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miércoles, 18 de mayo de 2022

Historia de la motivación

El interés por el instinto surge del trabajo de los etólogos y del estudio de ciertos patrones de conducta, como la gregaria, la de migración, la sexual, la paternal y la filial. El etólogo descubre tipos relativamente fijos de conducta, a los que llama instintivos, e intenta comprender los factores que liberan energía para la ejecución de estos y otros actos. De este modo, combina los dos significados importantes de instinto; es decir, conducta no aprendida y energía (urgencia, impulso). Considera que su trabajo encaja, en lo general, en un marco evolucionista. Quienes estudian estos tipos de conducta -como la gregaria, por ejemplo- parecen preocupados, en primer lugar, por descubrir los factores que controlan tales conductas. Para ellos, el instinto sólo sirve como una rúbrica clasificatoria muy general y sin valor explicativo. Debe buscarse la explicación en la comprensión de los factores que controlan las conductas pertinentes. Empiezan a aparecer teorías en pequeña escala de una y otra de estas conductas.

Como concepto, la homeostasis se usa ampliamente. Existen modelos, como la cibernética, que dependen en gran parte, para explicar los sistemas de variables que manejan, de la homeostasis y sus conceptos relacionados. Este uso de la homeostasis tiene, relativamente, una corta historia, que proviene del pensamiento evolucionista y de la obra de filósofos como Bernard y sus seguidores. Sin embargo, la concepción homeostática, como un estado hacia el que tienden otros procesos conductuales, o a los que sirve de meta, tiene un uso más amplio. Se encontrará al tratar el instinto, el psicoanálisis, la teoría del aprendizaje en sus aspectos de pulsión, la emoción y algunas teorías que se derivan de la psicología social. Por tanto, la homeostasis es un modelo de múltiples implicaciones.

Las actuales teorías de pulsión están embebidas de teorías generales sobre la conducta, que también acentúan el papel y la naturaleza del aprendizaje en los problemas conductuales. en general, las teorías de la pulsión acentúan ya sea las funciones energetizantes de los estados de pulsión sobre la conducta, o las funciones para determinar la meta de dichos estados de pulsión. En estos puntos pueden verse reflejadas tanto la noción de urgencia como la de propósito, según se describieron en la explicación sobre el instinto. En algunas teorías de aprendizaje, el reforzamiento (la ley del efecto) es un tema significativo, y ya se ha mencionado la relación que existe entre el hedonismo y este concepto. La mayoría de las teorías del aprendizaje postulan solo algunas pulsiones corporales, y sugieren que muchos motivos importantes son aprendidos.

El psicoanálisis, en su forma clásica, depende de las urgencias instintivas, cuya meta era la satisfacción o el placer. También estuvo muy influido por el pensamiento evolucionista y por el fisicalista, y la etapa final implicaba la restauración del equilibrio homeostático.

El actual interés por la emoción muestra dos facetas. Una, que la emoción activa la conducta, y que esto refleja, al menos indirectamente, la necesidad del concepto del instinto. La otra faceta es el hincapié puesto sobre el goce o placer afectivo para exaltar las fuerzas motivacionales. Es evidente su derivación del hedonismo.

Las teorías de la psicología social tienden a interesarse en los motivos de la conducta social y en el control social de la conducta. Las concepciones hedonistas y homeostáticas son actualmente populares y reemplazan, en gran medida, los primeros intentos de confiar en uno o unos cuantos motivos o instintos para basar la conducta social y su control.

Este breve resumen de modelos demuestra que deben mucho en sus orígenes al instinto, a la homeostasis, a la evolución y al hedonismo; también están muy implicados, en algunos de ellos, los factores inconscientes activos. En algunos modelos sólo se dan por sentados unos cuantos motivos; en otros, muchos, aunque, en este último caso, solo algunos tienen un status innato. Todos estos modelos intentan explicar el comportamiento o la conducta: cuáles son sus causas y qué factores la controlan. En general, se supone que la conducta sirve, en algún sentido, a las necesidades del organismo. Rara vez se exponen, en este contexto, los problemas del dualismo, de la voluntad y del libre albedrío; pero, en general, estos modelos pueden caracterizarse como monistas y porque consideran que los problemas de la selección y del esfuerzo se derivan de las necesidades del organismo en su interacción con el medio. La racionalidad y el conocimiento tienen a considerarse como reflejos no confiables de ciertos determinantes más fundamentales.

Recientemente ha existido una tendencia a rechazar como adecuado, el tipo general de modelo antes descrito. Aunque acentuando la concepción homeostática y la evolucionista, dicha tendencia parece hacer hincapié en la razón y en el conocimiento, en la bondad fundamental de la naturaleza humana y en la idea de que, al explicar la conducta, puede verse a ésta como un fin en sí antes que como una obligatoria servidora de otras necesidades orgánicas. Este punto de vista, en sí, parece estar en consonancia con la importancia que autores como Sócrates, Platón, Aristóteles, algunos padres de la Iglesia y Rousseau, le daban.

martes, 12 de abril de 2022

Otros desarrollos posdarwinianos de las ideas motivacionales

Existen otras tendencias que debe tener en cuenta cualquier esbozo histórico del desarrollo de las ideas motivacionales. Son, primera, la psicología de la actividad (o también llamada intencionalidad); segunda, el estudio de la hipnosis y de la neurosis y el surgimiento del psicoanálisis; tercera, la expresión del hedonismo en la ley del efecto. Se indicará, según convenga, dónde afectó a estas tendencias la teoría evolucionista, pero se las ha situado en secciones separadas porque representan influencias más específicas en el desarrollo de la motivación en la psicología. Innegablemente, el pensamiento evolucionista influyó sobre el psicoanálisis y la ley del efecto, pero su interés primero radica en problemas más específicos: la naturaleza de la neurosis y del aprendizaje, respectivamente. Es menos clara la influencia del evolucionismo sobre la intencionalidad. También existen interrelaciones entre estas tres tendencias, que procuraremos describir.

1. Intencionalidad

Tal vez sea cierto en lo general, aunque equivocado en los detalles, que la noción de que la mente es pasiva constituya una de las principales herencias recibidas de la tradición filosófica inglesa empírico-asociacionista. John Locke consideraba que, en el nacimiento, la mente era una tabla blanca, cuyo contenido -las ideas- venían de las experiencias habidas en el mundo externo. También dijo que la mente podía originar ideas por medio de un proceso de reflexión (quería decir algo relacionado con el pensamiento), y es en este detalle donde nuestra generalización se equivoca. Pero la enunciación influyente, la que caracteriza a los empíricos en oposición a los nativistas, es que las ideas de la mente surgen de sensaciones originadas en el mundo externo. La psicología empírica inglesa, desde la época de Locke hasta la de James Mill, hace poco hincapié en las actividades de la mente. Cierto que la escuela escocesa subrayó las facultades de la mente, pero las psicologías de la facultad rara vez han hecho que se acentúe la intencionalidad como tal.
Cuando la psicología logró existencia independiente en el laboratorio de Wundt, en Leipzig, aparecieron las influencias que ejercía este concepto de la mente como algo pasivo. Una importante empresa de Wundt y de sus más o menos fieles seguidores, fue describir y clasificar los elementos fundamentales de la vida mental. Estos elementos se identificarían por medio de la introspección relacionada con las consecuencias conscientes de la estimulación controlada. No se busca rebajar aquí el propósito o la ejecución de este trabajo. La física y la química estaban demostrando el valor, en sus respectivos campos, del análisis, y los datos obtenidos en los laboratorios psicológicos eran, por lo menos, datos -obtenidos empíricamente bajo condiciones controladas y distinguibles-, en contraposición a las especulaciones de filósofos y moralistas. Pero la capacidad estaba restringida, y no quedaba lugar para los conceptos o para las nociones motivacionales de que la mente era activa en sí. Se reunían los elementos mentales por medio del mecanismo de la asociación. Por mucho tiempo, existieron puntos de vista alternativos. El nativismo es un viejo concepto, y Leibnitz, Herbart y Schopenhauer, en distintas formas, han indicado que la actividad es un hecho primario de la mente. El impulso y el propósito adquirieron importancia en los conceptos de evolución e instinto, y, al estudiarse el psicoanálisis, se ahondará en dicha orientación. A finales del siglo XIX y principios del XX surgió una idea en cierto modo similar en la psicología sistemática e, igualmente, en el laboratorio experimental. Así lo indica Peters (1953), al afirmar que la actitud y las tendencias determinantes son conceptos introspectivos surgidos de comprender "lo inadecuado de la idea tradicional de mente como un poseedor pasivo de las sensaciones y de las imágenes".

Franz Brentano (1838-1917), más filósofo que psicólogo experimental, afirmaba que eran actos, y no contenidos, como Wundt planteó, los aspectos importantes de la mente. El acto es intencional; es decir, está dirigido al contenido que constituirá su objeto, pero el contenido, como tal, no está en el acto, aunque lo esté inmanentemente. Para Brentano, "cuando se ve un color, el color, en sí, no es mental. Lo mental es ver, es decir, el acto. Sin embargo, ver no tendría significado si no hubiera algo por verse. El acto siempre implica un objeto y se refiere a un contenido". Según Flugel (1951), la contribución de Brentano es "haber hecho hincapié en la actividad", mientras que, al mismo tiempo, unía a dicho hincapié la importancia de la experiencia.
Brentano influyó en cierto número de escritores sistemáticos o hizo que desarrollaran puntos de vista similares al suyo. Pueden mencionarse, entre ellos, a Oswald Külpe y la escuela de Würzburg, la escuela austriaca y su hincapié en la Gestalt-qualität, y James Ward (quien influyó en McDougall) y G.F. Stout en Inglaterra. William James y John Dewey desarrollaron, en Estados Unidos, métodos que tenían muchas similitudes con el de Brentano.
Brentano también parece haber influido sobre Freud, y es posible interpretar su formulación de la intencionalidad de los actos como un anuncio de la concepción esencialmente intencional que Freud daba a los fenómenos mentales, misma que sirve de base a su metodología.
Tal vez sea más clara su influencia sobre Külpe, transmitida, al menos en parte, por su discípulo Edmund Husserl. De cualquier modo, se considera que la experimentación conducida por Külpe, y a la que la escuela de Würzburg debe su fama, apoya más a Brentano que a Wundt.
Los de Würzburg atacaban el problema del pensamiento. Poco trabajo experimental se ha hecho sobre el tópico, pero la noción prevaleciente es que el pensamiento está constituido por imágenes y por procesos asociativos. El grupo de Würzburg estudió el pensamiento por medio de la introspección. Descubrieron que el pensamiento podía efectuarse, y se efectuaba, sin imágenes y, lo que es de mayor importancia para esta explicación, que los pensamientos contenían direcciones, tendencias determinantes, orientaciones hacia tareas..., que controlaban el curso del pensamiento, pero a los que no podía considerarse como asociativo. Es posible considerar estos hechos como "intencionales", es decir, instrumentales para seleccionar asociaciones de acuerdo con los fines que la tarea o la tarea experimental exigieran que lograra el proceso de pensar. Pero no consideraba como asociativos en sí a los medios de dirección o selectivos, y puede considerar su acción como una representación de la actividad de la mente, más bien que como un indicador de su pasividad. Lewin (1917, 1922) también acentuó la importancia de los motivos para activar las asociaciones.
No se estudiará más a fondo la doctrina de Würzburg, puesto que su importancia principal, para nuestra explicación, es el restablecimiento y demostración del carácter activo de la mente; algunos otros informes de Würzburg implicaban también que dichas actividades directrices de la mente podrían estar fuera de la conciencia. Hasta el momento, la contribución de Würzburg es responsable, como el instinto, la pulsión y las concepciones relacionadas, del gran hincapié hecho en la motivación que parece caracterizar al siglo XX.

2. Hipnosis, psiconeurosis y psicoanálisis

Históricamente, el hipnotismo y la psiconeurosis se han tratado por diversas fuentes, así también como por los historiadores de la psicología. Aquí sólo se dará un esbozo.
Probablemente los fenómenos hipnóticos se conocían mucho antes de la época de Anton Mesmer (1734-1815), pero fue este médico vienés, quien más tarde radicaría en París, el primero que demostró los fenómenos en amplia escala. Mesmer atribuía el fenómeno al "magnetismo animal", una fuerza que él, presumiblemente, poseía y por medio de la cual podía afectar a otros. La usaba principalmente como una terapéutica para varios tipos de enfermedad, padecimientos que hoy se considerarían, probablemente, de carácter histérico. La principal controversia causada por el trabajo de Mesmer la constituía el proceso por el que producía la cura. Aparentemente, las comisiones científicas de París, que investigaron su trabajo, más o menos aceptaron de un modo calificado sus curas, pero se rechazó que éstas tuvieran relación alguna con el magnetismo animal. Se le ofreció a Mesmer una considerable cantidad de dinero para que divulgara su "secreto"; aparentemente no pudo satisfacer la petición, al no saber en qué consistía dicho secreto. Aunque siguió practicándose, el mesmerismo cayó, por lo general, en descrédito.
El siguiente periodo de interés surgió en Inglaterra, donde John Elliotson (1791-1868),quien hizo varias innovaciones valiosas, aunque radicales, en la práctica de la medicina, empezó a tratar a sus pacientes del hospital por medio del mesmerismo. Obtuvo algunos resultados positivos, pero el descrédito en que entonces se tenía al mesmerismo hizo que sus colegas rechazaran sus descubrimientos. Sin embargo, Elliotson continuó la lucha, fundó su propia revista y continuó su práctica; pero, desafortunadamente, confundió el mesmerismo con ciertos aspectos del espiritualismo y de la clarividencia, y esto no ayudó al mesmerismo.
Por la misma época, James Esdaile (1808-1859) había utilizado con éxito el mesmerismo en la India como un anestésico para pacientes que requerían de intervención quirúrgica; y es muy posible que la historia del hipnotismo, y quizá de la psicología misma, hubiera sido diferente de no haberse descubierto, hacia 1840, el efecto anestésico de drogas como el óxido nitroso, el éter y el cloroformo. El interés por ellas hizo decaer el interés por el mesmerismo.
Mientras tanto, James Braid (1795-1860) se convenció de la realidad del fenómeno y procedió a investigarlo. Se convenció de que, aunque el fenómeno era real, surgía de una especie de sueño o de una modificación de la atención. De aquí desarrolló el nombre de hipnotismo. Es bastante interesante notar que el nuevo nombre, y las observaciones e hipótesis que le servían de base, hicieron más aceptable el tema para la medicina y menos para los mesmeristas. La obra de Braid adquirió fama en Francia, donde ocurrió el siguiente episodio de la historia del hipnotismo.
A.A. Liébeault (1823-1904) fue el primer trabajador de la escuela de Nancy que encontró útil la hipnosis en el tratamiento de varias enfermedades con que se topó en su práctica. Su experiencia influyó en H. Bernheim (1837-1919), a quien Liébeault convenció del valor de sus métodos, y quien se unió a Liébeault en su utilización y estudio. La escuela de Nancy fue una descendiente bastante directa del braidismo, y su concepción del proceso hipnótico implicaba la sugestión y un estado parecido al sueño. Bernheim creía que casi cualquier persona podía ser hipnotizada; es decir, casi cualquiera es, hasta cierto grado, sugestionable. Así, negaba que la sugestión fuera, en cualquier aspecto, un síntoma o una característica de la neurosis. Con ello, hizo el primer intento conocido para desarrollar una comprensión general de la conducta humana y sus motivaciones basándose en el estudio de la psicopatología, más bien que en sistemas filosóficos.
El enfoque de J.M. Charcot (1825-1893) era diferente. Como neurólogo consideraba que la histeria era un estado patológico al que trataba y estudiaba por medio del hipnotismo. Pero llegó a la conclusión de que los estados característicos de la hipnosis "sólo podían ser inducidos y observados en la gente que sufriera de histeria". Por lo tanto, la disposición para ser hipnotizado es síntoma o signo de un proceso enfermizo. Los puntos de vista modernos sobre el hipnotismo son más parecidos a los de la escuela de Nancy que a las ideas de Charcot.
Desde luego, vale la pena notar que, incluso en el enfoque de Charcot, se consideraba a la histeria como una enfermedad. Y eso es importante, porque no era considerada como un signo de posesión demoniaca o de una voluntad inadecuada. Tanto la escuela de Charcot como la de Nancy habían dejado atrás tales nociones y, a decir verdad, ésta había sido la línea de pensamiento desde, por lo menos, alguna época del siglo XVIII.
Pero incluso cuando el hipnotismo y la psiconeurosis fueron considerados fenómenos naturales, los cuales no implicaban aspectos magnéticos, espirituales o de la voluntad, aún existían como fenómenos que necesitaban explicación. Hombres normales y racionales han elaborado casi siempre los grandes sistemas filosóficos en general y sus principios psicológicos para hombres de iguales características. Sus principios, incluso los motivacionales, como el hedonismo, el ansia de poder, el contrato social, la voluntad y otros parecidos, no podían acomodarse fácilmente a los fenómenos del desorden mental y del hipnotismo. De hecho, los fenómenos de conducta multitudinaria, algunas veces llamados "histeria colectiva", causaron parecidas dificultades. Los fenómenos de la conducta anormal, sea individual o social, y los del hipnotismo indicaban la necesidad de conceptos que no habían recibido mucho hincapié en los sistemas del pasado. Entre los precursores de la psicología social se hicieron esfuerzos para confiar en la sugestión, la imitación, la simpatía y en conceptos simples similares; se mencionaron como bases explicatorias de la conducta individual anormal la disociación, la disposición de ser sugestionado y varios otros desórdenes físicos. Sin embargo, fue Freud (1856-1939) quien desarrolló las teorías de mayor influencia y alcance sobre la naturaleza de la neurosis, el hipnotismo y ciertos fenómenos de masa. Sus teorías eran, y son, de naturaleza esencialmente motivacional.
Freud estudió en Nancy con Charcot. Entre sus profesores de Viena estaban Brentano y Brücke. Como neurólogo, su práctica médica incluía muchos pacientes histéricos y, a ejemplo de Josef Breuer, usó la hipnosis para tratar tales casos. Finalmente, su método sobrepasó la hipnosis, que abandonó más tarde, y sus casos incluyeron muchos tipos de desórdenes, a más de la histeria. No obstante, puede verse que, en Freud, convergieron el estudio y utilización de la hipnosis y el estudio y tratamiento de la neurosis. De esta convergencia surgió una teoría muy general de la motivación humana, en que se hacía hincapié en las nociones de energía instintiva inconsciente, de conflicto y en un principio hedonista.
El periodo que va de Mesmer a Freud duró más de un siglo y, en el presente contexto, quedó marcado por el surgimiento de la hipnosis y de la anormalidad mental como fenómenos naturales necesitados de explicación. Entonces, es necesario añadir otro problema a la lista. Hasta el momento, ha incluido la influencia del evolucionismo, del instinto y del propósito (y sus controversias), el problema general de la adaptación y de la intencionalidad como fuentes de las que surgió, creemos, la preocupación del siglo XX por los problemas motivacionales. Queda por mencionarse una última tendencia: la expresión del hedonismo en la ley del efecto.

3. El hedonismo y la ley del efecto

Es evidente el importante lugar que el principio hedonista ha tenido en el pensamiento de los filósofos respecto a la conducta del hombre, así como el surgimiento del estudio de la conducta animal a raíz del desarrollo de la teoría evolucionista. A finales del siglo XIX, se llevó a cabo una importante fusión de estas dos tendencias históricas, cuando E. L. Thorndike (1874-1949) formuló su bien conocida ley del efecto. Thorndike había empezado con James en Harvard algunos estudios sobre la inteligencia de los pollos; pero sus famosas investigaciones sobre la conducta de los animales en una caja de truco se llevaron a cabo en Columbia, donde recibió su doctorado en 1898. En dichos estudios se confinaron animales hambrientos, como gatos, en cajas, mientras que se situaba comida fuera de la caja y del alcance de los animales. Si el animal hacía funcionar un cerrojo o jalaba una cuerda, la puerta se abriría, permitiendo que el sujeto alcanzara la comida. Thorndike observó que el progreso logrado en alcanzar la comida. Supuso que el "placer" surgido del éxito y de obtener la comida, de algún modo "imprimía" las asociaciones entre el estímulo de la situación y los movimientos satisfactorios, y también que, cuando las reacciones del animal ocasionaban incomodidad (castigo), tendían a ser eliminadas. Thorndike modificó mucho su formulación más tarde, redefiniendo los procesos de éxito, placer e incomodidad en formas más objetivas, y alteró sus puntos de vista sobre los efectos del castigo. Dedicó muchos experimentos a estos problemas y muchos otros investigadores también han intentado comprenderlos. Aunque las leyes de Thorndike tienen antecedentes en escritores tales como Herbert Spencer y Alexander Bain (y, a decir verdad, en Aristóteles), el hecho de haber surgido del trabajo experimental les dio una base empírica y proporcionó medios para su estudio posterior. La ley del efecto ha tenido un lugar de importancia en las teorías del aprendizaje, y es una de las razones para que dichas teorías hayan hecho tanto hincapié en la pulsión, el reforzamiento, el aumento o la demora del reforzamiento y una multitud de problemas cuya carga motivacional es grande.
Antes de terminar, cabe mencionar una diferencia entre el hedonismo de Thorndike y el anterior uso del principio hedonista. Mowrer (1952) lo expuso como sigue:

El hedonismo afirma que nos "impulsa el placer y nos repele el dolor". Es posible encontrar huellas de esta idea en las obras de Freud y Thorndike. Pero la diferencia notable es que, en estos dos últimos investigadores, el placer dejó de ser una pulsión en sí por sí misma, para ser concebido como la experiencia que se efectúa cuando una pulsión, o motivo, termina; es decir, cuando se satisface o se alivia.

domingo, 5 de septiembre de 2021

Repercusiones del evolucionismo: la utilidad funcional

La teoría evolucionista es significativa en el estudio de la conducta, tanto por negar toda diferencia cuantitativa entre el hombre y el animal, como por hacer hincapié en la utilidad funcional de varios procesos conductuales –como el instinto, la inteligencia, el aprendizaje y la motivación– en la adaptación de los organismos al ambiente en interés de la supervivencia. Así, se considera que la conducta sirve a las necesidades del organismo, una concepción funcional que probablemente no tuvo un precedente claro o de mucha influencia en la historia del pensamiento occidental. Aunque el evolucionismo repercutió variadamente al hacer hincapié en los instintos o en la controversia sobre ellos, al acentuar lo intencional y la búsqueda de metas de la conducta y al intentar explicar mecánicamente la conducta, es nuestra impresión que su mayor significación se encuentra en el modelo funcional o utilitario al que dio vida. Ha sido enorme el número de investigadores de la conducta animal que ocasionaron los principios evolucionistas. Una de sus más importantes consecuencias fue la noción de pulsión, un término usado para describir los estados internos, cuya consecuencia es una actividad inquieta que sólo se determinará cuando se acalle el estado interno por medio de una actividad consumatoria o de la muerte. Así, hubo una tendencia a identificar la motivación con dichos estados internos, y las ideas motivacionales fueron dominando cada vez más el pensamiento psicológico de la primera mitad del siglo XX. Posteriormente, desde mediados del XX, empieza a cambiar esta forma de pensamiento, de manera que, como condicionantes de la motivación, se acentúan la activación, la autorrealización, las fuentes externas y otros procesos cognitivos independientes de la motivación.



sábado, 21 de agosto de 2021

Variabilidad de la conducta

Herbert Spencer Jennings (1868-1947) se opuso a la idea de que la conducta animal estaba rígidamente fijada por fuerzas meramente mecanicistas, implicadas en una estricta interpretación del tropismo. Jennings no era ni vitalista ni teleologista, y era tan mecanicista como Loeb, pero sus estudios sobre la conducta de los organismos inferiores lo convencieron de que incluso los protozoarios no reaccionan automáticamente y de inmediato a las fuerzas proporcionadas por la estimulación externa. Encontró, en sus reacciones, una conducta variable o aproximativa, como si el organismo estuviera ajustando sus movimientos al estímulo por medio del "ensayo y error". También podían modificarse las reacciones. Schneirla dio crédito a Jennings por indicar los diversos estímulos a que reaccionarán los protozoos, el que su conducta manifieste variabilidad y la significación de las condiciones internas del individuo para saber el tipo de reacción que mostrará. Las doctrinas de Jennings de ensayo y error y de encontrar soluciones por medio de la conducta de los estados fisiológicos (internos) de los animales proporcionó una orientación para estudiar la conducta adaptativa, consistente en el desarrollo del concepto de pulsión. A decir verdad, Harlow (1953) deploró, en la siguiente afirmación, la influencia ejercida por Jennings:

... se le dio excesiva importancia y se puso demasiado hincapié en la demostración de Jennings de que el estado fisiológico es un elemento para determinar la conducta de los animales inferiores, relegándose así el papel de la estimulación externa, como fuerza de la motivación, a una posición secundaria.

Wallace Craig (1876-1954) desarrolló una interpretación en cierto modo similar, que se basaba en sus experimentos con palomas. Craig suponía que un estado fisiológico como el hambre inducía una búsqueda inquieta, que podría llevar al descubrimiento de un estímulo, como el alimento, al que puede darse una respuesta consumatoria, para así acallar el estado fisiológico y la inquietud.

domingo, 1 de agosto de 2021

La controversia antiinstintivista

El uso no crítico pero sí muy extendido del concepto de instinto, fue precisamente un factor clave del descrédito en que cayó el concepto. Existieron otras razones. Una, el creciente conocimiento de los grupos culturales. Antropólogos como Franz Boas contribuyeron a crear este conocimiento: grupos humanos que vivían en otras culturas no compartían muchas características y creencias, muchos valores y patrones de conducta, típicos de la cultura occidental. Estas variaciones hacían difícil seguir adhiriéndose a la consideración de tales manifestaciones como instintivas.

Dentro de la psicología hubo varias reacciones negativas al concepto de instinto y de patrones emocionales innatos. Watson y Morgan (1917) observaron a infantes bajo diversos tipos de estimulación, y llegaron a la conclusión de que sólo existen tres reacciones emocionales innatas (el miedo, la ira y el amor), y que únicamente una pequeña variedad de estímulos podía producir dichas reacciones. Creyeron que todas las otras reacciones emocionales se aprendían. En última instancia, Watson, quien fundara la escuela conocida como conductismo, asumió la posición de que no existen instintos humanos, y que puede explicarse la llamada conducta instintiva por medio de la estructura corporal del individuo y de su primer entrenamiento. Dunlap, F.H. Allport y Kuo se unieron al ataque contra los instintos, y en la década de 1920 se apreció un aumento de la controversia respecto al tópico instintivo.

A causa de ello, el instinto, como concepto, parecía haber desaparecido en la década siguiente. No obstante, se resucitó a finales de los 40, con el sentido de horda y el movimiento etológico.

El término pulsión conservó en la psicología algunos aspectos ya connotados por la palabra instinto. El instinto vino a quedar asociado con la noción de propósito. También implicaba una urgencia, o impulso, así como un patrón de conducta que era relativamente fija o invariable. Muchos científicos conductuales no podían aceptar la implicación de propósito que tenía el término (allí donde pudiera decirse que existe), pues creían que el carácter intencional de la conducta es un problema por explicar, más bien que una explicación, por sí misma, de la conducta. La evidencia cultural sugiere que muchas necesidades urgentes y muchos patrones de conducta no son innatos, debido a la variación existente entre las diferentes culturas, y, en muchos casos, el análisis experimental revelaba que la experiencia es un determinante de importancia para varios "instintos" de los animales. Sin embargo, existe cierto número de conductas -como comer, beber, aparearse, dormir- que están virtualmente presentes en todos los miembros de la especies superiores. Tales conductas proporcionan los medios para lograr la supervivencia del individuo y de la especie. Dunlap (1922) subrayó el punto de que el deseo radica en los tejidos y Dashiell (1928) hizo hincapié en que las necesidades de los tejidos constituyen fuentes de pulsiones. De este modo, la pulsión, un término introducido aparentemente por Woodworth (1918) en otro contexto, vino a reemplazar, como una necesidad del tejido, al término instinto en muchos lugares donde, en la temprana literatura, se usaba este término. Precisemos que esto no fue una mera sustitución de una palabra por otra. Mientras existen dificultades con la noción de necesidades del tejido como fuentes de pulsiones, esta concepción, junto con las operaciones, como la del ayuno, que inducen las necesidades de los tejidos, proporcionan una precisión de significado y unas posibilidades de investigación que el instinto no tenía. En este aspecto, la pulsión llevaba adelante el sentido de urgencia del instinto; sin embargo, debe añadirse que sólo relativamente pocas pulsiones se creía que fueran innatas, y se consideraba que la mayoría de los motivos humanos se aprendían.

El resurgimiento del concepto instinto se ha relacionado con la demostración del desarrollo o la existencia de una conducta sin el entrenamiento o experiencia, y con el estudio de los factores que controlan la conducta. Algunos estudiosos consideran que patrones tales como la conducta de horda, maternal y de apareamiento, no requieren, para aparecer, de experiencia o práctica; al menos, en algunas especies de animales. Beach (1955) ha observado, sin embargo, en relación a esto, que a mayor conocimiento de los factores que dominan estas conductas, menor necesidad de hablar de los instintos. Esto significa, con toda claridad, que el término tiene muy poco valor como explicación, de tener alguno, y sirve principalmente para clasificar ciertos patrones de conducta, según los determinan los factores innatos. 

sábado, 24 de julio de 2021

Biología mecanicista

El enfoque de la biología mecanicista surgió a finales del siglo XIX y principios del XX. Probablemente fue una expresión de los grandes avances logrados por la física y la química durante el siglo XIX. Una temprana y significativa indicación de esto ocurrió en 1845, cuando cuatro jóvenes fisiólogos, decidieron combatir el vitalismo. Los cuatro era Hermann von Helmholtz, Emil du Bois-Reymond, Carl Ludwig y Ernst Brücke. Todos alcanzaron gran renombre e influencia en la fisiología. Así, el principio de la conservación de la energía, anunciado por Helmholtz en 1847, obtuvo la simpatía general. Brücke avanzó en 1874 el radical enfoque de que el organismo viviente es un sistema dinámico al que se aplican las leyes de la química y de la física. Brücke fue el fisiólogo que más influyó sobre Freud.

La escuela tropista constituye, en relación con la conducta, una expresión más específica de la biología mecanicista; Jacques Loeb fue su más importante defensor. Troland (1928) resume del modo siguiente este enfoque:

...los animales están provistos de sistemas de respuesta equilibrados alrededor de ciertos ejes de simetría de sus organismos. Se produce una condición de equilibrio, en relación al estímulo excitante, cuando el animal se orienta de modo que las partes de los mecanismos de respuesta a ambos lados del eje se estimulan por igual. De este modo, un animal nadará hacia la luz porque, en primer lugar, los rayos de luz excitan, en el aparato natatorio, movimientos de propulsión hacia adelante y, en segundo lugar, porque estos movimientos alcanzan igual intensidad en ambos lados del cuerpo sólo cuando la iluminación de los dos lados es idéntica. Dicho mecanismo necesita que el animal, bajo la estimulación luminosa, se mueva no sólo hacia la fuente de luz, sino que, al hacerlo, se vuelva hasta enfrentarse al punto luminoso. Los tropismos simultáneamente operativos, basados en diferentes clases de estímulo, pueden resolverse de esta forma, para así dar resultados cuya base mecanicista sea tan compleja como pueda necesitarse. Loeb llevó su enfoque incluso al punto de explicar la conducta instintiva avanzada de acuerdo con concepciones tropistas o, por lo menos, mecanicistas.

Sin embargo, Loeb acepta una "vida psíquica" en los animales capaces de memoria asociativa.

El mecanicismo radical insiste en la suficiencia de las fuerzas fisicoquímicas para explicar la conducta animal, y sugiere una relativa rigidez de dicha conducta. Casi no da lugar a las fuentes internas de la conducta, como las pulsiones o los conceptos más mentalistas o vitalistas, y acentúa el papel de los estímulos externos. La concepción se aplicó con la mayor facilidad a los animales inferiores, aunque se hicieron algunos esfuerzos para aplicarla a las ratas recién nacidas. Loeb ha dicho que:

Nuestros deseos y nuestras esperanzas, nuestras decepciones y nuestros sufrimientos, se originan en instintos comparables con el instinto de la luz de los animales heliotrópicos.

Aunque los tropismos reemplazaron, en cierto sentido, a los conceptos de la motivación especial en el enfoque de Loeb y sus seguidores, la concepción fisicalista del movimiento obligatorio y la concepción de la conducta animal como no intencional y no mental que desarrollaron, probablemente han influido en la teoría de la motivación. La psicología objetiva debe algo a este movimiento. El simple hecho de su existencia ha ejercido probablemente un efecto moderador en quienes consideran que la conducta animal es más variable y más flexible de lo que implicaría el enfoque tropista. 

Jacques Loeb (1859-1924)

lunes, 19 de julio de 2021

Vitalismo y teleología

Vitalismo y teleología designan acercamientos al estudio de la vida. Pueden hallarse ambos en el pensamiento griego, y, probablemente, aun antes. Describiremos primero el vitalismo, aunque tal vez la teleología sea el punto de vista más importante.

El vitalismo, según lo describieron Warden, Jenkins y Warner (1935), es la afirmación de que las cosas vivientes poseen características no reducibles a términos fisicoquímicos, y que indican la existencia de alguna fuerza o entidad que trasciende lo físico o material. El neovitalismo es un enfoque de este tipo; por él abogaba Hans Driesch (1867-1941). Driesch experimentó con los huevos y con las primeras etapas de desarrollo del erizo de mar. Descubrió, en algunos de sus estudios, que si se dividen las células y los organismos parcialmente desarrollados, regenerarán organismos completos y normales. De aquí concluyó Driesch que la célula contenía algún principio, o entelequia, responsable de los desarrollos observados. Creyó que este principio vital escapaba a la incumbencia de la física y la química, y que se encontraba esencialmente más allá de cualquier explicación científica, material o mecánica; también creía que la memoria y el uso evaluativo de las experiencias pasadas necesitaban de principios no mecánicos para su explicación.

Investigadores posteriores sugirieron que por lo menos algunos fenómenos observados por Driesch y otros parecidos, podían explicarse o entenderse tomando como base principios fisicoquímicos, y que hay esperanzas de poder explicar así todos los fenómenos de este tipo.

La teleología implica que el conocimiento del propósito o los fines determina el curso de la acción o del desarrollo. La variación y la selección natural se efectúan para que una especie, o una característica de una especie, se desarrolle y sobreviva. La más completa representación del pensamiento teleológico, en relación con el enfoque evolucionista, se refiere al concepto de instinto. William McDougall desarrolló su sistema del instinto desde el punto de vista teleológico. Sin embargo, las consideraciones teleológicas no son ni una necesidad ni un rasgo característico de la teoría del evolucionismo o de la teoría del instinto.

William McDougall (1871-1938) insistía en que los instintos y sus emociones asociadas eran los determinantes más importantes de la conducta. Por tanto, puede clasificarse a McDougall como un psicólogo activista, como un teórico del instinto y como un intencionalista. También subrayó el papel de las fuerzas irracionales de la conducta, rechazando las suposiciones esencialmente racionalistas de ciertos filósofos, como los asociacionistas ingleses. Llegó a decir que quienes niegan que el hombre sea en esencia un ente irracional e impelido por impulsos, deben ser personas de instintos excepcionalmente débiles. Según lo veía, su problema consistía en explicar por qué los organismos siempre se conducen racional y socialmente, más bien que por qué se conducen, en ocasiones, irracionalmente.

Según McDougall, los motores principales de la conducta son los instintos y sus emociones asociadas. Sin ellos, el organismo no actuaría de ningún modo significativo. McDougall creía en la existencia de varios instintos (a los que más tarde llamó "propensiones"), y pensaba que "cada instinto es una disposición psicofísica heredada o innata que determina que su poseedor perciba objetos de cierta clase y les ponga atención, que experimente una excitación emocional de una cualidad determinada al percibir dicho objeto y a actuar, respecto a él, de una manera particular o, por lo menos, experimentar un impulso a efectuar tal acción" (McDougall, 1908). Aparentemente, creía McDougall, se está consciente, durante la ejecución de una conducta, de ciertas características del propósito, la dirección y el esfuerzo. McDougall pensaba que la característica esencial de la conducta animal era orientarse hacia metas. Esto le hizo rechazar la noción de que los instintos eran reflejos o combinaciones de ellos.

La lista de instintos principales, postulada por McDougall en 1908, incluía los de la huida, la repulsión, la curiosidad, la pugnacidad, la autodegradación, la autoafirmación, la reproducción, lo gregario, la adquisición y la construcción. Cada uno de estos siete primeros instintos estaba acompañado de una emoción distintiva y específica. Se dice que la emoción está asociada con su instinto, pero ello no implica que sea una relación aprendida, pues la asociación es innata. Las emociones que, respectivamente, corresponden a los siete primeros instintos son el miedo, el disgusto, la admiración, el enojo, el autosentimiento negativo o humildad, el autosentimiento positivo o júbilo y la emoción afectuosa. Los tres instintos restantes no tienen tal acompañamiento emocional específico. Más tarde, McDougall modificó su lista, pero no es necesario seguir más allá este aspecto de su concepción. Muchas experiencias emocionales representan compuestos de las siete emociones primarias, y podrían entrar en tales composiciones sentimientos de placer y dolor, así como de excitación y depresión (todos independientes, en apariencia, de los instintos).

Aunque el aprendizaje podría modificar la expresión de los instintos en los movimientos corporales y en las diversas situaciones en que los instintos pueden activarse, aparentemente no afectaba al instinto fundamental mismo o a la experiencia emocional a la que daba nacimiento.

Para McDougall los instintos son los resortes centrales de la acción. Ninguna acción ocurre sin la participación de un instinto, y la conducta sirve al fin o propósito del instinto que, desde luego, es el aspecto teleológico de su punto de vista. Cada ejemplo de conducta instintiva "implica el conocimiento de alguna cosa o de algún objeto, un sentimiento respecto a él y un esfuerzo para llegar a dicho objeto o para alejarse de él" (McDougall, 1908). Boring (1950) pensaba que McDougall, a más de la intencionalidad, permitía cierta libertad o indeterminación de la conducta, como para oponerse a un determinismo estricto.

Tal vez el aspecto más importante del punto de vista de McDougall, al menos para la motivación, es su continua insistencia en el carácter intencional y esforzado, o impulsado por la pulsión, de la conducta. Más tarde, se refirió a su punto de vista como a una "psicología hórmica" (del griego horme), que significa impulso o esfuerzo. Peters (1953) indica que este aspecto de la teoría de McDougall ocasionó que, más tarde, varios escritores hicieran hincapié en el concepto de pulsión en sus teorías. Peters observa que Hull y Tolman "aprovecharon mucho el concepto de «pulsión», que resultó ser el componente objetivamente comprobable del más metafísico concepto de «instinto»...". Aunque Freud habló de menos instintos, su hincapié en el esfuerzo es paralelo al de McDougall.

Woodworth (1918) proporciona otra forma de subrayar este aspecto de la teoría de McDougall. Woodworth señala que la teoría de la emoción de James-Lange no hace hincapié en el aspecto impulsivo de la emoción, o en su tendencia a lograr alguna forma de consumación. Según Woodworth, McDougall reconocía este aspecto de la emoción en su asociación de las emociones primarias con los instintos. Aunque estaba de acuerdo en los instintos eran importantes, y aunque daba una lista incluso más extensa que la de McDougall, Woodworth no creía que toda la conducta se derivara, en última instancia, de unos cuantos instintos. Elaboró la noción de que los mecanismos pueden actuar como pulsiones, haciendo así hincapié en el carácter motivado de la conducta, que era una tesis central en el sistema de McDougall.

En resumen, puede observarse que el enfoque vitalista y el teleológico han acentuado la idea de que la forma o el propósito determinan el desarrollo evolutivo y la conducta. Al subrayar esto han conservado vivo, a la vez que han dado importancia esencial, al punto de vista de que los organismos son más bien participantes activos que pasivos en sus interacciones con el ambiente. Esta participación activa se debe a fuerzas impulsivas innatas que figuran de modo significativo en la supervivencia y el desarrollo. El concepto de instinto, según lo usa McDougall, es un concepto más específico y distinguido, al representar estos rasgos, que el concepto de entelequia propuesto por Driesch. 

jueves, 1 de julio de 2021

Instinto: pro y contra

La palabra instinto nunca ha sido un término muy preciso. Troland (1928) ha expresado muy bien el problema de su definición en la siguiente aseveración:

...parece imposible, basándose en discusiones contemporáneas, formular una definición exacta del término instinto que pudiera aplicarse satisfactoriamente a todos los usos que se da a la palabra. De un modo general, se está de acuerdo en que el instinto es una tendencia heredada a la acción de un tipo específico, por lo común basada en un número limitado de estímulos y que tiene un definitivo valor de supervivencia, o biológico, en la lucha por la existencia. Como regla, se supone que el instinto es un mecanismo puramente fisiológico, aunque pueda usarse el término indefinidamente, como si representara una fuerza psíquica que tuviera una forma teleológica o intencional. El concepto de instinto más mecanicista lo considera como formado de un grupo de reflejos o procesos de un tipo fijo que dieran energía a los músculos por vía de los nervios de salida. Quizá la de McDougall sea la concepción menos mecánica... Según ella, el instinto es una fuerza intencional, cuyas expresiones motoras son muy plásticas o variables.

Al iniciarse el periodo pordarwiniano existía un considerable número de estudios sobre los instintos, o las tendencias de la conducta innata, en varias formas de animales, entre las que pueden mencionarse pájaros, hormigas, avispas, arañas y varios mamíferos. Hubo mucha controversia respecto a lo innato de ciertos actos específicos, así como algunos intentos para determinar experimentalmente si son o no determinadas en forma innata ciertas conductas específicas. Un caso en cuestión son los patrones de canto de los pájaros. Sin embargo, parece que en este periodo hubo un acuerdo bastante amplio respecto a que los patrones instintivos sí estaban presentes.

William James 1842 - 1910

En los textos de la época, desde 1880 hasta principios del siglo XX, es característico dar largas listas de instintos animales. De igual modo, por lo común también se dan listas de instintos humanos. Frecuentemente se defendía lo instintivo de muchos actos humanos por medio de la anécdota, la argumentación o la lógica. Así, James, en ocasiones, da ejemplos tomados de la conducta de sus propios hijos; en otros, discute a partir de analogías con la conducta de animales inferiores y, en otros más, subraya la ventaja del evolucionismo para organismos que poseen ciertos instintos, como el de destrucción. Se usaron todos estos puntos para justificar la suposición del carácter instintivo de una u otra tendencia a la acción humana. Aun admitiendo que los instintos podían ser transitorios y que estaban sujetos a modificaciones causadas por la experiencia, James sostenía, sin embargo, que el ser humano posee muchos instintos, o tendencias instintivas; de hecho, más que cualquier otra especie. Para James, los instintos implicaban acciones intencionales, aunque no era esencial una conciencia del propósito. La locomoción, la vocalización, la imitación, la emulación, la pugnacidad, la simpatía, la hostilidad, el miedo, la adquisividad, la aptitud para construir, el juego, la curiosidad, la sociabilidad, la inclinación al secreto, la limpieza, la modestia, el amor, los celos y el amor paternal son algunas tendencias que James clasificó como instintos humanos.

No es necesario detallar más este estudio de las listas de instintos. Baste decir que postular instintos casi se volvió una vocación entre los escritores que se dedicaban a las capacidades humanas, y que con tanta promiscuidad se asignaran tendencias de acción a la categoría de instinto fue una de las razones del porqué el concepto cayó en descrédito.

domingo, 27 de junio de 2021

Desarrollo de la psicología comparativa

Fortalecer el desarrollo de la psicología comparativa fue una consecuencia específica surgida del darwinismo. El estudio de los animales, y en especial de su conducta, no había progresado mucho antes de la época de Darwin, pero el periodo posterior presenció un importante desarrollo de este tipo de actividad. Parte de dicha actividad buscaba encontrar, en los animales, características humanas como la razón y la inteligencia. De igual manera, subrayar el instinto del hombre y el estudio de los pueblos primitivos y de los niños como "puentes" entre el animal y el hombre, constituyó una expresión ulterior del punto de vista evolutivo sobre la continuidad entre el hombre y el animal. Peters (1953) expresó suscintamente dicha consecuencia como "una tendencia evolutiva que sirve para humanizar a los animales y para embrutecer al hombre". A continuación observó: 

El desarrollo de las teorías del instinto, en la psicología, y el gran hincapié puesto por Freud y McDougall en los determinantes irracionales de la conducta, ejemplifican el último aspecto de esta tendencia; los estudios sobre el aprendizaje y la inteligencia de los animales y el interés por los fenómenos de horda o por las agrupaciones sociales de los animales ejemplifica el primer aspecto.

Desde luego, Darwin, en su libro Expresión de las emociones en el hombre y en el animal (1872), había abierto camino al estudio de las emociones en relación con la teoría evolucionista.

La inclinación genética y comparativa que la teoría evolucionista dio a la psicología fue importante, pues permitió que surgieran intereses de investigación cuya aparición podría haberse visto, de otra manera, demorada. Sin embargo, tal vez sea de mayor significación para el estudio de la motivación el hincapié puesto en los orígenes instintivos e irracionales de la conducta, ya que por lo general no se considera que este tópico incluya la inteligencia, la razón y la habilidad. De este modo, la teoría evolucionista reforzó ciertas inclinaciones que Schopenhauer y Hartman, por ejemplo, ya habían notado.

Todavía puede acentuarse otro efecto: se habla del papel que los procesos psicológicos desempeñan en el ajuste o adaptación a un ambiente, o a la supervivencia en él. Desde el ventajoso punto de vista del evolucionismo, se veía que la conciencia, la razón, la memoria, el aprendizaje, la habilidad, el afecto y cosas similares eran de utilidad al organismo en su lucha, o en la lucha de su especie, para sobrevivir; ésta es una concepción dinámica si se compara con el análisis descriptivo de los contenidos de la conciencia, o en su relación con estímulos variables que caracterizaba a la psicología de Wundt. Y fue una tesis fundamental para la psicología funcionalista que surgió en Estados Unidos a principios del siglo XX. Por tanto, la teoría del evolucionismo, en parte, se relaciona con la concepción misma de la naturaleza de la psicología y las funciones a las que va a servir. La motivación, como concepto, era esencial en la escuela funcionalista. Que fuera también fundamental para el psicoanálisis permite, quizás, entender por qué la motivación se situó en el siglo XX tan centralmente en las ciencias del comportamiento. El evolucionismo tuvo un importante papel en este desarrollo.

domingo, 20 de junio de 2021

El impacto de la teoría evolucionista

El siglo XIX fue un período de intenso avance en la investigación científica y en la comprensión de los fenómenos de la naturaleza. Desde luego, los siglos anteriores habían producido importantes estudios en la física y la astronomía, campos que siguieron teniendo un desarrollo sin titubeos, e incluso un paso más acelerado. Pero el siglo XIX también contempló un importante avance en la fisiología. Entre los avances fisiológicos de mayor significación para las ciencias del comportamiento pueden numerarse las observaciones y los conceptos relativos a la conducción nerviosa, la acción refleja, la función cerebral y los procesos sensoriales. Influyeron fuertemente sobre la psicología por medio de Wilhelm Wundt, a quien Boring (1950) llamó el "primer psicólogo profesional". Wundt llamó "fisiológica" a gran parte de su psicología, y este término se refería, en primer lugar, al uso de métodos experimentales para estudiar los problemas psicológicos, en contraste con la psicología "de sillón" de su época.
Pero primero es necesario revisar el impacto que tuvo la teoría evolucionista en todas las ciencias de la conducta.

 La teoría de Darwin  

La teoría de la evolución se asocia con el nombre de Charles Darwin (1809-1882), en cuyo libro The Origin of Species (1859), se presentó la noción en forma cabal, junto con una masa de pruebas que la apoyaban. Sin embargo, y aunque ello no disminuye el logro de Darwin, la idea del desarrollo, e incluso que unas especies surgieran de otras, es muy vieja. Está presente en Anaximandro (611-545 a.C.), quien, según Windelband (1956), había observado que "los animales aparecieron cuando la primitiva tierra líquida se secó, y en su origen tenían la forma de pez. Después, algunos de ellos, al adaptarse a su nuevo ambiente, se convirtieron en animales terrestres", incluyendo el hombre. Empédocles (500-430 a.C.) creía que la vida emergió de la materia inerte, primero en forma de plantas y, de éstas, en forma de animales. Supuso que ciertas partes de los animales, como cabezas o brazos, aparecieron primero y que se mezclaron, por medio de fuerza de atracción y de repulsión, para formar varios tipos de combinaciones. Desde luego, de ello resultarían muchas combinaciones extrañas o poco comunes y sólo persistirían las combinaciones que pudieran sobrevivir en el ambiente y reproducirse.
Más cercanos a la época de Darwin estaban los puntos de vista que pueden considerarse como predecesores reales de su desarrollo. Charles Lyell (1797-1875) fundó la geología histórica, ayudando así a que se creara la concepción de que la Tierra había existido por un larguísimo periodo, necesario para que obraran los procesos evolutivos. La hasta entonces prevaleciente opinión situaba la creación de la Tierra en el año 4004 a.C. Otros puntos de vista que también fueron precursores de Darwin fueron Erasmus Darwin (1731-1802), abuelo de Charles, Thomas Malthus (1766-1834), Lamarck (1744-1829) o Goethe (1749-1832). Asimismo, Herbert Spencer (1820-1903) adelantó algunas ideas de Darwin. Sin embargo, ninguno de estos hombres alcanzó esa síntesis particular, especialmente en relación a la masa de pruebas, que Darwin logró. El acercamiento más próximo, pero sin las pruebas, lo hizo Alfred Russel Wallace (1823-1913), un amigo de Darwin, cuyo estudio sobre el tema publicó Darwin en 1858, simultáneamente con el suyo.
Los rasgos más significativos, para el estudio de la conducta, de la teoría de la evolución se encuentran, en primer lugar, en la concepción de que existe una continuidad de desarrollo desde las formas de vida más bajas hasta las más altas; en segundo lugar, en el hincapié que se hace de que para sobrevivir se necesita una adaptación al ambiente prevaleciente. Por tanto, asume prioridad máxima el estudio de los mecanismos y procesos de dicha adaptación.

En el desarrollo que Darwin hizo de su teoría, dos factores principales parecen específicamente instrumentales. Uno, las amplias observaciones que hizo de joven, cuando viajó, por varios años, en el Beagle, visitando varias partes del mundo. El otro, su lectura del ensayo de Thomas Malthus sobre la población, publicado en 1798. Las observaciones de Darwin se relacionaban con la diseminación de varias especies por amplias áreas geográficas, y con los cambios ocurridos en dichas especies como resultado de su separación y aislamiento continuos. Esto le sugirió la noción de que existe variabilidad en los miembros de una especie, y la idea de que los factores ambientales específicos, a que estaban expuestos algunos miembros de las especies, se asociaban con las modificaciones observadas cuando la separación o el aislamiento habían persistido por muchas generaciones. Además, Darwin era consciente de varios puntos: que los criadores de animales pudieran desarrollar ciertas características deseadas por medio de una crianza selectiva; las relaciones entre las características de especies ya extintas y las de especies similares que aún sobreviven; y que existan similitudes en el desarrollo embrionario de una amplia variedad de especies totalmente diferentes.
Malthus hizo hincapié en que los animales y los hombres tendían a aumentar su número más allá de la capacidad que tenía la Tierra para darles comida y manutención. De esto tomó Darwin su noción de esfuerzo y conflicto en el proceso de supervivencia. Abreviada, su teoría se reduce a lo siguiente: los miembros de una especie varían en sus características. Existe competencia entre las especies y entre los miembros de las especies para usar los recursos limitados de la Tierra, en una situación ambiental determinada. En esta competencia, algunos organismos sobrevivirán y otros no.
Si las características de los supervivientes se transmiten a sus descendientes (desde luego, las características de los no supervivientes no pueden transmitirse), con el tiempo habrá modificaciones de la especie. Más aún, los cambios ambientales también ocasionarán una supervivencia diferencial de los mejores y de los menos capaces de adaptarse a los cambios, con una consecuente variación de las especies. Estos puntos quedan cubiertos por la frase "la supervivencia de los más aptos". La frase "multiplicaos, variad y dejad que sobrevivan los más aptos" expresa, en resumen, gran parte de la teoría de Darwin, pero debe entenderse que las características ambientales, los cambios y la trasmisión de las características a los descendientes son sus rasgos esenciales.

 Significado de la evolución para la psicología  

Casi todos los historiadores están de acuerdo en que la contribución de Darwin dio como resultado una revolución intelectual, de amplias consecuencias para las ciencias sociales y biológicas, así como para el pensamiento social, la filosofía, la teología y las empresas culturales en general. En la psicología, hubo varias consecuencias: una, que el hombre no es único entre las criaturas, pues la diferencia entre el hombre y el animal es de grado y no de especie. El hombre no es un ser especialmente creado. En resumen, no es separación lo que existe entre el hombre y el animal, sino continuidad. Este punto de vista plantea dos preguntas: ¿en qué se parece el hombre a los animales?; ¿en qué se parecen los otros animales al hombre?
Otra implicación de importancia surge del hincapié que la teoría darwinista hace de la supervivencia y de las características de los animales que se extienden o claudican. Una completa investigación de este tópico implicaría el estudio de las características de muchos animales, y considerar el papel que dichas características desempeñaron en la supervivencia. Además, la adaptación a los cambios ambientales es importante para la supervivencia, así que investigar los procesos de adaptación adquiere importancia en base a esta implicación de la teoría evolucionista.
Una tercera implicación de esta teoría es que, en opinión de muchos investigadores, la psicología acabó por ser considerada una ciencia biológica. Hasta entonces, se consideraba a la psicología, en primer lugar, como una derivación de ciertos problemas filosóficos relacionados con la mente. Kant manifestó que nunca podría ser una ciencia. Herbart afirmó su potencialidad científica, pero creía que era imposible la experimentación. Fechner y Wundt demostraron que la experimentación es posible, pero sus experimentos se relacionaron en gran parte con la descripción y, quizá, la medición del contenido de la conciencia. Que la psicología pudiera ser una ciencia biológica relacionada con las características psicológicas de los hombres y de los animales que eran esenciales para la adaptación y la supervivencia, dio una nueva dirección a la investigación psicológica.

jueves, 10 de junio de 2021

Determinantes de la conducta

En la historia del pensamiento, el problema de cómo entender la conducta (o comportamiento) ha recibido mucha atención, y se ofrecieron varias explicaciones. Se concibió el problema desde distintos aspectos, y esto se refleja en las diferentes propuestas, muchas de ellas tienen implicaciones motivacionales:

1. Conocimiento

Entre los tópicos importantes que interesaban a Sócrates, Platón y Aristóteles estaba el de determinar cómo podría lograrse la virtud o una conducta justa. Sócrates se dedicó a este importante tópico, y sus meditaciones sobre el tema influyeron en Platón y en Aristóteles.
En su búsqueda de la verdad, Sócrates parece haberse guiado por la creencia de que el conocimiento y la virtud son idénticos, y de que un saber justo ocasiona siempre, por sí mismo, que se actúe en forma justa. En gran parte, el propósito de la búsqueda socrática era descubrir el conocimiento del bien, pues tal conocimiento, creía Sócrates, llevaría por necesidad hacia una acción virtuosa. Platón también se preocupaba por la noción de bien, que podía alcanzarse si se acercaba a las ideas por medio de la contemplación. Supuso que el alma tenía tres partes, una razonadora y dos pasionales. De estas dos últimas, una incumbe a la voluntad y otra a los apetitos sensuales. Las tres partes del alma se localizan, respectivamente, en la cabeza, arriba del diafragma y debajo de éste, y existen virtudes que corresponden a cada una de ellas: sabiduría, fuerza de voluntad y autocontrol; una adecuada reunión de todas estas partes constituye una cuarta virtud. En base a dichas virtudes y a la preocupación general de Platón de lograr el bien por medio de la sabiduría, queda claro que Platón, en general, igualaba el bien con el conocimiento, la belleza y el dominio de las pasiones. Se encuentran nociones similares en otras partes; por ejemplo, Werner (1948) cita un pueblo primitivo que distinguía entre sentimientos de pasión sensual y otros sentimientos más nobles; los primeros surgen del vientre, los segundos del pecho.
Aristóteles creía que la meta más alta de la vida humana es la felicidad, que debe lograrse por medio de esa actividad única al hombre: la razón. Pero la virtud era un prerrequisito para poder usar convenientemente la razón. Para adquirir la virtud ética, era necesario sujetar los deseos al dominio de la razón práctica. Cuando todo resultaba bien podía escogerse la mitad o el punto medio entre los extremos al que irían los deseos sin control. El valor sería un ejemplo, pues es el punto medio entre el miedo y la temeridad; o la indulgencia, a medio camino entre la irascibilidad y la indiferencia. Aparentemente, se consideraba que la moderación era esencial a estos temas para lograr el uso de la razón, cuyo desarrollo alcanzó su punto más alto entre los filósofos. Por tanto, los filósofos eran la gente más feliz.
En esta fase de la filosofía griega, las consideraciones indicaban un considerable hincapié en la virtud por medio del conocimiento y de la razón, y una contención de las pasiones por medio del conocimiento y del raciocinio. Gran parte del pensamiento occidental ha sido influido por estas concepciones, y las nociones convencionales de lo pecaminoso de lo corporal, o de lo que se debe a la carne, y la superioridad del aspecto espiritual o mental de la vida deben mucho a estas concepciones griegas. Ideas en cierto modo similares pueden encontrarse en la escuela estoica y en la filosofía de la iglesia cristiana; por ejemplo, en San Agustín, que tanta influencia recibiera de Platón, y en Santo Tomás de Aquino, que interpretó el pensamiento aristotélico. Sin embargo, el cristianismo ha acentuado, en lo general, más la pureza de corazón que el valor del conocimiento para dominar el cuerpo y lograr la salvación.
Podríamos hacer un catálogo de importantes motivo humanos basándose en los deseos y acciones que las distintas religiones consideran como pecados. Comúnmente estos pecados se atribuían a la carne (o en ocasiones a una posesión por los malos espíritus), mientras que las acciones convenientes, o virtudes, se atribuían al alma. Por lo general se creía que los hombres normales poseían la libertad de elección o libre albedrío, y que, por tanto, podría considerárseles culpables de las acciones censurables que emprendían bajo el impulso de los deseos carnales o, incluso, bajo el hechizo de un mal sueño.

2. Instinto

Hemos visto la importancia del conocimiento para ayudar a dominar las pasiones y, a partir de ahí, llegar a una conducta justa por medio de un acto de voluntad. Pero a menudo estos procesos se reservaban para el hombre, y se creía que los animales inferiores no los tenían. A pesar de que Platón y Aristóteles negaban que los animales poseyeran almas racionales, les dejaban almas de un nivel inferior, capaces de gobernar las funciones orgánicas fundamentales. Generalmente se acredita a la escuela estoica la invención del concepto instinto -al menos, en una forma bastante completa- y considerar al instinto como un factor principal en la conducta de los animales. E.C. Wilm (1925) resume así este punto de vista:

Los impulsos naturales llamados instintos son actividades intencionales implantadas en el animal por la naturaleza, por la razón universal o el creador, para guiar a la criatura en su búsqueda de fines que le sean útiles para su propia conservación o para la conservación de la especie, y para evitar lo contrario.

Wilm afirma que los estoicos consideraban como características de los instintos su independencia de la experiencia, la utilidad de su capacidad de adaptación y su uniformidad.
Desde luego, Santo Tomás de Aquino siguió separando a los animales y al hombre al dar a los primeros un alma sensitiva única y, al hombre, además, un alma racional.

El animal está impelido por un impulso sensorial y dirigido hacia lo que causa placer. La actividad del hombre, aunque el impulso tenga su parte, está motivada por un discernimiento racional de la relación que existe entre el acto y su fin, que consiste en la realización del bien.
E.C. Wilm, The teories of instinct

Que René Descartes (1596-1650) asignara instinto a los animales no era cosa nueva, visto lo anterior; pero Descartes se sitúa al principio del periodo moderno de la filosofía y la ciencia, y su concepción de la conducta animal era por completo mecanicista. Descartes creía que los nervios eran tubos por los que se movían los "espíritus animales". Su movimiento hacía que se movieran los músculos. No se necesitaba una concepción más profunda para los animales, dado que sus acciones estaban totalmente determinadas por las fuerzas mecánicas o por las presiones impartidas a los músculos por los espíritus. Descartes sugirió que existía un mecanismo similar en el ser humano, pero, en este caso, también ofrecía una influencia no mecánica para explicar los movimientos de los espíritus. Ésta era el alma. El alma entraba en contacto con el cuerpo en la glándula pineal, y podía influir sobre el movimiento de los espíritus en los nervios. Por tanto, el dualismo cartesiano es un interaccionismo; es decir, en el caso del hombre, el alma incorpórea influye sobre el cuerpo. Desde luego, no debe olvidarse que la concepción cartesiana sobre la conducta animal era mecanicista y monista, y tal vez su énfasis en el mecanismo, y no su dualismo interaccional, es lo que le da su importancia. Descartes está situado al comienzo de la moderna era científica, cuando se hacían grandes descubrimientos en la física y en la astronomía. Es muy probable que por esta razón se hayan sentido atraídos otros hacia su mecanismo. La-Mettrie (1709-1751) lo adoptó, pero abandonando el alma en el caso de los hombres. Por tanto, su enfoque era un monismo mecanicista.
El instinto permitió satisfacer la necesidad de explicar la conducta de los animales sin darles razón o alma.

3. Voluntad y libre albedrío

En la ética aristotélica, como en la ética en general, el interés radica en la adecuada dirección que se da al deseo y a la acción. Aristóteles no creía que la razón bastara para una acción justa, aunque sí fuera importante. Se necesitaba, además, fuerza de voluntad, desarrollada por medio de la práctica. Creía que la voluntad elegía libremente aquello que el conocimiento calificaba de bueno; es decir, el punto medio entre los extremos que alcanzarían los deseos si se les dejara sin control. Pero debe obligársenos, por lo menos al principio, a ejecutar actos buenos o justos; si se hace esto a menudo, se volverán agradables y habituales.
Para San Agustín, la voluntad era el aspecto más importante de la vida, y la separó del conocimiento. La voluntad gobernaba el cuerpo, y San Agustín estaba especialmente interesado en las actividades corporales, como el acto sexual, que parecía derribar la monarquía de la voluntad. La voluntad tenía libertad de escoger el camino de la virtud cristiana, cuyo conocimiento, probablemente, se adquiría de inmediato por medio de la autoridad a quien había sido revelada. La creencia lleva al entendimiento.
En los siglos siguientes, la voluntad parece ser una especie de facultad, cuya tendencia, cuando es efectiva, es dominar la parte apasionada o animal del hombre en interés de la virtud justa y de la salvación. Aunque a menudo muy unida al conocimiento y al sentimiento, está separada de ambos, no obstante que su naturaleza y sus leyes permanecen, en su mayor parte, no especificadas. Esto resulta bien expresado por Kant, quien sugiere que "la realidad moral y religiosa esencial no se encuentra en el campo del conocimiento, sino en el proceso de la voluntad". Su adopción de una psicología de las facultades hizo que el sentimiento y la voluntad se separaran por completo del conocimiento. Al parecer, Kant consideraba que las buenas acciones surgían del deber o de respetar la ley moral. La voluntad está compelida a escoger tales líneas de acción porque "el pensamiento de una ley universal excita en nosotros un sentimiento de estima y de veneración" (Höffding, 1955). Ni el uso, ni la experiencia, ni el ejemplo, ni la autoridad, ni el placer determinan la bondad de una acción. Según Höffding, la voluntad debe escoger a la luz de la ley moral:

El principio que sigo en mi acción debe ser de tal naturaleza, que sirva para formar la base de una legislación general... Debe ser válido para todos los seres racionales que se encuentren en la misma situación en que me encuentro.

No seguiremos más lejos este aspecto del tratamiento de la voluntad que, como un concepto relacionado con la elección y con el tema de la libertad de elección, persiste en los sistemas psicológicos que siguen la escuela de Kant. Sin embargo, puede recapitularse indicando que se consideraba a la voluntad como un mecanismo que dominaba las pasiones o la naturaleza animal del hombre, y que parece haber tenido un statu independiente del conocimiento, aunque la voluntad, especialmente en el tratamiento que le dio Kant, posee muchos rasgos racionalistas. De cualquier modo, muchos tratamientos parecen haber opuesto el conocimiento y la voluntad, como determinantes de la conducta, al instinto y a la pasión.
La voluntad como fuerza fundamental o esfuerzo fue característica del pensamiento de Arthur Schopenhauer (1788-1860), quien parece haber considerado que el intelecto, la conciencia y el conocimiento se desarrollan como sirvientes de la voluntad. Se encontrará por completo desarrollada esta doctrina en la teoría evolucionista, en el funcionalismo y en el psicoanálisis. La filosofía de Schopenhauer es, en gran parte, pesimista. La voluntad -materia prima del mundo y del individuo- es perversa y maléfica, y sus impulsos nunca traen placer, sino sólo dolor; gratificarla sólo ocasiona saciedad, no felicidad. Schopenhauer encuentra una solución temporal en la estética. El Nirvana, venido de la India, es una solución más permanente; consiste en que la voluntad le dé la espalda a la vida o a la extinción, según Schopenhauer parece interpretarla.
Como Höffding observa, gran parte de los dicho por Schopenhauer parece anticipar la evolución y otras doctrinas posteriores. Quizá pueda resumirse esto al decir que Schopenhauer afirmó la supremacía de los factores no intelectuales en la conducta humana, oponiéndose así a una interpretación puramente racionalista de dicha conducta.

4. Factores inconscientes activos

Se ha venido diciendo de tiempo en tiempo y durante toda la historia del pensamiento occidental, que sobre la conducta pueden influir factores que no son asequibles a la conciencia, y que la razón podría no bastar para provocar la acción. Boring (1950) ha sugerido que las mónadas activas de Leibnitz, que existían en varios grados de claridad, son una expresión de estas ideas y anticipan las nociones actuales. Herbart también acentúa que las ideas deben competir, en la conciencia, por el espacio y que, en esta competición o conflicto, algunas pierden, volviéndose así inconscientes. Sin embargo, no dejan de agitarse en dicho estado para que se las readmita en la conciencia. La voluntad de Schopenhauer también parece inconsciente, ya que la conciencia y el conocimiento son sus servidores.

Karl Robert Eduard von Hartman (1842-1906)
Quizás Eduard von Hartman, en 1869 y los años subsecuentes, logró la expresión sistemática más completa de los factores inconscientes.
Nadie puede negar que Hartman influyó poderosamente en el desarrollo del pensamiento del siglo XIX. Cualquier cosa que dijera Hartman volvía siempre a la única conclusión esencial: debe aceptarse el inconsciente. Y ha sido aceptado. Algunos escritores casi dan disculpas por utilizar el término "racional".
Se nos dice que el hombre vive de impulsos; las acciones expresan los esfuerzos de una energía vital que se mueve ocultamente en alas de la herencia, de generación en generación de hombres; que no actuamos por razones conscientes, sino que, más bien, estructuramos razones para explicar lo que ocurre en nosotros.
La psicología del siglo XX está fermentada por estas ideas. Quizá no se deba solamente a Hartman que se efectuaran todos estos desarrollos, pero su punto de vista sí refleja una considerable desviación del intelectualismo y racionalismo de anteriores épocas, así como de la noción de que la mente es más o menos pasiva en sus relaciones con las fuerzas externas. Este punto de vista parece una consecuencia lógica del asociacionismo y el empirismo ingleses, que dominaron, tanto en Inglaterra como en Francia, desde la época de Locke (1632-1704) hasta ya bien entrado el siglo XIX.
Debería mencionarse que el estudio del hipnotismo y de la psiconeurosis probablemente ayudó a allanar el camino para que se aceptara la idea de los factores inconscientes. Los fenómenos hipnóticos tuvieron una gran popularidad y algún interés científico desde más o menos 1766, cuando Anton Mesmer empezó a demostrarlo y a publicarlo. La hipnosis es un fenómeno en que el dominio racional y el dominio por la voluntad propia parecerían entregarse sumisamente a los del hipnotizador. A finales del siglo XIX, se usaba ampliamente el método de la hipnosis en los casos de desórdenes neuróticos, especialmente la histeria. Cuando empezaron a tratarse los desórdenes neuróticos humanitariamente, durante el siglo XIX, difícilmente podría explicárseles de acuerdo a los procesos racionales postulado en los sistemas filosóficos contemporáneos. Aunque hasta el momento de aparecer la obra de Freud los procesos inconscientes no se consideraron sistemáticamente como factores de la hipnosis y de la neurosis, es probable que la simple existencia real de dichos fenómenos preparara el camino para que se admitieran los factores inconscientes como objetos de estudio y como conceptos.

5. Hedonismo

La experiencia común sugiere que el placer y el dolor son potentes determinantes de la conducta, y que tratamos de buscar el placer y de evitar el dolor. Esta concepción, generalmente conocida como hedonismo, goza, bajo varias formas, de una larga historia.
Aristipo de Cirene, en parte contemporáneo de Sócrates, es considerado como originador del hedonismo en la filosofía. Creía que el placer era la única cosa digna de esfuerzo y que constituía la felicidad completa. Para Aristipo y su grupo, el placer era el placer del momento, y la virtud era "igual a la capacidad de gozar". Sin embargo, se abogaba por el autocontrol, y la concepción cirenaica de un sabio era "la del hombre de mundo perfeccionado, que es susceptible al goce de la vida, que conoce lo que significan las satisfacciones animales y sabe estimar el goce espiritual, la riqueza y el honor" (Windelband, 1956).
La doctrina de Aristipo persiste, en forma modificada, en las enseñanzas de Epicuro, para quien la meta de la vida era la felicidad o el placer. Abogaba por placeres que producían estados apacibles y tranquilos, como la ausencia de dolor o la moderada satisfacción de un deseo como el hambre. No aprobaba las relaciones sexuales. La amistad era el mejor y el más seguro de los placeres sociales (Russell, 1945). Epicuro se oponía a la religión, pues creía que el miedo a la vida después de la muerte evitaba ser feliz. Su hedonismo era para la vida presente, a diferencia de tantas religiones que prometen un placer futuro, para los elegidos, en el otro mundo.
El hincapié en el hedonismo languideció desde la época de Epicuro (quien murió en 270 a.C.) y de los primeros cristianos hasta que se convirtió en un principio capital de los asociacionistas ingleses y de los asociacionistas y empiristas franceses. Se le encuentra, con cierto grado de importancia, en enfoques como los de Thomas Hobbes (nacido en 1588), John Stuart Mill (muerto en 1873) y Herbert Spencer (1820-1903), y aún conserva un puesto de importancia en varias concepciones de la motivación.
Quizá su desarrollo más completo y su mejor defensa, especialmente en relación con la conducta política y el Estado, vinieron de Jeremy Bentham (1748-1832), quien aseguraba que el comportamiento en los asuntos prácticos debería estar de acuerdo con lo que es bueno, y definía lo bueno como placer o felicidad. Creía que cada individuo trabajaba por su propia felicidad, y que era labor de la legislación armonizar los intereses privados con los del público en general. El principio "el mayor bien para el mayor número" surgió del punto de vista de Bentham, que también incluyó la noción de utilidad; es decir, la tendencia a producir felicidad (de aquí que a Bentham y a sus seguidores se les llamara utilitaristas).
Leonard T. Troland (1889-1932) afirmó en su obra Los fundamentos de la motivación humana (1928) que existen, en realidad, tres hedonismos: uno, que hace hincapié en el presente, como en el enfoque de Aristipo; otro, que acentúa el futuro, aplicado a los utilitaristas y a la promesa de felicidad en otra vida, y un hedonismo del pasado. Boring (1950) aseguraba que Freud aboga por un hedonismo del futuro, mientras que la teoría del aprendizaje, al hacer hincapié en la ley del efecto, ha utilizado el hedonismo del pasado. Así, puede verse que el hedonismo figura ampliamente en la teoría de la motivación.

6. Naturaleza y motivos de los hombres

En lo que se ha dicho están implícitos dos puntos que deberían subrayarse.
Uno, se relaciona con la evaluación general de la naturaleza humana: que a veces se concibe intrínsecamente buena, el mal surgiendo de una voluntad débil, de los malos espíritus, de la ignorancia o de los efectos enfermizos de la sociedad, o puede considerársele como esencialmente mala, con lo que se necesita la ley o el orden social para contenerla. A veces se asocia la parte mala con la carne o el cuerpo y la parte buena con el alma y el espíritu. McDougall (1908) afirma que muchos teólogos y filósofos han quedado perplejos ante actos aberrantes o malignos, debido a que consideran al hombre como esencialmente racional o bueno. Por otra parte, veía que lo sorprendente era que el hombre siempre actúa racional o decentemente, impelido, como McDougall lo creía, por poderosos instintos.
El segundo punto a subrayar es que los teóricos, en el pasado, a menudo basaron sus concepciones del hombre en unos cuantos motivos dominantes, o lo han considerado impedido por algún factor primario. Ahora, brevemente, se mostrarán los puntos de vista de cuatro escritores, para ejemplificar los límites y la variedad de tales concepciones. Queda entendido que estos escritores llegaron a dichos puntos de vista basándose en sus propias observaciones y en sus propias experiencias, y que llegaron a conclusiones más bien diferentes. A decir verdad, muchas nociones en la historia de la psicología son muy similares a las de los cuatro hombres que mencionamos: Maquiavelo, Hobbes, Shaftesbury y Rousseau.

 Maquiavelo (1469-1527)  
Este escritor de finales del siglo XV y principios del XVI describió lo que había observado durante sus muchos años en el gobierno de Florencia. Percibía que la política florentina era muy inferior a la de los tiempos pasados, y atribuía estos defectos políticos a la mala educación y a la religión. Aparentemente, los caudillos (o príncipes) estaban motivados para llegar al poder por el egoísmo, creía Maquiavelo, y los principales motivos que podían manejar para tratar con el pueblo y dominarlo eran el miedo y el amor, siendo el miedo más fuerte y más confiable que el amor.

 Hobbes (1588-1679)  
Este filósofo inglés creía que la gente era igual, pero que sus deseos (como el hambre, la sed, el sexo, el miedo, o sus deseos de placer, de evitar el dolor y de honor) provocarían conflictos entre ellos. Puesto que consideraba al hombre como un competidor innato, Hobbes pensaba que el hombre, en su estado natural, estaría en guerra constante con sus compañeros en interés de sus deseos. Hobbes concibió que los hombres, al darse cuenta de sus conflictos, harían un contrato para dar el dominio a un soberano. En otras palabras, el Estado se crea para proteger al individuo de cualquier ataque y para permitirle que pueda gratificar en cierto grado sus deseos. El miedo era, para Hobbes, el motivo más fuerte.

 Shaftesbury (1671-1713)  Era nieto del protector de John Locke, y creía en la existencia de un instinto que unía al individuo con su raza, de modo que para el hombre era natural existir en sociedad; por tanto, las sociedades no se forman por contrato, como creían Hobbes y Rousseau. También postulaba un sentido moral, innato porque surge de los instintos cuando reflejamos los impulsos internos que poseemos. Este sentido moral consiste en un sentido del orden y de la armonía entre impulsos internos, un estado aparentemente alcanzado por medio del pensamiento y la introspección. Hay una fuerte nota religiosa en esta doctrina, y se dice que Dios es el ejemplo ideal de la armonía que debería reinar entre nosotros.

 Rousseau (1712-1778)  Para Rousseau, los sentimientos eran el aspecto de la experiencia que tenía el mayor valor, y pensaba que en un estado natural había las mayores probabilidades de realizar este aspecto de la experiencia (es decir, entre salvajes nobles). Debido a que esto no lo comprendía la mayoría de la gente civilizada de su época, Rousseau condenaba la sociedad y sus influencias sobre el individuo en desarrollo. La sociedad genera egoísmo, y entonces las necesidades y las capacidades propias no corresponden entre sí, con lo que aparecen la frustración, la duda, el suicidio y cosas similares. Rousseau abogaba por la aplicación de correctivos bajo un nuevo sistema de educación, una nueva actitud hacia la religión y un pleno reconocimiento de los derechos humanos por el Estado.

En estos cuatro escritores se advierten dos puntos de vista sobre el hombre y, paralelamente, dos puntos de vista sobre el papel de la sociedad. Maquiavelo y Hobbes no tienen una opinión muy elevada de la naturaleza humana y de sus motivos. Maquiavelo ve cómo el príncipe puede dominar a la población para que le sirva a sus propios fines. Hobbes cree que la gente ha solicitado un soberano para que su lucha competitiva pueda ser dominada. Shaftesbury cree que los hombres se unen en sociedad de una forma natural, y que el sentido moral innato refleja un favorable punto de vista de la naturaleza humana. Rousseau considera que el mal surge de la organización social. El hombre es bueno, pero lo echa a perder una mala sociedad.