón por la que su comunitarismo es singular.

2. Elogio de la vida asociativa
Mientras los liberales inciden en los procedimientos, los comunitaristas inciden en los bienes compartidos que alimentan la justicia. Más que defender un modelo de vida política basado en una comunidad homogénea y cerrada, lo que Taylor defiende es la vida asociativa. Sin la vida asociativa, los individuos no encuentran referencias con las que orientarse en una sociedad donde el individuo se encuentra como un átomo errante.
En una sociedad donde cada uno recibe mensajes contradictorios sobre lo deseable para conseguir la felicidad, las asociaciones cívicas pueden proporcionarnos una idea de bien que se convierte en referencia para no perder el rumbo de nuestras vidas. Como afirma en su libro Ética de la autenticidad:

El peligro no lo constituye el despotismo, sino la fragmentación; a saber, un pueblo cada vez más incapaz de proponerse objetivos comunes y llevarlos a cabo.

3. Asociaciones voluntarias y opinión pública
Para la consolidación de una ciudadanía democrática hay dos pilares imprescindibles: la vida asociativa y la opinión pública. Sin la participación en las múltiples asociaciones que pueden existir en una sociedad liberal, más que ciudadano, el ser humano es un individuo vulnerable en manos de las modas culturales o los políticos de turno. Esta participación tiene que ser una participación crítica e informada y por ello la opinión pública desempeña un papel tan importante. No es la opinión de la masa ni la opinión de la mayoría, sino la opinión de un pueblo organizado y articulado con información plural.

El liberalismo y la esfera pública
La libertad en la tradición occidental se ha basado en parte en el desarrollo de formas sociales en las que la sociedad como un todo puede funcionar fuera del ámbito del Estado. La noción de sociedad civil comprende la multitud de asociaciones libres que existen fuera del patrocinio oficial y que, con frecuencia, están dedicadas a propósitos considerados generalmente no políticos. Ninguna sociedad puede considerarse libre si no permite el funcionamiento de estas asociaciones voluntarias; el pulso de la libertad latirá muy débilmente allí donde estas asociaciones no se formen espontáneamente.
Las dos formas principales de sociedad civil que han jugado un gran papel en la libertad occidental son la esfera pública y la economía de mercado.
¿Qué es una esfera pública? La describiré como un espacio común donde los miembros de la sociedad se encuentran, a través de una cierta variedad de medios de comunicación (impresos, electrónicos) y también en reuniones cara a cara, para discutir asuntos de interés común y, de ese modo, ser capaces de formar una opinión común sobre ellos.
La esfera pública juega también un papel crucial en su autojustificación como una sociedad libre que se autogobierna, como una sociedad en la que: a) las personas forman sus opiniones libremente, y b) tales opiniones comunes importan, pues, en cierto modo, tienen efectos sobre el gobierno o lo controlan.
Con la esfera pública moderna surge la idea de que el poder político debe ser supervisado y controlado por algo externo. Lo nuevo fue la naturaleza de este control externo, que no fue definido por la voluntad de Dios o la ley de la naturaleza, sino como un tipo de discurso que emanaba de la razón y no del poder o de la autoridad tradicional. Como afirmaba Habermas, el poder tuvo que ser domesticado por la razón. La idea era: veritas no auctoritas facit legem (la verdad, no la autoridad, hace la ley).
Charles Taylor, Argumentos filosóficos (adaptado)

sábado, 18 de febrero de 2017

Filosofía e ideologías

El término "ideología" se utiliza para designar un conjunto de ideas y de valores que componen una propuesta sobre la vida humana. Ideologías políticas son propuestas que presentan un conjunto de ideas morales, económicas, sociales y culturales, que tienen relación con el poder político. Su función es guiar los comportamientos políticos.
La palabra "ideología" posee también un significado despectivo cuando se aplica a propuestas o proyectos que se consideran irreales con respecto a la práctica. Lo ideológico se contrapone a lo verdadero; su función es disimular, esconder y enmascarar el afán de dominación. Por eso, una de las tareas prioritarias de la filosofía hoy es la crítica de las ideologías, es decir, sacar a la luz aquellos intereses reales que enmascaran su discurso ideológico.

Liberalismo
Tiene desde sus comienzos un carácter político, económico y moral. En sus orígenes, el siglo XVII en Inglaterra, exige que las instituciones políticas protejan los intereses y garanticen los derechos de los individuos. Se desarrolla con la Ilustración. Lo encontramos en la Declaración de Independencia de Norteamérica (1776) y la Declaración de los Derechos del Hombre en Francia (1789). Desde Thomas Paine (1737-1809), insiste en los derechos universales del hombre, defiende un gobierno limitado y una economía de mercado libre.

Liberalismo clásico

Los primeros teóricos, como John Locke (1632-1704), proponen estos elementos como nucleares: la íntima conexión entre la libertad y la propiedad privada, el gobierno representativo (parlamentario y constitucional) y la tolerancia religiosa. El Estado liberal tiene como tarea la protección de los derechos y libertades individuales; así se garantiza un espacio en el que surge el pluralismo. Con diferentes matices, lo encontramos en autores como John Locke o Immanuel Kant.

Siendo los hombres libres, iguales e independientes por naturaleza, ninguno de ellos puede ser arrancado de esa situación y sometido al poder político de otros, sin que medie su propio consentimiento (John Locke).

Liberalismo social
Tendencia a transformar el capitalismo como oportunidad para establecer una base de bienestar material a la que tendrían acceso las clases sociales. Sus ideas básicas son: la defensa de una economía capitalista políticamente condicionada para dar satisfacción a las necesidades básicas (salud, alimentación, vivienda) y el desempleo; la democracia representativa para tomar las decisiones colectivas de forma que sea posible el pluralismo; una defensa de la igualdad que exige instituciones políticas y económicas organizadas con principios de justicia.
Autores representativos: J.S. Mill, J. Dewey, John Rawls, Ronald Dworkin.

Conservadurismo
Tiene su origen en Inglaterra en el primer tercio del siglo XIX como una reacción contra el individualismo racionalista. Es una invitación a recuperar las tradiciones y la búsqueda de lo autóctono y popular. Los elementos centrales son: el valor de la historia, la tradición y los prejuicios; la primacía de la autoridad sobre la libertad; incompatibilidad entre libertad e igualdad; la propiedad familiar; las religiones, por la capacidad que tienen para crear vínculos sociales y actuar de contrapeso al poder del Estado.
Autores: E. Burke, De Maistre, Chateaubriand, Jaime Balmes, John Adams.

La ciencia de construir una comunidad, renovarla o reformarla no es susceptible de un tratamiento desligado de la experiencia. Es indudable que solo con infinitas precauciones podría uno emprender la aventura de destrozar un edificio que durante siglos ha cumplido de manera conveniente los fines generales de una sociedad (Edmund Burke).

Socialismo
La preocupación originaria del socialismo fue la calidad de vida de las comunidades frente a la obsesión de los liberales por los problemas del Estado. Sus ideas son: la transformación socioeconómica para implantar un orden de justicia y libertad; una economía al servicio del bienestar y la calidad de vida para todos; un Estado que promueva y garantice el orden social justo.
El Estado tendrá distinto peso en una gama de propuestas que van del socialismo utópico (que no recurre al Estado) al comunismo (que se basa en el control total del Estado). Tipos de socialismo: utópico (R. Owen, Fourier), cooperativista (inspirado por Proudhon), comunista (Blanc).

Dar vida a un sistema social nuevo en el que los hombres son educados desde la infancia hacia la solidaridad y la cooperación, en el que el trabajo manual sea fuente de bienestar para todos (R. Owen / Tomasi). 


Anarquismo
La preocupación originaria del anarquismo es hacer compatibles la libertad y la solidaridad. Sus ideas centrales son: oposición al Estado y cualquier organización que oprima la libertad de los individuos; primacía del apoyo mutuo como base de la organización social; búsqueda imaginativa de fórmulas de autogestión y federación.
Autores importantes: Proudhon, Bakunin, Abad de Santillan, Malatesta.

El estado actual es más opresor que nunca, un auténtico monstruo que exige obediencia y sumisión, ante el que mucha gente, gustosa, renuncia a su libertad para buscar la seguridad, la tranquilidad (Abad de Santillan).

Marxismo
Marx hace una propuesta basada en las ideas del socialismo originario, pero que se separa de éste por los medios que propone para alcanzar los objetivos. Los elementos centrales son: utilización del Estado como instrumento de lucha revolucionaria; el materialismo histórico como filosofía social; la lucha de clases.
Dos autores representativos: Marx y Engels.

Neoliberalismo
Aparece en las últimas décadas del siglo XX. Surge en el seno de la economía y ha influido progresivamente en la teoría sociopolítica. Sus ideas centrales son: primacía absoluta del individuo ante la comunidad y el Estado; el mercado como la mejor manera de distribuir los bienes; reducir la regulación del mercado al mínimo para liberalizar el comercio; el refuerzo de la responsabilidad individual.
Dos autores importantes son Milton Friedman y F.A. Hayek.

En Occidente, el acceso de las masas a un cierto grado de bienestar ha sido consecuencia del aumento general de la riqueza, sólo entorpecido por las interferencias del poder en los mecanismos del mercado (F. A. Hayek).  

sábado, 11 de febrero de 2017

Teoría y práctica de la democracia

El ideal democrático
La palabra democracia ha obtenido un éxito no a pesar de, sino precisamente por su aroma utópico. No es casualidad que mientras los griegos acuñaron el término democracia para describir una posible forma de gobierno, nosotros hemos resucitado un término que prescribe una forma imposible. En el mundo moderno, democracia ante todo y sobre todo es una palabra normativa: no describe una coas, sino que prescribe un ideal.
C. Sartori, International Encyclopaedia of the social sciences

1. Tres aspectos
Etimológicamente, la palabra democracia significa gobierno (cratos) del pueblo (demos). Además de una forma de organización política, la democracia es:
  • Un principio de legitimidad. El poder político no tiene su origen en la fuerza ni en la voluntad de los dioses, sino en el pueblo. El pueblo es el titular del poder. A diferencia de la masa como grupo caótico de personas, el pueblo es también quien ejerce el poder a través de elecciones libres. Decimos que el poder es democrático no sólo cuando tiene su origen en el pueblo, sino cuando es ejercido por éste mediante elecciones, bien directamente (democracia directa), bien a través de sus representantes (democracia participativa).
  • Un sistema político para resolver problemas de ejercicio de poder. Cuando las dimensiones del pueblo son pequeñas, pueden coincidir quienes son titulares del poder y quienes lo ejercitan. Cuando las dimensiones son grandes y una comunidad se ve obligada a elegir representantes, entonces la democracia es limitación y control de gobernantes.
  • Un ideal político. Esto significa que la democracia tiene una dimensión ideal o normativa. En ningún caso la democracia tal como es realmente coincide con la democracia tal y como debería ser. En este sentido, la democracia es, a la vez, un concepto descriptivo, con el que describimos una forma de gobierno, y un concepto prescriptivo, con el que establecemos un ideal de gobierno.
2. Tres transformaciones
Históricamente, en el concepto de democracia se han producido tres transformaciones:
  • En la ciudad-estado. La democracia se presenta como un sistema político cuyos miembros se consideran iguales entre sí, colectivamente soberanos y con capacidades, instituciones y recursos para gobernarse por sí mismo (autogobierno). Es la forma de gobierno propia de la Grecia clásica del siglo V a.C.
  • En el estado-nación. Una vez recuperado el ideal democrático durante el Renacimiento, se produce una segunda transformación, esta vez originada por pueblos con nuevas instituciones y nuevas dimensiones. La función que le compete al pueblo no es la de gobernar, como en Atenas, sino la de elegir los representantes (gobierno representativo). Es la forma de gobierno que surge de las revoluciones europeas y americana durante los siglo XVI-XIX.
  • En la sociedad mundial. Desde finales del siglo XX, la dimensión de los Estados nacionales ha sido superada por la sociedad de la información. Este hecho, además de facilitar el control del poder político, amplía una conciencia democrática que tiene dimensiones globales.
3. Tres modelos de democracia
  • Clásica. Es el modelo de democracia ateniense, donde la asamblea es soberana, hay igualdad política y los ciudadanos pueden gobernar y ser gobernados.
  • Legal. Es el modelo de democracia constitucional, donde los representantes del pueblo protegen al pueblo del poder arbitrario y garantizan los derechos fundamentales.
  • Participativa. Más que elegir representantes, la democracia es participación efectiva no sólo en la política, sino en todos los ámbitos de la vida social.
4. El desarrollo de una ciudadanía democrática
Alexis de Tocqueville (1805-1859)

Al visitar los Estados Unidos en 1831, Alexis de Tocqueville se sorprendió por el modelo de democracia que allí encontró. No era una democracia de representantes políticos, sino una democracia social en la que predominaba el interés común. No vio una ciudadanía pasiva donde los ciudadanos esperaban todo de sus representantes, sino una ciudadanía activa, vertebrada por la participación entodos los ámbitos de la vida social. Más que una forma de gobierno, la democracia era una forma participativa de vivir y convivir.

La virtud de la ciudadanía
El despotismo, que por naturaleza es temoroso, ve en el aislamiento de los hombres la garantía más segura de su propia duración, y ordinariamente pone todos sus cuidados en aislarlos. No hay vicio en el corazón humano que le agrade tanto como el egoísmo: un déspota perdona fácilmente a los gobernados el no amarle, con tal de que no se amen entre ellos. Desde el momento en que se tratan en común los asuntos comunes, cada hombre comprende que no es tan independiente de sus semejantes como él se figuraba antes, y que, para obtener su apoyo, a menudo es necesario prestarles su concurso.
Los americanos han combatido, por medio de la libertad, al individualismo que la igualdad hacía nacer, y lo han vencido.
Los legisladores de América han pensado que convenía dar una vida política a cada porción del territorio, con el fin de multiplicar hasta el infinito, para los ciudadanos, las ocasiones de actuar juntos, y hacerlos sentir todos los días que dependen los unos de los otros. Eso era conducirse con sabiduría.
Así pues, encargando a los ciudadanos de la administración de los pequeños asuntos, mucho más que entregándoles el gobierno de los grandes, se les interesa en el bien público y se les hace ver la necesidad que tienen los unos de los otros para producirlo.
Las instituciones libres que poseen los habitantes de los EEUU, y los derechos políticos de que tanto uso hacen, recuerdan sin cesar, y de mil maneras, a cada ciudadano que vive en sociedad. Conducen en cualquier momento su espíritu hacia esa idea de que el deber, tanto como el interés de los hombres, es hacerse útiles a sus semejantes; y, como no ve ninguna razón particualr para odiarlos, ya que nunca es ni su esclavo ni su amo, su corazón se inclina fácilmente del lado de la benevolencia. Se ocupa primero del interés general por necesidad; y luego, por gusto, lo que era cálculo se convierte en instinto; y, a fuerza de trabajar por el vien de sus conciudadanos, se adquiere el hábito y la afición de servirlos.
Alexis de Tocqueville, La democracia en América (adaptado)

sábado, 28 de enero de 2017

Del Estado de derecho al Estado de bienestar

1. Estado de derecho
El Estado de derecho es una forma de organización política en la que un conjunto de leyes sustituye al poder absoluto de los monarcas o de los estamentos feudales. En la Edad Media eran los monarcas y los señores feudales quienes concedían a sus súbditos un conjunto de derechos. En la Edad Moderna se producen pactos o acuerdos entre la voluntad del soberano y la voluntad del pueblo. Así comienza a desarrollarse una forma de Estado donde el gobierno de las leyes sustituye al gobierno de los hombres. Unas veces este gobierno de las leyes recoge la voluntad de la nación como un todo (soberanía nacional), y otras veces recoge la voluntad de todos y cada uno de los ciudadanos (soberanía popular). Un Estado de derecho no es sólo un Estado sometido al derecho, sino un Estado cuyo poder y actividad están controlados por una ley que recoge la voluntad del pueblo. 

2. Estado liberal de derecho
El Estado de derecho es el resultado de las revoluciones liberales que tuvieron lugar en Europa y América durante los siglos XVII, XVIII y XIX. Con estas revoluciones no sólo se buscaba una organización política que garantizara las libertades individuales (de expresión, opinión, manifestación, asociación) del ciudadano ante el Estado. Por eso, el Estado de derecho recibe el nombre de Estado liberal de derecho. Sus características más importantes son:
  • Imperio de la ley, entendida ésta como expresión de la voluntad general. Esto significa que tanto los gobernantes como los gobernados están sometidos a una ley común que está por encima de ellos. Esta ley común se plasmará en un texto escrito que recibirá el nombre de Constitución, Carta Magna o ley de leyes porque a ella deben someterse las demás. La existencia de una Constitución hace que los Estados reciban el nombre de Estado constitucional.
  • División de poderes. A diferencia de las organizaciones políticas despóticas, donde quienes hacen las leyes son quienes las interpretan y aplican, en el Estado liberal quienes elaboran las leyes (poder legislativo) no son los mismos que quienes las llevan a la práctica (poder ejecutivo) o quienes imparten la justicia (poder judicial). Se establece así un sistema de equilibrio y distribución de poderes cuya finalidad es evitar el despotismo o la concentración.
  • Legalidad de la administración. Los actos de las administraciones públicas no pueden ser discrecionales o arbitrarios. Las actuaciones de los funcionarios del Estado o de los servidores públicos deben estar sometidos al control de la ley. La administración no puede estar al margen de la justicia a la que están sometidos todos los ciudadanos.
  • Derechos y libertades fundamentales. Existe un conjunto de derechos que tienen como finalidad proporcionar seguridad jurídica y garantizar las libertades fundamentales de la persona como miembro de esa organización política. A partir de estos derechos fundamentales -entre los que se encuentran el derecho a la vida y a la integridad física, el derecho a la libre circulación, a la libertad de creencias religiosas, etc.- se establecerá en 1948 la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
3. Del estado liberal al Estado social
Las revoluciones socialistas de los siglos XIX y XX proponen una transformación del Estado liberal al Estado social. No sólo se busca una organización política que garantice formalmente las libertades; se quiere que estas garantías se produzcan de forma efectiva. Hasta entonces, al liberalismo le bastaba la proclamación formal de los derechos, sin preocuparse por las condiciones materiales y económicas de los ciudadanos. Sin estas condiciones, la libertad es una simple libertad formal, esto es, un valor jurídico del que sólo pueden disfrutar quienes disponen de recursos económicos para su ejercicio.
Para que la libertad sea una libertad real y para que el Estado atienda las necesidades sociales básicas de todos los ciudadanos será preciso un Estado social. Este nuevo modelo de Estado no se limita a los derechos fundamentales, sino que se amplía a los derechos sociales (derecho a la educación, la sanidad y la cultura). Su objetivo es conseguir la igualdad en una sociedad justa; por eso también se le llama Estado de justicia social.
Mientras el Estado liberal se abstiene de intervenir en la sociedad y tan sólo regula el ejercicio de las libertades, el Estado social interviene directamente en la sociedad para que se produzca una distribución más justa de los bienes sociales. Esta tarea distribuidora modifica el Estado liberal pasivo en un Estado social activo y distributivo. De esta forma, en la tradición socialista también se habla de una democratización de las actividades económicas. Con esta democratización, el Estado social puede llegar a transformarse en un Estado democrático. 
 
Además de atender a los derechos individuales fundamentales, el Estado social debe tener en cuenta otros derechos sociales como el derecho a la educación, la cultura o la sanidad.
4. Del Estado social al Estado de bienestar

Después de la Segunda Guerra Mundial, los Estados europeos se enfrentan a dos desafíos importantes: la expansión del capitalismo y la promoción del bienestar social de forma general. En este contexto, sigue siendo necesario un Estado activo que no sólo regule la actividad económica para garantizar la igualdad, sino que promueva las mínimas condiciones de bienestar material para todos los ciudadanos. Esta tarea de promover el bienestar social convierte al Estado en un administrador y gestor de bienes sociales básicos como la educación, la atención sanitaria o el acceso a la cultura.

El Estado y el derecho, medios imprescindibles
El Estado de derecho no es sólo una cuestión de juristas, única y exclusivamente una cuestión jurídica. En él, como siempre tendría que ser, el derecho y el Estado no son sino medios oportunos, puede que imprescindibles, para un fin más esencial: no se hizo el hombre para ellos, sino ellos para el hombre, para los seres humanos. A quienes en rigor más importa que aquél exista, funcione y sea real y formalmente respetado, no es tanto a los gobernantes sino a los ciudadanos, a sus derechos, a sus libertades y necesidades; y muy especialmente les interesa a aquellos que pueden protegerse menos, o nada, por sus propios medios, empezando por los de carácter conómico.
Elías Díaz: Filosofía del derecho: legalidad y legitimidad
 

domingo, 22 de enero de 2017

La legitimación política en el contractualismo

1. Contractualismo
Entendemos por contractualismo una teoría política que explica el origen y el ejercicio del poder político mediante la figura jurídica del contrato. El origen de la obligación política no está en la obediencia a un poder ajeno a la voluntad de los individuos, sino en la obediencia a un poder que ha nacido de la propia voluntad de los individuos y que, por consiguiente, ellos aceptarán libremente.
Con la figura del contrato se consigue:
- Un compromiso de la voluntad individual con la voluntad de todos, que Rousseau llamará voluntad general.
- Una fórmula que garantiza la igualdad de todos los individuos ante el poder político.
- Una armonización de los intereses individuales con el interés común o interés general.
- Un nuevo planteamiento de la libertad civil, que ya no es una concesión del soberano a los súbditos, sino el ejercicio de la condición de ciudadanos.
- Una legitimación racional del poder, es decir, una explicación que parte de la propia naturaleza racional del ser humano y no de explicaciones sobrenaturales.

2. Contractualismo clásico
Reciben el nombre de contractualismo clásico las teorías del contrato social que elaboraron Thomas Hobbes, John Locke, Jean Jacques Rousseau e Immanuel Kant. A pesar de sus diferencias, todos ellos recurren a la figura del contrato para explicar de forma racional un poder político que consigue la armonía entre la dimensión privada y la dimensión pública de la vida humana. El contrato, como figura ya habitual en el derecho civil, también les permitió encontrar una fórmula para explicar la legitimidad del poder político, es decir, la dimensión moral del derecho público (legalidad). 

3. Estado de naturaleza y pacto civil
El punto de partida de las teorías contractualistas es la superación de lo que John Locke y Thomas Hobbes llamaron estado de naturaleza. Para Hobbes, es una situación donde:
- el hombre se encuentra en su condición natural;
- se enfrentan las voluntades espontáneas de los individuos;
- no hay límites en el deseo de obtener poder;
- la inseguridad sólo se evita mediante el uso de la fuerza o la astucia;
- no hay un poder común que les obligue a todos al respeto;
- se vive en estado de guerra permanente;
- no hay distinción entre mío y tuyo, todo puede ser apropiado por todos;
- nada puede ser injusto porque las nociones de bien y mal no tienen lugar allí.
Es un estado de guerra permanente, de todos contra todos. Para superar este estado de naturaleza y conseguir la paz, que es para Hobbes la primera y fundamental ley de la naturaleza, los individuos están obligados a realizar un pacto, convenio o contrato civil que les sacaría de una situación de guerra permanente. Para que esto suceda, hace falta que todos los individuos renuncien o transfieran sus derechos a un poder soberano. La existencia de este poder soberano garantizaría el cumplimiento del pacto y, por consiguiente, proporcionaría la paz social.

4. Neocontractualismo
Reciben el nombre de neocontractualistas las teorías del contrato social que han elaborado autores del siglo XX como John Rawls, Robert Nozick y James Buchanan. Al igual que los contractualistas clásicos, recuperan la figura de contrato para explicar la legitimidad del poder político; sin embargo, lo hacen desde un nuevo contexto político donde:
- la legitimidad racional del poder está siendo sustituida por una legitimidad emotiva donde el racionalismo es sustituido por el escepticismo o el relativismo;
- el individualismo ha debilitado la conciencia comunitaria y ha aminorado la necesidad de una razón pública;
- los medios de comunicación aparecen como un instrumento de mediación entre la vida privada del ciudadano y la vida pública de los pueblos.

5. Paz perpetua y ciudadanía cosmopolita
El contractualismo es una filosofía política racional y universalista. A diferencia de otras teorías políticas que establecen la legitimidad del poder político mediante la historia o las tradiciones, la figura del contrato permite incluir en la sociedad política a todos los seres racionales. Este compromiso con la racionalidad permite que algunos pensadores, como Kant, planteen la posibilidad de una ciudadanía universal, que él llama ciudadanía cosmopolita. Ésta es una de las ideas de su obra La paz perpetua.

Símbolo de la paz en la ONU

Estado de paz
El estado de paz entre hombres que viven juntos no es un estado de naturaleza, que es más bien un estado de guerra, es decir, un estado en el que, si bien las hostilidades no se han declarado, sí existe una constante amenaza. El estado de paz debe, por tanto, ser instaurado, pues la omisión de hostilidades no es todavía garantía de paz, y si un vecino no da seguridad a otro (lo que sólo puede suceder en un estado legal), cada uno puede considerar como enemigo a quien le haya exigido seguridad.
Derecho público de la humanidad
Se ha avanzado tanto en el establecimiento de una comunidad entre los pueblos de la tierra, que la violación del derecho en un punto de la tierra repercute en todos los demás. La idea de un derecho cosmopolita no resulta una representación fantástica ni extravagante, sino que completa el código no escrito del derecho político y del derecho de gentes en un derecho público de la humanidad.
Buen ciudadano y hombre bueno
El hombre está obligado a ser un buen ciudadano aunque no esté obligado a ser moralmente un hombre bueno. El problema del establecimiento del Estado tiene solución, incluso para un pueblo de demonios, por muy fuerte que suene (siempre que tengan entendimiento), y el problema se formula así: "Ordenar una muchedumbre de seres racionales que, para su conservación, exigen conjuntamente leyes universales, aun cuando cada uno tienda en su interior a eludir la ley, y establecer su Constitución de modo tal que, aunque sus sentimientos particulares sean opuestos, los contengan mutuamente de manera que el resultado de su conducta pública sea el mismo que si no tuviera tales inclinaciones.
Immanuel Kant, La paz perpetua (adaptado)