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| Elseline Hoekzema |
lunes, 22 de mayo de 2023
El embarazo transforma el cerebro de la mujer
sábado, 13 de mayo de 2023
Filosofía de la cultura
Antropólogo, filósofo y matemático
Alianza Editorial. Fondo de la Biblioteca Provincial de Sevilla "Infanta Elena"
Ideas seleccionadas:
sábado, 6 de mayo de 2023
¿Por qué nuestros primos primates no hablan como nosotros?
Durante cuatro décadas se ha sostenido la idea de una motivación fisiológica, por limitaciones en la anatomía de su tracto vocal, sin embargo, un equipo internacional de psicólogos y neurocientíficos echan por tierra esta teoría.
Según este hallazgo, publicado por Science Advances, el habla humana proviene principalmente de la evolución y construcción únicas de nuestro cerebro y no está relacionada con las diferencias anatómicas entre humanos y primates. Los investigadores comprobaron que con su tracto vocal, un macaco podría producir sonidos comprensibles de la vocales, e incluso oraciones completas, si tuviera la capacidad neurológica de hablar. Así pues, poseen la anatomía vocal para hablar de forma "claramente inteligible", pero carecen de los circuitos cerebrales para hacerlo. El habla es una construcción única de nuestro cerebro y a ellos les faltan las conexiones cerebrales.
Según Thore Jon Bergman, profesor de Psicología, Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de Michigan:
Parece que son las diferencias neurocognitivas, en lugar de las anatómicas, las que contribuyen a esa gama más amplia de sonidos que producimos en relación con otros primates.
Por su parte, Asif Ghazanfar, profesor de Psicología de la Universidad y del Instituto de Neurociencias de Princeton (EEUU), sugiere que la pregunta ahora es:
¿Qué es lo que hace especial al cerebro humano?
martes, 2 de mayo de 2023
La frustración: concepto y tipos de frustración
Una conducta motivada supone un organismo globalmente activado y autorregulado, con sus actos canalizados hacia una meta determinada (para acercarse o alejarse de ella) y así alcanzar una determinada finalidad. Si existe algún tipo de bloqueo interno o ciertas barreras que se interpongan entre el individuo y la meta, hablaremos de frustración, estado que supone una alteración o distorsión del proceso motivacional.
Siguiendo a Morgan (1961) denominaremos fuente de frustración a aquello que impide la consecución del objetivo o finalidad. En función de ella, la frustración puede ser clasificada en tres categorías:
1) Frustración ambiental: en la frustración ambiental, un obstáculo se sitúa entre el sujeto y la meta, no pudiéndose tener acceso a ésta.
2) Frustración personal: en la frustración personal, la dificultad está en el propio individuo, pudiendo ser de orden físico o psíquico.
3) Frustración conflictual: en el caso de la frustración conflictual, se dan diferentes posibilidades (dos o más alternativas igualmente atrayentes, dos o más alternativas desagradables, metas que al mismo tiempo atraen y repelen y tendencias positivas y negativas referidas a dos o más alternativas).
La frustración conflictual fue detenidamente estudiada por Lewin (1935), centrándose en tres subformas, habiendo sido Hovland y Sears (1938) los que se ocuparon de una cuarta. Veamos, de forma esquemática y sintética, tales situaciones:
a) Conflicto de atracción-atracción: aquí el individuo se siente atraído por dos metas incompatibles entre sí, pero igualmente atractivas. En tales circunstancias, ocurre habitualmente que se satisface primero una de las necesidades activadas y posteriormente la otra, o se elige una meta y se renuncia a la otra.
b) Conflicto de repulsión-repulsión (o evitación-evitación): el individuo se halla aprisionado ante dos amenazas, temores o situaciones que se repelen. Aparte de los motivos negativos, suelen existir factores que le impiden libertad de movimientos, pues si no fuera así "escaparía" del conflicto.
En los casos en que no puede escaparse del conflicto, el sujeto entra en un estado de vacilación o se refugia en la fantasía, huyendo de lo que le molesta, sin tomar ninguna decisión práctica. También puede tener lugar una regresión en su conducta, mostrando actos que corresponden al pasado infantil o un funcionamiento psíquico primitivo.
c) Conflicto de atracción-repulsión (o aproximación-evitación): el individuo es atraído por una meta positiva, pero ésta se haya ligada paralelamente a un valor negativo que amenaza o atemoriza. Estos conflictos son difíciles de resolver, tendiendo a producir más ansiedad que los anteriores y originando frecuentemente una internalización de tales conflictos.
d) Doble conflicto de atracción-repulsión (o de aproximación-evitación): aquí las tendencias positivas y negativas se refieren a dos o más alternativas de conducta, creándose dificultades aún mayores que en los conflictos anteriores.
La teoría psicoanalítica, por su parte, concede la máxima importancia a los que denomina conflictos intrapsíquicos, que se definen como los que acontecen dentro del aparato mental, interesando especialmente los intersistémicos (entre las fuerzas que asientan en el yo y las que asientan en el ello, aliándose el superyó en ocasiones con el yo y otras con el ello). Tales conflictos pueden ser inicialmente externos, entre los deseos pulsionales del sujeto y las fuerzas normativas del ambiente, transformándose con posterioridad, fruto del desarrollo y la adaptación, en internos (por medio de la introyección, con sus variantes): un ejemplo sencillo de esto sería el haber tenido un padre muy autoritario y castrante, lo cual se transforma en el curso del desarrollo en una estructura superyoica muy rígida y controladora, que imposibilita toda satisfacción pulsional elloica, hablándose aquí de internalización. También puede acontecer, con fines defensivos, que conflictos internos se proyecten al exterior, es decir, se externalicen: así, en el caso de las fobias, se forman por proyección y desplazamiento de un conflicto intrapsíquico, de tal manera que lo que era angustia superyoica llega a ser miedo exagerado a algo exterior.
sábado, 8 de abril de 2023
Tipos de motivos
Aunque toda motivación es adquirida, ya que su esencia es que una necesidad (o impulso, o pulsión, o deseo, etc.) se dirija hacia una determinada porción del ambiente (esto es, hacia un objeto o una meta), puede hablarse de motivación primaria y de motivación secundaria o social: en el primer caso, se considera que la necesidad implícita en el motivo es fisiológica o innata, como es el caso del hambre, la sed, la crianza, el estar en un ambiente con cierta temperatura, la evitación del dolor, la excreción de orina y heces, la necesidad de oxígeno, el descanso, el sueño, la actividad, la seguridad (o temor) y la agresión.
El criterio general para calificar de primario un motivo es la naturaleza fisiológica de la necesidad que portan, pues los otros dos criterios que en ocasiones se usan no son válidos para la motivación, ya que son específicos de la actividad instintiva. Nos referimos al criterio universal y al criterio de señal: que formen parte del repertorio general de los actos de la especie (criterio universal) y que se desencadenen ante la presencia de estímulos específicos o estímulos-signos (criterio de señal). Es decir, una delimitación en función de causas (procesos fisiológicos o señales desencadenantes innatas) o de consecuencias (actos presentes en todos los miembros de la especie).
Junto a los motivos primarios se habla de los motivos secundarios o sociales, que se organizan en base a necesidades o impulsos adquiridos (necesidades psicosociogénicas).
La primera investigación experimental sobre los motivos secundarios se debe a Mowrer (1939), aunque su mayor conocimiento procede de los trabajos de Miller (1941, 1948), que destacó el miedo como la clave de la adquisición de motivos. En su famoso experimento de 1948, Miller investigó el aprendizaje que las ratas llevaban a cabo en relación con la evitación de ciertos estímulos dolorosos: utilizó un habitáculo dividido en dos compartimentos, uno de color blanco y otro de color negro, siendo el suelo del primero una rejilla metálica susceptible de provocar descargas eléctricas dolorosas, cuando se accionaba un determinado dispositivo. Ambos compartimentos estaban separados por una puerta que podía ser abierta por el experimentador o por las propias ratas (accionando un rodillo o presionando una palanca), según las necesidades de la investigación.
En una primera fase del experimento se colocaron las ratas en el compartimento blanco con la puerta abierta, sin producir ninguna descarga eléctrica, para asegurar que los animales se adaptaban a uno y otro espacio.
Con posterioridad, las ratas se ubicaban en el habitáculo blanco, provocando una descarga eléctrica dolorosa, lo que hacía que las ratas escaparan al compartimento negro, ya que la puerta permanecía abierta. Ello se repetía una serie de veces, lo que traía consigo que los animales huyeran cada vez más rápidamente.
En la fase siguiente, se introducían las ratas que habían sufrido las descargas en la cámara blanca, sin ocasionarles entonces la estimulación aversiva. A pesar de ello, las ratas seguían pasándose a la cámara negra, con el indudable propósito de evitar recibir las descargas dolorosas que esperaban.
A continuación se repitió el experimento, modificando sólo las condiciones para pasar de un lugar a otro del habitáculo: las ratas tenían que accionar el rodillo o la palanca para abrir la puerta, cosa que aprendían rápidamente la mayor parte de ellas (algunos animales, sin embargo, no lo lograban, reaccionando con chillidos y otras muestras de terror, como al principio del experimento, es decir, cuando recibían las descargas).
Pues bien, Miller llamó miedo o temor a aquello que habían aprendido los animales y que actuaba de modo semejante a los motivos primarios, sirviendo esto de base para una porción de la teoría de Hull sobre la motivación, como luego analizaremos con detenimiento. En todo caso, ya es interesante llamar la atención sobre un hecho del experimento de Miller: algunos animales no aprendían a salir y quedaban aterrorizados en el lugar de la estimulación dolorosa. Esta situación fue investigada años más tardes por Seligman (1975), empleando perros que eran sometidos a una estimulación aversiva sin posibilidad de escape, para colocarlos después en una situación en que podían huir de la estimulación dolorosa: no lo hacían, quedando en lo que el autor llamó indefensión, estado caracterizado por una disminución de respuestas para controlar los hechos, una creencia en la ineficacia de las respuestas y una dificultad para aprendizajes adaptativos.
En un trabajo de Brown y Farber (1968) se subrayó, además de lo objetivado por Miller, la posibilidad de que la motivación de incentivo de Hull y Spence fueran otra importante fuente de motivación secundaria. Estos autores consideraron que, en ambos casos, temor condicionado y motivación incentiva, la raíz ultima era de tipo aversiva o de déficit, con lo que de alguna manera ligaban motivación primaria y secundaria.
Enfoques de carácter cognitivo e interaccionista han enfocado los motivos con otro criterio, agrupándolos en fisiológicos (sin duda, semejantes a los primarios) y psicológicos. Entre estos últimos caben tanto los sociales propiamente dichos, como los primarios capaces de socializarse. Así, Nuttin (1980) dice que el organismo establece, por un lado, un funcionamiento fisiológico, que tiene su fundamento en las necesidades biológicas y en las relaciones requeridas por el contacto del organismo con la biosfera, y, por otro lado, lo que es especialmente llamativo en el ser humano, hay otro funcionamiento en base a necesidades psicológicas que se satisfacen en un ambiente socio-cultural.
Nuttin refiere entre los principales motivos psicológicos la necesidad de contacto cognitivo (lo que abarca desde la sensación más elemental hasta el razonamiento más acabado), la necesidad de contacto personal y la necesidad de manipular cosas. En el plano de la necesidad de contacto personal incluye la necesidad sexual y erótica, las diversas modalidades de contacto social, la necesidad de información, la necesidad de comprensión integral y una serie de necesidades afectivas.
Este modo de ver las cosas nos parece más adecuado que la visión que dicotomiza los motivos en primarios o biológicos y secundarios o sociales, pues de hecho los motivos más fisiológicos llevan una carga sociocultural mayor o menor, sobre todo con el paso del tiempo o con el desarrollo. Y, por otra parte, motivos de claro carácter social incluyen elementos de origen biológico, tal como Harlow (1958) y Bowlby (1958) demostraron con el estudio del apego.


