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miércoles, 28 de diciembre de 2022

El malestar en la cultura

Autor: Sigmund Freud (1856-1939)

Médico austriaco, padre del psicoanálisis

Freud nació en Freiberg, Moravia, cuando formaba parte del Imperio Austríaco (actualmente, la ciudad se denomina Příbor, en la República Checa). De origen judío, su familia se trasladó a Viena cuando contaba con tres años de edad. Con 17 años ingresó en la Universidad de Viena para estudiar medicina.

Su primera publicación importante fue La interpretación de los sueños, en 1899, inaugurando el psicoanálisis, una nueva disciplina científica y un cambio paradigmático importante en el modo de entender la mente humana.

En 1938, tras la anexión de Austria por parte de la Alemania nazi, Freud fue considerado enemigo por su condición de judío y por sus estudios sobre el inconsciente. Sus libros fueron quemados públicamente y su familia acosada. Se marchó de Viena y consiguió asilo en Londres.

En 1939, destrozado por los dolores de un cáncer de paladar, recibió una sedación terminal para evitarle los sufrimientos que estaban deteriorando su cuerpo.

El malestar en la cultura se publica en 1930. Se trata de un ensayo que va más allá de los planteamientos psicoanalistas, de manera que resulta un trabajo de interés para la sociología, la filosofía e incluso para la política.

Ideas seleccionadas:

- La vida humana en común sólo resulta posible cuando se reúne una pluralidad que es más fuerte que cualquiera de los individuos y se mantiene cohesionada frente a cualquiera de los individuos. Esta sustitución del poder del individuo por el de la comunidad es el paso cultural decisivo. El siguiente requisito cultural es, por tanto, el de la justicia, esto es, la seguridad de que el orden legal, una vez instaurado, no volverá a ser violado en favor de un individuo. El resultado final debe ser un derecho al que todos -al menos todos los aptos para vivir en comunidad- hayan contribuido con el sacrificio de sus instintos.
- Al hombre primitivo le iba mejor porque no conocía ninguna restricción a sus instintos. Como compensación, su seguridad de gozar durante mucho tiempo de tal felicidad era mínima. El hombre culto ha cambiado una parte de la posibilidad de felicidad por una parte de seguridad. Pero no queremos olvidar que en la familia primitiva sólo el jefe disfrutaba de tal libertad de los instintos; los demás vivían oprimidos como esclavos.
- La cuestión crucial para la especie humana me parece que es si y en qué medida conseguirá su evolución cultural dominar la perturbación de la convivencia producida por el instinto agresivo y autodestructivo humano. Los seres humanos han llegado ahora tan lejos en el dominio de las fuerzas naturales que con su ayuda les resulta fácil exterminarse los unos a los otros hasta el último hombre. Esto lo saben: de ahí buena parte de su inquietud actual, de su infelicidad, de su talante angustiado.

martes, 12 de abril de 2022

Otros desarrollos posdarwinianos de las ideas motivacionales

Existen otras tendencias que debe tener en cuenta cualquier esbozo histórico del desarrollo de las ideas motivacionales. Son, primera, la psicología de la actividad (o también llamada intencionalidad); segunda, el estudio de la hipnosis y de la neurosis y el surgimiento del psicoanálisis; tercera, la expresión del hedonismo en la ley del efecto. Se indicará, según convenga, dónde afectó a estas tendencias la teoría evolucionista, pero se las ha situado en secciones separadas porque representan influencias más específicas en el desarrollo de la motivación en la psicología. Innegablemente, el pensamiento evolucionista influyó sobre el psicoanálisis y la ley del efecto, pero su interés primero radica en problemas más específicos: la naturaleza de la neurosis y del aprendizaje, respectivamente. Es menos clara la influencia del evolucionismo sobre la intencionalidad. También existen interrelaciones entre estas tres tendencias, que procuraremos describir.

1. Intencionalidad

Tal vez sea cierto en lo general, aunque equivocado en los detalles, que la noción de que la mente es pasiva constituya una de las principales herencias recibidas de la tradición filosófica inglesa empírico-asociacionista. John Locke consideraba que, en el nacimiento, la mente era una tabla blanca, cuyo contenido -las ideas- venían de las experiencias habidas en el mundo externo. También dijo que la mente podía originar ideas por medio de un proceso de reflexión (quería decir algo relacionado con el pensamiento), y es en este detalle donde nuestra generalización se equivoca. Pero la enunciación influyente, la que caracteriza a los empíricos en oposición a los nativistas, es que las ideas de la mente surgen de sensaciones originadas en el mundo externo. La psicología empírica inglesa, desde la época de Locke hasta la de James Mill, hace poco hincapié en las actividades de la mente. Cierto que la escuela escocesa subrayó las facultades de la mente, pero las psicologías de la facultad rara vez han hecho que se acentúe la intencionalidad como tal.
Cuando la psicología logró existencia independiente en el laboratorio de Wundt, en Leipzig, aparecieron las influencias que ejercía este concepto de la mente como algo pasivo. Una importante empresa de Wundt y de sus más o menos fieles seguidores, fue describir y clasificar los elementos fundamentales de la vida mental. Estos elementos se identificarían por medio de la introspección relacionada con las consecuencias conscientes de la estimulación controlada. No se busca rebajar aquí el propósito o la ejecución de este trabajo. La física y la química estaban demostrando el valor, en sus respectivos campos, del análisis, y los datos obtenidos en los laboratorios psicológicos eran, por lo menos, datos -obtenidos empíricamente bajo condiciones controladas y distinguibles-, en contraposición a las especulaciones de filósofos y moralistas. Pero la capacidad estaba restringida, y no quedaba lugar para los conceptos o para las nociones motivacionales de que la mente era activa en sí. Se reunían los elementos mentales por medio del mecanismo de la asociación. Por mucho tiempo, existieron puntos de vista alternativos. El nativismo es un viejo concepto, y Leibnitz, Herbart y Schopenhauer, en distintas formas, han indicado que la actividad es un hecho primario de la mente. El impulso y el propósito adquirieron importancia en los conceptos de evolución e instinto, y, al estudiarse el psicoanálisis, se ahondará en dicha orientación. A finales del siglo XIX y principios del XX surgió una idea en cierto modo similar en la psicología sistemática e, igualmente, en el laboratorio experimental. Así lo indica Peters (1953), al afirmar que la actitud y las tendencias determinantes son conceptos introspectivos surgidos de comprender "lo inadecuado de la idea tradicional de mente como un poseedor pasivo de las sensaciones y de las imágenes".

Franz Brentano (1838-1917), más filósofo que psicólogo experimental, afirmaba que eran actos, y no contenidos, como Wundt planteó, los aspectos importantes de la mente. El acto es intencional; es decir, está dirigido al contenido que constituirá su objeto, pero el contenido, como tal, no está en el acto, aunque lo esté inmanentemente. Para Brentano, "cuando se ve un color, el color, en sí, no es mental. Lo mental es ver, es decir, el acto. Sin embargo, ver no tendría significado si no hubiera algo por verse. El acto siempre implica un objeto y se refiere a un contenido". Según Flugel (1951), la contribución de Brentano es "haber hecho hincapié en la actividad", mientras que, al mismo tiempo, unía a dicho hincapié la importancia de la experiencia.
Brentano influyó en cierto número de escritores sistemáticos o hizo que desarrollaran puntos de vista similares al suyo. Pueden mencionarse, entre ellos, a Oswald Külpe y la escuela de Würzburg, la escuela austriaca y su hincapié en la Gestalt-qualität, y James Ward (quien influyó en McDougall) y G.F. Stout en Inglaterra. William James y John Dewey desarrollaron, en Estados Unidos, métodos que tenían muchas similitudes con el de Brentano.
Brentano también parece haber influido sobre Freud, y es posible interpretar su formulación de la intencionalidad de los actos como un anuncio de la concepción esencialmente intencional que Freud daba a los fenómenos mentales, misma que sirve de base a su metodología.
Tal vez sea más clara su influencia sobre Külpe, transmitida, al menos en parte, por su discípulo Edmund Husserl. De cualquier modo, se considera que la experimentación conducida por Külpe, y a la que la escuela de Würzburg debe su fama, apoya más a Brentano que a Wundt.
Los de Würzburg atacaban el problema del pensamiento. Poco trabajo experimental se ha hecho sobre el tópico, pero la noción prevaleciente es que el pensamiento está constituido por imágenes y por procesos asociativos. El grupo de Würzburg estudió el pensamiento por medio de la introspección. Descubrieron que el pensamiento podía efectuarse, y se efectuaba, sin imágenes y, lo que es de mayor importancia para esta explicación, que los pensamientos contenían direcciones, tendencias determinantes, orientaciones hacia tareas..., que controlaban el curso del pensamiento, pero a los que no podía considerarse como asociativo. Es posible considerar estos hechos como "intencionales", es decir, instrumentales para seleccionar asociaciones de acuerdo con los fines que la tarea o la tarea experimental exigieran que lograra el proceso de pensar. Pero no consideraba como asociativos en sí a los medios de dirección o selectivos, y puede considerar su acción como una representación de la actividad de la mente, más bien que como un indicador de su pasividad. Lewin (1917, 1922) también acentuó la importancia de los motivos para activar las asociaciones.
No se estudiará más a fondo la doctrina de Würzburg, puesto que su importancia principal, para nuestra explicación, es el restablecimiento y demostración del carácter activo de la mente; algunos otros informes de Würzburg implicaban también que dichas actividades directrices de la mente podrían estar fuera de la conciencia. Hasta el momento, la contribución de Würzburg es responsable, como el instinto, la pulsión y las concepciones relacionadas, del gran hincapié hecho en la motivación que parece caracterizar al siglo XX.

2. Hipnosis, psiconeurosis y psicoanálisis

Históricamente, el hipnotismo y la psiconeurosis se han tratado por diversas fuentes, así también como por los historiadores de la psicología. Aquí sólo se dará un esbozo.
Probablemente los fenómenos hipnóticos se conocían mucho antes de la época de Anton Mesmer (1734-1815), pero fue este médico vienés, quien más tarde radicaría en París, el primero que demostró los fenómenos en amplia escala. Mesmer atribuía el fenómeno al "magnetismo animal", una fuerza que él, presumiblemente, poseía y por medio de la cual podía afectar a otros. La usaba principalmente como una terapéutica para varios tipos de enfermedad, padecimientos que hoy se considerarían, probablemente, de carácter histérico. La principal controversia causada por el trabajo de Mesmer la constituía el proceso por el que producía la cura. Aparentemente, las comisiones científicas de París, que investigaron su trabajo, más o menos aceptaron de un modo calificado sus curas, pero se rechazó que éstas tuvieran relación alguna con el magnetismo animal. Se le ofreció a Mesmer una considerable cantidad de dinero para que divulgara su "secreto"; aparentemente no pudo satisfacer la petición, al no saber en qué consistía dicho secreto. Aunque siguió practicándose, el mesmerismo cayó, por lo general, en descrédito.
El siguiente periodo de interés surgió en Inglaterra, donde John Elliotson (1791-1868),quien hizo varias innovaciones valiosas, aunque radicales, en la práctica de la medicina, empezó a tratar a sus pacientes del hospital por medio del mesmerismo. Obtuvo algunos resultados positivos, pero el descrédito en que entonces se tenía al mesmerismo hizo que sus colegas rechazaran sus descubrimientos. Sin embargo, Elliotson continuó la lucha, fundó su propia revista y continuó su práctica; pero, desafortunadamente, confundió el mesmerismo con ciertos aspectos del espiritualismo y de la clarividencia, y esto no ayudó al mesmerismo.
Por la misma época, James Esdaile (1808-1859) había utilizado con éxito el mesmerismo en la India como un anestésico para pacientes que requerían de intervención quirúrgica; y es muy posible que la historia del hipnotismo, y quizá de la psicología misma, hubiera sido diferente de no haberse descubierto, hacia 1840, el efecto anestésico de drogas como el óxido nitroso, el éter y el cloroformo. El interés por ellas hizo decaer el interés por el mesmerismo.
Mientras tanto, James Braid (1795-1860) se convenció de la realidad del fenómeno y procedió a investigarlo. Se convenció de que, aunque el fenómeno era real, surgía de una especie de sueño o de una modificación de la atención. De aquí desarrolló el nombre de hipnotismo. Es bastante interesante notar que el nuevo nombre, y las observaciones e hipótesis que le servían de base, hicieron más aceptable el tema para la medicina y menos para los mesmeristas. La obra de Braid adquirió fama en Francia, donde ocurrió el siguiente episodio de la historia del hipnotismo.
A.A. Liébeault (1823-1904) fue el primer trabajador de la escuela de Nancy que encontró útil la hipnosis en el tratamiento de varias enfermedades con que se topó en su práctica. Su experiencia influyó en H. Bernheim (1837-1919), a quien Liébeault convenció del valor de sus métodos, y quien se unió a Liébeault en su utilización y estudio. La escuela de Nancy fue una descendiente bastante directa del braidismo, y su concepción del proceso hipnótico implicaba la sugestión y un estado parecido al sueño. Bernheim creía que casi cualquier persona podía ser hipnotizada; es decir, casi cualquiera es, hasta cierto grado, sugestionable. Así, negaba que la sugestión fuera, en cualquier aspecto, un síntoma o una característica de la neurosis. Con ello, hizo el primer intento conocido para desarrollar una comprensión general de la conducta humana y sus motivaciones basándose en el estudio de la psicopatología, más bien que en sistemas filosóficos.
El enfoque de J.M. Charcot (1825-1893) era diferente. Como neurólogo consideraba que la histeria era un estado patológico al que trataba y estudiaba por medio del hipnotismo. Pero llegó a la conclusión de que los estados característicos de la hipnosis "sólo podían ser inducidos y observados en la gente que sufriera de histeria". Por lo tanto, la disposición para ser hipnotizado es síntoma o signo de un proceso enfermizo. Los puntos de vista modernos sobre el hipnotismo son más parecidos a los de la escuela de Nancy que a las ideas de Charcot.
Desde luego, vale la pena notar que, incluso en el enfoque de Charcot, se consideraba a la histeria como una enfermedad. Y eso es importante, porque no era considerada como un signo de posesión demoniaca o de una voluntad inadecuada. Tanto la escuela de Charcot como la de Nancy habían dejado atrás tales nociones y, a decir verdad, ésta había sido la línea de pensamiento desde, por lo menos, alguna época del siglo XVIII.
Pero incluso cuando el hipnotismo y la psiconeurosis fueron considerados fenómenos naturales, los cuales no implicaban aspectos magnéticos, espirituales o de la voluntad, aún existían como fenómenos que necesitaban explicación. Hombres normales y racionales han elaborado casi siempre los grandes sistemas filosóficos en general y sus principios psicológicos para hombres de iguales características. Sus principios, incluso los motivacionales, como el hedonismo, el ansia de poder, el contrato social, la voluntad y otros parecidos, no podían acomodarse fácilmente a los fenómenos del desorden mental y del hipnotismo. De hecho, los fenómenos de conducta multitudinaria, algunas veces llamados "histeria colectiva", causaron parecidas dificultades. Los fenómenos de la conducta anormal, sea individual o social, y los del hipnotismo indicaban la necesidad de conceptos que no habían recibido mucho hincapié en los sistemas del pasado. Entre los precursores de la psicología social se hicieron esfuerzos para confiar en la sugestión, la imitación, la simpatía y en conceptos simples similares; se mencionaron como bases explicatorias de la conducta individual anormal la disociación, la disposición de ser sugestionado y varios otros desórdenes físicos. Sin embargo, fue Freud (1856-1939) quien desarrolló las teorías de mayor influencia y alcance sobre la naturaleza de la neurosis, el hipnotismo y ciertos fenómenos de masa. Sus teorías eran, y son, de naturaleza esencialmente motivacional.
Freud estudió en Nancy con Charcot. Entre sus profesores de Viena estaban Brentano y Brücke. Como neurólogo, su práctica médica incluía muchos pacientes histéricos y, a ejemplo de Josef Breuer, usó la hipnosis para tratar tales casos. Finalmente, su método sobrepasó la hipnosis, que abandonó más tarde, y sus casos incluyeron muchos tipos de desórdenes, a más de la histeria. No obstante, puede verse que, en Freud, convergieron el estudio y utilización de la hipnosis y el estudio y tratamiento de la neurosis. De esta convergencia surgió una teoría muy general de la motivación humana, en que se hacía hincapié en las nociones de energía instintiva inconsciente, de conflicto y en un principio hedonista.
El periodo que va de Mesmer a Freud duró más de un siglo y, en el presente contexto, quedó marcado por el surgimiento de la hipnosis y de la anormalidad mental como fenómenos naturales necesitados de explicación. Entonces, es necesario añadir otro problema a la lista. Hasta el momento, ha incluido la influencia del evolucionismo, del instinto y del propósito (y sus controversias), el problema general de la adaptación y de la intencionalidad como fuentes de las que surgió, creemos, la preocupación del siglo XX por los problemas motivacionales. Queda por mencionarse una última tendencia: la expresión del hedonismo en la ley del efecto.

3. El hedonismo y la ley del efecto

Es evidente el importante lugar que el principio hedonista ha tenido en el pensamiento de los filósofos respecto a la conducta del hombre, así como el surgimiento del estudio de la conducta animal a raíz del desarrollo de la teoría evolucionista. A finales del siglo XIX, se llevó a cabo una importante fusión de estas dos tendencias históricas, cuando E. L. Thorndike (1874-1949) formuló su bien conocida ley del efecto. Thorndike había empezado con James en Harvard algunos estudios sobre la inteligencia de los pollos; pero sus famosas investigaciones sobre la conducta de los animales en una caja de truco se llevaron a cabo en Columbia, donde recibió su doctorado en 1898. En dichos estudios se confinaron animales hambrientos, como gatos, en cajas, mientras que se situaba comida fuera de la caja y del alcance de los animales. Si el animal hacía funcionar un cerrojo o jalaba una cuerda, la puerta se abriría, permitiendo que el sujeto alcanzara la comida. Thorndike observó que el progreso logrado en alcanzar la comida. Supuso que el "placer" surgido del éxito y de obtener la comida, de algún modo "imprimía" las asociaciones entre el estímulo de la situación y los movimientos satisfactorios, y también que, cuando las reacciones del animal ocasionaban incomodidad (castigo), tendían a ser eliminadas. Thorndike modificó mucho su formulación más tarde, redefiniendo los procesos de éxito, placer e incomodidad en formas más objetivas, y alteró sus puntos de vista sobre los efectos del castigo. Dedicó muchos experimentos a estos problemas y muchos otros investigadores también han intentado comprenderlos. Aunque las leyes de Thorndike tienen antecedentes en escritores tales como Herbert Spencer y Alexander Bain (y, a decir verdad, en Aristóteles), el hecho de haber surgido del trabajo experimental les dio una base empírica y proporcionó medios para su estudio posterior. La ley del efecto ha tenido un lugar de importancia en las teorías del aprendizaje, y es una de las razones para que dichas teorías hayan hecho tanto hincapié en la pulsión, el reforzamiento, el aumento o la demora del reforzamiento y una multitud de problemas cuya carga motivacional es grande.
Antes de terminar, cabe mencionar una diferencia entre el hedonismo de Thorndike y el anterior uso del principio hedonista. Mowrer (1952) lo expuso como sigue:

El hedonismo afirma que nos "impulsa el placer y nos repele el dolor". Es posible encontrar huellas de esta idea en las obras de Freud y Thorndike. Pero la diferencia notable es que, en estos dos últimos investigadores, el placer dejó de ser una pulsión en sí por sí misma, para ser concebido como la experiencia que se efectúa cuando una pulsión, o motivo, termina; es decir, cuando se satisface o se alivia.

miércoles, 3 de junio de 2020

Las teorías psicoanalíticas sobre la angustia

Los conflictos de mayor importancia para el desarrollo humano acontecen intrapsíquicamente, por enfrentamientos de pulsiones entre sí o porque los deseos pulsionales chocan con el yo y el superyo. Tales conflictos generan un sentimiento fuertemente displacentero: la angustia. Freud elaboró al respecto dos teorías:
  • Primera teoría sobre la angustia: La angustia era un producto derivado de la líbido insatisfecha. Freud distinguió entre: angustia realista (miedo, reacción del yo frente a un peligro exterior) y angustia neurótica (reclamo de la líbido).
  • Segunda teoría sobre la angustia: La angustia se estableció como una función del yo, y no como un producto de la líbido insatisfecha o de la represión de los deseos pulsionales. La angustia quedó como una señal de alerta para que el yo pusiera en marcha sus defensas, resolviendo o acallando los conflictos. La angustia sería una reactivación de huellas mnésicas significativas, surgidas a partir de experiencias reales. La angustia se concibió como fruto de tres vasallajes: la angustia realista del vasallaje del mundo exterior, la angustia neurótica del ello, y la angusta moral del superyo. En todo caso, sería una reacción ante un peligro externo o interno.
Sigmund Freud

lunes, 4 de marzo de 2019

El inconsciente arcaico

Como si fuera el trastero de una casa, el inconsciente es el lugar donde se almacenan los contenidos mentales que estorban y molestan. Pero los procesos mentales reprimidos fueron primero conscientes y después, al ser reprimidos, se volvieron inconscientes. Cabe preguntarse entonces si antes de la primera represión la mente inconsciente no existía, o estaba vacía. Freud se inclina a pensar que existe un núcleo primitivo anterior a la represión que actúa como un imán que atrae a los contenidos reprimidos. Además, la presencia de un simbolismo universal que aparece tanto en sueños como en mitos de culturas muy diferentes lleva a pensar en la existencia de un fondo común que difícilmente podría explicarse como el resultado de procesos individuales de represión.
Lo que llama la atención es la casi omnipresencia del complejo de Edipo, decisivo en la formación de la personalidad y que tanto el psicoanálisis como la mitología entienden como un acontecimiento inevitable: tan inevitable como el propio destino, expresado en el mito en forma de oráculo. Las diferentes experiencias individuales son absorbidas por una experiencia común, que tal vez sea el recuerdo de algo ocurrido al principio de la historia a nuestros antepasados, mitad simios y mitad hombres.
Freud imagina una situación, en tiempos prehistóricos, en la que el jefe de la horda acaparaba para sí todas las hembras y mantenía sometidos a los machos jóvenes (sus propios hijos) empleando a veces castigos tan brutales como la castración. Los hijos rebeldes fueron expulsados del grupo, pero volvieron y entre todos mataron al padre y devoraron su cadáver.


Poco tiempo después, se sintieron culpables e intentaron reconciliarse con el padre muerto, para lo cual primero tuvieron que sustituirlo por algo que lo representara, un animal fuerte como él (tótem: animal o vegetal con la que los miembros de un clan mantienen una relación simbólica de parentesco). Repitieron ritualmente, en la figura del tótem y bajo la forma de sacrificio, el asesinato y banquete originario, con lo que aumentó su identificación con el padre muerto. Se dieron a sí mismos los mandamientos que antes recibían del padre: no matar y no cometer incesto.
Esta historia se repite en cada individuo: primero desea a la madre y odia al padre, después teme su castigo, finalmente se identifica con él e internaliza su figura convirtiéndose en su propio castigador mediante el sentimiento de culpa.

lunes, 25 de febrero de 2019

La interpretación de los sueños

1. El sueño como realización de deseos
Como ocurría en los actos fallidos, también en los sueños encontramos ejemplos cuya interpretación es evidente y otros más difíciles, al estar sus causas más escondidas.
Tenemos, en primer lugar, los sueños de comodidad, que consisten en soñar que estamos haciendo lo que haremos una vez que nos despertemos (por ejemplo, si tienes que ir al instituto sueñas que ya estás en clase). Se llaman "de comodidad" porque el soñador se tranquiliza evitando el desagradable pensamiento de tener que levantarse. Otras veces, el sueño incorpora el estímulo que podría provocar el despertar (un timbre, una conversación, etc.), de forma que, si ese estímulo cesa pronto, el sujeto pueda seguir durmiendo. Tanto en los sueños de comodidad como en los que incorporan un estímulo exterior aparece clara una finalidad: no interrumpir el necesario reposo, permitir que el soñante siga dormido.
Hay otra clase de sueños que no son nada difíciles de interpretar, y son los sueños infantiles. El niño pequeño (hasta cuatro años, más o menos) sueña realiza aquello que le gustaría hacer despierto: si un niño quiere tener un juguete y sus padres no se lo compran, es probable que sueñe que ya lo posee. Por lo tanto, el sueño infantil es la franca y directa realización de un deseo insatisfecho.
Vamos a poner en relación las dos conclusiones obtenidas: si la función del sueño es prolongar el reposo, y si la inquietud generada por los deseos insatisfechos es uno de los mayores obstáculos de dicho reposo, podemos pensar que los sueños cumplen su función por medio de la satisfacción alucinatoria de los deseos reales. Y éste es, según Freud, el primer principio general de interpretación de los sueños.

2. Censura y disfraz
Presentamos otro ejemplo de sueño infantil, pero de un niño algo mayor: ha sido castigado por su padre a irse a la cama sin cenar y esa noche sueña que alguien se come un enorme trozo de carne. Es fácil entender que ese alguien es el propio niño, pero ¿por qué no se reconoce como el protagonista del sueño? En este caso, la respuesta es sencilla: porque el niño sabía que estaba realizando una actividad prohibida, ya que había sido castigado sin cenar. Esta respuesta nos proporciona la segunda clave de la interpretación de los sueños: cuando se trata de deseos que el sujeto (o una parte de él) prefiere no reconocer, la satisfacción de estos deseos aparece en el sueño "disfrazada".

Distinguimos, por tanto, dos niveles en el contenido del sueño: lo que uno recuerda haber soñado (contenido manifiesto) y el verdadero significado que el contenido manifiesto disfraza (contenido latente). En relación con el segundo, Freud afirma que, cuanto más disfrazado aparece, mayor es la presencia en él de contenidos reprimidos de naturaleza sexual, que evitan ser reconocidos por medio de complicados mecanismos de transformación. Entre estos destacamos tres:
  • El desplazamiento, es decir, el cambio de acento por el que los elementos realmente significativos del contenido latente desaparecen o son apenas aludidos mientras que otros elementos más o menos relacionados con los primeros pasan a ocupar una posición central en el contenido manifiesto. Según Freud, "ningún otro proceso contribuye tanto a ocultar el sentido del sueño". Ocurre esto cuando, por ejemplo, una frase pronunciada en un contexto significativo aparece en otro contexto diferente: lo importante es el contexto primitivo, no la frase en sí misma ni el contexto secundario. Freud explicó a una paciente que en la mente consciente "no hay ya" ciertos recuerdos y esa misma paciente soñó que el dependiente de una frutería le decía que "no hay ya" la hortaliza que le había pedido. Era Freud el personaje al que ese dependiente representaba.
  • La condensación, por la cual cada elemento del contenido manifiesto puede significar varios elementos del contenido latente. Por ejemplo, un personaje puede representar a varias personas reales (pues recoge elementos de todas ellas).
  • La simbolización, procedimiento por el que ciertos objetos o actividades son sustituidos por imágenes o símbolos que los sugieren: el nacimiento por el agua, la muerte por un viaje, el padre por el rey o alguien con autoridad, la madre por la casa... También aquí la mayor parte de los símbolos se refieren a órganos o actividades sexuales: el pene es sustituido por objetos alargados o penetrantes, los genitales femeninos por objetos huecos, volar o ascender representa el coito, la masturbación y la castración están representados por la caída de dientes, etc. Freud advierte que la interpretación simbólica carece de reglas aplicables por igual a todos los casos, por lo que siempre debe jugar un papel secundario y subordinado en el análisis. 
   

miércoles, 20 de febrero de 2019

Psicopatología de la vida cotidiana

Los impulsos reprimidos buscan salir en forma de síntomas, pero Freud reparó en que muchos actos de la vida cotidiana de las personas que consideramos "mentalmente sanas" pueden ser también interpretados como síntomas, es decir, señales y a la vez efectos de estados que uno o bien intenta ocultar, o bien ni siquiera sospecha de su existencia. La frontera que separa salud y enfermedad mental se vuelve en Freud mucho más tenue, ya que sólo cambia el grado de los fenómenos que aparecen en uno y otro estado, pero no la esencia de los mismos.
El principal ejemplo de lo anterior lo proporcionan los actos fallidos, equivocaciones involuntarias, la mayoría de las veces sin excesiva trascendencia (por ejemplo, decir una palabra en vez de otra, olvidar o romper algún objeto, coger un autobús en vez de otro o bajarse en una parada equivocada, etc.), que uno generalmente achaca a causas tan socorridas como el despiste, el cansancio, el nerviosismo y otras similares.
Atribuir los actos fallidos a los motivos mencionados sería, según Freud, como si una persona asaltada en una calle oscura y solitaria acusara a la soledad y a la oscuridad como autores del asalto: estamos confudiendo lo que facilita o hace más probable un hecho con la causa de ese hecho. Por supuesto, nos equivocamos más frecuentemente cuando estamos cansados, nerviosos, etc., pero eso no significa que ésas sean las causas de nuestras equivocaciones.
La causa real del error es evidente en algunos ejemplos y podemos suponer que también existe en aquellos en los que no es tan fácil de observar. Todos nosotros tenemos experiencia de que en algunas ocasiones queremos decir una palabra cuando estamos pensando en otra, y entonces o bien decimos la palabra en la que estamos pensando o bien no decimos ni una ni otra, sino una intermedia: dudamos, por ejemplo, entre usar la expresión "sin embargo" o su equivalente "en cambio" y terminamos diciendo "sin en cambio". Se ve, en este caso, que dos pensamientos alternativos se han interferido mutuamente.
En general, se puede decir que la causa de toda equivocación es siempre un conflicto entre dos procesos mentales con finalidades diferentes: a veces (como en el ejemplo anterior) los dos son más o menos conscientes, y entonces es fácil ver la causa del error, pero también puede ocurrir que una de las dos intenciones sea inconsciente, y en ese caso será más difícil de descubrir, pero podemos estar seguros de su existencia.

En los actos fallidos provocados por una intención inconsciente lo que se manifiesta es, como en el síntoma neurótico o histérico, un pensamiento reprimido. Se puede decir que la persona actúa como si estuviera dividida internamente entre una conciencia racional y una mente inconsciente constituida por impulsos asociados a ideas que la conciencia ha reprimido.
De esta forma, la equivocación es intencionada aunque esta intención sea inconsciente.
Veamos algunos ejemplos: una mujer que lleva poco tiempo casada olvida frecuentemente el bolso y otros objetos personales en el lugar de trabajo, antiguo domicilio familiar, etc., lo que le obliga a regresar a estos lugares después de haber estado en ellos y demorar su llegada al hogar conyugal. No es díficil entender el significado de estos olvidos: no es feliz con su marido en su nuevo hogar y procura estar allí el menor tiempo posible. Sin embargo, si se le comunica esta interpretación de su extraña conducta ella protestará enérgicamente; "¡De ninguna manera me equivoco a propósito!", aunque quizá reconozca que su felicidad conyugal no es tanta como desearía.
En ocasiones la intención inconsciente no es práctica, sino meramente expresiva: no se trata tanto de dar un rodeo para conseguir algo que no se quiere plantear francamente como de decir lo que, desde un punto de vista consciente-racional, tal vez preferiríamos mantener oculto. El profesor que dice, al comienzo de la clase, "vamos a terminar esta clase", no consigue con este error que la clase termine antes, pero expresa su deseo oculto de que así sea. De forma similar, el hombre casado que juega con su anillo de compromiso haciendo ademanes de sacárselo tampoco logra liberarse de un matrimonio que siente como una opresión, pero de alguna forma se desahoga, expresando simbólicamente su intención de ponerle fin.
¿Y qué decir del joven que escribe dos cartas, una llena de ternura para su novia y otra para su hermano en la que plantea sus muchas dudas sobre si debe o no contraer matrimonio, e introduce cada carta en el sobre equivocado? De esta forma ha expresado sus verdaderos sentimientos y al mismo tiempo ha logrado algo que no se atrevía a pedir directamente: romper el compromiso. Como en muchos otros casos, aquí el acto fallido cumple dos finalidades: una práctica y otra expresiva.

martes, 12 de febrero de 2019

Sigmund Freud

Nació en 1856 en Freiberg (actual República Checa), en el seno de una familia judía. Su padre era mayor que su madre, lo que hace más comprensible un enamoramiento edípico que Freud analizó en sí mismo y luego generalizaría. Posteriormente se trasladaron a Viena, donde estudió Medicina y fue influido por el materialismo biologicista de su maestro Brücke. Solicitó una beca de estudios y fue a Francia para conocer los tratamientos mediante hipnosis que realizaban Charcot y Bernheim. A la vuelta colaboró con Joseph Breuer, con quien publicó en 1895 Estudios sobre la histeria. El año 1900 es la fecha clave para datar el inicio del psicoanálisis, con la publicación de La interpretación de los sueños. En esta obra aparecen los conceptos fundamentales de la nueva teoría (inconsciente, represión, complejo de Edipo...), que a partir de ahora Freud irá reelaborando y aplicando a diferentes campos. En esta tarea, Freud se vio acompañado por un grupo de discípulos cada vez más numeroso, en el que irán apareciendo disensiones (Adler, Jung...); llegó incluso a formarse un comité para vigilar la ortodoxia del psicoanálisis y decidir qué interpretaciones tenían cabida en él y cuáles no. Desde 1923 padeció un cáncer de boca, lo que puede ayudar a entender el tono pesimista de sus últimos escritos. Tras la anexión de Austria por la Alemania nazi en 1938, Freud huyó a Londres, donde moriría un año después.

viernes, 5 de octubre de 2018

La teoría de la personalidad de Freud

La base de la teoría freudiana es la existencia de un conflicto entre distintas partes o aspectos de la personalidad: se trata del hecho que podemos llamar escisión del yo y del que es posible encontrar ejemplos no sólo en enfermos mentales, que se ven dominados o "poseídos" por fuerzas que no controlan, sino también en sujetos aparentemente normales agobiados por pensamientos, impulsos o comportamientos que no pueden dominar (ideas fijas, tics nerviosos, manías, etc.) o simplemente que viven la experiencia de la contradicción en la voluntad (querer una cosa y a la vez lo contrario, o querer algo y hacer lo contrario, por un supuesto error).
A partir de 1921, Freud explicó el conflicto como una lucha entre diferentes centros psíquicos, como si en la personalidad se dieran tres sujetos en vez de uno solo: ello, yo y superyó. La génesis de estas tres instancias se aclara desde el desarrollo evolutivo del niño, poniendo ahora el énfasis en la configuración de su sexualidad (que Freud entiende como una energía difusa y capaz de adoptar muchos formas, que sólo en la última fase de su desarrollo toma la de genitalidad).


  1.-   Al principio la mente del niño es sólo ello, impulsividad pura regida por el principio de placer (satisfacción inmediata de todos los deseos) y que obtiene su gratificación primordialmente del pezón materno y secundariamente de otros objetos sustitutivos (dedo, chupete...): la zona erógena dominante es, pues, la boca, por lo que este primer período del desarrollo recibe el nombre de fase oral.

  2.-   A partir del segundo año de vida el niño experimenta una capacidad nueva: la de retener las heces. Al mismo tiempo, en torno a esta capacidad descubre la existencia de la autoridad, que pone un límite a sus impulsos y le exige posponerlos o renunciar temporalmente a ellos: aparece así el principio de realidad y, rigiéndose por él, una parte del ello se separa del resto constituyendo el núcleo de la personalidad (yo). En esta fase la sexualidad se focaliza en torno al esfínter anal, por lo que se denomina fase anal.


  3.-   El superyó (conciencia moral) aparece como una introyección de la figura paterna como consecuencia del complejo de Edipo: el niño renuncia a su madre como objeto sexual y toma al padre como referencia o modelo; de esta forma el castigo o amenaza del castigo del padre por el deseo incestuoso es asumido por lo niño, que lo transforma en sentimiento de culpa. Esta transformación tiene lugar en el momento del primer despertar de la sexualidad genital (4-5 años) y necesitará para asentarse un periodo de latencia que se extiende hasta la pubertad, donde la sexualidad genital toma ya su forma definitiva.


El yo aparece en este esquema sometido a presiones tanto internas (del ello y del superyó) como externas (del medio social). El equilibrio psíquico exige un yo fuerte que sea capaz de mantener a raya tanto al ello como al superyó, satisfaciendo también adecuadamente sus demandas y las de la sociedad.

Representación teatral de la obra Edipo Rey, de Sófocles
 Complejo de Edipo 
Conflicto psicológico vivido por el niño que se siente atraído por su madre a la vez que odia y desea la muerte de su padre; a veces esta expresión engloba también el complejo de Electra femenino (atracción hacia el padre, odio hacia la madre), aunque hay que advertir que Freud entendió el complejo de Edipo como la vivencia original y el complejo de Electra como una derivación secundaria, nunca como fenómenos simétricos en cada uno de los sexos.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Psicología de la sexualidad

¿Qué es la sexualidad? ¿Por qué decimos de un afecto, emoción o expresión corporal que es "sexual" diferenciándolo de otras manifestaciones afectivas? En los manuales de psicología general más consultados encontramos definiciones que relacionan la sexualidad con la función reproductiva: Morris la define como "pulsión primaria que motiva la conducta reproductiva", mientras que Myer la describe como "el modo inteligente del que se vale la naturaleza para conseguir que la gente procree, con lo cual posibilita la supervivencia de la especie". Desde el punto de vista de la utilidad biológica, puede que estas aproximaciones sean exactas, pero parecen dejar fuera muchos comportamientos inequívocamente sexuales que tienen muy poco que ver con la reproducción (masturbación, homosexualidad, etc.); habría que aclarar al menos que el mismo tipo de pulsión puede motivar la conducta reproductiva y otras que no tienen que ver con la reproducción.
Freud tiene un concepto más amplio de sexualidad. Tras rechazar la reducción de ésta a genitalidad, señala como nota distintiva la excitabilidad de una zona erógena, variable en el tiempo y entre diferentes individuos (boca, ano, clítoris, vagina, uretra, pene, pezón, etc.), aunque al final del proceso de maduración todas las zonas erógenas quedan subordinadas bajo la primacía de lo genital. En todo caso, al incluir bajo el concepto de libido o eros todas las pulsiones que tienden a crear lazos de afecto intrapersonal (narcisismo) o intrapersonal (libido objetal), al final la distinción entre sexualidad y afectividad en general queda en el psicoanálisis freudiano bastante difuminada.
Aunque no es fácil dar una definición precisa que incluya todas las manifestaciones de la sexualidad y excluya las que no lo son, parece que ésta debe hallarse en un punto intermedio entre las definiciones excesivamente restrictivas (sexualidad = impulso hacia la unión de genitales con finalidad reproductiva) y las excesivamente amplias (sexualidad = afectividad).

1. La motivación sexual
Al contrario que otros impulsos primarios como el hambre o la sed, la satisfacción del impulso sexual no es necesaria para la supervivencia del individuo, aunque sí para la de la especie. Las fuentes de la motivación sexual pueden ser tanto internas como externas.
En los animales no humanos, las hormonas son las responsables exclusivas del control de la actividad sexual, que se realiza sólo en ciertos periodos ligados a la ovulación de las hembras (periodo de celo). En el hombre no existe periodo de celo, pero podemos preguntarnos si las hormonas siguen jugando un papel en la regulación del impulso sexual. Así, se han realizado estudios sobre la función de la testosterona (hormona sexual masculina), pero los resultados no proporcionan una correlación estricta y concluyente: el aumento del nivel de testosterona influye en el despertar sexual de la adolescencia, pero guarda poca relación con la fuerza del deseo sexual en la edad adulta.
Más claras son las localizaciones cerebrales del impulso sexual en el sistema límbico, como prueba la estimulación eléctrica de dicha zona: los monos presentan señales físicas de excitación sexual (erección), mientras que personas a las que se había aplicado ese tratamiento por razones médicas afirmaron haber experimentado placer sexual.
Otra fuente de estimulación interna es la actividad de la imaginación. Ésta puede ir unida, pero no necesariamente, a estímulos sensoriales externos de tipo visual o táctil: comúnmente se piensa que los estímulos visuales son más efectivos para la excitación sexual en el varón, mientras que los estímulos táctiles (caricias) excitan más a la mujer, aunque algunos experimentos concluyen que ambos sexos son sensibles a las dos formas de estimulación.
En los últimos años se está estudiando la función de las feromonas (sustancias segregadas por glándulas situadas en axilas y genitales y que sólo pueden ser percibidas por el olfato) como señales biológicas de receptividad sexual: comprobada esta función en los animales, existe alguna evidencia de un papel similar en la atracción sexual entre seres humanos.
Pero la evidencias más claras indican que, al margen de las señales biológicas, las formas primordiales de estimulación sexual entre los humanos están modeladas por la cultura: no hay ninguna razón biológica que justifique por qué el cuerpo desnudo, ciertas formas de vestir o algunos perfumen deban aumentar la excitación sexual; es más: las ideas sobre lo que es sexualmente atractivo varían mucho de una cultura a otra, o de una época a otra.

2. La conducta sexual
Hasta los años 50 del siglo XX existía la creencia común de que la práctica sexual absolutamente dominante era el coito vaginal dentro del matrimonio, mientras que otras formas de comportamiento sexual eran consideradas como desviaciones minoritarias de la norma general. La publicación en 1948 del Informe Kinsey corrigió en parte esta percepción general, mostrando que otras formas de conducta sexual (masturbación, coito anal, felación, etc.) eran más comunes de lo que se pensaba, aparte de señalar también porcentajes bastante elevados para el incesto, las relaciones sexuales preconyugales o extraconyugales y las relaciones homosexuales ocasionales o habituales. Este informe, centrado en la sexualidad masculina, quedó completado por otro publicado en 1953 que trataba sobre la sexualidad en la mujer.

Las críticas al Informe Kinsey
El Informe Kinsey fue sometido a críticas desde el momento de su publicación: la muestra escogida, pese a ser numerosa (casi 12.000 personas) estaba sesgada, ya que se eligió sobre todo a gente con tendencia a presumir de su actividad sexual, incluyendo a presos y delincuentes sexuales; de hecho, los datos sobre sexualidad infantil que contenía el informe procedían de un solo individuo, un pederasta que había abusado de más de 800 niños (y que Kinsey no denunció a la policía). Otros estudios posteriores más cuidadosos han arrojado porcentajes considerablemente más bajos de comportamiento sexual atípico: la homosexualidad pasa de un 10% en el Informe Kinsey a otras cifras que van del 1 al 3% en distintas encuestas realizadas para detectar factores de riesgo en la transmisión del SIDA; lo mismo en lo que se refiere a relaciones extraconyugales: no llegan al 10% las personas casadas que han tenido una relación ocasional, ni al 2% las que mantienen dicha relación en el tiempo, mientras que en el Informe Kinsey superaban el 25%.

Virginia Johnson y William Masters
La polémica por el Informe Kinsey se reprodujo en 1966, cuando el doctor William Masters y su ayudante Virginia Johnson publicaron un trabajo en que declaraban haber reclutado a cientos de voluntarios para observar sus reacciones mientras se masturbaban o mantenían relaciones sexuales. Estas observaciones sirvieron de base a la descripción del "ciclo de la respuesta sexual" en cuatro fases:

1. Excitación: Las áreas genitales se cargan de sangre (erección del pene en el varón y del clítoris en la mujer), a la vez que se abren los labios vaginales, aumenta la secreción vaginal y se agrandan los pezones.
2. Meseta: Continúan aumentando la respiración, el pulso y la presión sanguínea; en el varón, el pene alcanza su máximo tamaño y segrega una pequeña cantidad de semen (aunque muy inferior a la cantidad que eyaculará en la fase siguiente, contiene espermatozoides suficientes para hacer posible la fecundación); en la mujer, el clítoris se contrae y la secreción vaginal aumenta.
3. Orgasmo: Contracciones musculares en todo el cuerpo acompañadas de aumento de frecuencia de respiración y pulso; contracciones rítmicas en los genitales, acompañadas en el varón por la eyaculación del semen.
4. Resolución: El cuerpo vuelve gradualmente a su estado previo a la excitación y la zona genital se descarga de la sangre acumulada. Empieza ahora un periodo refractario en que el organismo es incapaz de un nuevo orgasmo (este periodo es prácticamente inexistente en la mujer y variable en el varón, desde unos minutos hasta varias horas).

3. Orientación e identidad sexual
Se entiende por orientación sexual la canalización del interés sexual hacia individuos de sexo distinto al propio (heterosexualidad), del mismo sexo (homosexualidad) o de ambos (bisexualidad). Por identidad sexual se entiende la pertenencia a uno de los dos sexos: en general, la identidad sexual psicológica coincide con la identidad sexual biológica, incluso entre los homosexuales (un varón homosexual no tiene por qué ser afeminado, ni considerarse a sí mismo como mujer; lo mismo vale para la mujer lesbiana), pero en algunos casos no es así: alguien biológicamente varón (es decir, XY) puede sentirse psicológicamente mujer y viceversa.
En relación con la homosexualidad, la discusión médica y psicológica se plantea en torno a su carácter congénito o adquirido. En favor de la primera alternativa se aducen los estudios de parentesco (la probabilidad de que una persona sea homosexual aumenta si tiene parientes homosexuales), algunos de los cuales arrojan correlaciones del 22% entre hermanos y hasta el 52% entre gemelos idénticos. Por su parte, Simon LeVay descubrió en 1991 rasgos distintivos claros en el cerebro de los varones homosexuales, concretamente en el hipotálamo.
Sin embargo, otros argumentos rechazan el carácter congénito de la homosexualidad: insisten sobre todo en la socialización temprana y las primeras experiencias afectivas en la infancia y adolescencia. Por otro lado, la influencia cultural sobre la orientación sexual puede comprobarse en las diferencias de porcentajes de homosexualidad en las distintas culturas.
En la actualidad se prefiere una explicación combinada de factores de distinto tipo, considerando, además, que puede haber diferentes clases de homosexualidad que respondan a causas también diferentes. 
   

lunes, 27 de agosto de 2018

Teorías sobre la emoción

1. La emoción como experiencia: Wundt, James y Freud
El estudio de la experiencia emocional con métodos introspectivos fue abordado por los fundadores de la psicología científica como Wundt. Según este autor, los sentimientos y emociones pueden clasificarse según su posición en tres pares de fuerzas:
  • Placer-displacer
  • Excitación-depresión
  • Tensión-relajación
Tuvo mayor repercusión en la psicología posterior el enfoque de William James, quien consideró la emoción como la experiencia de una reacción orgánica a un hecho percibido; su teoría suele sinterizarse mediente la afirmación "no corremos porque tenemos miedo, sino que tenemos miedo porque corremos", aunque si nos quedamos en ella corremos el riesgo de no entender lo que dice James. Veámoslo mediante un ejemplo:

 1.  Voy andando por una calle oscura y solitaria, de repente veo una figura humana moviéndose entre las sombras y me parece adivinar el brillo de una navaja en su mano. Se ha producido, por tanto, la percepción de una amenaza.
 2.  El organismo tiene una forma peculiar de reaccionar a la percepción de una amenaza, que consiste fundamentalmente en iniciar un movimiento para alejarse de dicha amenaza lo más rápidamente posible (huida); esta respuesta motora requiere una serie de reacciones orgánicas de tipo visceral, reguladas por el sistema nervioso autónomo: aceleración del pulso, contracción de los vasos sanguíneos, incremento de azúcar en la sangre, dilatación de los bronquiolos y aceleración del ritmo respiratorio, inhibición de la actividad digestiva, descarga de adrenalina, apertura de las pupilas, erección del vello, sudoración...
 3.  Se puede decir que la experiencia de miedo consiste en la percepción por parte del sujeto de los cambios fisiológicos enumerados en el punto anterior, muy especialmente la tensión de los músculos adyacentes a los vasos sanguíneos.

Este enfoque se conoce como teoría de James-Lange debido a que fue propuesto, al mismo tiempo que por James, por el danés Carl Lange.
Dentro de este grupo de teorías podemos incluir también el psicoanálisis de Freud, quien considera la emoción como el acontecimiento de mayor valor dentro de la vida psíquica. El pensamiento y la conducta de los hombres están movidos por la emoción mucho más que por las ideas, que generalmente no tienen más función que la de acompañar a los afectos: éstos no pueden ser extinguidos, mientras que las ideas sí que pueden sustituirse unas por otras; por ejemplo:
  • Desplazamiento: Cambio de acento que se produce entre dos ideas relacionadas (a veces muy lejanamente), de forma que la importancia subjetiva o carga emocional que merecería tener una de ellas pasa a la otra.
  • Simbolización: Sustitución de una o varias ideas abstractas por una imagen concreta.
Freud pone el origen de la enfermedad mental en una emoción que no ha podido expresarse adecuadamente y ha sido negada como tal, pero sigue actuando desde el fondo inconsciente de la personalidad: la curación (catarsis) pasa por recuperar el recuerdo de la experiencia reprimida acompañada de la emoción originaria para que ésta pueda, ahora sí, expresarse.

2. La emoción como comportamiento: Darwin, Watson y Ekman
El origen de este enfoque del estudio de la emoción se encuentra en el libro de Charles Darwin La expresión de las emociones en los animales y en el hombre, publicado en 1872. Partiendo de su teoría evolucionista, Darwin estudia la función adaptativa de las expresiones emocionales, considerando algunas de ellas como residuos de conductas que en su día tuvieron una finalidad supervivencial: si en su momento nuestros antepasados simios enseñaban los dientes a sus enemigos para asustarlos y ahuyentarlos, hoy este mismo gesto (enseñar los dientes) queda como expresión de la emoción de cólera. En consecuencia, las emociones, o más bien su expresión, se explican o bien desde su utilidad biológica actual, o bien como reminiscencias de conductas biológicamente útiles en el pasado.
Como buen conductista, John Watson rechazó el mentalismo de James y sencillamente prescindió de la experiencia emocional. Consideraba las emociones como "patrones de respuesta" que se ejecutan ante ciertos estímulos, algunos de ellos observables en niños recién nacidos y, por tanto, hereditarios (las tres emociones básicas: miedo, ira y amor, entendiendo por este último la disposición favorable a recibir caricias y otras señales de afecto), y el resto adquiridos por condicionamiento. Watson pretendía demostrar que las respuestas emocionales suscitadas por estímulos incondicionados (por ejemplo, el miedo ante un ruido inesperado) pueden transferirse a otros estímulos asociados a los primeros (por ejemplo, una rata blanca presentada a la vez que dicho ruido). Así lo probó en el famoso y controvertido experimento con el niño Albert.
En los años 70, Paul Ekman, psicólogo estadounidense nacido en 1934, retomó el asunto estudiado por Charles Darwin cien años antes, la expresión de las emociones, ofreciendo una clasificación de las emociones básicas (alegría, tristeza, miedo, ira, sorpresa y asco) y de las expresiones que las acompañan: estas expresiones son universales, presentes en todas las personas al menos desde los seis meses de edad y comunes a todas las culturas, por lo tanto reconocibles entre individuos de culturas diferentes. Posteriormente se ha añadido alguna otra emoción, como el interés, la vergüenza, la culpa o el desprecio, con expresiones faciales también específicas y universales.

3. La emoción como suceso fisiológico: Cannon, Papez y Marañón
Walter Cannon cuestionó particularmente la base fisiológica de la teoría de James, por revelarse contraria a los hechos comprobados: si fuera verdad que la emoción es la percepción de unos cambios viscerales, debería aparecer de idéntica forma siempre que aparecieran éstos, pero tales cambios son muchas veces los mismos para emociones distintas (como el miedo y la ira), pueden acompañar a estados patológicos como la fiebre o incluso ser provocados artificialmente (inyecciones de adranalina) sin que el sujeto sienta una verdadera emoción.
En consecuencia, Cannon buscó otro centro neurofisiológico al cual estuvieran referidas tanto la experiencia como la conducta emocional. Lo halló en el conjunto formado por tálamo e hipotálamo, cuya activación provocaba dos clases de efectos: por un lado, el tálamo envía impulsos al córtex (experiencias); por otro, el hipotálamo los envía a los músculos, vísceras y glándulas (conducta). Un discípulo de Cannon llamado Philip Bard comprobó el papel del hipotálamo en la conducta emocional con sus experimentos con animales descorticados: cuando a un animal (perro, gato, etc.) se le ha extirpado toda la masa encefálica por encima del hipotálamo sigue comportándose de forma emocional, sus reacciones son incluso más intensas que en los animales normales, pero debemos dar por supuesto que el animal no siente ninguna emoción.
Frente a James-Lange, la teoría de Cannon-Bard no dice "tenemos miedo porque corremos", sino "tenemos miedo y corremos por la activación de tálamo e hipotálamo".
La teoría hipotalámica de Cannon, aunque supuso un avance frente a la de James-Lange, fue pronto superada por el descubrimiento del papel fundamental del sistema límbico. Este mérito corresponde sobre todo al neurólogo James Papez, que habla de tres corrientes de impulsos generadas desde el tálamo a partir del momento en que este recibe las aferencias de los receptores: la primera va desde el tálamo hasta los músculos (corriente de la acción), la segunda hasta la corteza cerebral (corriente del pensamiento) y la última, la más significativa, recorre el sistema límbico (corriente del sentimiento) desde el que los impulsos irradiados tiñen emocionalmente las representaciones generadas en el córtex.
Paul McLean desarrolló el descubrimiento de Papez, distinguiendo tres niveles de organización cerebral: el cerebro de los vertebrados inferiores o cerebro reptiliano, el propio de los mamíferos primitivos (que corresponde al sistema límbico de Papez) y el neocórtex o cerebro de los mamíferos superiores. El sistema límbico, responsable de la emoción, juega un papel intermedio entre la pura reactividad instintiva y las funciones mentales superiores.
La última aportación teórica en torno a la importancia del sistema límbico en la vida emocional ha tenido lugar de la mano de Joseph LeDoux, que en los años 90 descubrió la doble vía para el procesamiento cerebral de las emociones: mientras la vía principal y más conocida es la que va del tálamo a la corteza y de ésta a los músculos y vísceras, iniciando la respuesta motora adecuada, existe además una vía secundaria o corta que va del tálamo a la amígdala y puede desencadenar una respuesta sin mediación de la corteza: respuesta siempre más rápida, pero más primitiva e irracional, que normalmente se ve después confirmada, inhibida o modelada por el córtex (por ejemplo, si aparece un monstruo en una película de terror la amígdala envía a los músculos la orden de iniciar la huida, pero muy poco tiempo después el córtex inhibe esta respuesta al percibir que la amenaza no es real).
Otra estructura implicada en los procesos fisiológicos de la emoción es el sistema endocrino: glándulas que vierten sustancias químicas (hormonas) en la sangre. Existe una íntima relación entre los sistemas nervioso y endocrino, cuya más clara expresión es el conjunto hipotálamo-hipófisis, que controla la secreción de todas las glándulas del cuerpo. El médico español Gregorio Marañón estudió los efectos de inyecciones de adrenalina en la producción de emociones: aunque aparecían los cambios fisiológicos que acompañan a las emociones, no todos los sujetos vivían la experiencia emocional correspondiente, algunos la sentían como una representación carente de realidad. Este hecho, corroborado cuarenta años después por Schachter y Singer, confirmó la diferencia entre experiencia y fisiología de la emoción: aunque ambas suelen darse juntas, la correlación puede fallar e incluso puede aparecer la una sin la otra. Lo mental y lo físico son dos esferas distintas, aunque relacionadas.

4. La emoción como suceso cognitivo
La insuficiencia de la explicación fisiológica para dar cuenta de la experiencia emocional ha hecho que los psicólogos dirijan su mirada a los aspectos cognitivos de la misma, esto es, las ideas, creencias y expectativas que determinan el tipo de emoción que se experimenta. Con el ya mencionado precedente de los trabajos de Gregorio Marañón en los años 20, se considera la experiencia inaugural de este enfoque la realizada por Schachter y Singer en 1962. En ella, unos sujetos a los que se había inyectado una droga recibieron distintas informaciones sobre los efectos de dicha droga, veraces en unos casos y enteramente falsas en otros. Posteriormente se observaron sus reacciones y pudo comprobarse que el efecto de la droga dependía en buena medida de la información proporcionada a cada sujeto, que venía a sentir lo que esperaba sentir más que lo provocado por la droga consumida.
Desde finales del siglo XX han sido criticados tanto los modelos puramente cognitivos (la cognición determina la emoción) como los emotivos (la emoción determina la cognición), proponiendo a cambio un modelo de feedback en el que los aspectos cognitivos (creencias) condicionan la emoción que, a su vez, corrige o refuerza estas mismas creencias. A nivel cerebral, la interacción cognición-emoción se expresa como la inexistencia de estructuras cerebrales exclusivamente cognitivas o exclusivamente emotivas: todas ellas (tálamo, hipotálamo, sistema límbico, córtex...) son a la vez las dos cosas, aunque evolutivamente se hayan especializado en un tipo de tareas.

5. Conclusiones
Tras el rápido recorrido realizado por diferentes teorías sobre la emoción, podemos enumerar algunas conclusiones:
  1. La emoción es un proceso complejo y pluridimensional en el que diferentes factores se condicionan mutuamente sin solaparse o absorberse entre sí.
  2. El núcleo de la emoción, lo que la define como tal y nos permite clasificarla en diferentes tipos, es la experiencia emocional, accesible únicamente por autobservación; como acompañantes necesarios, pero variables en grado, de esta experiencia aparecen aspectos cognitivos (creencias y expectativas), fisiológicos y conductuales.
  3. La diferencia entre emociones primarias o básicas (innatas) y secundarias o derivadas (aprendidas) es generalmente aceptada, pero no lo es tanto la enumeración de las emociones ni su clasificación en una u otra categoría. Lejana en el tiempo y superada ya la admisión por Watson de tres únicas emociones básicas (miedo, ira y amor), en las últimas décadas ha tenido particular fortuna el criterio de Ekman acerca de seis emociones innatas (posteriormente ampliadas) cuya expresión corporal es universal: alegría, tristeza, ira, miedo, sorpresa, asco.
  4. No se puede señalar una única estructura fisiológica responsable de la emoción, sino que en la generación de ésta colaboran, al menos, el sistema nervioso autónomo, las glándulas de secreción interna, el hipotálamo, los sistemas reticular y límbico, y la corteza cerebral.
  5. Más difícil es concretar la forma en la que las distintas emociones se diferencian entre sí en cuanto a sus correlatos fisiológicos: se ha observado que el aumento del ritmo cardíaco es mayor en el miedo y la ira que en otras emociones como la sorpresa, el asco o la alegría; con el miedo los vasos sanguíneos se contraen y la temperatura de la piel desciende (nos ponemos "pálidos" de miedo), mientras que en la ira se dilatan y aumenta la temperatura de la piel ("rojo" de ira), etc. Estos datos, no obstante, no son enteramente generalizables y las mayores diferencias se dan en base a la intensidad de la emoción y no a su especie.